Educación sin sexo, sexo sin educación

Por primera vez en la historia de Colombia, el Estado, a través del Ministerio de Educación, entregará libros a las bibliotecas escolares. Eso sí, pocos sobre sexualidad. ¿Qué queremos esconder?

2013/06/13

Por Lina Vargas* Bogotá

A mediados del mes pasado, cinco noticias fueron publicadas en los principales medios colombianos. La periodista de El Tiempo, Jineth Bedoya denunció la existencia de campamentos de explotación sexual de menores de edad en las principales zonas mineras del país. También en ese diario, la columnista Yolanda Reyes escribió sobre tratamientos de belleza y rejuvenecimiento para niñas de seis años. En una sesión del Concejo de Bogotá sobre movilidad, el concejal del Partido Liberal Jorge Durán Silva se refirió a las lesbianas como mujerzuelas, y Johny Alexis Castrillón, el alcalde del municipio antioqueño de Segovia, dijo que en ese pueblo no había prostitución porque las mujeres eran muy calientes y no necesitaban que los hombres les pagaran para tener una relación sexual. La quinta noticia, que le ha dado la vuelta al mundo, es la ruleta sexual practicada por jóvenes en Medellín.

Si hay algo en común entre el concejal Durán, el alcalde Castrillón y las personas que atienden el spa para “pequeñas princesas”, es una profunda fractura en su educación sexual. Y no es para menos. Un buen porcentaje de la sociedad colombiana tiene los mismos vacíos. Mujeres adultas que todavía no entienden por qué en el colegio las monjas les soltaban con fiereza el dobladillo de la falda para que no mostraran las piernas. Niñas que quedan embarazadas de un tipo poderoso para conseguir reconocimiento social. Profesores de matemáticas que ponen ejercicios difíciles a los alumnos y fáciles a las alumnas. Señoras que toda su vida han creído que quedarán embarazadas si entran a la misma piscina que un hombre. Pensemos que las noticias más vistas de los medios en Internet casi siempre tienen que ver con sexo. Pensemos en los insultos que se escuchan durante un partido de fútbol: la mayoría relacionados con la sexualidad de los jugadores. Aunque suene a cliché, todo esto tiene que ver con la educación.

En el capítulo sobre educación sexual de la última Encuesta Nacional de Demografía y Salud, realizada en el 2010, se lee: “Después de la Constitución de 1991 la Corte Constitucional emitió una sentencia que establece la necesidad de abordar la educación sexual en el país. El Ministerio de Educación, en virtud de esta sentencia, le otorgó carácter obligatorio a la educación sexual en las instituciones educativas, que fue el fundamento del Proyecto Nacional de Educación Sexual formulado en 1993. Sin embargo, todavía subsisten vacíos en el proyecto”.

No hay que buscar mucho para encontrar esos vacíos y, a pesar de que se podría pensar que gran parte se refiere a los índices de embarazos adolescentes –en promedio en Colombia, una de cada cinco jóvenes entre los quince y los diecinueve años está embarazada– el tema es más amplio. La encuesta indica que la educación sexual se ha centrado en la prevención de los embarazos –sin muchos resultados– en detrimento de otros asuntos como los casos en los que el aborto es permitido, el sida, las enfermedades de transmisión sexual, la gratuidad de los anticonceptivos, el placer, la identidad de género y la diversidad sexual. En otras palabras, buena parte de la educación sexual se ha reducido únicamente a señalar los riesgos de las relaciones sexuales. Pero no. Estamos ante un universo que abarca casi todos los aspectos de la vida de un ser humano desde su nacimiento. Es desde allí cuando esta historia empieza a ir mal.

En su libro Sexualidad en niños y adolescentes, el médico pediatra Manuel Alonso Alejo Riveros hace un recorrido por algunas definiciones de sexualidad. Dos de las más impactantes las toma de Freud: “Ante todo significa lo indecoroso, aquello que no debe mencionarse” y del experto en salud pública Robert F. Valois: “La sexualidad es quien es usted”. Curioso. Aquello que somos es, justamente, aquello que la sociedad intenta esconder. Alejo Riveros lanza su propia definición: “La sexualidad se refiere a todas nuestras expresiones de afecto con nosotros mismos y con los demás”. Según él, el afecto sensual es aquel que desarrollan los órganos de los sentidos desde el momento de nacer, mientras que el afecto erótico se relaciona con los órganos genitales y surge hacia los diez años. Pensemos, entonces, en las mamás que regañan a sus pequeños hijos por tocar su pene cuando tienen ganas de orinar. Pensemos en lo terrible que esto puede llegar a ser.

