Andrés Felipe Solano nació en Bogotá, en 1977.

A merced de su soledad

¿Hasta dónde puede perseguir a un hombre su pasado? En la más reciente novela del escritor bogotano Andrés Felipe Solano se rastrean las huellas de tres personajes unidos por la geografía del conflicto que enfrentó a las dos Coreas en 1950 y en el que participó Colombia.

2017/01/24

Por Camilo Hoyos Gómez* Bogotá

Luego de sendos aguaceros que nos hicieron cancelar un par de citas por el centro, le propuse a Andrés Felipe Solano que nos encontráramos al día siguiente en la plaza de Usaquén para hablar sobre su última novela. Solano estuvo de acuerdo, no sin antes mencionar que no iba por allá hace más de diez años. Yo sugerí Usaquén con la falsa premisa de que en el norte llueve menos, pero mientras me dirigía hacia allá, luego de tanto tiempo de no visitar el barrio, caí en la cuenta de que no hubo nada de arbitrario en mi decisión. Lo único positivo del pesado e inimaginable tráfico bogotano es que nos ayuda a olvidarnos de ciertos barrios a fuerza de no volver a frecuentarlos para no someternos a interminables trancones. Al sentarme en la banca de la plaza y sentir el metálico sol de las diez de la mañana, reconocí los cambios de los últimos años, y me convencí de que había sugerido un barrio fuera de mi cotidianidad muy probablemente por el hecho de que Solano lleva cinco años viviendo en la extraña Corea del Sur, específicamente en el barrio de Itaewon en Seúl, y que en sus dos últimos libros –la crónica Corea: apuntes desde la cuerda floja y la novela Cementerios de neón– consisten precisamente en desarrollar una mirada que permita reconocer lo cotidiano en medio de su extrañeza. Prácticamente lo mismo que pretendía hacer yo durante la próxima hora.

En cuanto nos saludamos cada uno recalcó todo lo que la plaza y el barrio en general habían cambiado, y comenzamos a buscar un café para poder charlar. A Solano lo conocí seguramente en la universidad, siendo él de una generación que me superaba en unos tres o cuatro semestres. Pero luego de haber charlado con él, y de haberlo visto participar en distintas mesas redondas y entrevistas, estoy convencido de que incluso si entonces hablamos alguna vez, es muy difícil que lo recordara con exactitud. Esto se debe a que Solano habla la palabra justa, y no dice más ni menos de lo que debe decir. Ya el año pasado en el Festival Hay de Cartagena, donde fue invitado por ser ganador del Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana 2016 con Corea: apuntes de la cuerda floja, lo escuché conversar con Juan David Correa, Juan Gabriel Vásquez y Patricio Pron, y cada una de sus respuestas fue justa, fue suficiente, fue acotada. Mientras lo observaba frente a mí en la mesa del café que encontramos a los diez o quince minutos de subir una empinada calle, me di cuenta de que posiblemente sí quería estar aquí hablando conmigo, pero si fuéramos tres o cuatro más lo hubiera pensado dos veces. Solano parece hacer gala de ese necesario culto por la obra terminada: si está ya todo escrito, si el libro ya está publicado, ¿por qué recurrir al autor? No me sorprende, como leí en alguna parte, que aborrezca las presentaciones de libros.

Es posible, ahora que lo pienso, que esta impresión de una persona taciturna y silenciosa hubiera surgido no tanto de las pocas veces que lo he visto en entrevistas o mesas, sino que pudo haberse forjado a partir de Corea: apuntes de la cuerda floja. Solano escribe acerca de sus primeros once meses de vida en Seúl, en compañía o más bien acompañando a su esposa, Soojeong (su nombre occidental es Cecilia), a reincorporarse a su vida surcoreana después de algunos meses de vida en Salamanca. Al ser una crónica, no hay lente ficcional que nos separe de Solano, que es quien escribe: de la misma manera que tenerlo al frente del sofá donde estaba sentado también me permitía verlo como creí haberlo reconocido caminando por el barrio de Itaewon. La crónica se puede resumir como el intento de Solano por incorporarse a una cultura extraña mientras trata ser escritor y traductor, pero esto es apenas la punta del iceberg. Solano describe lo que implica reconocerse en medio de la extrañeza del espacio, dentro de la extrañeza de otra manera de vivir la vida. En esta medida, se trata de uno de los libros más extraños de los últimos años de la literatura colombiana, y por tanto de los más recomendados. El tema central es ese yo que se retrata a través de lo que fue imposible para mí no entender en clave de ejercicio místico: soledad, silencio, trabajo y exilio. Hay un constante anonadamiento del yo, una concentración en el sujeto extraviado, desplazado y desconocido. El desconocimiento espacial es el motor narrativo de lo que es un descubrimiento personal, que es esa figura del yo que se dibuja desde la escritura íntima. Solano camina las calles de Itaewon para reconocer de manera cotidiana ese yo que le resulta extraño en una vida con poco: con poco conocimiento del idioma, con pocos amigos, con poco dinero, con pocos medios de entretenimiento, con poco tiempo para estar con Cecilia, quien consigue trabajo recién llegan y lo deja a merced (como no podía ser de otra manera) de su propia soledad.

