'Uno de los nuestros' Willa Cather. Nórdica

La duda

Lina Vargas reseña 'Uno de los nuestros' de Willa Cather

2014/04/22

Por Lina Vargas*

Se ha dicho que Willa Cather es la bisagra –perdida– entre Jack London y Ernest Hemingway. Nació en Virginia en 1873 y a los ocho años viajó con su familia a Nebraska, entonces un territorio inexplorado, de naturaleza aún salvaje, que empezaba a recibir a sus primeros habitantes llegados de los estados del sur tras la Guerra Civil y de Europa central. Es allí, en Nebraska, donde Cather sitúa su novela Uno de los nuestros, ganadora del Pulitzer en 1923. Su protagonista es Claude Wheeler, un muchacho de diecinueve años a quien le molesta su nombre por ser demasiado simple y vive convencido de que su destino es estar rodeado de las cosas y personas que menos le gustan. La vida de Claude podría ser sencilla, quizás no en términos físicos, pero sí emocionales: sembrar y recoger el trigo, construir una casa, casarse y ser un buen vecino. Los padres Wheeler son el ideal de los colonizadores estadounidenses, trabajadores incansables del campo, hombres de pocas palabras y mujeres piadosas para quienes un arrebato de duda resulta tan ofensivo como cualquier otro lujo citadino. El problema de Claude es, precisamente, que no deja de pensar en que hay algo más. Es un romántico. Se niega a ser como su hermano mayor, Bayliss, un banquero que se convertirá en un símbolo del avasallante capitalismo estadounidense.  Y justo cuando hereda la finca de su padre, se casa con una jovencita fanática y pensamos que sus incertidumbres han sido silenciadas: estalla la Primera Guerra Mundial.

Cather muestra los enrevesados sentimientos de Wheeler con la misma claridad con que describe los distintos tipos de flores campestres. Su lenguaje es cotidiano y ágil, por lo que para la crítica contemporánea Uno de los nuestros es más experimental de lo que podría arrojar una primera lectura. La exactitud con la que habla de la Gran Guerra –una mezcla entre crudeza técnica y fuerza anecdótica que pareciera ser exclusiva de las grandes novelas de guerra escritas por hombres– es deslumbrante. En un comando aliado de infantería en Francia, mientras se enfrenta a la muerte, Claude descubre su verdadero ser, lo que añoraba en las praderas de Nebraska. La guerra, que tal vez empezó como una aventura, terminó siendo su lugar en el mundo. Y así, para muchos: “La mayoría de los chicos sentía que en esta guerra eran desconocidos, incluso para sí mismos. Eran demasiado jóvenes, morían y se llevaban su secreto consigo: lo que eran y lo que podían haber sido”, escribe la maravillosa Cather.

 

* Periodista de Arcadia

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