"Vuelta a Cundinamarca" Carlos Caicedo, 1959.

Guerra y religión: la historia del ciclismo colombiano

Con una expresión intraducible pronunciada por el ciclista José Jaime ‘Chepe’ González en el Tour de Francia de 1996 se inició la relación entre el periodista Matt Rendell y Colombia. Ahora, 20 años después, se reedita su reportaje de largo aliento, en el que va más allá del deporte para contar al país a través de sus pedalistas y su devoción.

2016/06/28

Por Diego Rubio* Bogotá

El equipo colombiano Leche La Gran Vía participó en el Dauphiné Liberé de 1984 casi que por capricho. Seis corredores volaron a París a última hora, recién terminada la Vuelta a Colombia, y se aventuraron en los Alpes franceses usando bicicletas prestadas, armadas de afán, algunas de talla menor a la requerida. Las crónicas de la época cuentan que los monstruos del ciclismo europeo –entre ellos Bernard Hinault, ganador de cinco Tours de Francia, tres Giros de Italia y dos Vueltas a España– se reían de los ‘colombianitos’ antes de empezar las etapas, durante las comidas y hasta en medio del pelotón.

Con un uniforme que protegía poco del frío pero retenía el agua como una esponja, el bogotano de 23 años Martín Alonso Ramírez Ramírez, ‘el Negro’, quien había asumido la capitanía del equipo tras el retiro de su compañero Francisco Rodríguez, dejó las piernas en la pendiente de 12 kilómetros que sube al alto de Col de la Crouzette, donde lo esperaba una tormenta espesa que no dejaba ver a diez metros. Esa mañana de domingo, el 4 de junio de hace 32 años, después de pedalear durante más de 150 kilómetros, Ramírez experimentó uno de los momentos más alucinantes de su vida, y poco tiene que ver con ciclismo: mientras dejaba regado a Hinault y se hacía con la camiseta amarilla de líder, conoció la nieve.

“El Negro subiendo a la victoria en medio de la nevada es una escena de Gabo… ¡mariposas amarillas!”, grita por teléfono desde Londres el periodista inglés experto en ciclismo Matt Rendell, cuyo libro Reyes de las montañas, un reportaje de largo aliento que cuenta la historia de Colombia a través de sus pedalistas, acaba de ser reeditado por Semana Libros. “Todo lo que es el país, su gente, su simbolismo, su literatura, no puede ser ajeno al ciclismo. Es el deporte nacional, el de la tierra. El ciclismo alcanza para coger toda la realidad y la dimensión de los sueños colombianos, alcanza para poner en vitrina el alma nacional”.

Rendell se agita tanto al hablar del tema que pega las palabras y agudiza la voz, como si se quedara sin aire. Su español, aunque delata un origen extranjero, mezcla un dejo paisa con un tufillo boyacense. Y más cuando usa esa especie de jerga que solo entendemos los colombianos: “Estaba amañado”, “hay que dejar de charlar”, “eso en cicla es tenaz”. Aunque mono, de piel pálida y con la punta de la nariz rojísima cada vez que se asoma al sol, él también se considera colombiano. Al menos de corazón.

Acá, en el único país del tercer mundo económico que ha podido instalarse en el primer mundo ciclístico, Rendell vivió doce años, entre idas y vueltas. Y acá se enamoró más de una vez. Se enamoró de una colombiana que fue su esposa hasta hace cuatro años. Se enamoró de los cerros con inclinaciones imposibles por los que miles de niños, adultos y ancianos pedalean cada día por diversión, pero también para ir al trabajo o a la escuela. Se enamoró de los escaladores, conocidos en todo el mundo como “escarabajos” por su fortaleza para sortear las cimas más elevadas a pesar de su físico menudo. Se enamoró, en últimas, del ciclismo nacional, cuya historia es la historia misma del país.

Y justo esa relación entre ese estoico deporte y esta sufrida nación es el hilo por el cual Rendell conduce a los lectores a través de las noticias más significativas de los últimos 65 años: desde 1951, cuando 35 valientes pedalearon por los 1.233 kilómetros de la primera Vuelta a Colombia sobre caminos de lodo y piedra, en bicicletas que si acaso aguantaban una carretera pavimentada sin pincharse, hasta ahora, cuando –malagradecidos como somos– no le perdonamos a Esteban Chaves que haya dejado ir el título del más reciente Giro de Italia faltando tan solo una subida.

