Jorge Carrión columnista de Arcadia.

Homeland, el reflejo del nervio del presente

Homeland parte de la premisa de que todo espía es un agente doble de sí mismo. Sus protagonistas actuales, Carrie Mathison, Saul Berenson y Peter Quinn, tienen dos patrias en su interior: una contradictoria, perpetuamente nublada, que llamamos Estados Unidos. Jorge Carrión hace una reseña de la serie.

2016/01/27

Por Jorge Carrión

Homeland parte de la premisa de que todo espía es un agente doble de sí mismo. Sus protagonistas actuales, Carrie Mathison, Saul Berenson y Peter Quinn, tienen dos patrias en su interior: una contradictoria, perpetuamente nublada, que llamamos Estados Unidos; y otra absolutamente oscura, cuyo nombre es “Yo”. Para no ser devorados por esa oscuridad, los tres pusieron su vida al servicio de la “seguridad nacional”, que los ha empujado a situaciones cada vez más extremas. Saul: el divorcio, la ira y la frustración. Peter: las convulsiones del gas sarín, la autodestrucción y el asesinato selectivo (por ejemplo, de reclutadores de yihadistas en Europa). Carrie: la convivencia imposible con su hija y el abismo de la locura (cuya aparición, esta vez puntual, da a la luz a la mejor escena de la temporada). Pero, sobre todo, han creado entre ellos un triángulo de lealtad que, pese a todo y a todos, es indestructible. Un triángulo amoroso que eleva a otra dimensión la palabra “amor”.

Esta quinta temporada se sitúa en un nuevo contexto, Berlín, donde Carrie –tras dejar la cia– trabaja en la seguridad de una fundación privada y actúa finalmente como madre; pero el pasado no puede dejarse atrás. Por eso los fantasmas de la temporada anterior van a trasladarse hasta Alemania y se va a ver obligada a investigar los lazos que tanto ella como la anterior directora de estación, Allison Carr –ahora responsable de la Agencia en Berlín–, dejaron sueltos en Kabul. Fantasmas literales: si en la última temporada se le apareció el fallecido Brody, ahora es Aayan, el joven paquistaní que también sedujo y que fue asesinado por su tío talibán, quien se materializa en su delirio. En Homeland, Carrie debe enfrentarse en cada temporada al fantasma de su amante muerto en la anterior. Pero, para poder pensar con mayor claridad, en el momento en que deja el litio que la mantiene bajo control, lo que se revela en el mural de fotografías y relaciones que construye (elemento clave en la serialidad contemporánea), no es tanto la resolución del misterio como la conciencia de que es responsable de la muerte de 167 personas. Que como directora del programa de drones de la cia en Afganistán es una asesina de masas. El irónico título de uno de los capítulos de la cuarta temporada fue “The Drone Queen”. El humor negro no alivia. Estados Unidos es un país que sabe, en fin, vivir con tantísimas muertes en la nube negra de su memoria.

Allison ocupa ahora en la ficción el rol de agente doble que quedó vacante tras la ejecución de Brody. Si la tensión de la serie había estado basculando entre Estados Unidos y el terrorismo islámico, en esta nueva temporada, en que tienen mucha más importancia que en las anteriores otras agencias de inteligencia (como la alemana y la israelí), entra en acción otro enemigo. O resucita uno antiguo. Porque los rusos son quienes captan a Allison. Como en The Americans o como en la última temporada de House of Cards, Rusia reivindica su influencia porque, como los viejos rockeros, los viejos enemigos nunca mueren. Pero cuando el Estado Islámico difunde el video de una cruel ejecución y se vuelve probable un inminente atentado sangriento en una ciudad europea (alguien dice que no puede volver a ocurrir lo de París, porque Homeland es puro nervio del presente), los juegos de espionaje se congelan y lo único que importa es evitar la masacre. A partir de 24, en las series, a partir del 11-S, en la Historia, la amenaza se ha normalizado; pero aún así sigue siendo capaz de poner entre paréntesis lo real. Como un espejo inquietante, Homeland nos explica como ninguna otra serie cómo las agencias de inteligencia y las organizaciones terroristas llevan veinte años enfrentándose en un conflicto que no tiene visos de terminar.

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