Arnoldo Palacios en la casa de su hermana en el barrio Quiroga, en Bogotá. En 2006 Palacios llevaba más de 30 años vivienndo en Honfleur, en la costa norte de Francia. Foto: Juan Carlos Sierra.

Fallece el escritor Arnoldo Palacios, autor de 'Las estrellas son negras'

El escritor chocoano murió a los 91 años en Bogotá. Arcadia recuerda una entrevista concedida por el autor en junio de 2006, para la edición número 9 de la revista.

2015/11/12

Por Sergio Zapata León*

Cada tanto, el escritor Arnoldo Palacios dejaba Francia para pasar una breve temporada en Colombia. Su novela Las estrellas son negras, publicada después del Bogotazo, en 1949, y reeditada por el Ministerio de Cultura, es una de las grandes olvidadas de la literatura nacional.

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Arnoldo Palacios asegura que escribió Las estrellas son negras porque no pudo entrar a los periódicos y a las revistas del mundo intelectual de su época. Entonces pensó que en lugar de hacer toda una carrera, en lugar de escribir crónicas y artículos, escribiría una novela con la que acortaría todo el camino de una sola vez. Tenía veintitrés años, unas muletas que su padre Venancio Palacios le había fabricado con madera de piragua y muy poca plata.

El escritor Óscar Collazos hizo un recorrido por los lugares donde ocurrió Las estrellas son negras.

Afirma Palacios que para salir de su natal Cértegui, el municipio chocoano que fue corregimiento hasta el año 2000, fue necesario un consenso familiar del que participaron sus siete hermanos, sus padres, familiares más lejanos y hasta los vecinos. El padre fabricó las muletas y entre la familia se reunió el dinero para enviarlo a Quibdó. Arnoldo Palacios acababa de cumplir quince años cuando llegó al colegio Carrasquilla a iniciar el bachillerato. En Quibdó no se detuvo y en 1942, un año más tarde, estaba en el Externado Nacional Camilo Torres de Bogotá. Palacios sostiene que la capital no lo sorprendió y que la encontró fría de gentes, como una invitación permanente a estar encerrado.

Durante su bachillerato en el Camilo Torres leyó literatura clásica, estudió latín y pensó por segunda vez en escribir. Palacios afirma que escribió sus primeras palabras tres años antes, cuando tenía catorce años y la prima Ana Zoila, de su misma edad, murió repentinamente. Arnoldo Palacios leyó una remembranza en el entierro de la prima y sintió que en la escritura estaba el camino. En 1948 recorrió el Chocó, el Valle del Cauca, Cali, y por ese camino llegó a Medellín. Dice Palacios que mientras buscaba trabajo en los periódicos y estaba en andanzas con ojos literarios, escribía su novela. En un incendio del 9 de abril lo perdió todo, incluso el manuscrito. Los amigos lo sentenciaron: “Bueno, Palacios, hay toque de queda, así que tienes el tiempo para volverla a escribir”. Arnoldo Palacios confiesa que le tomó tres semanas de encierro. Aprendió de ese incendio que el autor no puede apegarse a su obra, que la obra se va y el escritor sólo cuenta con su capacidad creativa. Cuando la tuvo lista se la dejó a Clemente Airó, quien la publicó en la Editorial Iqueima mientras Palacios viajaba. La novela salió a la venta en mayo y a finales de agosto Arnoldo Palacios volaba con destino a Cartagena, en busca del barco que lo iba a llevar hasta París.

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Ha dicho Palacios que en la escritura hay que buscar la economía de palabras. Esa intuición le viene del habla de su raza, que él considera es la misma que se usaba hace quinientos años. Según Palacios, esa lengua que parece un dialecto se ha conservado intacta debido al analfabetismo, porque el negro no lee ni escribe: habla todavía como el amo español.

