'¡Ponte, mesita!' Anne Serre. Anagrama

Un perpetuo desenfreno

Claudia Cadena Silva reseña '¡Ponte, mesita!' de Anne Serre.

2014/04/22

Por Claudia Cadena Silva*

Anne Serre nació en Burdeos en 1960, estudió Letras en París, ha publicado una cantidad importante de novelas y ha merecido un par o más de premios. Le quedó faltando el Sade, que ¡Ponte, mesita! se disputó con otras novelas sobre el incesto. En esta novela, el incesto se extiende a la pedofilia, ninfomanía, sodomía y al travestismo.  Ahí las palabras mágicas: no, la novela corta de Anne Serre no es macabra, ni descarnada, ni pornográfica; ni siquiera es erótica. ¡Ponte, mesita!, cuyo título viene de un cuento de los hermanos Grimm, es una novela de iniciación, es una novela de aprendizaje que en este caso echa mano de recursos y asociaciones un tanto rebuscadas –es francesa, qué se le va a hacer.

¡Ponte, mesita! es también una especie de cuento de hadas, pero en versión revisada, invertida y pervertida. “La primera vez que vi a mi padre disfrazado de chica tenía yo siete años”. Así empieza a hablar esta niña del Paraíso: una casa habitada por el padre –al que le gusta vestirse de mujer–; la madre, que anda desnuda por la casa y cuyo deseo es casi imposible de saciar; las hermanas, que andan felices complaciendo los deseos de unos y otros y procurándose el de ellas mismas; una casa de la que es asiduo un círculo muy íntimo de visitantes fornicadores.

La realidad es, puertas para adentro de la casa, una orgía permanente en la que todos se mueven a placer, con la mayor naturalidad, en un orden y armonía perfectos. Pero si hubo Paraíso, habrá, claro, pérdida, expulsión (la estructura de la novela es de lo más predecible). Entonces, la segunda parte. “Me fui de casa a los quince años”. El orden perfecto se había quebrado el día en que la visitadora social, alertada por algún vecino, llamó a la puerta de la casa. Ese día se conjuró la magia y los antiguos habitantes del reino casi perfecto jamás volvieron a encontrar su lugar. Salvo la narradora. En la tercera parte, por supuesto, se redime: “Lo que me ayudó, quizá (…), fue el deseo que prendió en mí de escribir historias”. C’est tout.

 

* Editora literaria.

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