Giangiacomo Feltrinelli

Los extraños orígenes de un imperio

Millonario y comunista, Giangiacomo Feltrinelli creó una editorial que hoy, cuarenta años después de su muerte, es un gigante global. Esta es su historia.

2012/07/19

Por María Gabriela Méndez, Bogotá.

El cuerpo del “terrorista sin nombre”, como se le llamó en las primeras horas, yacía desmembrado junto a una torre de alta tensión en Segrate, a las afueras de Milán, la noche del 14 de marzo de 1972. En un bolsillo la policía encontró una identificación bajo el nombre de Vincenzo Maggioni. Bastaba pintarle un bigote a la fotografía para adivinar la verdadera identidad: era Giangiacomo Feltrinelli, burgués y comunista reconocido, fundador de la editorial que aún lleva su nombre.

Feltrinelli nació para administrar la enorme fortuna que habían construido su abuelo, con la explotación de madera, y su padre, en la industria química, los textiles y la construcción.

Giangiacomo (Milán, 1926) nació en una de las cinco familias más ricas de Italia, y recibió la mejor educación sin tener que salir de la lujosa villa donde vivían. Así, sin contacto con el mundo, el niño encontró en la servidumbre a sus únicos amigos. Su madre, elitista y cada vez más distante, compró un título nobiliario para su único hijo varón y, sin saber, también lo empujó —con ese aislamiento impuesto— hacia lo que tanto adversaba: el comunismo.

A los diecinueve años, se inscribe en el Partido Comunista Italiano (PCI), al que empieza a financiar con su fortuna. En una ficha autobiográfica que redactó para el Partido, escribió: “La herencia empezó a pesarme sobre los hombros”.

Antes de cumplir treinta años, Feltrinelli ya compraba documentos valiosos, manuscritos, cartas, libros y apuntes sobre el movimiento laboral que luego reunió en la Biblioteca Feltrinelli, donde hoy reposan ciento setenta mil volúmenes. Pero el verdadero germen de su editorial llegó con el fracaso de la Cooperativa del Libro Popolare, a la que se había asociado para subsanar las pérdidas que traía la venta de libros económicos. Con el fin de este proyecto, Feltrinelli estaba listo para crear su propio imperio: en 1954 fundó Giangiacomo Feltrinelli Editore.

“Feltrinelli provocó un cambio en el mundo editorial italiano: dio espacio a la neovanguardia italiana, a los alemanes y, por supuesto, a los rusos”, dice Stefano Tedeschi, profesor de Literatura Latinoamericana de la Universidad La Sapienza de Roma.

Un visionario

El primer éxito de la nueva editorial llegó casi por azar. Feltrinelli recibió noticias de una novela rusa que esperaba publicación desde hacía un año. Su autor, Boris Pasternak, sospechaba las causas de la demora: su obra, por razones políticas, jamás vería la luz en Rusia. Entonces un amigo del editor italiano, Sergio d’Angelo, viajó a Moscú y se ofreció como cazatalentos para la nueva editorial. Allí descubrió a un Pasternak desesperado, quien de inmediato le confió la publicación de su obra y todos los derechos para Occidente.

Pasternak conocía las consecuencias de sus actos, y le dijo al mensajero: “Queda usted invitado a mi fusilamiento”. Lo que siguió, en efecto, fue el fusilamiento moral del poeta, que un año después tendría que rechazar el Nobel presionado por el gobierno de su país. Feltrinelli, en cambio, ignoró la presión que los camaradas de la KGB le hicieron llegar a través del PCI, cuando le exigieron detener la publicación de esa novela “ideológicamente inaceptable”. Feltrinelli procedió y fue expulsado del partido.

Doctor Zhivago se publicó en Italia el 23 de noviembre de 1957 con resultados asombrosos: en un país con ocho por ciento de analfabetismo, vendió treinta mil ejemplares en pocos meses y se reeditó cada dos semanas. Pronto las editoriales más importantes del mundo empezarían a traducir la obra.

Desde los primeros títulos, Feltrinelli publicó las voces más disonantes de la Europa del Este. Y lo justificó: “Si en el 55 no hubiera sido comunista, habría propuesto los mismos temas que entonces propuse, porque estoy seguro de que era lo que le interesaba a la cultura italiana de aquel momento”. Su política editorial fue desde el inicio “antifascista, gramsciana, marxista y anticolonialista”, según ha escrito Gean Carlo Ferretti.

Solo unos meses después del escándalo ruso, Feltrinelli publicó El Gatopardo, que había sido rechazado por la competencia: Mondadori y Einaudi. La novela póstuma de Lampedusa ganó el Premio Strega y, como Doctor Zhivago, también fue llevada al cine.

Luego vino Trópico de cáncer, la novela de Henry Miller, que había sido calificada de obscena en Estados Unidos y estaba prohibida en Italia por las mismas razones. Feltrinelli la editó de forma clandestina en 1962: la imprimió en Suiza y la hizo entrar al país en cargamentos de doscientos ejemplares.

