El periodista y escritor J.R. Moehringer nació en Nueva York, el 7 de diciembre de 1964. Foto: Leonardo Cendamo/ AFP

Beber, vivir y escribir

Acaba de publicarse en Colombia 'El bar de las grandes esperanzas', de J.R. Moehringer, el periodista ganador del Pulitzer responsable de Open, las polémicas memorias del ex-tenista Andre Agassi. ¿Quién es el hombre que ha entusiasmado, por igual, a escritores como Alessandro Baricco y el fallecido James Salter?

2016/08/23

Por Martín Franco Vélez* Bogotá

Estaba montado en un taxi cuando sonó su celular. Apenas unos meses atrás, J.R. Moehringer –ganador del Premio Pulitzer en el año 2000– había publicado su libro de memorias titulado El bar de las grandes esperanzas (The tender bar), y ahora se encontraba en San Francisco haciendo una investigación periodística. Corría 2005.

—¿Hablo con J.R. Moehringer? –preguntó una voz al otro lado.

—Sí... ¿quién es?

—Mi nombre es Andre y juego tenis profesional –volvió a decir la voz.

—¿Andre Agassi? –respondió, incrédulo.

“Pensé que alguno de mis amigos me estaba gastando una broma –cuenta Moehringer, recordando el momento–. Pero no. Agassi dijo que estaba leyendo mi libro y quería invitarme a verlo jugar en el último US Open de su carrera. Le contesté que estaba trabajando, pero insistió en verme. Días más tarde fuimos a comer a Las Vegas, le hablé de mis memorias y entonces me contó que iba a escribir las suyas y quería que le ayudara”.

Así empezó a gestarse Open, la biografía del tenista norteamericano, ganador de ocho torneos de Grand Slam y considerado uno de los mejores de la historia. Cuando se publicó, en 2009, el libro no solo escaló hasta el número uno en la lista de más vendidos de The New York Times, sino que cogió a todos por sorpresa por cuenta de lo que Agassi se atrevió a contar: que odiaba el tenis, que había consumido drogas mientras era un jugador activo y que durante años usó extensiones de pelo para mantener su imagen de enfant terrible.

No resultó fácil para Andre convencer a J.R. de que se convirtiera en su escritor fantasma. Pero, una vez lo hizo, Moehringer renunció al periódico en el que trabajaba y se dedicó a seguirlo como una sombra. “Lo primero que le dije cuando me contó que odiaba el tenis era que yo también odiaba escribir, así que nos íbamos a llevar muy bien –cuenta Moehringer–. Pero no fue fácil: la confianza requiere de tiempo y conversación”.

Dos años pasó siguiéndolo. Moehringer –55 años, figura atlética de deportista– explica que escribir sobre otros, a diferencia de hacerlo sobre uno mismo, es más difícil pues siempre queda una brecha, un espacio del otro al que el periodista no alcanza a llegar. “Andre y yo pasamos todo el tiempo tratando de cerrar esa brecha –dice–. Él hizo una cantidad de cosas que yo no podía entender: llevar extensiones de pelo, por ejemplo, o casarse con Brooke Shields. Pero, en realidad, dedicamos muy poco tiempo a que me contara los hechos de su vida; casi siempre él estaba tratando de ayudarme a entender qué significaba estar dentro de su piel. Y, como periodista, ese es nuestro trabajo: tratar de entender por qué la gente hace lo que hace”.

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Su historia, sin embargo, no empieza en Open sino en El bar de las grandes esperanzas (que la editorial Duomo acaba de publicar en Colombia). O antes, incluso, en el reportaje que publicó en Los Ángeles Times, en 2000, que le valió el Premio Pulitzer: el relato de una comunidad en Alabama llamada Gee’s Bend, uno de los últimos reductos en Estados Unidos donde viven descendientes directos de esclavos. “Lo conté a través de los ojos de una mujer maravillosa que estaba por los 60 años –explica J.R.–. Nos volvimos muy cercanos, me contó sus secretos e hice lo mejor que pude para narrarlo, pero cuando salió me di cuenta de que había una gran distancia entre la experiencia de ella y la mía. Yo quería contar una historia en la que esa distancia no existiera, entonces decidí escribir la mía”.

Así nació un libro que han alabado por igual escritores de la talla del italiano Alessandro Baricco y el estadounidense James Salter. El bar de las grandes esperanzas es un lugar real: el sitio donde todo tipo de hombres se reúnen para alivianar el peso de sus días con unas copas. Y Moehringer –a quien su padre abandonó muy joven y cuya voz solo lograba escuchar por radio, pues trabaja como dj en una emisora neoyorquina– encuentra en ese lugar un refugio seguro para crecer y convertirse en un hombre. De esa manera se da su paso de la niñez a la adolescencia y, luego, a la madurez: en medio de una cantidad de personajes variopintos –entre ellos su tío Charlie, el barman– que forman su carácter entre historias y borracheras.

