Concurso nacional de Belleza. 1947/ Foto: Sady González / Editorial Maremágnum

Así se construyó la Cartagena blanca

Una compilación de artículos de diferentes autores, realizada por Alberto Abello Vives y Francisco Flórez Bolívar, muestra cómo se fue construyendo históricamente un modelo de desarrollo de ciudad cuya máxima infamia ha sido desterrar a la población negra y pobre del paraíso que pretende fundar y mandarlos a los bordes para que se consuman en su miseria.

2016/03/23

Por Javier Ortiz Cassiani

Los desterrados del paraíso/ Alberto Abello Vives y Francisco Javier Flórez Bolívar/ Maremágnum /479 páginas

La primera fotografía que ilustra el prefacio de este libro es un excelente resumen de su contenido. En ella se ve a la Señorita Huila en el Concurso Nacional de Belleza de 1947 sentada en una carroza durante un desfile por una calle de Cartagena de Indias. Su cara palidece aún más con el sol de la tarde; la banda que la identifica como la soberana del pueblo opita atraviesa su cuerpo, lleva el cabello cortado a la altura de los hombros, mira a la cámara con una sonrisa apretada que contrasta con el ampuloso sombrero sobre su cabeza, y en su regazo sostiene a un niño negro, desnudo, de escasos 2 años de edad, rostro desconcertado, mirada perdida y abdomen prominente.

Eran los años en que se iniciaban los planes de ciudad que metieron a Cartagena de Indias en una vitrina para atraer visitantes de la que nunca saldría jamás. En 1943, la ciudad fue declarada el primer centro turístico del país, y el gobierno nacional emitió una ley que destinaba recursos para la conservación de su Centro Histórico. Luego, el refinamiento de su vocación encontró en los años sesenta y setenta su punto culminante. En 1967 se contrataron los servicios del arquitecto español Juan Manuel Zapatero, quien fundó en Cartagena una tradición de conservación y exacerbado culto a la piedra; un año después, en 1968, se creó la Corporación Nacional de Turismo, y en 1970 el Departamento de Planeación Nacional diseñó la primera política nacional de turismo.

Los desterrados del paraíso. Raza, pobreza y cultura en Cartagena de Indias —una compilación de artículos de diferentes autores realizada por Alberto Abello Vives y Francisco Flórez Bolívar— muestra cómo se fue construyendo históricamente un modelo de desarrollo de ciudad cuya máxima infamia ha sido desterrar a la población negra y pobre del paraíso que pretende fundar y mandarlos a los bordes para que se consuman en su miseria. De vez en cuando, como hizo la reina del Huila aquella tarde soleada de noviembre, la opulencia sienta a la miseria en su regazo. Pero no se trata de proyectos sistemáticos de inclusión ciudadana, sino de redomadas prácticas de caridad exótica de quienes consideran a los otros inferiores.

La discriminación, el racismo y la compasión vergonzosa, prácticas cotidianas en Cartagena de Indias, atropellan a diario la dignidad de los pobres actuales y la memoria política de los negros y mulatos que participaron decididamente en el proceso de emancipación. Fueron actores fundamentales sin los cuales hubiera sido imposible la consolidación del Estado independiente, pero luego fueron vistos como obstáculo para la civilización pretendida y excluidos de la simbología que celebraba la nación.

Hoy en día en Cartagena, las prácticas materiales tampoco los incluyen. Pese al crecimiento del PIB, la expansión productiva no ha beneficiado al grueso de la población, la riqueza se concentra en pocas manos, la brecha de desigualdad es cada vez más agresiva y el cacareado turismo solo deja migajas para una población pobre que se vincula a él a través de la economía del rebusque.

En medio de la voracidad inversionista, nadie parece darse cuenta de que construyen una ciudad inviable, no solamente para los pobres, que malviven desde hace siglos, sino también para los sectores más pudientes. Una ciudad que el mar amenaza con tragársela; donde las calles de los barrios de estratos altos —ni qué decir en los estratos bajos—, cuando sube la marea o llegan las lluvias, las alcantarillas se desbordan y se consumen en sus propias miasmas; que presume de un Centro Histórico sin andenes decentes para transitar, y en la que algunos habitantes dicen que su última gran obra de infraestructura fue la construcción de las murallas.

Este libro es un importante esfuerzo, con la dificultad que implica reunir miradas desde diferentes disciplinas, que nos invita a pensar a Cartagena de Indias. Una apuesta necesaria en la construcción de una arqueología para desentrañar las miserias de la ciudad.

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