Cuentos para no perderse I

Desde Haruki Murakami hasta Margarita García Robayo: esta es la selección de cuentos que Arcadia recomienda en la FILBo.

2015/04/17

SOLEDAD MASCULINA
Marta Orrantia

"¿Quién demonios soy yo?”, eso parecen preguntarse todos los hombres que pierden a una mujer. Los viudos, los solitarios, los divorciados, los que esperan todavía que ella vuelva en cualquier momento y reanude su charla donde la dejó.

En su último libro, Hombres sin mujeres, el escritor japonés Haruki Murakami recorre las soledades masculinas a lo largo de siete relatos en los que las mujeres son meros fantasmas que cruzan por la vida de los protagonistas, y es justamente esa presencia femenina inasible lo que las convierte en personajes centrales, en objetos del deseo, en muertas siempre presentes y en recuerdos constantes que vienen con la intensidad de las mareas.

Como en todo libro de cuentos, hay unos mejores que otros. Aunque el japonés no defrauda en su estilo preciso, sereno y mesurado, historias como Scherezade o Kino, son piezas magistrales que recuerdan la escritura onírica e inquietante del Murakami de Kafka en la orilla o Tokio blues.

En Scherezade, las historias fabulosas que le cuenta una mujer sin nombre a Habara, el afortunado que las escucha día a día, lo obligan a preguntarse –al igual que los lectores– si volverá a la mañana siguiente para reanudar su narración.

En Kino, en cambio, lo que nos mantiene interesados no es lo que se dice, sino lo que se calla. Aquellas cosas que Kino, su protagonista, no conoce. Los misterios que hay detrás de una invasión de serpientes, de la huida de una gata y del abuso de una mujer.

A lo largo del libro, aparece, los guiños de un autor que ha sido consistente con su búsqueda: lo fantástico y lo cotidiano tomados de la mano, para mostrarnos que lo inexplicable siempre está acechándonos a la vuelta de la esquina; aparecen también el jazz, una banda sonora constante en la obra de Murakami; los gatos, que son instintivos y macabros; la cocina, como el acto supremo de un hombre sin una mujer, y, por supuesto, la soledad, el aislamiento y el silencio en el que los protagonistas del escritor japonés siempre le dan rienda suelta a sus pensamientos más oscuros.

Hombres sin mujeres
Haruki Murakami
Tusquets


EXTRANJERA

Dice la narradora de Hasta que pase un huracán, que “lo bueno y lo malo de vivir frente al mar es exactamente lo mismo: que el mundo se acaba en el horizonte, o sea que el mundo nunca se acaba”. Con una personalísima voz, Margarita García Robayo debuta en la publicación de sus obras en Colombia con esta nouvelle o cuento largo sobre el tedio de vivir en una ciudad como Cartagena. Autora de Lo que no aprendí, una novela más compleja que sucede entre esa ciudad y Buenos Aires, en Hasta que pase un huracán se descubre que detrás de la aparente sencillez de la narración de la vida cotidiana de una ciudad –que aquí aparece contada en la voz de una mujer neurotizada con su entorno– hay un trabajo sostenido por conseguir una especie de concreción; un pulso, sin duda, por contar una sensación: la de sentirse extranjera en tierra propia, la de querer irse siempre que se vuelve. La escritura de García Robayo es un descubrimiento y bien vale la pena leerla.

Hasta que pase un huracán
Margarita García Robayo
Laguna libros


UNA VÁVULA DE ESCAPE
Álvaro Robledo

Recuerdos, libro de relatos publicado por entregas en 1933, podría haber sido el testamento de Tsushima Shuji (1909-1948), un joven japonés de 34 años con un gusto particular por la muerte: antes de cumplir veinte años ya había intentado suicidarse dos veces, en una de esas ocasiones con una geisha que sí moriría bajo las aguas del océano cerca de Kamakura, tema central de muchos de sus escritos y que aparece también en esta colección de memorias.

Dije que podría ser el testamento de este hombre pero representó en verdad el nacimiento de Dazai Osamu, seudónimo de uno de los escritores más queridos por los japoneses, incluso ahora, casi siete décadas después de su muerte.

