Ensayos en la FILBo II

Filosofía, periodismos y otros temas que podrá encontrar en esta Feria del libro de Bogotá.

2015/04/16

Por RevistaArcadia

El Tejedor

 




















La filosofía pasado el mañana

Stanley Cavell, Alpha Decay. 

Rodrigo Restrepo Ángel*

Stanley Cavell es, ante todo, un tejedor. En La filosofía pasado el mañana, su última compilación de ensayos –y elegido libro del año por el Times Literary Supplement en 2005–, logra poner en conversación a Heidegger y a Wittgenstein, a Emerson y a Nietzsche, y a estos últimos con Thoreau, Levinas, Shakespeare y el cine. Cavell, valga decir, es discípulo y sucesor de J.L. Austin –quien postuló el concepto de los actos del habla–, así como uno de los más interesantes intérpretes de Wittgenstein. Aunque formado en la tradición de la filosofía analítica anglosajona, su pensamiento va, sin embargo, mucho más allá de los juegos lógicos y lingüísticos de la analítica.

Es justamente esta amplitud de miras, este extenso ámbito filosófico, el que expone lúcidamente en La filosofía pasado el mañana. El libro puede verse como una aguda conversación, o mejor, como un tejido denso de hilos temáticos que aparecen y reaparecen en diferentes matices a lo largo de la serie de ensayos: el gesto de mirar lo ordinario y comprender la cotidianeidad de nuestras vidas, el lugar de la tragedia y la vulnerabilidad, o la extraña tensión entre la alabanza y el escepticismo. Es quizás este último tema, el escepticismo, el que se mantiene como color de fondo del telar. ¿Qué pasa si dejo de afirmar el ‘yo soy’ que proclamó Descartes?, se pregunta Cavell. ¿Dejo entonces de existir, o quizá mi existencia deviene menos cierta? ¿Es esta nuestra condición actual? Pero sin duda la más importante contribución de Cavell en este libro sea la de añadir a las expresiones performativas del lenguaje –de las que habló Austin– la idea de unas “expresiones pasionales”, más propias de la ópera y de la tragedia, y que vendrían a ser “una invitación a improvisar en los desórdenes del deseo”.

Más allá de su profunda experticia filosófica, el valor de Cavell quizá resida en que logra mantener en su amplia mira el motivo profundo de la filosofía. Pues “lo que está en juego –nos dice–, aún por encima de la idea de conocimiento, es el cómo dar cuenta de la experiencia humana”.

*Filósofo

Lecturas decadentes

 

 

Monstruos parisinos

Catulle Mendés, Ardicia

Nathan Jaccard*


El año: 1881. El lugar: París. El marco: la vibrante decadencia de la Belle Époque. Y para retratarla, uno de sus protagonistas olvidados, el literato francés Catulle Mendés (1841–1909). Monstruos Parisinos recopila 20 estampas de actrices amorales, de condes aburridos, de burgueses crueles, de artistas desesperados, un bestiario que el autor escribió por entregas en la revista Gil Blas, antes de publicarlas en 1881 y volverse un inmediato éxito literario.

Mendés, hijo de banqueros devorado por las letras, frecuentó la bohemia de clase alta, se casó cuatro veces, se batió en un par de duelos y murió, claro, de manera monstruosa: bajándose por error del tren antes de que llegara a la estación. Fue uno autor prolífico, aventurándose a escribir sonetos, óperas, obras de teatro, novelas, argumentos de ballet y cuentos.

En Monstruos Parisinos, de manera corta, con ironía, una buena dosis de voyeurismo, retrata una aristocracia donde la intriga y los golpes bajos son la regla. Un París lujoso y despiadado, en la que se “aplaude la fealdad y se adora la podredumbre”, sin finales felices. Como se escandaliza una actriz de teatro: “¡Le amas, tú le amas! ¡He ahí otra farsa, el amor! ¿Hija mía, no eres una mujer de tu tiempo, acaso se ama hoy en día?”. Una sociedad plagada de personajes mezquinos, como ese periodista que “al ser feo, detesta y se mofa de todo lo bello”. Como ese actor, que se convierte en un desalmado gigoló. Como ese marido celoso, que prostituye a su esposa pues “quiere tanto al dinero como a su mujer”.

Es sobre todo, un mundo de mujeres poderosas, verdaderas “femmes fatales” cubiertas de joyas y caprichosas, que doblegan a sus amantes hasta sacarles el último centavo. Que los empujan al crimen por entretenimiento. Que buscan “el exceso de calumnias, gracias al cual somos extraordinarias” y aconsejan “ofrecerse siempre, entregarse nunca”. Todo un manual de la perfecta mundana.

La afilada prosa de Mendés no sobrevivió el paso del tiempo, pero con audacia la editorial independiente española Ardicia decidió rescatarla. Pues, más allá del placer de zambullirse en un universo deliciosamente horroroso, este es un fino retrato de una época que agoniza y reinventa los valores occidentales, justo antes de entrar al violento siglo XX.

*Periodista

¡Vete a la mierda!

 




















Henry Louis Mencken, Innisfree

Este “manual de la estupidez y los prejuicios humanos” recopila los mejores artículos del mordaz Henry Louis Mencken. Considerado uno de los periodistas más influyentes de su tiempo, se caracterizó por una actitud anti gubernamental, antipopulista y antidemocrática. Vete a la mierda recoge textos sobre diversos temas entre ellos la religión, las mujeres, la charlatanería, la muerte y la literatura.  Alejado de todo lo que llamaríamos “políticamente correcto”, Mencken presenta una visión franca y pragmática de las cosas.

Corrupción: metáfora de ambición y deseo

 

Hermes Tovar Pinzón, Editorial Panamericana

“En esta Colombia ejemplar vegetan quienes suponen que el cohecho es delito de uno, que la traición a la patria elige presidentes, que el robo millonario a seres indefensos hace magistrados”, se lee en la introducción de este cuidadoso ensayo de Hermes Tovar Pinzón. Editado por la Universidad de los Andes, donde su autor ejerce como profesor titular de la Facultad de Economía, se trata de un estudio riguroso sobre la corrupción, y sus consecuencias, a lo largo de la historia de Colombia.

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