'Una confesión póstuma' Marcellus Emants. Sajalín

La personalidad como destino

Giuseppe Caputo reseña 'Una confesión póstuma' de Marcellus Emants

2014/04/22

Por Giuseppe Caputo*

Marcellus Emants (Holanda, 1848 – Suiza, 1923) es uno de los grandes nombres de la literatura neerlandesa y, según J.M. Coetzee, pertenece a una casta de novelistas europeos que han explorado las insatisfacciones de la civilización occidental, como Flaubert, Tolstoi y Lawrence.

El narrador de Una confesión póstuma (1894), Willem Termeer, ha matado a su esposa y siente la urgencia de contarle a un lector imaginario por qué lo hizo. El resultado de la explicación son 283 páginas que Termeer escribe, no para expiarse sino para que le resulte más fácil ocultar el asesinato y guardar silencio ante los demás. “Cuando cierro los ojos y repaso mi vida, comprendo a la perfección los motivos por los que he llegado a hacer una cosa así”, advierte, para explayarse luego en la tesis principal de su confesión: que los defectos de un ser humano son incorregibles y la personalidad, un destino y, como tal, permanente e inmutable.

El relato de Termeer se establece entre la autodenigración constante y la grandilocuencia de lo que hizo: “Cada vez que me miro en el espejo –dice– me resulta difícil de concebir que ese hombre tan pálido, tan delgado y tan insignificante -muchos dirán: ese esperpento-, haya sido capaz de asesinar a su mujer”. Así, entre esos dos ejes -que son tanto elogio como lamento de su mediocridad-, el narrador se construye como víctima de su propia mirada y de la mirada de los otros. Termeer, sin embargo, diluye los límites de ambas miradas y logra que nos preguntemos si el análisis que hace de la percepción de los demás es acertada o es una proyección de su propio discurso: el otro, entonces, puede ser tanto juez severo como marioneta que dice lo que él está esperando oír.

Esa idea de la mirada externa es justamente el drama más hondo del protagonista. Ese sentirse observado -sensación que lo lleva a sentirse rechazado, pues nadie que lo observe, piensa, puede observarlo sin rechazarlo- tiene como consecuencia la interpretación constante de un personaje, la creación de un falso yo para los demás: “Me ajustaría más a la realidad si dijera que mientras esperaba a convertirme en una persona mejor, intentaba al menos aparentarlo. ¿No están condenadas a interpretar un papel las personas como nosotros, que en cuanto descubrimos hasta qué punto divergimos de las almas normales, no nos atrevemos a mostrar nuestro verdadero yo?”.

De la conciencia de ese performance permanente para el otro, por el otro, surge la gran pregunta que se plantea el narrador mientras escribe su confesión: “¿Podría ser que yo, con mi inclinación hacia el autoanálisis, fuera un artista nato?”. Nosotros respondemos que sí.

 

* Periodista

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