Cada 19 de junio, centenares de visitantes y admiradores en especial mujeres jóvenes, presentan sus respetos en su tumba, llevando cerezas y sake. Para algunos será difícil comprender la adoración por un escritor que muchos críticos han clasificado de “menor”, un indudable narciso, obsesionado con mostrarle al mundo su dolor, su incapacidad para entrar dentro de la sociedad humana, tan ajena del vecino, tan engañosa, capaz de comer sin tener hambre, de matar por tonterías, despreocupada de los desheredados, y que se burla de dios y del amor.

Todo esto se encuentra en los libros de Osamu. Esto, pero también mucho más: está el humor negro del moribundo o del hombre que sabe que morirá, en particular si es por su propia mano, un humor cáustico, cargado de frases que van a la esencia de las cosas, de las relaciones. Este libro, sin duda un regalo para los amantes de Osamu, con una excelente traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés, nos muestra en su mejor expresión “la miserable válvula de escape” (como le llamaba a su escritura), con la que logró prolongar unos años más su muerte, llevada finalmente a cabo un día de junio de 1948, junto a otra de sus amantes, con quien saltó al río Tama, cerca de Tokio. Era su quinto intento de suicidio. Los cuerpos fueron encontrados el día en que cumpliría 39 años.

Recuerdos
Dazai Osamu
Satori


UNA ISLA EN EL ALMA DE SUS HABITANTES
Hernán Darío Correa

En estos trece cuentos escritos a lo largo de más de veinticinco años, entre 1985 y 2009, el autor reafirma su indeclinable fidelidad a La Habana como terruño y como espacio donde se concreta lo que se podría llamar la mayor paradoja de nuestra época: un país revolucionario donde el tiempo se ha detenido, y donde sus habitantes se devoran en silencio a sí mismos desde su deseo y sus impotencias, pero, al mismo tiempo, no dejan de recrear una profunda identidad caribeña, campesina y urbana, cosmopolita, resuelta en dignidad… En fin, en eso que solo podría llamarse como cubanía.

Narrados desde y sobre la búsqueda incansable de un ser en medio de una misión militar en África, pero obsesionado por acceder durante unas horas de tránsito por Madrid a lo mejor de la tradición occidental: la pintura de Velásquez; de un joven que quiere recuperar la entraña de la rumba nocturna en unos bares habaneros que se resisten a morir, donde “ella (aun) cantaba boleros”; de una adolescente tránsfuga que toma por asalto sexual al novio de su hermana mayor unas horas antes de fugarse de la Isla; o de un funcionario que reencuentra sus ilusiones perdidas en el juego callejero de pelota de un niño, entre otros episodios, estos cuentos nos permiten asomarnos al alma de un país asediado por los perfiles más crueles, las peores secuelas y las formas trágicas de la guerra fría: el bloqueo o cerco del gobierno de los Estados Unidos a la isla de Cuba durante más de cincuenta años, la ideología totalitaria que ha campeado en su régimen político, y la entereza de sus habitantes, acrisolados en dramas, tragicomedias y pequeñas fiestas personales de quienes han llevado sobre sus hombros el transcurrir de medio siglo.

Como limaduras que han venido quedando entreveradas en la producción de sus maravillosas diez novelas, o si se quiere, como maquetas de su riquísima construcción literaria, estos cuentos que en todo caso viven por sí solos nos asoman a la entraña habanera con un tono narrativo agridulce que en ocasiones recuerda a Cabrera Infante: en vecindarios y recintos intemporales se ponen en juego al mismo tiempo las frágiles pasiones y las búsquedas decididas del amor, de la aventura o del mundo, en una urbe convertida ella misma en una isla en el alma de sus habitantes, pues así estén en otros continentes, las ataduras que sujetan esa cubanía se alternan y se refuerzan inexorablemente, y se revelan en lo que el mismo autor llama el destino, que en estos casos sabe a una mezcla del vacío que campea en el mundo globalizado, la desolación del amanecer en las calles de Madrid, la muerte inminente en el extranjero, el duelo como proceso interior ante la separación de los amantes, el gusto por las pequeñas cosas del propio terruño, y la aparente pero conocida y propia inmortalidad de ese tiempo detenido en un siempre añorado y amado país.

Aquello estaba deseando ocurrir
Leonardo Padura
Tusquets

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