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Las ficciones que seremos

2014/04/22

Por Andrés Arias*

El libro comienza con una historia que, si bien es terrible, nos sabe a cosa ya contada: las últimas

horas y el asesinato del médico Héctor Abad Gómez, padre del escritor Héctor Abad Faciolince. Digámoslo así: las primeras páginas saben demasiado a El olvido que seremos. Y eso incomoda. Sin embargo, cuando la historia avanza, el crimen deja de ser el tema central, pues el objetivo se pone en el verso que se hallaba en el papelito que Abad llevaba en el bolsillo el día que fue asesinado.

Y sí, se podría decir que ese tema -¿al fin quién es el autor de aquel verso?, ¿Borges?, ¿Alvarado Tenorio?, ¿quién?- ha sido motivo de tantos escándalos y discusiones, que uno siente que también es cosa ya contada. Pero Correas lo dosifica y le da tantos giros, que en la página, qué sé yo, cuarenta o cincuenta, uno anota en una libreta un elogio a semejante historia y se dice lo que a lo mejor ya muchos se han dicho: “Alguien tenía que escribir este libro”.

Porque, según escribe Correas, el poema de donde sale aquel verso pasa por París, Bogotá, Medellín, Buenos

Aires, Berlín, Mendoza, editoriales juveniles, envidias, egos, trampas, revistas y emisoras culturales, hasta terminar en el bolsillo de Abad Gómez el día que lo matan. Los falsificadores de Borges se puede entender, entonces, como la biografía de un poema.

Los falsificadores tiene un artificio interesante: parece un texto periodístico-testimonial, no una novela. El narrador y protagonista es el mismo Correas, los personajes son Abad, Alvarado y Borges. Todo esto produce un efecto de realidad en el lector, quien, al cerrar el libro, queda en un estado, en el mejor sentido de la palabra, incómodo: ¿qué tanto de lo que leí es verdad? ¿Todo? ¿O Correas se agarró de elementos reales para hacer ficción?

Eso sí, algo le sobra al libro: aquel capítulo dedicado a construir un perfil, más bien mala leche, de Alvarado

Tenorio. Desde el comienzo queda claro que Alvarado no es santo de la devoción del narrador. ¿Para qué dedicar, entonces, tantas páginas a contar su -supuesta- vida?

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