Katja Petrowskaja nació en Kiev en 1970.

Renombrar la catástrofe

Nacida en Ucrania, pero migrada a Moscú, para después recalar en Berlín, al escritora traducida a una veintena de idiomas ha querido en Tal vez Esther, hacer una especie de contra viaje para perseguir el destino de un puñado de personajes que viven la terrible historia del siglo XX europeo.

2015/04/16

Por Mariana Dimópulos*

La memoria fue uno de los grandes temas literarios del siglo pasado. Basta con pensar, por ejemplo, en la exploración de la memoria personal en Borges o en Proust: Funes el memorioso, que lo recuerda todo; Marcel, que ve el presente cargado de las huellas de lo que ya no está. Pero cuando se trata de recordar la Historia en mayúscula, aparece la memoria colectiva. Lo que ha pasado es mío y no lo es tanto. Esta es la ecuación sobre la que está basada el valioso libro Tal vez Esther de la multi-premiada autora ucraniana Katja Petrowskaja. Y sin embargo, esa ecuación parece irresoluble.

“A través de la historia de mi familia voy tocando los puntos más críticos del siglo veinte europeo. Pero mi familia no es un fin en sí mismo, sino una excusa: me dio el derecho a entrar en esa zona de catástrofes”. La entrada a esa zona escabrosa del pasado es literariamente difícil no porque no haya puerta alguna, sino porque con el tiempo se han ido abriendo demasiadas. De hecho, en el contexto europeo, la Segunda Guerra Mundial es hoy en día uno de los temas más recorridos por la ficción. No por nada, el francés Patrick Modiano acaba de ganar el premio Nobel. En Alemania, los libros sobre el Holocausto, que empezaron como historias personales de testigos y sobrevivientes, vienen colmando las librerías hace décadas. ¿Cómo volver a Auschwitz entonces?

Si la escritura pudiera reducirse a un cálculo, diríamos que la solución de Petrowskaja es nueva y es múltiple. Tal vez Esther, junto con su carga emotiva, trata de precisar y de analizar. De ahí que componga el relato a partir de varios retratos de su familia, que incluyen la educación para sordomudos en el siglo XIX vienés, la matanza nazi en el barranco de Babi Yar de los judíos de Kiev, un complot político en el orden soviético, un sobreviviente del campo de Mauthausen. Pero por otro lado, es esa misma búsqueda de los antepasados el motor y en cierto punto la protagonista de la narración. Ya no se trata entonces de ser testigo, sino de buscar los testigos entre los antepasados, aunque sea para fracasar.

“En uno de los capítulos viajo en 1989, con un grupo de turistas, desde la Unión Soviética en un autobús a Polonia, a Oswiecim. Con toda intención escribí el nombre polaco y no el nombre alemán del lugar, no solo porque en aquel entonces yo no conocía el término alemán, sino porque para nosotros es un lugar distinto y también porque se usa demasiado a menudo la palabra alemana, y sin ningún pudor.” O sea, hay que ir a Auschwitz como turista de la Unión Soviética, no conocer su nombre occidental, y recuperar más tarde esa memoria propia para decir al fin algo de eso que se ha visitado muchas veces en la literatura y que no se acaba de decir nunca. “No nombrar directamente Auschwitz es lo más importante”, explica Petrowskaja. Y tampoco reproducir esa famosa frase sobre el trabajo y la libertad que recibía a los prisioneros, inscrita sobre la entrada.

Toda esta sutileza, sin embargo, no da ninguna vaguedad a su texto; es más bien muestra de que Petrowskaja, para escribir su libro, debió hacer más que un cruce de lenguas al abandonar el ruso y adoptar el alemán. “Para mí es importante poner en cuestionamiento la lengua de la violencia”. Entonces, podría sonar paradójico adoptar precisamente esa lengua alemana. Pero Petrowskaja escribe y no escribe en alemán, y eso es, muy probablemente, lo que le valió el inmediato reconocimiento del público y lo que puso en evidencia que, detrás de esa búsqueda, había también una enorme reflexión sobre el lenguaje.

