Camus

La conciencia

Se cumplen 100 años del nacimiento de uno de los intelectuales más comprometidos del siglo XX. Leal a sus ideas hasta su temprana muerte, Camus fue la conciencia de una Europa perdida entre guerras.

2013/10/18

Por Antonio García Maldonado. Madrid.

“Cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero su tarea quizá sea aún más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida, en la que se mezclan las revoluciones frustradas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas; cuando poderes mediocres pueden destruirlo todo, pero ya no saben convencer; cuando la inteligencia se ha rebajado hasta convertirse en criada del odio y la opresión, esta generación ha tenido, en sí misma y alrededor de sí misma, que restaurar, a partir de sus negaciones, un poco de lo que hace digno el vivir y el morir”.

Así se expresaba el escritor y periodista francés Albert Camus en 1957 al recibir el Premio Nobel de Literatura, y definía con anticipación las conclusiones que, tres décadas después, con la caída del muro de Berlín, todo el mundo abrazaría. El siglo XX había expuesto a sus hijos a los grandes dilemas morales, como en las tragedias griegas, y pocos habían sabido anteponer los principios y valores de la Ilustración y las Luces a los dogmas de las ideologías totalitarias o racistas que dominaron la centuria, se llamasen fascismo, estalinismo o colonialismo. Él fue uno de esos valientes, y pagó las consecuencias de la polarización social y política, y del ostracismo al que la cultura soberbia de Jean Paul Sartre y su corte de intelectuales de moda le sometieron. El Camus que recibió el premio era ya un personaje crepuscular, precozmente disminuido físicamente por la tuberculosis que siempre padeció, e intelectualmente extenuado por sus propios tormentos interiores, sus problemas familiares, y por su propia biografía en un siglo atroz. Moriría tres años después, en 1960, de la única manera en la que temía hacerlo: “de forma absurda” en un extraño accidente de tráfico.

Albert Camus había nacido en 1913 en una familia humilde de pieds-noirs en Argelia, entonces un departamento más para los franceses, y una colonia para los argelinos. Su padre murió combatiendo en la Primera Guerra Mundial, y fue educado por su madre, casi analfabeta y de ascendencia española. En el mismo discurso de aceptación del Nobel reconoció la importancia en su educación de su maestro Louis Germain y de su profesor de instituto Jean Grenier, quienes alentaron y convencieron a su familia del prodigio intelectual de su vástago, de la necesidad de que continuara con sus estudios en la convulsa Argelia.

Con los achaques insistentes de una tuberculosis de tintes proustianos, Camus estudió Filosofía y culminó su carrera con un tesis sobre el filósofo griego Plotino que, no obstante, no lo apartó de su interés por el día a día de la tierra donde nació, y que a la postre sería la causa de sus desavenencias con la intelectualidad orgánica y apparatchik de la izquierda sartreana. Periodista precoz, comenzó a colaborar en diversos medios de ideología izquierdista y anticolonialista, y se afilió al Partido Comunista Francés, con el que pronto se enemistaría por el apoyo que el autor concedía a la rama del Partido en Argelia, que solicitaba la descolonización del territorio y la independencia de Argelia. También abjuraba del pacto germano-soviético. Cuando lo hizo ya era un periodista conocido y un ensayista admirado por su obra El revés y el derecho. Camus, un hombre de dudas existenciales (que no existencialista), era una rara avis en un siglo de certezas sin mácula, de trincheras bien establecidas, de zafarranchos sin traidores.

En 1942 escribiría su obra más conocida –pero no necesariamente la mejor–, El extranjero, un retrato del absurdo y de la incomprensión cuyas conclusiones, retrospectivamente, nos acercan mucho al personaje: ¿qué puede hacer un hombre decente en medio de la inmundicia? ¿Cuál es la posición ética de un individuo que, por instinto de conservación, quiere sobrevivir en un universo amoral? Corría entonces la Segunda Guerra Mundial: el mariscal Pétain había entregado ya más de media Francia a los alemanes y él mantenía la vara de mando en una pantomima llamada “Francia Libre”, que tan bien ridiculizó el inspector corrupto de la película Casablanca, con un inmenso Humphrey Bogart en un papel completamente camusiano: un hombre descreído que se resiste a dar por entregado el idealismo que había mostrado otrora, en la guerra civil española (1936-1939), y que solo cae abatido por el amor imposible con una bella mujer a la que amó y que vuelve, para su desgracia, al salón que regenta. Ese era el universo al que se enfrentaba Camus: incredulidad ante lo que acontece, resistencia a aceptarlo, lucha contra el cambio a peor que arrastra al mundo a la deriva. “El mundo se desmorona y a nosotros se nos ocurre enamorarnos”, dijo Ingrid Bergman en un París ya ocupado, en la misma película. También escribiría la obra El mito de Sísifo (1942), profundizando en su idea del “absurdo”.

