Novelas imperdibles de la FILBo III

Arcadia presenta una selección de las mejores novelas y reediciones de este año: Ospina, Butlin, Egan, Simonetti y Trías.

2015/04/17

UNA BOGOTÁ ÍNTIMA
Gonzálo Mallarino

Este libro de Andrés Ospina es la depuración de un estilo y de una obsesión. El estilo lo he visto –en persona, desde las primeras tres o cuatro novelas que nunca publicó, que tuvo siempre en la mesa de noche y entre ceja y ceja–, lo he visto, digo, cambiar, hacerse más delgado, más preciso, más personal. Sobre todo eso, más personal. La Bogotá que hay aquí es terriblemente personal, lo que hace que la lectura de estas páginas sea tan convincente, tan llevadera, de verdadera. Es, certeramente, Bogotá, porque sin pintar una sola tarjeta postal o un solo cuadro de costumbres, las palabras, los personajes, los ámbitos y los asuntos del relato son esta ciudad, son nosotros, de eso no hay la menor duda. Y por eso, por esa precisión y por esa certidumbre, tienen un buen chance de ser todo el mundo. De ser Dickens o Chagall o las comadres de Windsor o Isaac Bashevis Singer. Mundos que ya son de todo el mundo, y que hacemos nuestros, que queremos y que nos vienen en los sueños y entre las lágrimas de los recuerdos. Así de potente se volvió la prosa de este bogotano, que escribe aparentemente al desgaire y con descuido.

Además, tiene una cosa encantadora este libro y es que nos hace pensar en todos los anteriores. En todas las Bogotás que se han escrito y que Ospina, durante años y años de pesquisas y lecturas y relecturas, se ha metido entre los sesos y en el corazón, para que le fuera posible darnos su propia Bogotá. Su ciudad sentida y mirada y buscada.

Las épocas se entreveran, se alternan, van y vienen en una parábola y en una libertad espléndida de siglos y lugares y estancias. Esa es la estructura del libro. Unos personajes son de hace cuatrocientos años, otros de hace setenta o treinta. Unas maneras de hablar son arcaicas, otras son coloquiales y sencillas, otras son intencionadas y dolorosas, otras son llenas de humor o de ternura. Y todas nos son familiares, solo que no habíamos pensado en ellas así, no las habíamos oído nunca así.

Se necesitó que alguien las concibiera, las rescatara, las pescara en el aire y en las casas y las tiendas y los andenes y las camas, para que nos diéramos cuenta de que existían y eran nuestras, y de que eran bogotanas.

Chapinero
Andrés Ospina
Editor


ESCUCHAR HACIA ADENTRO

Melba Escobar

Un hombre que trabaja en una empresa de galletas. Un alto ejecutivo de saco y corbata, con una secretaria a quien le coquetea. Un hombre guapo o que suponemos guapo. Un hombre que usa su sonrisa como si fuera un arma. Un hombre rápido, ingenioso, creativo, exitoso en su trabajo, con una familia que lo ama. Un hombre que parecería normal, hasta que entramos a escuchar el sonido de su voz, a entender el ruido que hay en su cabeza.

El hombre exitoso es también un hombre alcoholizado. Alguien que sufre por el exceso de luz que hay a su alrededor; por la comprensión excesiva de su mujer, por el afecto inocente de sus hijos a quienes llama “las acusaciones”. Un hombre que a los 34 años sigue padeciendo la crueldad de su padre dentro de su cabeza, aunque como él dice ambiguamente: “murió porque tenía malo el corazón”.

El sonido de mi voz es una novela pequeña, delicada, magistralmente estructurada, de gran ingenio estilístico, donde la lucidez poética y la fuerza de la narrativa se unen por medio de imágenes repetitivas como esa donde el hombre se va cubriendo de barro, barro que solo se disipa luego de media botella de coñac o ginebra. La angustia del narrador se vuelve la angustia propia. Esa voz que es él, pasa a ser la voz de uno. Esa mirada con la que observa la estéril repetición de los rituales diarios es la mirada con la que empezamos a ver la habitación en donde estamos. Su voz impregna cuanto hay alrededor, altera la percepción, seduce, convence, pero también asfixia. Y tiene una particularidad que es esencial para darle un estilo único: está narrada en segunda persona. “Beber mucho es un trabajo duro, pero tú te esfuerzas.” Esa voz está a la vez dentro y fuera del narrador, es la voz de quien acusa, de quien consuela, pero también de quien no logra fundirse en uno solo con su propio yo, la voz de alguien que está en su cuerpo y en todas partes. El sonido de mi voz es una pequeña obra maestra que nos recuerda esa extraña costumbre de escuchar hacia adentro.

