Madrid Imagen de la película La teoría del todo.
  • Jane y Stephen Hawking en los más recientes premios BAFTA.

Todo o nada

Acaban de reeditarse en español las memorias de Jane Hawking –revisadas por su autora–, exesposa de Stephen Hawking, que inspiraron La teoría del todo, una película que ha dividido a la opinión pública sobre la vida privada de un hombre que desde su silla de ruedas transformó la manera de entender la física.

2015/03/02

Por Gabriela Bustelo* Madrid

¿Quién es Stephen Hawking? Sobradamente conocida es la imagen del genial científico británico en una silla de ruedas, como lo es su réplica a Einstein: “Dios no solo juega a los dados, sino que a veces los tira donde no los vemos”. Su best seller En busca del tiempo y el documental científico El Universo, que escribió y presentó de viva voz, consiguieron explicarnos a los mortales corrientes cómo es la dinámica del universo, humanizando las fórmulas matemáticas que él lleva siempre en la cabeza. Pero a la hora de la verdad, resulta que sabíamos poco sobre la vida privada de este científico que es, sin duda, uno de los hombres más famosos del mundo. Tal vez la persona más consciente de ello fuese su primera esposa, la lingüista Jane Hawking, quien hace 15 años se propuso contarnos cómo fueron las dos décadas largas que pasó junto al genio británico. A comienzos de 2015 la editorial Lumen ha publicado Hacia el infinito, una edición revisada de aquel libro. Y la película La teoría del todo, basada en esas memorias, acaba de recibir tres premios bafta en la 68.ª edición de los premios de la Academia de Cine del Reino Unido: mejor película británica, mejor guion adaptado y mejor interpretación masculina para el actor Eddie Redmayne, que encarna precisamente a Stephen Hawking.

Pero lo contado sobre él en el libro y en la película no habrá puesto especialmente nervioso a Stephen Hawking, que alcanzó la celebridad antes de cumplir los 30 y lleva toda su vida en el ojo del huracán mediático. Por tanto, volvamos a la pregunta inicial. ¿Quién es Stephen Hawking? ¿Cómo es el prestigioso científico que ha consagrado su vida a investigar las leyes fundamentales que rigen el universo? Cuando Jane Hawking (entonces Jane Wilde) lo conoció en una fiesta de fin de año en Cambridge, él era un estudiante de Física que estaba preparando el doctorado. Alto, desgarbado, con un flequillo que le caía sobre las gafas de concha, vestido con una chaqueta de terciopelo negro y una pajarita roja, Hawking destacaba entre el resto de los estudiantes no solo por su aspecto algo hippie, sino por el sentido del humor y la originalidad de sus opiniones. “Estaba claro que, al igual que yo, era una persona que tendía a avanzar a trompicones por la vida y conseguía verle el lado gracioso a todo. Una persona que, al igual que yo, era bastante tímida, pero no se abstenía de expresar sus opiniones”, dice Jane Hawking de quien poco después se convertiría en su marido. Si a ella le había impresionado él, es indudable que el sentimiento fue mutuo, pues dos días después Stephen le envió una invitación a su fiesta de cumpleaños.

El primer contacto con la familia Hawking fue algo traumático para Jane, que a partir de entonces tuvo siempre la sensación de que su familia política la despreciaba por considerarla demasiado corriente, pese a ser una estudiante de Filología que había viajado por España y hablaba francés y español. Ambos proceden de familias británicas de clase media, pero mientras los Hawking se consideraban intelectuales y hacían gala de su ateísmo, los Wilde asistían a misa los domingos y no tenían veleidades eruditas. El espinoso asunto de la religión fue siempre motivo de discusión entre ambos y la condescendencia no solo era por parte de él. “Era comprensible que como cosmólogo que investigaba las leyes que regían el universo, no pudiera permitir que sus cálculos quedaran enturbiados por una creencia declarada en la existencia de un Dios creador”, contraatacaba Jane en sus memorias.

Esa fe cristiana que tanto despreciaban los Hawking fue lo que ayudó a Jane a superar el duro trance en que se convirtió su vida cuando a Stephen Hawking le diagnosticaron a los 21 años la enfermedad de la motoneurona, que destruye progresivamente las células encargadas de controlar la actividad muscular voluntaria esencial. Cuando se casaron, los médicos le habían pronosticado a Stephen que moriría en un plazo de dos años. A pesar de ello, ambos decidieron seguir adelante, con un apoyo sorprendentemente escaso por parte de las familias de ambos, sobre todo la de él, que permanece en un segundo plano tal vez respetuoso, pero desde luego poco solidario. La joven pareja se instaló en una casa donde todas las labores físicas fueron recayendo paulatinamente sobre Jane, ya que Stephen tuvo que empezar a usar una silla de ruedas poco después de haberse casado. Uno de los hechos más llamativos del matrimonio Hawking es su empeño en llevar una vida normal, al menos en apariencia, porque de hecho todo giraba en torno a la actividad académica de Stephen y a su enfermedad. De hecho, todo giraba en torno a Stephen. Y punto. “Consideraba a mis amigos víctimas fáciles y en las fiestas no tenía el menor reparo en monopolizar la conversación con controvertidas opiniones, hasta el punto de que a menudo dominaba la escena social con vehementes y tenaces discusiones”, cuenta Jane.


