'Perfidia' de James Elrroy

El tan temido infierno de Ellroy

Con 'Perfidia' Ellroy haciendo uso de recursos típicos de la novela negra, disecciona el discurso oficial de la ley y el orden, se permite recordarnos una vez más la naturaleza corrupta no solo del sistema judicial sino de la comunidad humana en conjunto.

2016/03/23

Por Ángel Castaño Guzmán

Perfidia/ James Elrroy/ Literatura Random House / 784 páginas / $52.000

Si un calificativo resume las virtudes estilísticas de Perfidia, la nueva ficción de James Ellroy, es el de trepidante. No hay en las 780 páginas del volumen pausas ni tiempos muertos: con destreza narrativa el norteamericano construye una historia desmedida, siempre a un paso de salirse de madre; involucra lo sublime y lo abyecto de la sociedad —caras de una misma moneda— y, lo mejor, da en el blanco. Puesta la lupa sobre cuatro antihéroes esperpénticos, lastrados por las paranoias y los sueños marchitos de un país a punto de entrar por la puerta de atrás en el apocalipsis de la Segunda Guerra Mundial, Perfidia es la radiografía coral de la Sodoma moderna. ¿Cómo no caer víctima del hechizo de la casquivana Kay Lake, del dipsómano William H. Parker, del brutal Dudley Smith, del brillante pero vacuo Hideo Ashida? Ellroy, con los recursos típicos de la novela negra, disecciona el discurso oficial de la ley y el orden, se permite recordarnos una vez más la naturaleza corrupta no solo del sistema judicial sino de la comunidad humana en conjunto. Detrás de cada movimiento de los seres convulsos de Perfidia brilla la vieja sentencia que ve en el hombre al lobo de otro hombre. Ellroy, lejos de lamentarlo, actúa en consecuencia. Desde hace mucho, los escritores gringos corren detrás de la liebre de la gran novela americana. Varios galgos de las recientes hornadas han rozado la sombra de la apetitosa presa: McCarthy, Roth, Pynchon, Franzen, Foster Wallace y, por supuesto, Ellroy. A lo mejor, el asunto se resuelva con el foto-finish. Mientras la fotogenia de los primeros es evidente, Ellroy no oculta sus maneras de buscapleitos barriobajero.

A la muerte, ingrediente básico del relato policial —en este caso el aparente suicidio ritual de la familia Watanabe—, Ellroy agrega al coctel explosivas sustancias: el ataque nipón a Pearl Harbor, la demencia anticomunista del capitán Parker, el izquierdismo de satén y bisutería de Kay Lake, la avaricia inmobiliaria de los chinos, las cartas marcadas del teniente Smith, las sectas de la ultraderecha. Perfidia es una galería de personajes convincentes, cada uno entrañable. Ellroy extrae la mayoría del nutrido universo de sus anteriores novelas. Así, encontrarnos a los púgiles Blanchard y Bleichart —detectives en La dalia negra— y al insidioso reportero Syd Hudgens —de Los Ángeles Confidencial—. Ellos comparten copas y lecho con estrellas del mundo pop de los años cuarenta: Dudley colisiona con Bette Davis, ayuda al alférez John F. Kennedy en sus empresas amatorias con actrices de medio pelo; Parker percibe el enorme poder del temible J. Edgar Hoover y asiste a una velada en la cual la esposa del presidente Roosevelt acapara todas las miradas.

Perfidia es la primera de un cuarteto de novelas que tendrá como telón de fondo la Segunda Guerra Mundial. Si las restantes sostienen el ritmo, el conjunto será imperdible: el tiempo lo dirá. Lo evidente hoy es la lucidez de Ellroy al demostrar una verdad de a puño: para combatir el fascismo europeo, Estados Unidos perdió la compostura, traspasó los límites de la decencia.

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