Las estrellas son negras es una muestra de esa máxima, que Palacios afirma haber aprendido con el estudio del latín. Ha dicho también que la posibilidad de éxito en una obra literaria está dada por su capacidad para recrear el futuro, en su intento por volverse eterna. Cuando Palacios escribió Las estrellas son negras abrió la primera página con la descripción del boga en el que ha terminado por convertirse:

Él, con más de ochenta años de edad, cabeza pequeña, calvicie reluciente en su cráneo negro chocolatoso, orlado de cabello motoso hacia las orejas y la nuca, cara huesuda, sienes y mejillas hundidas; una mirada apacible emanaba de ojos pardos, oscuros y profundos. Su nariz chata dejaba escapar unos pelitos que se entrelazaban al áspero bigote amarillento, empapado de sudor. Los labios gruesos, salivosos, se mantenían abiertos, mientras cuatro dientes curtidos mordían el cabo de madera de la pipa de barro.

El Palacios de ahora, contrahecho, con 82 años y dos bastones ingleses que le ayudan a soportar su peso, lleva el pelo algodonado, el cráneo achocolatado, los mismos pelitos que salen de la nariz para enredarse en el bigote y los labios salivosos, gruesos y abiertos en la explosión que es su sonrisa cada vez que alguien alude a un evento de su vida pasada. La poesía también le sirvió para economizar palabras y robustecer sus relatos. La cadencia y el ritmo llegaron del habla negra.

Arnoldo Palacios cuenta que el barco se llamaba Jagello y era de bandera polaca. Después de publicada la novela se candidatizó para una de las dos becas que había para el departamento del Chocó y dice Palacios que no se dio cuenta de nada, sólo de que la otra beca la ganó un blanco que había nacido en Quibdó. Se iba para Francia. Cuando bajó del avión en Cartagena, Palacios recuerda que García Márquez le hizo una nota de despedida en el diario El Universal. En el barco se hablaba polaco, así que tuvo que permanecer callado todo el viaje.

Recuerda Palacios que París le pareció fea. Un poco como Bogotá. Comenzaba el otoño, había desembarcado en Cannes y no sabía una palabra de francés. Luego de tomar el tren llegó a París y buscó la Sorbona. Allí todo estaba listo para él. Tomó cursos de literatura clásica, contemporánea, fonética con la mama de Dios, dice Palacios, el profesor Fouchet, quien firmó su diploma.
Palacios afirma que siempre se quiso ir, evadirse como Irra, el personaje central de su novela:

Irra cruzó la vía, saturado de tales visiones. La playa colmada de bañistas. El río sereno… Agradable navegar. Sí. Debía irse a Cartagena. En Cartagena cambiaría su vida. Calor sofocante. Se palpó la cara sudorosa; en la espalda sentía la camisa sudorosa, pegajosa. Iba a bañarse él también. Debía estar muy confortable el agua. Racimos de muchachas. Se torció el estómago. ¡Qué hambre! ¡Bendito sea Dios! ¿Cómo poder admitirse que Dios fuera tan…? ¡Que se vaya a la porra con su religión y sus curas embusteros, que se mantienen engañando y robando a los pobres!

Como Irra, o Israel, Palacios necesitaba salir de Quibdó. Y su hambre y la ira lo obligaron a intentarlo en sus deseos. Para Palacios el futuro estuvo siempre atravesado por sus sueños, que vio cumplidos todos, según dice. De París saltó a Varsovia, invitado como vocero de Colombia al Congreso de la Paz que se celebró en 1950. El discurso que leyó en Varsovia le costó la beca. Dice Palacios que gritó: “esto es un hombre, esto es un colombiano”, y la emprendió como Irra, contra todo orden establecido. Recuerda que estrechó la mano de Shostakovich y tuvo como guía en Polonia a Roman Polanski.