Jane y Stephen Hawking en los más recientes premios BAFTA.

Pese a la grave discapacidad de él, los Hawking tuvieron tres hijos y viajaban mucho al extranjero por motivos relacionados con la carrera del científico. Jane tenía pensado hacer una tesis sobre la poesía lírica medieval de la Península Ibérica, pero la dedicación total a su marido le hizo postergar el proyecto, que tardaría diez años en acabar. Encargada del aseo, la alimentación y el traslado de su marido, Jane también le mecanografiaba y corregía todos los textos. Según confiesa en sus memorias, no pretendía que Hawking le diera las gracias continuamente, pero se sintió profundamente herida cuando en el discurso de aceptación como miembro honorario de la Royal Society of Arts, Stephen no mencionó una sola vez a su familia. Por aquel entonces, el joven prodigio tenía 32 años y ella se había convertido en su choferesa, enfermera, secretaria, asistenta e intérprete. Vivir en Cambridge como esposa de una celebridad en los años setenta era poco gratificante, ya que los colleges no admitían mujeres, “cuyo talento individual se había desestimado por completo, desdeñado por un sistema que se negaba a reconocer que las esposas y madres pudieran tener una identidad intelectual propia”.

Pese a todo, la admiración intelectual que siente Jane por su marido es innegable. Recalca que sus hijos y ella “admirábamos al genio, su padre y mi marido, que sabía transformar el espacio infinito en ecuaciones matemáticas como si, según Werner Israel, estuviera componiendo toda una sinfonía de Mozart en la mente”. En efecto, Hawking estaba cambiando el rumbo de la física, dando la espalda a las leyes macrocósmicas de la relatividad general para sumergirse cada vez más en la mecánica cuántica, es decir, las leyes que operan en el plano microcósmico de la partícula elemental, la física de los cuantos, los componentes básicos de la materia. En 1975 recibió el premio más llamativo de su carrera: la Medalla de Oro del Papa Pío XI a la ciencia, entregado en una sesión plenaria de la academia pontificia. Al parecer la idea del Big Bang como momento inicial de la creación atraía al Vaticano y Hawking aprovechó la ocasión para rehabilitar a Galileo tres siglos después de su fallecimiento, solicitándolo expresamente al dirigirse al público. El chorreo de premios ha sido una constante en su vida, hasta el punto de que en privado Hawking bromeaba sobre el asunto. “Lo siento, pero me han dado otro premio”, le solía decir a su esposa, que empezaba a estar harta de viajar por el mundo recogiendo premios que acababan almacenados en cajas. La Medalla Albert Einstein, la condecoración de Comendador de la Orden del Imperio Británico, el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, la Medalla Copley y una docena de doctorados honoris causa son solo algunos de los galardones con que decenas de países han reconocido su admiración por el científico británico.

Este reconocimiento mundial nos hace recordar aquel día ya lejano en que al veinteañero Stephen Hawking le diagnosticaron dos años de vida, pues estamos ante un caso único de supervivencia ante una enfermedad que suele acabar con quienes la padecen en un plazo máximo de cinco años. Tras este hecho extraordinario hay varios factores: la voluntad de vivir del paciente, su capacidad de recuperación casi sobrenatural y algo que tal vez hubiera pasado inadvertido de no ser por el libro Hacia el infinito en que se basa la película La teoría del todo. El fenómeno Stephen Hawking jamás habría existido de no ser por una joven que era todavía una adolescente cuando empezó a salir con un hombre médicamente condenado a muerte, cuya devoción inquebrantable hacia él la hizo relegar por dos décadas sus propias necesidades y ambiciones. Durante los largos años que duró su matrimonio Jane ocupó voluntariamente un segundo plano, hasta tal punto que se quedó sin habla cuando una amiga estadounidense le dijo que tras Stephen Hawking tenía que haber por fuerza alguien tan valiente como él, pues de lo contrario nunca habría logrado llegar tan alto.

Pero al final, los acontecimientos se precipitaron. Jane conoció a un profesor de canto llamado Jonathan Hellyer Jones, de quien se enamoró, manteniéndose pese a todo fiel a su marido. Stephen, por su parte, se enamoró de una enfermera llamada Elaine Mason, anunciando en 1990 que quería irse a vivir con ella. Por inverosímil que pueda parecer, fue él quien pidió el divorcio. La película basada en toda esta peripecia se ha convertido ya en uno de los acontecimientos cinematográficos del año, a la que conviene asistir con un cargamento de kleenex, porque las lágrimas están aseguradas. La teoría del todo es la edulcorada historia de un cerebro portentoso atrapado en un cuerpo lastrado, la lucha de una mente sideral hecha prisionera por las viles ataduras terrenales. En este caso es imprescindible leer el libro. Porque una vez deglutido todo el material audiovisual y textual, queda una pregunta en el aire, que cada cual debe procurar responder en conciencia, sin prejuicios ni superioridades morales: ¿Stephen Hawking es un héroe o un villano? Muchos no se atreverán a responder en voz alta, por claro que lo tengan.

 

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