María Osorio, en la librería Babel, ubicada en el barrio La Soledad, en Bogotá. Crédito: Ana Vallejo / Revista Arcadia.

La utopía de Babel

La editorial que fundó y hoy dirige la arquitecta bogotana María Osorio se ganó en la Feria de Bolonia el premio BOP a la mejor editorial de libros para niños del año en Sur y Centroamérica. Un homenaje.

2017/04/22

Por Yolanda Reyes* Bogotá

Cuentan los que estuvieron en la Biblioteca del Archiginnasio de Bolonia, sede de la primera universidad del mundo, que cuando anunciaron a Babel Libros de Colombia como ganadora del premio BOP (Bolonia Prize), fueron tantos los gritos de júbilo de los latinoamericanos que otros asistentes de países menos “expansivos” se preguntaron si algo terrible estaba ocurriendo en el auditorio. María Osorio, fundadora y directora del proyecto, acababa de bajar del podio después de haber recibido, junto con la autora Sara Bertrand y la ilustradora Alejandra Acosta, ambas chilenas, el premio New Horizons por La mujer de la guarda, uno de los libros de su colección Frontera ilustrada, y volvía a subir para recibir el BOP a la mejor editorial de libros para niños del año en Sur y Centroamérica.

Para entender el significado de estos premios, conviene recordar que la Feria de Bolonia es la más grande del mundo en la categoría de libros para niños y jóvenes y el lugar donde todos los años se dan cita autores, ilustradores, editores, críticos y especialistas, lo mismo que agentes literarios y empresarios de todos los continentes, pues los libros dirigidos a la población infantil y juvenil de todo el planeta son, además de arte, un negocio de cifras inmensas. Sin embargo, Bolonia no solo es el salón de compra y venta de derechos más grande del mundo para el gremio de la LIJ (una sigla que engloba la llamada literatura infantil y juvenil), sino la pasarela mundial donde se anuncian los premios más prestigiosos: entre otros, los BOP y los premios Andersen, estos últimos también conocidos como los Nobel de los libros para niños. Suele decirse que Bolonia es a los libros “infantiles” lo que es Frankfurt a los “de adultos”, y pongo estas palabras entre comillas porque en un mundo que se caracteriza por tener cada vez más desdibujadas las fronteras entre países, taxonomías y géneros —no solo los literarios—, parece un anacronismo seguir segmentando la literatura en categorías inamovibles relacionadas con la edad cronológica.

Poner en cuestión estas separaciones tajantes ha sido una de las luchas sostenidas y cotidianas de María Osorio y su equipo, para apostarle a la calidad, independientemente de las consideraciones de edad, y para respetar la complejidad de los lectores más jóvenes. Decirlo es fácil, pues esto de los libros sin edad se ha vuelto casi un eslogan en el gremio. Sin embargo, el mérito de Babel es haber convertido esa complejidad en la esencia de un proyecto estético, y también ético y político, cuyo centro vital es la independencia para pensar y crear, y cuyo propósito es incidir en todos los aspectos de la creación y la difusión del libro infantil en Colombia, y no es exagerado decir que en Iberoamérica.

Además de editar libros, el proyecto de Babel tiene una de las pocas librerías colombianas especializadas en literatura para niños y jóvenes, que es un referente en su género; una distribuidora de libros de editoriales independientes de España y Latinoamérica, que ha hecho un aporte inmenso para facilitar la circulación de libros en la región, y una biblioteca abierta a los niños de la comunidad cercana a su sede. En este contexto, su propuesta editorial no es un trabajo aislado sino una “traducción” de la filosofía del proyecto al diseño y la producción de libros. No es casualidad que las últimas colecciones de Babel se llamen Frontera y Frontera ilustrada, y que en ellas se pueda leer una voluntad de romper fronteras para poner a dialogar a los niños y a los adultos con autores e ilustradores de diversos lugares del mundo, pero especialmente de Colombia y de América Latina, mediante la exploración de nuevas posibilidades de encuentro entre la literatura, o entre esta y la ilustración.

La escuela de una editora

El premio New Horizons, dirigido a países de América Latina, África y el Medio Oriente, pretende reconocer el trabajo editorial en territorios donde la industria de libros para niños y jóvenes es emergente. El sentido “proteccionista” de esta delimitación geográfica es revelar, como su nombre lo indica, nuevos horizontes creativos en la edición de libros para niños y jóvenes y privilegiar el talento, incluso o especialmente cuando no se cuenta con grandes sumas de dinero. La editorial bogotana Rey Naranjo había traído un “New Horizons” al país en 2014 con La chica de polvo, de la coreana Jung Yumi, y Tragaluz, de Medellín, obtuvo una mención especial en 2015 por el libro Mil orejas, de Pilar Gutiérrez, ilustrado por Samuel Castaño, que explora la comunicación a partir del lenguaje de los sordos.