Camus, periodista

Hace escasos meses se conoció un manifiesto inédito de Albert Camus en defensa del periodismo libre, que fue censurado en 1939 por las autoridades francesas en Argelia. Fue encontrado en los Archivos de Ultramar, en la ciudad de Aix-en-Provence. Muy cerca de Lourmarin, pequeño pueblo de la Provenza donde está enterrado en la tumba más humilde de todo el cementerio. Escogió el lugar porque, tras conocerlo a través de su amigo el poeta René Chard, encontró sus paisajes parecidos a su Argelia natal, y de la casa que adquirió allí fue desde donde saldría en el fatídico viaje que le costaría la vida tras estrellarse su coche contra un árbol, en 1960, acompañado de su editor, Gallimard, para quien trabajó como lector y asesor en su consejo editorial. Los vecinos del pueblo se muestran remisos a señalar cuál fue la casa de Camus, semiescondida en una esquina de una pequeña calle.

Este trabajo, más que aportar, reafirma la creencia de que Camus fue, definitivamente, un personaje adelantado a su tiempo, pues sus denuncias de los obstáculos y enemigos de las sociedades libres se adelantaron varias décadas al tiempo en que empezaron a hacerlas muchos de sus contemporáneos como mera pose o con una insistencia abusiva y aburrida, como Mario Vargas Llosa, admirador, entonces, de Jean Paul Sartre.

Si en este manifiesto de 1939 destinado a su diario Le Soir républicaine (que codirigía) abogó por la necesidad de un periodismo libre, o en sus propias palabras un periodismo pleno de lucidez, desobediencia, ironía y obstinación, en su ensayo de 1957 Reflexiones sobre la guillotina (que aún estaba vigente en Francia en esa fecha) adoptaba sus propios mandamientos periodísticos y conseguía un irónico e incontestable alegato contra la pena capital. Esto era coherente con su posición contra la actuación de las autoridades francesas en Argelia y contra el terrorismo practicado por el FLN, que buscaba la independencia, por más que estuviera de acuerdo con la causa.

Célebre es el episodio ocurrido durante su conferencia en la Universidad de Uppsala durante su viaje para recibir el Nobel de Literatura, también en 1957. Ante la pregunta-acusación por parte de un estudiante por su falta de apoyo a las acciones del FLN, Camus respondería: “Entre la justicia y mi madre, escojo a mi madre”, frase que se malinterpretó y sacó de contexto, pues el escritor se refería al concepto de justicia que el FLN creía ver en las acciones terroristas que, como efecto colateral involuntario, Camus decía que podían matar a su madre, francesa en Argelia. A su vez, esta frase resume el núcleo del pensamiento de Camus plasmado en este memorable ensayo: la ley no está por encima de la vida humana; y no existe atenuante moral si la lleva a cabo una democracia o un régimen criminal como el nazi.

El ensayo de Camus está escrito, además, desde la ironía y la desobediencia, pues recordemos que Francia vivía en un estado de corrupción moral que funcionó como la llave de París de los nazis pocos meses después; desde la lucidez de quien conoce la debilidad argumental del que justifica la muerte de otro individuo (si la guillotina es tan buena, ¿por qué no la sacamos a la calle y ejecutamos allí a los reos, en lugar de guardarla en sótanos oscuros, se pregunta el autor de La peste), y desde la obstinación, pues si algo demostró Camus durante su vida es que había principios morales básicos innegociables. No dejaría de denunciar los crímenes de Stalin, la falta de libertades en la URSS, la deshumanización que acarreaba el comunismo o el terrorismo del FLN, por más que Sartre, aludiendo tácitamente al autor, dijera aquello de que “todo anticomunista es un perro”.