Entonces, el Ministerio

Todo esto lo entienden muy bien las personas que trabajan en el Programa de Educación para la Sexualidad y Construcción de la Ciudadanía del Ministerio de Educación. Su objetivo es que los estudiantes conozcan sus derechos sexuales y reproductivos para que puedan tomar decisiones sobre su vida sexual, respeten la de los demás y sean mejores ciudadanos. El Programa empezó en el 2008 y, al igual que sucede con el resto del currículo escolar, el Ministerio no puede decirles a los colegios oficiales qué hacer, sino darles unos lineamientos frente al tema. Para este tiene tres cartillas que hacen énfasis en que la educación sexual no se aprende en una clase, sino a través de un proceso con profesores, alumnos y papás. No importa que el Programa solo haya llegado a un 3 por ciento de los colegios oficiales. Está marchando, podríamos decir.

Entonces, esta historia toma un giro. Hace un par de meses, el Ministerio de Educación celebró la noticia de que este año 19.400 instituciones educativas del país recibirán una colección base de libros para iniciar su biblioteca escolar. La colección se llama Semilla, hace parte del Plan Nacional de Lectura y Escritura y su finalidad es el fomento de la lectura. Por esta razón no entrega libros de texto sino de literatura, informativos y de referencia. La Colección, como el Programa de Educación para la Sexualidad, también busca formar buenos ciudadanos que tomen decisiones sobre su vida. Y eso en buena medida lo logra una persona que haya leído. Ya lo sabemos, la literatura no sirve para algo en particular. Sirve, eso sí, para encontrar una voz propia y sacar conclusiones sobre el mundo que nos rodea. En palabras del editor, profesor y especialista en literatura infantil Carlos Sánchez, “con ella encuentras a alguien que diga por ti lo que tu no puedes decir”. Pues bien, en la Colección Semilla –una juiciosa selección de doscientos setenta títulos– el tema de la sexualidad no está presente. ¿Por qué?

María Clemencia Venegas, bibliotecaria escolar y profesora, fue la encargada de coordinar la metodología con la que se seleccionaron los libros de la Colección. Ella explica que es la primera vez que en Colombia un gobierno apuesta a la dotación de bibliotecas escolares. Su trabajo empezó en el 2011 con la lectura de normas internacionales para hacer una biblioteca escolar. Con esto en mente, se elaboró una lista de mil títulos a partir de recomendaciones del Banco de la República, las fundaciones Fundalectura y Espantapájaros y el Plan Nacional de Lectura de México. Durante dos meses, un grupo de dieciséis personas compuesto por once técnicos de currículo –funcionarios del Ministerio que conocen al derecho y al revés las competencias escolares– y cinco bibliotecólogos, evaluaron los libros hasta llegar a ciento uno. Esa fue la primera Colección Semilla y estaba dirigida a los cursos de primaria. En el 2012 se volvieron a reunir, esta vez, quince técnicos de currículo, cinco bibliotecólogos y treinta personas que trabajaban con niños. Revisaron cuatro mil títulos y acordaron una lista definitiva de doscientos setenta para primaria y bachillerato.

La Colección no solo abarca temas del currículo escolar, sino que incluye libros en lenguas indígenas, para niños con dificultades auditivas y visuales y cartillas para profesores. Para muchos niños de regiones apartadas del país será su primer contacto con la literatura. Y hay que felicitar al Plan de Lectura por eso. Sin embargo, de nuevo la pregunta: ¿y los libros sobre sexualidad? ¿Si la Colección Semilla y el Programa de Educación para la Sexualidad del Ministerio comparten el objetivo de formar ciudadanos con autonomía y conocimiento de sus derechos, no es necesario que el tema exista? Al parecer, la segunda dejó por fuera varios títulos sobre sexualidad que aparecían en la primera lista. ¿La razón? Tenían un enfoque muy biologicista que descuidaba otros aspectos como lo afectivo. Está bien. Pero aun así, no deja de sorprender que una de las personas del equipo evaluador –que además trabaja en el Programa de Educación para la Sexualidad– haya dicho que no se acuerda de las razones para haber sacado los libros: “Descartamos todos los libros porque tenían un enfoque más biologicista pero no recuerdo qué se dijo en el documento final”.

Un par de libros

Desde luego, una de las consideraciones al momento de escoger los títulos de la Colección fue la oferta en el mercado editorial. En la selección actual hay dos diccionarios del cuerpo humano y Cosas que los adultos no pueden entender del mexicano Javier Malpica, mientras que en la primera está Mi cuerpo es lindo de la colombiana María del Rosario Romero. ¿Qué paso con ese libro? ¿Qué pasó con los recomendados por el Banco de la República, Fundalectura y Espantapájaros?

