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El poema interroga a las sombras

Jorge Cadavid reseña 'El laberinto. Antología poética, 1968 - 2008' de Jose Luis Díaz-Granados

2014/04/22

Por Jorge Cadavid*

Esta antología de José Luis Díaz Granados (Santa Marta, 1946) recupera una de las voces más particulares y sugestivas de la llamada Generación sin Nombre o Desencantada. Poetas de la talla de Henry Luque Muñoz, Álvaro Miranda, Augusto Pinilla, Jaime García Maffla y el propio José Luis fueron relativamente opacados por luminarias como Darío Jaramillo, Juan Gustavo Cobo Borda o María Mercedes Carranza. El poeta y ensayista Óscar Torres, con buen ojo crítico rescata, edita y organiza esta antología por encargo del FCE.

Pocos poetas en Colombia tienen la movilidad estilística de José Luis Díaz Granados. Su poesía está en la palabra que oculta. Recuerdo como un sello indeleble en mi memoria el poema “Voyeur”: Desde este poema deseante / -ojo de la cerradura- / mi ojo te está mirando / y tú siempre estás desnuda”.

La materia en donde el poeta imprime su mirada es el lenguaje. ¿Quién está siempre desnuda? La poesía. Visión verbal: dar a ver. El poema es el desarrollo de ese deseo de imposible cumplimiento. La voz nítida e inconfundible que se instala apenas el lector recorrió las cuatro líneas es, a su vez, el sostén de un pensamiento que narra la épica de una mirada y se sostiene en ella. La lengua dice menos de lo que piensa la mente. El ojo ve menos de lo que dice la lengua. Lo que vemos en forma mental es tan real fenomenológicamente hablando para nosotros como lo que vemos con los ojos a través de la cerradura.

Juan Gustavo Cobo Borda tiene razón al afirmar en el prólogo de El laberinto que José Luis “ha hecho de él un personaje de su propia obra”. Imagen del laberinto que la poeta polaca Wislawa Szymborska ya había vislumbrado: “Ese laberinto no es otra cosa que tú, solo tú”.

José Luis tiene algo que decir y sabe decirlo. Y además tiene una verdad que lo arrastra hasta el final del lenguaje: la palabra errante. Por ello, para el autor el poema es un continuo levantamiento de los sentidos. No hay certidumbre alguna en el mundo: “Todo lo que yo miro, / toco y palpo / es eterno, / si quiero”.

No creo que este hermoso libro cierre su obra. El escritor pertenece a la obra que es abierta, indefinida, incesante. El poeta lo sabe. La eternidad está donde seamos capaces de nominar, de engendrar una forma. Lo que después ocurre con el poeta es aleatorio.

 

* Poeta y profesor de la Universidad Javeriana.

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