Camus se trasladó a París en 1940, harto de la pequeñez burocrática antiperiodística de las autoridades francesas en Argelia. Una de sus facetas más admiradas fue la de director y líder de Combat, la publicación de la Resistencia francesa durante la ocupación nazi, esa misma Resistencia de la que todos se reclaman hoy hijos en un país que, pese a la Línea de Defensa Maginot y su histórico Ejército, se dejó caer en manos del Tercer Reich con menos lucha que la artillería polaca, arrastrada por caballos.

Una biografía convulsa

“Nada todavía”. Así comenzaba Calígula (1944), una de sus grandes obras teatrales, género donde se destacó con obras como El estado de sitio (1948) o Los posesos (1959), y donde conocería a uno de los amores de su vida, María Casares, actriz e hija del exprimer ministro de la Segunda República Española, Santiago Casares Quiroga. ¿No es una relación digna de ser contada en el Rick´s Café de Casablanca mientras se esperan los salvoconductos que posibiliten la huída de la Europa en guerra? Desde luego, entre ellos hubo mucho más que “una bella amistad”, algo que desquició a su ya inestable esposa, Francie Faure, madre de sus gemelos. Su primera mujer, Simone Hié (entre 1934 y 1936), se hizo adicta a la morfina cuando se la dieron a probar para aliviar sus dolores menstruales, y su segunda esposa, Francine, con quien se casó en 1940 y junto a quien está enterrado en Lourmarin (en una lápida mucho más abandonada), no dejó de frecuentar hospitales y psiquiátricos a lo largo de una vida, algo a lo que no ayudaba el carácter de elegante y mujeriego conquistador de Camus. Su hija Catherine, albacea del autor, lo tiene claro: “[Mis padres] eran muy amigos, pero para una mujer eso [la infidelidad] no debía ser fácil, pues mi madre era muy depresiva, tenía muchas dificultades para vivir, era su carácter, mientras que María se comía la vida. Todas las mujeres a las que amó mi padre, y que le amaron verdaderamente, eran destacables”.

La conciencia de Albert Camus llegaría, casi por deducción lógica, al anarquismo, sobre todo a partir de 1948, fecha en la que comenzó a escribir en publicaciones ideológicas afines como Le LibertaireLe révolution proletarienne y Solidaridad obrera. Camus mostró su apoyo a los anarquistas en 1956, primero a favor del levantamiento de los trabajadores en Polonia, y después en Hungría. Fue miembro de la Fédération Anarquiste, y, pese a la presión de la intelectualidad orgánica representada por Sartre, se mantuvo fiel a sus ideas libertarias. Tan fiel que hay quienes han visto tras el “absurdo” accidente de tráfico en el que murió un asesinato de los servicios secretos soviéticos, hipótesis que narró magistralmente hace unos años Berta Vias-Mahou en su novela Venían a buscarlo a él (Acantilado, 2011), escenario al que dio pie la publicación de un diario de un agente soviético en la misma década. Sin embargo, sus dos principales biógrafos, Olivier Todd (Albert Camus, una vida, 1997, Tusquets) y Herbert Lottman (Albert Camus, Taurus, 2006) creen improbable dicha posibilidad. Pero Camus no podía morir sin ruido de conspiraciones propias de la Guerra Fría, como hijo simbólico que fue del siglo XX.

Camus también visitaría el continente americano, aunque su débil estado de salud bronquial le alejaba de largos trasiegos. En su diario de esos viajes, entre marzo y mayo de 1946, meses durante los cuales estuvo en Estados Unidos, Uruguay, Brasil y Argentina, Camus llegó a referirse al avión como un método de viaje “anticuado”, y cerró el cuaderno con una breve anotación que no nos suena extraña a aquellos que padecemos, no tuberculosis, pero sí algunas complicaciones pulmonares más alejadas del romanticismo: “31 de agosto de 1946: Enfermo. Bronquitis por lo menos. Telefonean que partimos esta tarde. Es un día radiante. Médico. Penicilina. El viaje termina en un féretro metálico entre un médico loco y un diplomático, hacia París”.

*Imagen: AFP/LIPNITZKI. Maria Casarés, el gran amor de Camus, en la obra Los justos, en el Teatro Hébertot, en París, en diciembre 1949.

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