A lo largo de 342 páginas, el autor lleva a los lectores de un jalón del Bogotazo a Marquetalia y del Palacio de Justicia al Cartel de Medellín; es decir, de Efraín ‘el Zipa’ Forero a Martín Emilio ‘Cochise’ Rodríguez y de Lucho Herrera a Fabio Parra. Porque mientras en 1951 liberales y conservadores se mataban por todo el país tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, el zipaquireño Forero atravesaba a trompicones sus vías maltrechas para ganar la primera Vuelta a Colombia. Mientras en 1964 un tal Manuel Marulanda Vélez se atrincheraba en la república guerrillera de Marquetalia –y sus insurgentes primíparos asomaban las narices por la carretera y arriesgaban el pellejo para ver el paso del pelotón–, el paisa Cochise se llevaba por segunda vez la Vuelta. Mientras el M-19 planeaba la toma del Palacio, el fusagasugueño Herrera triunfaba en la etapa 14 del Tour de Francia de 1985, con la cara ensangrentada tras una caída cinematográfica. Mientras Pablo Escobar organizaba en 1989 una ofensiva feroz de bombardeos y homicidios, el sogamoseño Fabio Parra luchaba en las montañas de los Lagos de Covadonga por llevarse el título de la Vuelta a España, que al final perdería con el local Perico Delgado.

“En los años cincuenta, muchas regiones apartadas de Colombia que en Bogotá eran desconocidas fueron redescubiertas –cuenta Rendell, todavía emocionado–. La Vuelta a Colombia ayudó mucho a eso, ya que recorría los territorios nacionales alejados. Y en plena época de la Violencia pasaba por algunas de las zonas más problemáticas… ¡¿Cómo vas a atravesar en bicicleta un país en plena guerra?! Pues eso hacían, esa es la Colombia que me sorprendió”.

La primera vez que este británico de 51 años se “sorprendió” con Colombia fue en 1996. Cubría el Tour de Francia para un canal inglés de televisión y debía entrevistar al ganador de la decimoprimera etapa, un tal ‘Chepe’ González, quien le explicó que parte del éxito de los escarabajos en las carreras de altura era que las tres cordilleras de su país les permitían entrenar en los diferentes pisos térmicos. Rendell, quien estudió lenguas en Italia y habla siete idiomas –italiano, portugués, francés, alemán, ruso…–, entendió sin problema lo que le decía González, pero quedó desconcertado con una expresión: pisos térmicos.

Aunque preguntó entre colegas y buscó en enciclopedias, en épocas pre-Google le fue imposible dar con la traducción exacta al inglés para poder subtitular la entrevista. Decidió entonces llamar a la emisora Radio Latina, en París, que era de la cadena colombiana Caracol, a ver si alguien le explicaba. Y así fue: un tipo cuyo nombre no recuerda le expuso con paciencia lo que en Colombia explican los profesores de primaria: que acá no hay estaciones y, por lo tanto, la temperatura de todo el año depende en gran medida de la altura sobre el nivel del mar; que tenemos climas cálido, templado y frío, y también páramos; que si manejamos un par de horas cuesta arriba, podemos pasar de un verano caribeño a un invierno polar. Antes de colgar, el desconocido prometió enviarle a Rendell un casete con porros y cumbias, por si quería poner “Colombia, tierra querida” de fondo, para darle color a su nota sobre González. El tipo fue tan deferente que el periodista inglés se prometió algún día conocer ese país de gente amigable.

Lo cumplió un par de años más tarde, cuando recorrió Suramérica en bicicleta. Arrancó en Ushuaia, la ciudad más austral de Argentina –del continente–, y llegó seis meses después a su “tierra prometida”. Al hablar con un par de colombianos, recordó otro aspecto de la entrevista con Chepe que le había quedado sonando: el escarabajo invocaba a Dios en cada frase: “Gracias a mi Dios”, “si Dios quiere”, “Dios mediante”… Y empezó entonces a identificar un paralelo entre el rostro sufrido de Cristo antes de morir en la cruz y la cara transformada del típico ciclista colombiano, el que aguanta en cada subida, en cada pedalazo, pero igual llega, nunca se baja de la bicicleta. Rendell acababa de descubrir que en Colombia los ciclistas sufren por deporte, tal vez porque buscan a Dios en el filo de cada montaña.