El sonido de mi voz
Ron Butlin
Editor


VIEJA ESCUELA

Dicen que todo tiempo pasado fue mejor, o eso quizás piensa Bennie Salazar, ejecutivo de una discográfica que vivió sus mejores días en los años setenta como miembro de una banda de punk. El tiempo es un canalla, de Jennifer Egan, es una divertida novela sobre cómo en la adultez la vida suele complicarse sin remedio. A una separación, y un hijo que lo espera con ansiedad, Benni debe responder a una crisis de la mediana edad con algo más que creatividad. En la misma línea de novelas como La conjura de los necios, o Alta fidelidad, Egan, ganadora del premio Pulitzer, inventa una trama desopilante en la que Salazar es el protagonista de una disparatada vida.

El tiempo es un canalla
Jennifer Egan
Minúscula



CULTIVAR EL JARDÍN PROPIO

Diana Ospina Obando

Las plantas que parecen bellas, sutiles, ligeras y coloridas gracias a las flores; se transformaron en otra cosa cuando son sacadas de la tierra y se contemplan sus raíces largas, desordenadas, numerosas. En ese momento, no solo su apariencia cambia, sino que, además, se convierten en algo pesado, difícil de transportar. Y, sin embargo, este proceso es necesario hacerlo para poderlas mover hacia otro lado. Esto lo sabe el escritor chileno Pablo Simonetti y lo utiliza a la perfección en su última novela, como metáfora de la familia y de las tensiones, diversas visiones e intrincados vínculos que salen a la luz en el momento en que se desea hacer un cambio.

La historia inicia con una imagen implacable: Juan, el narrador, contempla cómo es destruida la casa de su infancia. Ante sus ojos son demolidas, una a una, esas paredes cargadas de recuerdos sobre las que, con los años, fue creando, como él mismo lo dice, una dura costra de indiferencia. Contemplar el fin físico de una etapa de su vida hace que Juan recuerde lo sucedido doce años atrás cuando, junto con sus hermanos, tomó la decisión de vender la casa familiar a pesar de que esta era el lugar de residencia de su madre, su refugio y, sobre todo, el sitio donde con esmero y dedicación ella había logrado dar vida a un hermoso y único jardín.

Simonetti reconstruye los últimos meses antes de la venta y cómo esa transacción comercial, en apariencia simple, pone de manifiesto la complejidad que encierran las relaciones familiares.

Una prosa limpia y sencilla, personajes y situaciones que parten de vivencias personales, descripciones cargadas de sensorialidad, delicadas ilustraciones hechas por el pintor José Pedro Godoy (pareja del autor hace años), hacen de Jardín un relato que se conecta de diversas formas con el lector y que lo lleva a reflexionar sobre sus propias raíces, su familia y la manera, no siempre efectiva, en que buscamos defender una identidad propia en medio de un contexto muchas veces adverso.

jardín
Pablo Simonetti
Alfaguara


ENGENDROS FAMILIARES

Daniella Sánchez Russo

La narradora de la uruguaya Fernanda Trías es una joven que construye un universo tan grotesco y particular, que es difícil situarla en la maldad o en la inocencia. Aunque no sea el trabajo de la literatura –ni tampoco de los lectores– juzgar a sus personajes como si fueran parte de la vida real, sí nos preguntamos, durante las poco menos de ciento cincuenta páginas que tiene la obra, por qué le permitimos a la narradora –Clara– pasar ilesa de una culpa que debería ser humana: en medio del doloroso luto que su padre atraviesa por la muerte de su esposa, mantiene con él una relación incestuosa que termina por engendrar a una niña, Flora, y esto, sin duda, sería suficiente para martirizar a un personaje. La relación incestuosa Clara la teje y la vuelve a tejer en un apartamento pequeño y asfixiante, sin que nunca sea tácita la voluntad inmediata del padre, quien siempre se encuentra en un estado de aletargamiento que lo postra en la cama. La narradora no tiene juicios rotundos sobre sí misma, como sí lo tienen –en la mejor tradición kafkiana– aquellos que la rodean: una partera, un juez, un policía. Pero estos juicios los conocemos por medio de los pensamientos de Clara y no por acciones concretas, así que es válido preguntarse por la veracidad del testimonio, ¿estamos en medio de una obra que tiene como centro la paranoia? ¿Es el incesto un artilugio simbólico para hablar sobre una familia que se reconstruye desde la enfermedad? Trías supo darle vida a un universo que pensaríamos impenetrable y así mismo supo hacerlo irresistible. La fluidez de la narración y las metáforas precisas, “era como si el aire se hubiera acostumbrado a quedarse en el mismo lugar, como un remolino de pena”, hacen que el relato se sostenga a pesar de las preguntas que podamos tener, siempre y cuando aceptemos que estamos ante una construcción única. No es casualidad, entonces, que a catorce años de su primera edición, La azotea aun esté vigente, y que este año Laguna Libros haya decidido sacarla a la luz nuevamente.

La azotea
Fernanda Trías
Editor

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