Silva nació en 1975, en Bogotá.

Ricardo Silva Romero: canciones para leer 'Historia oficial del amor'

Con lucidez, delicadeza y consistencia crítica, el más reciente libro del escritor colombiano devela las tragedias nacionales. Una reseña del sociólogo Hernán Darío Correa acompaña esta banda sonora.

2016/09/01

Por Hernán Darío Correa

Intimidad, delicadeza y autenticidad son tres de las dimensiones de la condición humana que se revelan en esta saga familiar que es al mismo tiempo un recorrido por los laberintos encontrados de la vida bogotana y del país durante los últimos ochenta y tres años (1932-2015), en una regresión meticulosa que se pasea por una cotidianidad donde se entrelazan las tragedias nacionales del poder, los intentos de transformación social y la construcción del hogar por parte de tres generaciones que han navegado en las aguas encontradas de los procesos de modernización y de urbanización del país, la oscura violencia que las ha acompañado como un éter o como una tragedia implacable, y el amor…

Se trata de un relato que se hace posible desde la consistencia de éste último como una trinchera donde se recuperan las vidas de la madre, el padre, los abuelos, los tíos y los hermanos de un narrador que es al mismo tiempo el adulto que emprende la aventura de la escritura memoriosa, en medio de las incertidumbres de hacerse sucesivamente padre, esposo, hijo menor y nieto, debatido entre la admiración y el distanciamiento respecto de las herencias de su abuelo cartagenero, Alfonso Romero Aguirre, el político famoso durante los años cuarenta y cincuenta; de sus ancestros Antonio Silva Hernández, linotipista de El Tiempo, y Cesáreo Buj, migrante español a las tierras de América, cuya hija Aurora, su abuela materna, se enlaza con aquel; de su tío, Alfonso Romero Buj, asesinado por sus propios compañeros maoístas en el año 76; y de sus entrañables madre, Marcela Romero Buj, abogada, y padre, Eduardo Silva, profesor universitario; hasta emanciparse de unos o atarse de forma definitiva y amorosa a todos, reafirmando los mejores perfiles y las pasiones alegres de aquellos, pero también de los amigos, esos hermanos que la vida depara y que en este relato son pintados con esmero y un profundo cariño.

Esta novela-crónica es la “historia oficial del amor” de un grupo familiar a través de las intimidades hogareñas, pero también de la política y del gobierno, reveladora de la profunda desazón que ha vivido la generación de colombianos nacida a mediados de los años setenta en el país, para la cual el trasfondo de la violencia de los años 40s y 50s aún pesaba en la conciencia de sus padres, cuando se abrieron las simas profundas de las nuevas violencias del narcotráfico, del conflicto armado y de la ultraderecha que se reciclaron desde los años 80s hasta hoy.

Con un ritmo narrativo creciente a medida que se devuelve en el tiempo, dejando atrás cierta lentitud y algunos titubeos narrativos de la primera parte del relato sobre el presente, el conocido columnista y novelista Ricardo Silva Romero va denotando en la intensidad de su narración las profundidades de la zozobra de su padres y el miedo de los niños de la última parte del siglo XX, en medio de las atrocidades de la guerra sucia, la cobardía de los vecinos, la decepción de los mayores con los políticos y con una generación urbana que se doblegó ante el peso de esas espirales de violencia y corrupción que se han expresado de forma abierta y atroz en los escenarios públicos, pero también de forma soterrada en la intimidad familiar, en un país tan contradictorio como incesante donde la crueldad colectiva y la tristeza se asoman a cada paso de la vida; pero también de la urdimbre de entereza, tesón, coraje y compromiso incondicional con hacernos mejores a través del humor, la amistad, el amor, la integridad, el coraje y la ética ejemplar de padres como los de Silva Romero, quien finalmente se redime de toda esa telaraña por la escritura y por la afinidad con lo mejor de éstos, ejemplares seres humanos atados a su amor incondicional entre ellos y con sus hijos en medio del laberinto nacional.