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Sostiene Palacios que caminaba por una calle de Montparnasse durante la noche. Un hombre distinguido detuvo su automóvil y se bajó del carro explicándole a la mujer que lo acompañaba que ese joven que usaba muletas tendría que resignarse a dejar de caminar cuando su cuerpo ya no tuviera la energía suficiente para soportar su peso. El hombre le dijo, cuenta Palacios, que debía buscar la manera de mejorar. Le entregó un periódico con una anotación en las márgenes. Dice Palacios que esa noche no logró dormir pensando en la escena y al día siguiente buscó la dirección escrita en el periódico. En el hospital ortopédico Raymond Poincaré recibió atención y el cirujano que lo había abordado en la calle operó sus piernas. Hasta ese momento, cuenta Palacios que había hecho esfuerzos por no volar en sus recorridos por Quibdó y el resto de Colombia, porque las muletas de su padre las apoyaba en las axilas y encontraba un puntico de apoyo con el pie izquierdo: la pierna derecha era seis centímetros más corta y no le daba para tanto.

Arnoldo Palacios afirma que ha seguido escribiendo pero no revela el paradero de su obra. Sostiene que siempre le ha interesado atrapar en ella la vida viviente. Escribió y escribe a mano porque de esa forma está más cerca del pensamiento y de la escritura y Palacios ante todo se considera un calígrafo. Dice haber leído mucho sobre su última novela, Buscando mi Madrededios, pese a no haberla publicado, y celebra con modestia que el nombre Arnoldo Palacios figure en la Enciclopedia Mundial de Literatura. Afirma Palacios que la Madrededios es un término que usa su gente para referirse al medio de subsistencia. Creyó haberla encontrado cuando recibió la Cruz de Boyacá, en 1998, pero Palacios sostiene que esa distinción no da plata. Ha recibido numerosos reconocimientos por su obra, el Ministerio de Cultura reeditó Las estrellas son negras en ese mismo año y tuvo la oportunidad de fundar una asociación de estudios sobre el Chocó.

Arnoldo Palacios dice haberse mantenido vivo gracias a que escribe en castellano. Sostiene que lo esencial es escribir y no la preocupación por publicar. No hace borradores. Escribe definitivo. Y alguna vez encontró una afirmación de Charles Baudelaire en la que entendió que el poeta estaba de acuerdo con él: “escribe tus borradores como si fueran definitivos”. Palacios asegura que hasta que el autor no esté convencido sinceramente de lo que ha escrito no debe dejarlo y por eso nunca habla de la edad, o de la muerte, o de la plata. Sostiene que lo más seguro son los amigos y que en el Chocó está su fuerza. Arnoldo Palacios escribe siempre sobre el Chocó. Palacios vive atrapado en el tiempo del Chocó.

Afirma que escribir novelas le ha servido para representar la vida humana, los intereses del hombre y su ambiente. En 1998, cuando estuvo en Bogotá, alguien le dijo que le iba a mostrar a Irra. Palacios sostiene que eso sólo pudo suceder gracias a que escribió una novela, en la que el lector puede entrar completo y sentirse libre. Cada página de Las estrellas son negras, cada párrafo, sostiene Palacios, está completo.

Siendo muy niño a Palacios lo atacó la poliomielitis. Dice que hoy es un recuerdo más que le quedó de su madre Magdalena. Ella contaba que su hijo tenía dos años cuando cayó enfermo. El recuerdo se le ha quedado marcado en dos grandes callos junto a los nudillos de sus pulgares. Cuando viajó a París llevaba en mente la influencia de Francia en América, sobre todo por la Revolución Francesa, ahora encuentra que París y su gente inventa cosas para mantenerse ocupada. Cada cierto tiempo regresa a Colombia y no pierde oportunidad de volar al Chocó. La Madrededios, dice después de haberla buscado en Islandia, Rusia, Polonia y Francia, no es otra cosa que conformarse con lo que tiene y con lo que ha hecho.

 *Periodista. Es autor de Aquí se puede leer (Fundalectura / Ministerio de Cultura, 2005).

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