Aspecto del ominoso muro que divide la frontera de Tijuana con Estados Unidos, y las cruces que representan los migrantes muertos en el paso hacia el norte.

Vivir en los bordes

Entre el 12 y el 21 de septiembre se realizará la Fiesta del Libro, el evento anual más potente en el plan de lectura de la ciudad. Este año, la ciudad invitada de honor será Tijuana: una delegación de 120 invitados aterriza en la ciudad para hablar y sentir de qué están hechas las fronteras invisibles de dos ciudades con problemas similares.

2014/08/21

Por Esteban Duperly* Medellín

Medellín es una ciudad tan encerrada entre montañas que tiene la sensación de solo limitar consigo misma. Muy a pesar de la globalización y del planeta chico que todos los días nos propone internet, a sus habitantes aún hoy les cuesta pensar que el mundo se extiende más allá de las colinas que los circundan. Por eso resulta tan útil que el concepto que este año guiará la feria del libro local –llamada desde 2006 Fiesta del Libro– sea, precisamente, las fronteras. De entrada es una invitación a aceptar que el mundo es ancho y a aventurarse hacia lo que queda lejos.

Pero volvamos a la geografía. Medellín está ubicada en el centro de Antioquia y no es lo que pudiera llamarse una ciudad de frontera. Así las cosas, ¿qué tiene que ver lo fronterizo con un sitio cercado por colinas, enclavado en un valle interior, y lejano desde todos sus costados de las líneas punteadas que marcan los límites en los mapas? Pues ese es precisamente el juego conceptual que propone la Fiesta del Libro este año. Al decir de Juan Diego Mejía, su director: “En el adn de nuestra gente está asociar el término ‘frontera’ con las fronteras del miedo y de la violencia. Saben que hay territorios donde no se puede transitar libremente”. Se refiere, por supuesto, a las llamadas ‘fronteras invisibles’, unas barreras tácitas que se trazan en los barrios al arbitrio de los combos y las bandas, y cada año dejan un listado de muertos. En Medellín, pasar de una esquina a otra puede llegar a ser un asunto similar a invadir los dominios del enemigo, como si en verdad la ciudad estuviera sometida a una dinámica de bordes inalienables y no fuera un territorio de libre movilización y circulación, como dicen los enunciados de las constituciones políticas.

En ese sentido un evento de diez días con entrada libre, realizado en el espacio público de la ciudad –el Jardín Botánico, más parque que jardín–, pagado por los impuestos ciudadanos, y donde se calcula que este año pueden llegar a ingresar 350.000 personas, se presenta como un escenario adecuado para que las barreras entre ciudadanos caigan y se exorcicen de manera colectiva ciertos miedos. “Algo ocurre en los encuentros de gente. Cuando uno va a un concierto, uno se siente cercano al otro; cuando va a un partido de fútbol, se siente cercano al otro, y cuando va a un evento masivo como este, uno tiene que sentirse también cercano al otro”, manifiesta Mejía.

Pero el concepto ‘fronteras’, además de tomarse como una excusa para hacer visible un problema interior, también se usa como plataforma para aventurarse a mirar qué sucede afuera. La idea este año era, por primera vez, traer una ciudad invitada. Por eso se pensó en Tijuana: el emblema de la frontera, y sus problemas con los bordes divisorios. En este caso, uno real y tangible: una muralla de postes de concreto y hojas de lata corrugada, construida por Estados Unidos, costosa e inservible, que solo frena ocelotes en busca de agua y mariposas monarca migratorias. Y a ningún ilegal.

Aparte de la empatía natural que por algún motivo existe entre colombianos y mexicanos, a Medellín y a Tijuana las une algo adicional: ambas comparten el estigma de ser ciudades parias y eso crea un sentimiento de identificación. “Ellos tienen una leyenda negra, y cuando llega alguien de una ciudad que también tiene un problema de leyenda negra, lo que piensan es: ‘somos hermanos’”, manifiesta Mejía luego de haber estado allá conversando con su alcalde. Además, la sugerencia de Tijuana como invitada la hizo la escritora Laura Restrepo, quien es muy querida –realmente querida– en México, y eso ayudó a que el acercamiento fuera más expedito.

Allá, en la frontera más porosa del mundo –también sobre una topografía accidentada– se asienta una ciudad de 1.800.000 habitantes, quienes conviven con una población flotante de inmigrantes en tránsito, coyotes que trafican con gente, y deportados. Culturalmente Tijuana es un caldero; vivir en el borde, tener un muro que los divide, convivir con el desarraigo de mucha gente, y tener a tiro de piedra una ciudad vecina tan desarrollada como San Diego le otorga a todo lo tijuanense un espíritu especial. En la ciudad hay un obelisco cuya inscripción dice: “Aquí empieza Latinoamérica”.

Tijuana va mucho más allá de ese lugar que asociamos a tequila y a gringos en spring break. Allí nacieron, viven, o desarrollan su obra escritores como la poetisa Rosina Conde, quien es una mujer de la cultura en todo el sentido de la palabra; Heriberto Yépez, escritor de novela negra; y Luis Humberto Crosthwaite, cuya obra de ficción gravita en torno al drama que significa vivir en la frontera de Estados Unidos y México. Julieta Venegas creció allá y conserva lazos fuertes con la ciudad. También su hermana Yvonne, que es fotógrafa. El Colegio de la Frontera Norte es un centro de estudios donde se hacen doctorados, y la Cineteca de Tijuana es una de las más grandes y desarrolladas de México –un país con una industria de cine sólida y antigua–. También son fuertes en artes escénicas.

La delegación que visitará Medellín estará integrada por 120 personas aproximadamente, incluidos varios de los nombres mencionados atrás. Además de autores con sus libros vendrán músicos, chefs, fotógrafos, bailarines y actores de teatro. “Ellos van a venir y durante diez días nos van a contar cómo viven; cómo es vivir con un muro. Y nosotros los vamos a llevar acá a las comunas nuestras, en particular a la comuna 8, que es la comuna que hemos nombrado anfitriona. Los vamos a llevar para que miren cómo vive la gente. No les vamos a esconder nada. La idea es que ellos sepan cómo somos nosotros, y nosotros saber cómo son ellos”, expresa Juan Diego Mejía sobre el animado intercambio cultural que, se anticipa, se experimentará durante esta visita.

Intercambio que, de hecho, sobrepasará los stand de editoriales, las charlas de escritores, y todo lo que por lo general se asocia a la cadena de valor del libro. Paralelo a los eventos literarios y culturales también habrá un acercamiento entre funcionarios y dependencias de ambas municipalidades –desde seguridad hasta turismo– pues Medellín y Tijuana se han ido descubriendo como ciudades que se ven en un espejo.

La llamada Fiesta del Libro nació en Medellín cuando se estimó que este era un evento que debía ir más allá de la venta y compra de libros. Más que editoriales, librerías y libreros. En cambio se propuso realizar una suerte de carnaval en torno a la promoción de la lectura y la cultura. De ahí el esfuerzo que por primera vez se hace de invitar a una ciudad, alojar a sus escritores, ponerlos a hablar, que sus músicos toquen, que sus bailarines bailen, que sus chefs cocinen, que sus actores actúen. Tener una ciudad invitada es traerla hasta un lugar cercado por montañas para que todos la puedan conocer. El objetivo es impactar a la sociedad: esa que vive dividida por fronteras de miedo.

[Consulte la programación de la Fiesta del Libro, que se realizará en Medellín entre el 12 y el 21 de septiembre en: http://aplicaciones.medellin.co/wordpress/].

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