La novela es una pintura minuciosa de la vida cotidiana bogotana de más de medio siglo, donde se despliegan la entrada de una ciudad como Bogotá en la modernidad, los desvelos e incertidumbres de la clase media, las dificultades del trabajo y del ejercicio profesional, las revelaciones del cine y de los libros, las identidades urbanas afincadas en el automóvil familiar o en las pizzas con que se celebra la recreación de un domingo de cine vespertino, los avatares de crecer en medio de las intensidades escolares de quien afrontó una y otra vez la condición de hermano menor, entre muchas otras aristas de la vida de todos; más algunas incursiones hacia la Cartagena de la infancia de su abuelo paterno, o el pueblo de Fuentes de Nava en España de donde proceden sus abuelos maternos; y se constituye en un mentís del aserto sobre el país como uno de padres ausentes, y al mismo tiempo en un testimonio de esos heroísmos callados de quienes han asumido sus vidas con un compromiso indoblegable con el destino colectivo; como su madre, quien asumió con discreción ejemplar tareas públicas de la magnitud de enfrentar desde la entraña de la oficina jurídica del gobierno de Virgilio Barco a la delirante guerra que los narcotraficantes le declararon al país, con al apoyo incondicional de su marido y sus hijos en medio de duelos profundos como los del destino complejo y trágico de su propio padre, extraviado de su destino personal y colectivo, o de su hermano asesinado por otros delirios como los de la guerrilla maoísta…

De los apuntes de su abuelo Romero Aguirre sobre los días de abril de 1948, rescata los orígenes del extravío nacional en aquella tragedia: “Un par de hermanitos que veo todos los días cuando salen al colegio tienen que pasar por el ladito de una pila de cadáveres”; “se ve en la noche, gracias a las antorchas y a los gemidos y los tiros al aire de los borrachos, que la civilización no es más que una fachada”; “se pensó que si Colombia fuese una persona, sería, en los términos del doctor Freud, un muchacho sobreponiéndose a una infancia traumada por una educación recalcitrante. Se hizo evidente que era nuestro plan echar a la oligarquía del liberalismo, pero lo que consiguieron los evangelistas de Santos ese 9 de abril fue sacar al pueblo del partido.” Y remata el nieto: “Se repartieron los puestos, y ya, se quedaron con la política”. (Páginas 478 y 479).

Se trata, en efecto, de una pluma decantada por una narración consistente y acuciosa, cuya génesis se gestó desde la temprana afición del autor por el cine, la lectura, la conversación y la pasión crítica; con un tintero propio desde el cual extrae al final del libro esos perfiles humanos que hacen tan grata esta historia: las formas familiares del decoro, de la inteligencia y del saber vivir en medio de semejante destino nacional, con la tenacidad de quienes no dejaron de buscar un mejor estar para sí y para todos a lo largo de unas vidas ejemplares que abonaron el terreno de quienes, como su nieto, aún siguen con la antorcha de la lucidez encendida, y un compromiso incondicional con el afecto en sus recodos más entrañables:

“Esa gente tan sensible, un día descubre que el humor es lo único que la queda para sujetar su emoción ante lo bello y frente al horror. Y aprende a pronunciar el amor a su manera: ‘Cuando uno menos piensa están haciendo un libro sobre el dolor de espalda de uno…’, me dice mi Papá, con la mirada sobre su nieta, mientras echamos juntos el coche en el baúl, y yo le doy unas palmaditas en la mano: ‘el tiempo no existe’. Después saluda a quien ha sido su esposa desde hace 47 años: ’qué dice la mamá?’ Y ella le devuelve el saludo: ‘cómo le fue al papá en sus grados?’. Se dan un abrazo y un beso.”

Y el hijo narrador remata: “No se es, sino que se está feliz: es una verdad vastamente conocida. Ser infeliz es una farsa. Y tendría yo que estar pagando un karma y doblegándome a un destino trágico, que estos dos ya me han librado de ambas condenas, para no verle la belleza a esta escena”. (Página 538).

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