En la Biblioteca Luis Ángel Arango están, por ejemplo, Tetas de Genichiro Yagyu, El pequeño pipí de Stéphane Poulin y Rey y Rey de Linda de Haan y Stern Nijland. El primero, de gran sensibilidad, sencillez y sentido del humor, cumple con todos los criterios que la escritora y especialista en literatura infantil Yolanda Reyes considera que debe tener un libro informativo: no ser especulativo, provenir de un campo del conocimiento verificable, ser comprensible y verosímil, tener ayudas gráficas y dejar preguntas en el aire. El pequeño pipí cuenta la historia de un niño al que le avergüenza el tamaño de su pene y Rey y Rey, aunque no es muy bueno en términos literarios, fue uno de los primeros libros en hablar abiertamente sobre la homosexualidad.

Pasemos a la lista de Fundalectura. Son diecisiete títulos entre los que se encuentran Billy Elliot, sobre un niño que quería ser bailarín de ballet, y Tres con tango, un bellísimo cuento basado en una historia real sobre una pareja de pingüinos macho del zoológico de Nueva York que adopta una cría. También hay varios títulos informativos como ¡Es alucinante!, escrito por Robie H. Harris e ilustrado por Michael Emberly. En formato de cómic, es una larga conversación sobre sexualidad entre un pájaro y una abeja que pasa por temas polémicos como el aborto, la homosexualidad y la adopción y cuyo mayor logro es que le habla directamente a los niños. De hecho, empieza con las preguntas “¿Curioso? ¿Avergonzado? ¿Confuso?”. Y De dónde venimos de Peter Mayle con ilustraciones de Arthur Robins, que es considerado el gran clásico de la educación sexual para niños.

Yolanda Reyes, directora de Espantapájaros, recomienda El libro de los cerdos del siempre genial Anthony Browne, una profunda reflexión sobre lo asfixiantes que pueden llegar a ser los roles de género. Y en esa misma línea, Ferdinando, el toro, el cuento publicado por Munro Leaf en 1935 sobre un toro que prefiere descansar sobre la hierba a ir a las corridas como el resto de sus parientes, y Billy y el vestido rosa de Anne Fine, cuyo protagonista, Bill, se levanta una mañana convertido en una niña. El escritor, editor y crítico literario cubano Sergio Andricaín menciona otros dos: Jim en el espejo de Inger Edelfelt y Para Nina de Javier Malpica. Y podríamos añadir la inquietante y dolorosa novela Zapatos de tacón de Lygia Bojunga Nunes y casi toda la obra de Maurice Sendak.

Un círculo vicioso

Con contadas excepciones, todos estos libros fueron escritos por autores extranjeros. Lo que nos lleva a preguntarnos qué pasa en Colombia. Ana Robledo, exeditora de la línea infantil y juvenil de Alfaguara descarta que este sea un asunto de censura directa. Para ella tiene que ver más con el mercado. Las editoriales colombianas no se arriesgan a publicar libros sobre sexualidad para niños y jóvenes porque nunca se sabe cómo los recibirán los colegios –de hacerlo mal, eso representaría pérdidas económicas– y a los colegios les aterran las reacciones de los papás. Y los papás no tienen ni idea de la importancia de la educación sexual porque nunca recibieron una. Y el Ministerio de Educación dice que no hay oferta de libros y por eso no los incluye en la Colección.

Rastrear una posible censura es muy difícil porque está en todas partes: desde la gente del Opus Dei que ha ido al Ministerio de Educación a quejarse hasta los técnicos curriculares que descartan buenos libros porque no son académicamente relevantes. Desde el procurador Ordóñez con su absurdo sentido de la moral hasta la niña que dijo en un taller de lectura que Rey y Rey era un libro asqueroso. Desde los bibliotecarios escolares que guardan los libros sobre sexualidad bajo llave hasta las personas que dicen que todo es muy complicado. Y que de las cosas complicadas no se habla.

El investigador en temas de educación Fabio Jurado recuerda la estrecha relación entre conocimiento y apropiación de la sexualidad. Un niño que reciba una clase de educación sexual quizás aprenda qué es un condón, pero no mucho más. No se trata de culpar a la Colección Semilla de los vacíos en la educación sexual. No es esa su función. Se trata, eso sí, de señalar que es un tema del que nadie quiere hacerse cargo. ¿Será que, como cuenta la historia de Adán y Eva, a alguien le da susto que empecemos a pensar por nosotros mismos?

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