Alejandro Gaviria nació en Santiago, Chile, en 1965.

Alejandro Gaviria: “A mí no me gustan los consensos”

El ministro de Salud acaba de publicar el libro de ensayos 'Alguien tiene que llevar la contraria', en el que aborda temas como el ateísmo, las drogas ilícitas, la movilidad social, la economía, la evolución, la democracia y la política colombiana. Hablamos con él.

2016/11/22

Por Diego Olivares* Bogotá

El último sábado de octubre, a las 11:00 de la mañana, el ministro de Salud me recibe en su casa en el norte de Bogotá. Sin corbata y con tiempo entre manos, me dirige a la sala, donde se encuentra su biblioteca con alrededor de 1.000 títulos. En esta ocasión, el tema sobre la mesa no serán los impuestos a las bebidas azucaradas, al tabaco o la defensa de la disminución de los costos de los medicamentos. El tema es su nuevo libro, Alguien tiene que llevar la contraria, apenas su más reciente esfuerzo en su larga colaboración con el periodismo, esa misma que le permitió ganar el Simón Bolívar a mejor columna de opinión en 2009.

¿Por qué ese título?

Soy muy disperso y eso se demuestra en los nombres de los títulos de los libros que he publicado. Lo hice con uno que se llamó Del romanticismo al realismo social y otros ensayos; también publiqué un texto llamado Uribenomics y otras paradojas, pero a este quise ponerle un nombre más circunspecto, aunque inicialmente sugerí el de Sobre la fracasomanía y otros ensayos, que de hecho es el subtítulo.

¿Qué tipo de textos tiene el libro y a qué horas del día los escribió?

El libro tiene dos tipos de textos. Unos que son más reflexiones en vivo y en directo y otros que son sobre análisis del Sistema de Salud y, si se quiere, de mi función como ministro, de los desafíos de un reformador social. Eso los escribí en dos momentos y algunos los logré mientras terminaba de almorzar muy rápido hacia el mediodía; pero la gran mayoría los escribí por las noches como a las 10:00 u 11:00 en casa. Los otros textos que son más largos, por ejemplo el de Estanislao Zuleta, merecieron un poco más de reflexión así que los desarrollé los fines de semana.

Usted, de hecho, tiene varias colecciones de los primeros ejemplares de Estanislao Zuleta. ¿Qué tanta falta le hace al país?

Me encontré un texto de Estanislao Zuleta que les llega muy bien a los jóvenes porque presenta una visión sobre el país y hace referencia a estos tiempos donde se busca la paz: “Cuando la población misma –y no sus autoproclamados voceros– está dividida en dos tendencias irreconciliables, ya no quiere la paz sino la victoria de su campo. Pero cuando la inmensa mayoría reclama la paz y democracia –como ocurre entre nosotros–, el camino para lograrlas sigue siempre abierto”.

Usted en el libro habla de temas de desarrollo y movilidad social. ¿Cómo está Colombia en esos aspectos frente al tema de superar la pobreza?

Si uno toma un conjunto de referentes sociales y mira su evolución en el tiempo, de lo que se va dar cuenta es que Colombia ha venido progresando de manera sistemática y sobre todo tuvo una gran reducción de pobreza en la última década con el aumento de la clase media; es lo que yo llamo en algunos de mis artículos ‘la década ganada’. Ese es un progreso de naturaleza absoluta y no relativa. Pero lo que también han mostrado los últimos indicadores es que, pese al avance en muchos temas, la desigualdad se mantiene. En el tema de movilidad social se mide cómo están distribuidas las oportunidades y si los hijos de los pobres han tenido alguna posibilidad de ascender o de desarrollarse mejor en nuestro país. En eso es donde encuentro un mayor grado de preocupación cuando uno compara los indicadores de Colombia con Latinoamérica, porque no son buenos.

El libro tiene un capítulo sobre El capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty, y hace referencia a su fenómeno editorial. ¿Por qué vendió tanto un libro de 500 páginas sobre economía?

