'1914. De la paz a la guerra' de Margaret MacMillan. Turner Noema

Había otras opciones

Mauricio Sáenz reseña '1914. De la paz a la guerra' de Margaret MacMillan

2014/04/22

Por Mauricio Sáenz*

Hace casi cien años, el 28 de junio de 1914, un sol esplendoroso iluminaba las calles de Sarajevo. El heredero del trono austrohúngaro, el archiduque Francisco Fernando, y su esposa Sofía estaban de  y en la confusión que siguió el automóvil descubierto que los llevaba tomó por equivocación una estrecha calle secundaria. Era el destino. Gavrilo Princip, un joven nacionalista serbio que acechaba a la pareja se encontraba por casualidad en ese preciso lugar.  Al ver que el coche se detenía, brincó al estribo y disparó a quemarropa. No llegaron vivos al hospital.

A la mayoría de los europeos la noticia no los impresionó demasiado. Estaban en vacaciones de verano, muy ocupados en las playas como para preocuparse por un príncipe más bien secundario. Ni siquiera los responsables de sus destinos, ellos mismos lejos de sus palacios y cancillerías, imaginaban que el crimen desataría una conflagración que, conocida primero como la Gran Guerra Europea y después como la Primera Guerra Mundial, se convertiría en la peor matanza que la humanidad hubiera sufrido hasta entonces.

Al terminar las hostilidades, cuatro años más tarde, veinte millones de personas estaban muertas, quince millones heridas y mutiladas, y el orden mundial imperante durante siglos había desaparecido. Cuatro imperios estaban destruidos, el comunismo y el fascismo encontraban el terreno abonado para difundir su mensaje, Estados Unidos emergía como la nueva potencia universal, y, para empeorar las cosas, quedaban las semillas de una nueva conflagración, aún más sangrienta, que estallaría solo 21 años más tarde.

A pesar de su trascendencia, la Primera Guerra Mundial ha permanecido en un segundo plano detrás de su horrible secuela. A tiempo con su centenario, sin embargo, varios autores han desenterrado esa historia para tratar de dilucidar porqué los países europeos, tras 85 años de paz, salpicada apenas por algunos cortos conflictos puntuales, se vieron envueltos en semejante tragedia.

Una de tales autores es la canadiense Margaret MacMillan con su libro 1914: De la paz a la guerra. MacMillan suscribe la corriente histórica, imperante hoy en día, que atribuye la responsabilidad de esa guerra no solo al comportamiento errático del ridículo káiser alemán, sino a una compleja combinación de circunstancias a cargo de personajes civiles y militares que, o no estuvieron a la altura del momento, o tomaron decisiones equivocadas cuando era perfectamente posible haber buscado una salida política.

En busca de explicar lo inexplicable, MacMillan comienza su texto en la Exposición Universal de París en 1900, en los albores de un siglo que prometía avances más allá de la imaginación. Sin embargo, detrás del modernismo se ocultaban tensiones amenazantes. El auge de los nacionalismos y la creencia generalizada en una especie de darwinismo social hacían feroz la competencia de los países. Esa mirada eurocentrista medía el prestigio de los europeos en la cantidad y calidad de sus colonias en Africa y Asia. Naciones recién unificadas, como Alemania e Italia, competían con viejos imperios como el británico, el austrohúngaro y el ruso, que bregaban por mantenerse, a tiempo que el otomano, el “enfermo de Europa”, ofrecía a su vez el espectáculo de un gigante que agoniza. Y el continente se dividía en alianzas militares de naturaleza relativa: defensivas para los firmantes, ofensivas para los demás.

De ese modo, el Imperio británico y Francia desde 1904 estaban vinculados por la Entente Cordiale (que luego incluiría a Rusia) para contrarrestar el avance militarista de Alemania. Esta, por su parte, se acercaba por medio de la Triple Alianza a su aliado natural, el Imperio austrohúngaro y a una vacilante Italia. En medio de todo, los nacionalismos fanáticos, sobre todo en los Balcanes, añadían un factor de riesgo a una situación volátil.

Precisamente la extrema derecha serbia, que alentada por Rusia quería recuperar Bosnia para su proyecto nacional, proporcionó el casus belli al matar al desafortunado archiduque. En solo 37 días, todo se salió de control. El gobierno austrohúngaro, apoyado por el “cheque en blanco” del káiser, declaró la guerra a Serbia. Rusia salió en defensa de su hermanita eslava del sur, con lo que Francia se vio arrastrada a la guerra por su aliada. Y Alemania, por cuenta de Austria-Hungría, atacó a Francia atravesando Bélgica. Lo cual a su vez convenció a los dubitativos británicos de defender a sus nuevos amigos galos. El Imperio otomano, para evitar el avance del austrohúngaro en su zona de influencia, entró a la Triple Alianza. Con el tiempo, Japón terció a favor de la Entente, para consolidar su hegemonía asiática. Estados Unidos llegó al final, exasperado por los ataques de submarinos alemanes a sus buques, y se comió las sobras.

Lo que resulta más dramático de la narración de MacMillan es su interés en las condiciones personales de los gobernantes involucrados, sus generales y sus ministros, cuya mediocridad se convirtió en la desgracia de millones de personas. Si los europeos del común vieron inicialmente la crisis de 1914 como una más de tantas solucionadas mediante el diálogo o el arbitraje, era porque estaban acostumbrados a que en casi un siglo esa fuera la salida. Pero ya no estaban en escena, por ejemplo, personajes como el canciller alemán Otto von Bismarck, que equiparaba a la guerra preventiva con suicidarse por miedo a la muerte, sino su sucesor, Theobald von Bethmann, para quien retroceder para evitarla era autocastrarse.

Esa fue, sostiene MacMillan, parte de la tragedia: los protagonistas estaban imbuidos en los mitos prevalecientes en la época, uno de ellos particularmente siniestro: el honor nacional. Por cuenta, en muy buena parte, de esa especie de hombría política, los responsables de esta tragedia humanitaria, en vez de buscar salidas pacíficas, sellaron el destino de millones de soldados que, atascados en el fango de una guerra de trincheras, estática y carnicera, debían cargar a pecho desnudo contra las ametralladoras de sus adversarios.

Hoy, a cien años de ese episodio, uno de los más oscuros de la humanidad, es crucial recuperar sus lecciones. “Resulta fácil decir que la Gran Guerra era inevitable -dice MacMillan-, pero ese es un pensamiento peligroso, especialmente en un tiempo como el nuestro que en algunos aspectos, no en todos, recuerda a ese mundo desaparecido de los años anteriores a 1914”. 

* Jefe de Redacción Semana

Este contenido hace parte de la edición impresa. Para leerlo, debe iniciar sesión:

Les informamos a todos nuestros lectores que el contenido de nuestra revista impresa en nuestro sitio web será exclusivo para suscriptores.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Para verificar su suscripción por favor ingrese la siguiente información:

No tiene suscripción. ¡Adquierala ya!

Si usted tiene algún inconveniente por favor comuniquese con nosotros en Bogotá al 7421340 o a la línea nacional gratuita 018000-911100 (Lunes a Viernes de 7:00 am a 8:00 pm, Sábados de 09:00 am a 12:00 m).

Su código de suscripción no se encuentra activo para esta publicación