De ahí que una de las características de ese nuevo “nombrar” la catástrofe sea por momentos la reflexión sobre las palabras mismas, con las que se dice cada cosa, también de la mano del humor. Como si las palabras mismas fueran la verdadera acción, el verdadero propósito del libro. Petrowskaja no juega con la historia, aunque sí con las palabras: “Se habla mucho sobre los extranjeros de una lengua, cómo oyen todo como si fuera nuevo, cómo hacen todo distinto. Pues ellos – como los niños– aprenden, palpan y descubren por primera vez una lengua. Pero a veces esto se exagera o es interpretado falsamente, porque este modo infantil de tratar al lenguaje puede ser también la quintaesencia de la poesía. Porque ahí también hay otra lógica de la lengua, una capacidad. La lengua es un juego, pero ese juego se juega a vida o muerte.”

La búsqueda, entonces, no de la expresión precisa sino franca, por un lado, y la de la información de la memoria familiar por el otro. Pero esos parientes, el tío remoto, las abuelas con nombres de flores (Rosa y Margarita), el abuelo desconocido que vuelve después de cuarenta años y jamás pronuncia una palabra sobre el pasado: todos ellos, al momento de la búsqueda, ya están muertos. Los pocos que se atrevieron a hacer preguntas, cuando Petrowskaja era una niña, no recibieron respuesta alguna. El libro resulta así una búsqueda originaria, mítica y a la vez prosaica: empieza por Internet, sigue en un viaje a Varsovia y acaba en una visita al campo de concentración austriaco de Mauthausen, en donde ninguna de las respuestas encontradas resulta concluyente. Mientras tanto, el libro trata una y otra vez de recuperar mediante retratos lo que se ha oído de padres y otros parientes cercanos, haciendo conjugar esa memoria familiar verídica con la historia del siglo XX.

Esa búsqueda o ese viaje, admite Petrowskaja, tuvo su contraparte en la propia vida. En 1986, tras el accidente de Chernobyl, los padres hicieron que Petrowskaja abandonara su Ucrania natal y que terminara la escuela en Moscú. Luego estudió literatura en Estonia y volvió a Rusia para hacer su doctorado; a mediados de los años noventa se instaló en Berlín: había empezado a estudiar alemán a los veintisiete años. Si bien nunca perdió el contacto con Kiev, no vivió de cerca el proceso de formación de la república de Ucrania y la renovación del ucraniano, lengua que entiende pero no habla. “En Estonia soy parte de la ocupación rusa, en Moscú una provinciana de Kiev. Es difícil ser medio extranjera en todas partes. Prefiero ser del todo extranjera en Berlín.”

Sabemos que la literatura no es una ecuación, porque si lo fuera, sería irresoluble. Todo es tentativa, también la del recuerdo, aunque nos pertenezca. Y no solo por la dificultad de limpiarlo de nuestra mirada subjetiva, sino porque está irremediablemente ligado al presente. Esto ocurrió con Tal vez Esther de una manera patente: mientras el libro hablaba de la Segunda Guerra Mundial y el destino de una familia judía de Ucrania, que había vivido en Polonia y en Austria, con ese típico europeísmo de la Europa del Este, en la Ucrania actual se desataba una nueva guerra. “El año pasado empecé a desesperarme. Me sentí impotente cuando cien peronsas murieron en Kiev, asesinadas a tiros en medio de mi ciudad natal, en mi calle, en la calle donde nací cerca de la plaza del Maidan, y donde cierra literalmente el relato de mi libro, que yo había terminado solo dos meses antes y que trata de una guerra de hace mucho tiempo. Desde la Segunda Guerra que no había de esos muertos en Kiev. Quería despertarme de todo eso, porque no podía ser verdad”.

Pero lo es. De ahí que, desde su aparición, Tal vez Esther no haya dejado de resultar esclarecedor, aunque se abstenga de juicios sobre culpables y víctimas. Esther, que tal vez se llamaba de esta forma, fue una de las bisabuelas judías de Petrowskaja, que quedó en Kiev en el año 1941, cuando los alemanes invasores convocaron a todos los judíos de la ciudad cerca de una hondonada, Babi Yar, donde serían asesinados durante dos días a punta de pistola. Esther es tan vieja que no puede salir de su apartamento, pero a toda costa quiere atender el llamado de las nuevas autoridades. No cree en lo que se rumorea acerca de la matanza; baja al fin y se encuentra con los soldados alemanes en la calle. No hace falta llegar hasta la hondonada de Babi Yar. Ellos cumplen con su cometido allí mismo. Pero hay un vecino detrás de los postigos. Por eso la muerte de Esther no se perdió en la pura incógnita, aunque no sepamos si ese era su nombre.

*Buenos Aires

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