Es un texto muy difícil de leer, que tiene un énfasis cuantitativo. Tal vez la gran innovación de Piketty radicó en que midió la desigualdad haciendo un análisis complejo en las oficinas de impuestos en el mundo. Creo que lo atractivo de Piketty, más que el libro como tal, es que se ha convertido en el crítico actual del capitalismo y, sin duda, hay una insatisfacción sobre los abusos y excesos del capitalismo en la globalización, y él personifica esa imagen. Entonces la gente lo ve como eso, como un crítico social que se ha vuelto un filósofo de moda. No creo que estén muy interesados en la complejidad de su ideas y sobre todo en la siguiente paradoja: Piketty hace un muy buen diagnóstico de los males del capitalismo, pero sus soluciones son inaplicables.

¿Qué pensó usted cuando vio al expresidente Álvaro Uribe leer su libro?

Me llamó mucho la atención, lo vi leyendo el libro en el Congreso porque ese día me tocó ir a un debate. Después le regalé una copia, ya le había regalado una al presidente Santos. Recuerdo que fue en un debate en el Congreso sobre el glifosato y me dijo que estaba leyendo el capítulo sobre Piketty. Me pareció una anécdota interesante.

¿Usted cree que Alejandro Ordóñez se leería su libro?

No se lo leería, de eso estoy seguro. Es que él está en busca de certezas, no de ideas distintas o de lecturas que generen dudas. Y tampoco lo leerían Viviane Morales o Jorge Robledo. Eso es algo que los psicólogos llaman ‘disonancia cognitiva’, cuando alguien solo lee lo que reafirma sus condiciones o sus creencias. Hay una frase de Brodsky que cito en el libro y que dice: “Uno solo necesita dos cosas en la vida: dudas y buen gusto”.

¿Qué tan sintonizada está la intelectualidad colombiana frente a los problemas del país?

Le voy a dar un ejemplo. Ricardo Silva Romero, que es un excelente intelectual y escritor, tiene una columna de opinión muy leída que funciona como una indignación de cada semana, y con la que todo el mundo coincide. Todo el mundo. Entonces todo el mundo coge para ese lado porque está indignado con un tema y él se une con elocuencia porque lo sabe hacer. Se reviste de autoridad moral todas las semanas e indigna más al país y eso no me gusta, porque incluso me gusta diferir un poco; pero no es que me vaya a poner del lado de Alejandro Ordóñez. Es que no me gustan los consensos y esta indignación diaria sobre un tema específico la asocio como con una especie de indiferencia.

En el libro hay un ensayo que se llama De la blasfemia al escepticismo, en el que se cuestiona la existencia de Dios y cómo desde pequeño en los colegios se inoculan las creencias. ¿Qué tanto daño le hicieron las iglesias católica y cristiana al plebiscito?

Creo que algún daño le hicieron. Pero el país no se ha hecho una pregunta que me parece más interesante y es la siguiente: ¿por qué la proliferación de estas iglesias?, ¿por qué esas formas de capital social están emergiendo en todos los sectores de la sociedad?, ¿qué vacío están llenando y por qué están atrayendo tanto a la población? Entonces surge que lo que les están otorgando a los colombianos es lo que Alexis de Tocqueville llamaba el valor utilitarista de la religión. Para muchos, la religión está llenando un vacío que no solo es espiritual sino que también funciona como una forma informal de aseguramiento.

¿Qué tanto incidieron temas como el aborto, la legalización de la dosis mínima y la adopción de parejas del mismo sexo a la hora de convencer al país religioso sobre cómo votar en el plebiscito?

Incidieron bastante. Me parece difícil decir que no. En el Carmen de Bolívar vi una valla que relacionaba al plebiscito con el papiloma humano. La valla decía: “No al papiloma humano, No al plebiscito”. Eso me llamó mucho la atención y me pareció de un oportunismo terrible. Además, la vacuna contra el papiloma humano va a demostrar su eficacia en el tiempo. En 10 o 12 años, los casos de cáncer cervical habrán reducido y entonces dirán, ‘ese ministro tenía razón’. En todo caso, creo que incidieron bastante y fue una realidad que desconocíamos, y para volver a hilar los temas de la conversación, nuestra intelectualidad no se dio cuenta de esa corriente religiosa que se estaba incubando.