Durante varios años, aprovechando los recursos para asistir a ferias del libro que, esporádicamente, ofreció el Ministerio de Cultura y juntándolos con aportes de la Cámara Colombiana del Libro, más fondos propios y saldos en rojo, editoriales independientes como Babel, Tragaluz y Rey Naranjo lucharon por hacer presencia en Bolonia y, a diferencia de otros editores de la región como los chilenos, a los que su gobierno ha apoyado para exportar su talento, trabajaron “con las uñas” para montar un pedazo de stand en la feria más importante del libro infantil. El sentido de estar ahí no era solamente mostrar y, ojalá, exportar sus libros, sino confrontarlos y confrontarse como editores con sus pares de muchos países. Es probable que esta apertura a la escuela de edición más innovadora del mundo que es Bolonia haya influido en su trabajo y, en ese sentido, los premios colombianos son una consecuencia del empeño con el que estos editores abrieron su mirada a nuevas posibilidades.

Quizá, Frontera ilustrada, la más reciente colección de Babel Libros, haya surgido en todo o en parte en algún pasillo de Bolonia mientras María Osorio recorría los stands con su mirada sensible y crítica, en busca de otras alternativas para suscitar conversaciones entre imágenes y palabras. Hace menos de un año, la colección se lanzó en Colombia con dos títulos: La mujer de la guarda y Corazón de león, una nouvelle del autor colombiano Antonio Ungar y del ilustrador, también colombiano, Santiago Guevara. El siguiente título, que se presentará en FilBo, es Los ahogados, una historia desgarradora sobre la dictadura militar argentina, bellamente escrita por María Teresa Andruetto, con ilustraciones de su compatriota Daniel Rabanal y bastante alejada del estereotipo del libro infantil. Hay otros títulos haciendo fila y conviene tener paciencia, pues Babel edita cada libro en singular, como si fuera el único del mundo, lo cual toma tiempo.

La nueva colección está centrada en la pregunta sobre cómo preservar la autonomía de la literatura y la ilustración y cómo potenciar la fuerza de cada lenguaje, valiéndose del otro, pero sin invadirlo. El resultado es una especie de coreografía en la que varias páginas de ilustraciones abren los libros y construyen un escenario de tonos y de atmósferas, como si se tratara de una obertura, para dar paso, posteriormente, al lenguaje escrito, que se abre también con un fraseo especial y con una manera peculiar de separar o resaltar los párrafos para potenciar diversos ritmos y formas de leer. Cada libro tiene un color especial para crear una atmósfera en la que se instalan y se resignifican las palabras y, al finalizar la historia, la ilustración vuelve a cerrar el libro como una suerte de coda, para dejar resonando imágenes, palabras y sentidos abiertos en cada lector.

La mujer de la guarda, el libro galardonado con el New Horizons, es una joya en azul, con imágenes oníricas, de una belleza misteriosa, que prefiguran y amplían el dramatismo y los planos, uno realista y otro fantástico, de la historia narrada por Sara Bertrand. La decisión editorial es preservar la autonomía de cada lenguaje y darle a cada uno su propio “estado del arte”. La conversación entre los dos lenguajes se hace posible gracias a un trabajo de diseño gráfico en el que la diagramación, la letra y todas las decisiones editoriales reflejan una cohesión, una dirección y un trabajo de equipo. Desde la autora y la ilustradora, hasta la diseñadora editorial, pasando por un pequeño y eficaz equipo de producción, hay un trabajo colectivo, y eso por no mencionar un acopio de memoria y de sueños compartidos y una experiencia de más de 30 años que se adivinan en los intersticios y que quizá se remontan a una casa en el barrio La Candelaria, a la que una vez llegó María Osorio, en su condición de arquitecta, a tapar goteras. En esa casa donde funcionaba Aclij, la Asociación Colombiana para el Libro Infantil y Juvenil, que luego se transformó en la Fundación para el Fomento de la Lectura, Fundalectura, María Osorio descubrió, junto a su directora, Silvia Castrillón, que hacer libros para niños y formar lectores era un asunto muy serio, a la vez poético y político. Desde entonces, Osorio ha movido —y zarandeado también muchas veces— el campo de los libros para niños con su sentido crítico, su humor ácido, su risa generosa y su manera de hacerlo todo posible: desde una estantería con unos cartones, hasta la creación de variadas asociaciones para juntar aliados y lograr que los libros sean leídos cada vez por más lectores en más lugares del mundo.

“María nació arquitecta. Hablaba, miraba y pensaba como arquitecta y trasladó ese oficio a los libros para niños”, me dice un compañero suyo que la conoció en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de los Andes cuando tenía menos de 20 años. Ante mi pregunta sobre la posible influencia de su formación en el trabajo editorial, me contesta: “De sus manos sale todo: hace bocetos, ejecuta y dirige. Cada libro suyo es un diseño y es evidente su conexión de la mente, el ojo y la mano en su manera de mirar, de resolver, de hacer trazos y también de convocar equipos alrededor de un proyecto” .

Quizás es todo eso lo que ha permitido que Babel haya dejado de ser una utopía para ocupar un lugar específico en el vasto universo de los libros para niños. Pienso en una frase de Osorio que leí en alguna parte: “No se pueden editar libros sin saber cómo venderlos”, y se me ocurre que ese principio de realidad para crear y luego ubicar cosas que no existen es lo que define el trabajo sin fronteras que hizo premiar a Babel Libros como la mejor editorial de este año en este lado del mundo.

*Escritora y columnista.

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