Cementerios de neón, en cambio, es un libro radicalmente diferente. En su perfil de Facebook escribió que si estuviéramos frente a un LP, Cementerios… sería el Lado A mientras que Corea sería el Lado B. En esto hay un reconocimiento a la manera como Solano logra tomar las calles de Seúl para crear su vida interior con tanta facilidad como luego puede crear una aventura que lleva al lector hasta las inmediaciones de la Guerra de Corea (1950-1953), en la cual Colombia fue el único país latinoamericano que luchó contra el comunismo de Corea del Norte junto con el ejército estadounidense y tuvo 639 bajas en la guerra que dio comienzo a la Guerra Fría. Solano consiguió el trofeo añorado por muchos novelistas colombianos: escribir sobre la guerra de Corea estando allá, conociendo lo que es ser colombiano en Seúl, pero sobre todo a través de su filtro personal que le permite prescindir del género histórico para poder contar lo que únicamente R.H. Moreno Durán había abordado en Mambrú.

Lo más sorprendente es que Cementerios retrata otro tipo de intimidad: la de hombres que se buscan para solventar sus propios secretos, que la novela sugiere pero nunca confirma. Solano se refirió en algún momento a la novela como thriller sentimental, y aunque no le pregunté a qué se refería, mastiqué las palabras horas después: las tierras lejanas sirven tanto para encontrarse a uno mismo como la guerra puede servir para que los hombres, lejos de casa y de la familia en una década que se caracterizó por excluir lo distinto, se encuentren y obedezcan sus deseos. Búsquedas carentes de excesos ya que son sugeridas con lo justo para luego guardar silencio y así, como la escritura monástica y mística, acotar lo necesario.

En Solano no hay ningún tipo de exceso, y eso lo comprobé mientras charlaba sobre los dos libros. Yo llevaba mi tarea hecha, y en la última página de la edición de Tusquets había anotado los ocho o diez temas que podían salir en la conversación, además del ya mencionado: el fanatismo político de Vladimir Bustos; los espías surcoreanos que llegaron al país y que encubrieron sus misiones montando academias de taekwondo como fachadas; la industria armamentística nuclear colombiana; la fundación de la escuela de lanceros de Tolemaida como consecuencia del entrenamiento posterior a la Guerra de Corea que recibieron algunos soldados colombianos en Estados Unidos; la creación histórica de los escuadrones contraguerrilleros, etc. A pesar de tener los temas claros, y los vectores temáticos de la novela bien delineados, tenía muchos claroscuros respecto a lo que ocurría dentro de la historia. Luego comprendí que en esto consiste el silencio en la obra de Solano. No me considero un autor de convicciones, pero sí me considero un lector de evidencias. Y las llevaba todas subrayadas y apuntadas en los márgenes de los dos libros: citas, referencias, páginas, etc. Pero ocurre que Solano no siempre responde a las preguntas, sino que parece extrañamente aprobar la duda que esas preguntas expresan: igual que su escritura. Más de una vez me dijo: “Yo no quiero decir mucho, pero…” para luego entrar en algo que no tenía necesariamente que ver con lo que veníamos hablando. Dejó caer que los personajes están basados en personas reales que vivieron la guerra, que él conoció o entrevistó (uno de sus primeros artículos en la revista Cromos hacia el año 2000 fue sobre un veterano de la Guerra de Corea), pero de inmediato me hacía sentir que no valía la pena hablar de esto, porque estábamos hablando de la novela. Me confesó que se trata de una novela que pudo haber sido de 500 páginas si le hubiera dedicado otros seis o siete años de su vida.

Mientras terminaba de escribir esta nota, abrí el periódico con el café mañanero y me encontré con una noticia que semanas atrás habría pasado desapercibida: el 15 de enero falleció el general Alberto Ruiz Novoa, comandante del Batallón Colombia en la Guerra de Corea. El tiempo que me tomó fotografiar la noticia y enviársela a Solano por si acaso se le había pasado fue suficiente para imaginar al general Ruiz Novoa luchando junto con los personajes de la novela en la Operación Nómada a finales de otoño de 1951, desembarcando en el puerto de Busán, gritando ¡banzay! que era el grito de guerra japonés que horrorizaba a los norcoreanos: lo imaginé como ese oficial colombiano “que recitaba sollozante los versos de un poeta nacional laureado antes de disparar” o como ese otro que “se despachaba con un inaudito ¡Heil Hitler, hijueputas!, como si se hubiera equivocado de guerra”. Tenía la esperanza de que Solano me contestara diciéndome que Ruiz Novoa era tal o cual de la novela, pero mis intentos, como en la entrevista, fueron en vano: obtuve tan solo una respuesta que decía “Una figura bien compleja la de Ruiz Novoa”, mientras me enviaba de vuelta la noticia sobre su cumpleaños número 100 publicada el último 3 de enero con el titular “El último general de 100 años”, y pocos segundos después, “Tormentoso retiro del general Ruiz Novoa”, publicado en agosto de 1997.

“Los vivos son falsos muertos”, dice algún personaje en la novela, e imaginé a todos los veteranos volviendo a los cementerios de neón donde están sepultados los muertos colombianos en Corea. Acá está, sin embargo, la novela para que hable por ellos mientras que cada uno va desapareciendo.

*Escritor

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.