En el libro usted cita al periodista norteamericano Tom Wolfe cuando habla sobre el comunismo y la vida de un sindicalista. ¿Usted cree que el país pueda dirigirse hacia esa tendencia política?

No creo que eso pueda suceder. La realidad del castro-chavismo no está aquí. Creo más bien que en América Latina ocurrirán cosas muy interesantes en las próximas décadas. La experiencia de Venezuela es aleccionadora para todos y eso es una especie de vacuna. Lo que muestra Venezuela, y lo que yo llamo en el libro ‘las asimetrías en el Estado’, es que es muy fácil destruir y muy difícil construir. En el caso de Venezuela, lo que sucede es la realidad de una ideología exaltada basada en un cambio social meramente ideológico y con eso llega la destrucción de un país en todos los ámbitos públicos y privados. Así no solo se convirtió en el país más empobrecido, sino también en el más violento del mundo. Venezuela es un caso paradigmático del poder destructivo de ciertas ideas de la izquierda absolutamente afincadas y equivocadas. El problema de Venezuela no es Maduro, porque eso dicen muchos, el verdadero problema son las ideas de Chávez; porque Maduro simplemente es un protagonista de este capítulo de una novela de terror.

Su hermano Pascual estuvo secuestrado en 1998 por las Farc. Ahora que comienzan las negociaciones, ¿en qué cree que van a terminar los diálogos con el ELN?

No soy muy optimista con relación a las conversaciones con el ELN y más después de leer una información de Pablo Beltrán que me indignó, donde dice que ellos defienden el secuestro. Lo que quiero decir es que una sociedad, y cualquier sociedad del mundo, debe rechazar de manera enfática y vehemente el tráfico con el sufrimiento humano que significa el secuestro. Pero cuando ellos dicen que tienen derecho a secuestrar a alguien dentro del desarrollo del conflicto, es decir, a causarle daño a alguien, yo digo que eso es intolerable, inadmisible e inaudito. Aún recuerdo en 2001, cuando las conversaciones de las Farc entrevistaron a una señora que viajó siete veces a la zona del Caguán preguntando por un familiar secuestrado y ella sostuvo que no le decían nada y después la arrogancia de Raúl Reyes diciendo que esas son las consecuencias de la guerra. Entonces la paz sí, pero como sociedad no debemos tolerar a los traficantes del dolor ajeno.

Usted en el libro deja entender su visión del país. ¿Qué cambios cree que deben darse en Colombia?

Es un tema de las paradojas de las democracias actuales. Creo que la única posibilidad de cambio para bien es el reformismo democrático, que toma tiempo, para hacer las reformas que el país necesita, ir marcando el camino, buscar los resquicios de posibilismo. He liderado cambios en temas tan complejos como la eutanasia, el aborto, la política antidrogas, y creo que desde el Estado se puede avanzar rápidamente en esa dirección, que es una dirección de cambio cultural.

 ¿Cuál es la peor enfermedad moral que tiene este país?

A mí no me gusta subirme al podio moral. Pero una que veo y me choca mucho es la indiferencia; tengo una frase que les digo a los funcionarios: gracias por esta lucha contra las fuerzas del oportunismo y la indiferencia que tiene que ser indeclinable porque en los debates de salud se ve mucho oportunismo, mucha hipocresía.

Cuando llega a la casa después de un día complejo, ¿a qué libros recurre?

A los de poesía en muchos casos. Ellos van cambiando y de un día a otro puedo pasar de Nicanor Parra a Eugenio Montejo, o de León de Greiff a Luis Cernuda. Ellos van haciendo un ciclo en la biblioteca, pasan de un estante  a otro, pero antes hacen una pequeña escala en mi mesa de noche.

¿Usted cree que la literatura o la cultura pueden funcionar como antídotos contra la violencia? 

Una persona que ha leído a Charles Dickens es alguien que tendrá mucha menos probabilidad de cometer un crimen, porque la literatura puede salvar no solo al ser humano, sino también a la humanidad, de las formas más aberrantes de violencia.  

*Periodista.

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