Ya en el país del Sagrado Corazón, se consiguió algo de dinero para hacer un documental sobre los escarabajos y su devoción. Y se adentró como ningún otro extranjero había hecho antes en la esencia del ciclismo nacional. “Quise entender la espiritualidad del deporte –dice Rendell–. Un día subí en bicicleta con Iván Parra, el hermano de Fabio, al santuario de la Virgen de Morcá, que es la virgen de los ciclistas. Al llegar, Iván se bajó de la bicicleta y dijo: ‘Vamos a hacer lo que vinimos a hacer’, y se puso a rezar. Creo que llegué a la presencia real, al corazón de la cosa, a la vivencia”.

Reyes de las montañas vino después. Rendell –quien también tiene un libro sobre la historia del Tour de Francia, otro sobre salsa para no salseros y una biografía del polémico ciclista italiano Marco Pantani– dice que lo escribió como un acto de gratitud con Colombia, país “forjado a base de agua e’ panela y mazamorra”. Para hacerlo, duró cinco años hablando con ciclistas activos y retirados, con patrocinadores, con periodistas especializados, con aficionados. Y leyó todo lo que encontró al respecto, desde periódicos amarillentos por el paso del tiempo hasta tomos de historia.

Su libro publicado originalmente por la editorial Norma en 2002, no es exactamente el mismo al reeditado este año; el modelo 2016 viene recargado con un epílogo que desglosa la última década del ciclismo nacional. Y no solo con los datos obvios: los logros y las derrotas de Santiago Botero, Nairo Quintana o Rigoberto Urán en los Alpes o en los Pirineos; también toca los escándalos por doping del actual campeón de la Vuelta a Colombia, los esfuerzos por tener un equipo hecho-en-casa capaz de competir en las grandes carreras internacionales y la mediocridad de cierta parte de la dirigencia criolla.

Rendell dice que cada capítulo se lo gozó y lo sufrió como una etapa de su propio Tour. Pero sobre todo se lo gozó. Cómo no, si pudo compartir con esos personajes que lo fascinaron desde su llegada: recorrió parte del trazado de la primera Vuelta a Colombia con el Zipa Forero; pedaleó entre Sogamoso y la laguna de Tota al lado de Chepe González; entrevistó al Osito Escobar Gaviria en un hospital, donde el exciclista, patrocinador de varios equipos y hermano del líder del Cartel de Medellín se recuperaba de un atentado; revisó los álbumes de Rafael Acevedo, el protagonista de la fascinante primera escena de su libro, en la que él, adolescente, de ruana y alpargatas, con una cantina de leche amarrada a la parrilla trasera de su bicicleta, supera a un grupo de profesionales que sube una colina en Boyacá, no sin antes responderle los reclamos al entrenador de turno con un: “¡Coma mierda! ¡Si son tan berracos, descuélguenme”.

“Esa es la paradoja del ciclismo colombiano”, concluye Rendell, quien fue hasta hace poco jefe de prensa del equipo español Movistar, el de Nairo Quintana. “Las bicicletas de los profesionales son carísimas, pero el deporte es de campesinos, de gente con ganas que se levanta temprano y trabaja muy duro, que no se queja. En el Tour puede haber ciclistas de 40 nacionalidades, y todos pedalean igual, pero cada uno lo hace por razones diferentes, según su contexto”.

—¿Qué quiere decir, señor Rendell?

—Lo que quiero decir es que los británicos, por ejemplo, son producto de una ciencia aplicada al ciclismo…

—¿Y los colombianos?

—Los colombianos, el Negro Ramírez, Cochise, Lucho Herrera, Fabio Parra, Nairo, son fruto de una espiritualidad aplicada. Es sencillez, es esencia, es magia…

—¿Mariposas amarillas?

—Eso, eso, todo el ciclismo colombiano es un cuento de Gabo… ¡mariposas amarillas!

* Editor de SoHo

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