Maquiavelo

Maquiavelo, el bueno

Si bien solo fue publicado en 1531 de manera póstuma, Maquiavelo escribió su famoso tratado El príncipe hace 500 años, en 1513, mientras estaba recluido en su casa en San Casciano, tras salir de prisión, acusado de conspirar contra los Medici. Pero ¿era acaso Maquiavelo un hombre tan malo? ¿Merecía ese destino su nombre, el de encarnar la conjunción de inteligencia y maldad?

2013/07/18

Por Hernán D. Caro. Berlín.

Las palabras tienen vida propia. Uno dice “dantesco” y se imagina un caldo sanguinolento de cuerpos descuartizados y gritos horribles de almas condenadas al sufrimiento eterno. Dice “kafkiano” y piensa en un deprimente laberinto de oficinas, en una fila interminable y absurda para hacer un reclamo en un banco. Dante, sin embargo, pensaba que había escrito en la Divina comedia una alegoría piadosa sobre la aventura del alma hacia Dios, y Kafka les leía a sus amigos sus novelas muerto de la risa.

Algo parecido ocurre con la palabra “maquiavélico”, que simboliza en nuestros días todo comportamiento cruel, falso y malicioso entre personas poderosas. Y no se trata de una tendencia reciente: ya en el siglo xvi Shakespeare hablaba de “Maquiavelo el asesino”, y en su fenomenal Diccionario de lugares comunes, Flaubert definía “Maquiavelismo” irónicamente como: “Palabra violenta y terrible, que debe ser mencionada temblando”. Es muy probable que Maquiavelo mismo, el culpable de todo ese revuelo, tuviese en mente algo mucho menos dramático.

Un príncipe de 500 años

Hace quinientos años, en 1513, el diplomático y escritor Nicolás Maquiavelo (1469-1527) escribió en Florencia uno de los tratados políticos más famosos de todos los tiempos: El príncipe. El libro fue publicado solo en 1531 junto con otras dos obras centrales de Maquiavelo –los Discursos sobre la primera década de Tito Livio y la Historia de Florencia–, pero ya en el mismo año de composición empezaron a circular copias manuscritas que causaron reacciones vehementes. En menos de cien páginas, en veintiséis capítulos titulados por ejemplo “De aquellos que llegan al poder a través del crimen” o “Cómo debe obrar un príncipe para llegar a ser honrado”, el tratado revisa el comportamiento de “príncipes” memorables –para Maquiavelo se trata siempre de gobernantes de Estados monárquicos y autoritarios, es decir: no democráticos–, a fin de identificar estrategias útiles para nuevos soberanos.

El príncipe inicia con una carta al nuevo gobernante florentino, Lorenzo de Medici. En 1513 Maquiavelo había perdido su trabajo para el comité que había regido Florencia hasta ese año, y ahora, desde el exilio, soñaba convertirse en consejero de Lorenzo. (Poco tiempo después Maquiavelo regresaría a la administración florentina, si bien en cargos menores.) El tratado, según explica la dedicatoria, contiene el análisis de las acciones de “grandes hombres” basado en la historia de los gobiernos monárquicos del mundo antiguo y en las experiencias propias del autor. Este había actuado como observador en las cortes de Luis XII de Francia, del emperador románico germánico Maximiliano I y, ante todo, de César Borgia, hijo del infamemente famoso papa Alejandro VI, Rodrigo Borgia, hermano de la femme fatale Lucrecia Borgia, y acaso el más temido y exitoso político de la Italia de inicios del siglo xvi.

Breve curso de maquiavelismo práctico

Las observaciones de Maquiavelo conforman un sistema de pragmatismo político para reyes. En términos abstractos, quien está recién llegado al poder debe tener un único objetivo: mantenerse en él. Para ello existe prácticamente una sola regla, que Maquiavelo repite una y otra vez: evitar ser despreciado u odiado por el pueblo. Es interesante observar que en un libro que muchos creen un manual detallado del comportamiento de los tiranos, esta recomendación es casi la única regla concreta a la cual Maquiavelo somete todo el resto de sus observaciones.

Así, por ejemplo, en el capítulo veinte, donde se discute si un monarca debe construir fuertes para asegurar su poder, Maquiavelo escribe: “Si tienes fuertes y sin embargo la gente te odia, aquellos no te salvarán”. Lo mismo se aplica a la cuestión de si un monarca debe ser amado. Ya que un príncipe no puede controlar si su pueblo lo ama, debe concentrarse en que no lo odien, por ejemplo “absteniéndose de apoderarse de la propiedad y de las mujeres de sus súbditos” (capítulo diecisiete). Y respecto a si el rey debe ser bueno a toda costa, Maquiavelo escribe: “En lo posible el príncipe no debe desviarse de ser bueno”. Sin embargo, si ser bueno, generoso, etc., implica correr el peligro de ser considerado débil y, con ello, ser despreciado, “debe también saber cómo ser malvado”. Por lo demás, a fin de conservar su posición debe entrenase en algunas disciplinas prácticas. Debe ser experto en el arte de la guerra. Debe ser capaz de tomar decisiones rápidas. Y debe saber ocultar sus verdaderas intenciones y dar la apariencia de ser virtuoso, aun si las circunstancias le exigen ser todo lo contrario.