El bar Dickens es, quizás, el gran protagonista del libro. Ese es su nombre real; de ahí que las grandes esperanzas no sea otra cosa que un simple guiño literario.

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Uno de los requisitos para que cualquier libro de memorias funcione es, según Moehringer, la honestidad. Y ese es el gran valor de Open y El bar de las grandes esperanzas: que está todo, tanto lo bueno como lo malo. Roger Federer –quizás el mejor tenista de la historia– y su colega Rafael Nadal se declararon públicamente decepcionados cuando Agassi reveló en el libro que había consumido drogas en 1997. Pero ¿debería no hacerlo, entonces, para conservar su imagen? “La honestidad es la primera regla. Lo es todo. Si eres sincero, el lector lo siente. Hay energía en eso –explica J.R.–. Cuando alguien nos cuenta la historia de su vida, estamos interesados en la verdad. Como lectores, eso lo respetamos. Por supuesto que hay baches en la memoria y todos tenemos puntos ciegos sobre nuestras propias historias, pero hay que ser lo más despiadadamente honesto que se pueda. Eso es lo que la gente espera de las memorias”.

Es una obviedad decir que contarlo todo no es fácil; sobre todo las partes de nuestra vida que queremos olvidar. En El bar de las grandes esperanzas la figura del padre ausente –“la voz”, como él lo llama– flota como un fantasma; está ahí, todo el tiempo, hasta que Moehringer decide narrar una escena detonante. “Esa fue una de las partes más difíciles de escribir porque yo no quería pensar en ella. Uno de esos momentos en mi vida en que las cosas se podrían haber puesto mal muy rápido. Yo había dejado ese momento de lado, así que cuando lo saqué de la caja y lo escribí, resultó difícil –cuenta–. Escribir, sin embargo, es entender, explorar, aprender, y hacerlo sobre ti mismo te enseña un montón. Aprendí muchas cosas sobre mí entrevistando a otras personas. La forma como los demás te ven te dice un montón de cosas que no habías visto antes. Creo que lo máximo que te da el escribir unas memorias es un profundo respeto por tu ignorancia”.

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Como no podía ser de otro modo, el alcohol es, también, una presencia constante en El bar de las grandes esperanzas. Los personajes beben porque están tristes o alegres; lo hacen para olvidar y recordar. Beben porque eso es lo que hace un hombre. El trago es lo que une a un montón de desconocidos y les quiebra la capa de dureza que todos cargan. El licor hace que Bob el policía cuente su secreto más oscuro o que el propio Moehringer deje de ser mirado como un niño y celebre su entrada a la adultez con una tremenda borrachera patrocinada por los personajes que lo han visto crecer. Pero el trago es también una fuente de problemas, y eso J.R. lo sabe bien. Tanto que en un momento de su vida dejó de hacerlo. Ya no se toma una copa.

“Solía creer que escribir y beber eran la misma cosa, pero no es del todo cierto –explica–. Beber solo ahuyenta el dolor de escribir por un tiempo, y por eso es tan popular entre los escritores. Y escribir es muy difícil, sobre todo en una época en la que nadie lee. De verdad: lo que hacemos es complicadísimo tanto económica como espiritualmente, y beber lo aliviana por momentos. Pero el alcohol afecta la memoria, te hace más débil con el tiempo… así que no creo que ayude”.

La explicación de por qué lo dejó es sencilla: a los 25, cuando abandonó el bar para siempre, beber simplemente perdió su encanto. Ya no era lo mismo tomarse una copa en otro lugar sin esos personajes, sin esas historias. No lo disfrutaba. “Ahora no bebo –dice J.R.–, pero eso es algo muy personal. Todos mis amigos toman y aman el trago, y no por eso dejan de ser productivos. Creo que esto funciona para mí, pero no quiero ser el tipo de persona que le quita una cerveza de la mano a nadie. Pero, como digo en el libro, me reservo el derecho a tomarme una copa de vino mañana, si me apetece. No he hecho promesas a nadie en ese sentido. Solo una: en 1986 le prometí a Dios que si mis amados New York Mets ganaban la serie mundial dejaría de fumar. Es la única que he cumplido”.

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Es probable que, para el segundo semestre de este año, Duomo traiga al país otro libro de Moehringer titulado El campeón ha vuelto, una historia sobre un exboxeador llamado Bob Satterfield, que peleó entre 1945 y 1957, y un hombre misterioso que afirma ser él. ¿Cómo elegir las historias? ¿Cómo llegar a ellas? “De dos maneras –concluye J.R.–. La primera es cuando escucho hablar de ella y me emociono. Ese es un sentimiento que no debes cuestionar. Y la segunda es cuando le cuento la historia a la gente que amo y veo en ellos una mirada en la que no hay distracción. Si logro que paren lo que están haciendo y se interesen, sé que mi instinto no me está mintiendo. Y entonces me digo: aquí hay algo”.

Ese es el punto de partida.

*Editor internacional de SoHo. 

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