El revolucionario

En la década del sesenta Feltrinelli inició sus acercamientos a la Revolución Cubana. Envió a Valerio Riva, uno de sus más cercanos colaboradores, a La Habana para proponerle a Fidel Castro un proyecto que debía tener el mismo impacto que Doctor Zhivago: “Un libro de memorias que empiece antes de la Sierra Maestra y termine con la Crisis de los Misiles”. Pero el plan fracasó: después de varios viajes y largas horas de conversaciones estériles con Fidel y hasta competencias por hacer los mejores espaguetis, Feltrinelli abandonó el proyecto. En una de sus anotaciones se lee: “Mis sentimientos con respecto a este hombre son muy confusos. Es una especie de Garibaldi, totalmente inhábil para el trabajo de gobierno, incapaz de trabajar, razonar y pensar mucho. Impulsivo, retórico”.

Pero su simpatía por la causa cubana no disminuyó. Publicó textos y discursos del Che Guevara que consideraba “libros necesarios”: La guerra de guerrillas y otros escritos políticos y militares, Diarios de Bolivia. Los beneficios de las primeras ediciones de este último fueron donados a los movimientos revolucionarios de Latinoamérica, lo que le valió una interpelación en el parlamento italiano. Fue Feltrinelli quien imprimió miles de afiches con la imagen captada por Korda: el “Guerrillero heroico”, iniciaba su periplo por el mundo.

Explica Tedeschi que Feltrinelli fue el primero en incluir la literatura latinoamericana dentro de su proyecto editorial. Así, tradujo a Carlos Fuentes, a Mario Vargas Llosa, a Miguel Ángel Asturias, a Juan Rulfo y al más taquillero: Gabriel García Márquez. La primera traducción de Cien años de soledad se hizo al italiano, y apareció solo un año después de la edición en castellano. Vendió trescientas mil copias y se convirtió en un libro de culto.

Además de los libros, Feltrinelli será recordado por su revolución en la forma de venderlos. Era un comunista, pero también el heredero de un imperio comercial. Feltrinelli sabía hacer negocios: exhibía los libros de frente y no de canto, ponía carteles con el precio y los presentaba en canastas para vender frutas; implantó el autoservicio e instaló en la librería de Roma una máquina de Coca-cola, entonces muy novedosa. Sus tiendas (siete cuando murió; hoy 103 en toda Italia) se convirtieron en centros culturales donde había presentaciones de libros y conciertos.

La clandestinidad

A finales de los sesenta Italia comenzaba a resurgir de los estragos de la Segunda Guerra Mundial, aunque las diferencias sociales seguían siendo muy marcadas. La violencia entra en escena de la mano de grupos paramilitares armados, tanto de izquierda como de derecha. El editor mantuvo contacto con las Brigadas Rojas hasta que fundó el Grupo de Acción Partisana (GAP). La férrea lucha entre ambos bandos dio origen a los llamados, con razón, “años de plomo”. Después del atentado de Piazza Fontana, en Milán, que dejó dieciséis muertos y ochenta heridos en diciembre del 69, Feltrinelli era visto como sospechoso, pues su militancia y su poder económico parecían llegar cada vez más lejos. ¿Era una espía soviético? ¿O el principal agente castrista en Europa? No tenía orden de captura pero sabía que los servicios secretos de Estados Unidos, Francia, Israel y Alemania le estaban pisando los talones. Entregarse habría sido reconocer que confiaba en las reglas del juego: su única salida era permanecer clandestino. Consciente del peligro que corría, varias a personas le oyeron decir: “Si encuentran a un hombre muerto debajo de un puente, ese hombre seré yo”.

En 1970, desde su escondite, le escribió a su hijo de ocho años una carta donde le explicaba por qué no estaban juntos: “El mundo está dividido en dos categorías de personas: los que tienen dinero, tierras, fábricas y casas, y los que no tienen dinero y deben trabajar como animales (…).  Y como tu padre está del lado de los obreros, aunque tenga dinero, y, además, con este dinero publica libros que defienden la causa de los obreros, los patronos, los ricos, han organizado una violenta campaña contra él”.

Feltrinelli, cada día más comprometido con la causa revolucionaria, delega sus funciones de editor pero advierte a sus apoderados que “la editorial es un instrumento de la lucha de clases”. La Feltrinelli inicia un período de crisis económica que asume su esposa, la alemana Inge Schoental, quien aún hoy, ya octogenaria, lleva junto a su hijo las riendas del imperio.

En una entrevista reciente, dijo: “Feltrinelli no era un clásico hombre de izquierda, no era un clásico millonario, no era un clásico intelectual. Era un fuera de serie”. Un hombre que se obsesionó con la causa que defendía y estaba dispuesto al sacrificio personal. Y como corolario, quería resultados inmediatos.

Dos días después de su muerte los periódicos informaron que el “terrorista sin nombre” era el “hijo díscolo” de Giannalisa Gianzana, el editor, el militante de grupos armados: aquella noche Giangiacomo Feltrinelli, alias Osvaldo, pretendía volar la torre y dejar sin electricidad a Milán, donde se celebraba el congreso nacional del PCI.

Cuarenta años después del suceso hay investigaciones que fortalecen la hipótesis de que el editor no murió a causa de un accidente en la manipulación de la bomba, sino que fue asesinado. El caso seguirá siendo un misterio, tanto como el hombre que creía que los libros podían cambiar el mundo. |

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