La revolución maquiavélica

En esta última recomendación, que no significa otra cosa distinta a que el rey debe saber engañar, se ve con claridad el carácter pragmático y la relevancia histórica de El príncipe. El filósofo británico Quentin Skinner ha hablado de una “revolución maquiavélica”. Los moralistas romanos, entre ellos notoriamente Cicerón, establecen que un rey debe tener, entre otras virtudes, equidad, prudencia, honestidad, clemencia y generosidad. Este modelo es heredado sin reparos por los filósofos humanistas del Renacimiento, entre los cuales se cuenta a Maquiavelo. La convicción que alimenta El príncipe, sin embargo, es completamente novedosa.

Para Maquiavelo, el intento de encarnar consistentemente todas las virtudes clásicas bien puede terminar en una catástrofe política, como en su opinión sucedía en la Italia de 1513, dividida en pequeños reinos sujetos a Francia y España. Por ello, el príncipe “no puede observar todo lo que le da buena reputación a los hombres, pues a fin de mantener su estado está forzado a menudo a actuar contra la buena fe, la caridad, la generosidad y la religión. Así, debe tener una disposición flexible según la fortuna y las circunstancias lo dicten” (capítulo dieciocho). Para el príncipe, entonces (y para Maquiavelo una cosa es clara: solo para el príncipe), no vale la moral tradicional, pues se encuentra en una posición que le exige practicar un relativismo moral que, por lo demás, sería reprobable en cualquier otra persona.

Es en esta medida que se debe comprender la afirmación de que El príncipe es uno de los textos fundamentales de la ciencia política contemporánea, es decir como una ciencia particular independiente de la ética y de los dogmas religiosos. Si, además, se tiene en cuenta a quién se dirige Maquiavelo y en qué condiciones fue escrito su tratado, el “maquiavelismo” que a primera vista parece simple cinismo resulta ser, por despiadado que suene (y, en gran medida, lo es), primero, realismo frente a las condiciones en que de hecho se hacía política en la Europa renacentista, y segundo, pragmatismo frente a la forma en que un déspota debe actuar si quiere conservar su posición.

“¡Órgano criminal de Satanás!”

Y no obstante, es fascinante ver cómo El príncipe produce las interpretaciones más dispares. El historiador de las ideas Isaiah Berlin menciona algunas en su ensayo “La originalidad de Maquiavelo” (1953). Algunas de ellas: para sus primeros lectores, principalmente jesuitas y protestantes, Maquiavelo es un “sceleratam satanae organum” (“órgano criminal de Satanás”) y un “perro impuro”. Para Spinoza en el siglo xvii, y para Rousseau y Diderot en el xviii, El príncipe es obviamente una sátira, una advertencia maquillada sobre lo que los tiranos son capaces de hacer.

Para el experto en el Renacimiento Allan H. Gilbert, se trata de un texto típico del periodo en que fue escrito, solo que más radical e influyente que el resto. Para el filósofo alemán Fichte, Maquiavelo era un pensador anticristiano (que consideraba la religión como una herramienta para dominar a los súbditos); el biógrafo Roberto Ridolfi pensaba que era un cristiano algo inusual. El filósofo italiano Benedetto Croce consideraba a su compatriota un “humanista angustiado”, a quien los crímenes que describe le causaban náusea. Para algunos, era un patriota convencido, para otros un crítico encubierto del sanguinario Borgia, a quien sin embargo Maquiavelo rememora como el único déspota capaz de reunificar Italia.

De algún modo, El príncipe parece ser una de aquellas obras que, como los textos religiosos, están condenadas a ser una superficie sobre la que todo el mundo proyecta no solamente su opinión de lo que el autor quería decir, sino además de cómo debe entenderse la moral humana y, en el peor de los casos, de lo permitido a quien decida creer que el libro fue escrito para él. No es improbable que en los siguientes quinientos años sigamos discutiendo sobre la aplicación exacta del análisis del poder despótico contenido en El príncipe. Y que la infame palabreja “maquiavélico” siga siendo usada para describir a gente que Maquiavelo mismo hubiese considerado despreciable.

Y es que, para aumentar la confusión, quien lea cualquier otra de sus obras, como los mencionados Discursos, se sorprenderá al ver que Maquiavelo no era partidario de la monarquía, sino todo lo contrario: de un sistema de gobierno republicano, y que, como recuerda Skinner, El príncipe quería atraer la atención de sus lectores originales a un lugar y un momento muy específicos: Florencia, 1513. Así, el incesante intento de encontrar modernos príncipes maquiavélicos, desde Hitler a George W. Bush o, en nuestras latitudes tropicales, Álvaro Uribe, resulta arbitrario. Y por lo demás, suponiendo que se pudiese siquiera relacionar aquellos sujetos con El príncipe, es dudoso que el intento le cayera en gracia a Maquiavelo, quien diría que ellos han logrado producir justamente las dos emociones que un tirano debe evitar causar: el odio y el ridículo.

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