El escritor argentino Juan José Saer (1937-2005) en 1989.

El río del tiempo de Juan José Saer

A la sombra de Jorge Luis Borges y de la literatura del ‘boom’, el santafesino escribió una de las obras en español más originales del siglo XX, que hasta ahora empieza a conocerse en América Latina. ¿Quién fue este hombre que admiraba a Mann, leyó con juicio a Freud y que vivió apegado a los paisajes de su infancia?

2017/06/21

Por Germán Beloso* Buenos Aires

La obra de Juan José Saer (1937-2005) comienza a ser escrita en 1960, en Santa Fe, Argentina; sin embargo, es a principios de los ochenta que cierta crítica especializada centra el interés en su producción. Hasta ese momento, los que la leían eran unos pocos, quienes con el tiempo se convertirían en defensores de esa obra producida a contracorriente y que se imponía a fuerza de disgregación, porque, en efecto, sus libros en un principio tenían una vida errabunda y efímera, puesto que aparecían por única vez en editoriales y ciudades disímiles.

Este año, Saer cumpliría 80 años, y por este motivo, el Ministerio de Innovación y Cultura de la provincia de Santa Fe organizó el Año Saer (junio 2016/junio 2017). En ese marco se presentaron los libros Zona Saer, de Beatriz Sarlo; Una forma más real que la del mundo, de Martín Prieto, y la antología A medio borrar. También se proyectó la película El limonero real, y se realizó un coloquio internacional donde expusieron especialistas.

Pero convoquemos al azar, al que Saer era aficionado, para que reúna títulos de artículos dedicados a la obra de este escritor y nos dé una radiografía de su estética: “Narrar la percepción” (Sarlo), “La filosofía en el relato” (Gramuglio), “El efecto de irreal” (Giordano), “Aprehender el mundo” (Freidemberg), “La gravitación de lo poético” (Surghi), “El limonero real: las imágenes del tiempo” (Bueno). En cada uno de ellos hay una palabra clave que permite una posible entrada a la obra del autor.

Juan José Saer se pone a escribir en un contexto doblemente asfixiante: por un lado, la proximidad de Borges proyecta una sombra difícil de sortear, y por otro, en el plano continental, la literatura latinoamericana había comenzado a expandirse sobre el viejo continente, encorsetada en atributos unificadores. De modo que frente a esos horizontes circundantes había que posicionarse, había que comenzar a construir una obra. En ese punto, entonces, Miguel Dalmaroni, profesor e investigador de la Universidad Nacional de La Plata, señala que, si bien algunos de los primeros relatos de Saer tienen cierta impronta borgeana, “la concepción de la literatura que ambos tienen es muy diferente; Saer se toma en serio la posibilidad de que la literatura indague, explore e ilumine algo de lo real; en cambio, a Borges eso le parece una especie de disparate o ilusión romántica”.

Lo otro que destaca Dalmaroni es la distancia hostil que toma Saer respecto “al sueño de la trama perfecta, esa fascinación que Borges tenía por las tramas arquitectónicamente bien construidas”, y por último agrega que en Borges “hay una repugnancia hacia la descripción de los estados del alma o de la conciencia, es decir, en eso Borges es extremadamente económico al escribir, mientras que en Saer hay un interés por internarse en los vericuetos nanométricos, más ínfimos, del movimiento de la psique del alma humana”. A su vez, Rafael Arce, profesor e investigador de la Universidad Nacional del Litoral, afirma que dentro de la literatura argentina, “Saer es, después de Arlt, el primer gran narrador que conjuga un proyecto esencialmente novelesco de prosapia realista con una búsqueda experimental muy avanzada”.

A este panorama, Rafael Arce le suma la dimensión continental: “Saer lee la literatura latinoamericana en sincronía con lo más avanzado de la literatura universal: desconfía del culto al color local, del esencialismo continental o nacional. Más bien, su posición es que la fidelidad material a un fragmento pequeño del universo, sea cual fuere, más un conocimiento de los procedimientos literarios de vanguardia, es decir, una apuesta por la experimentación y la renovación constante hacen posible que cualquier escritor produzca una obra universal sin moverse de su rincón del mundo. Por contraste, Saer rechaza el latinomericanismo para europeos de García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar. No es que estos escritores no tengan sus méritos, pero para Saer se codifican muy rápido, enseguida convierten sus hallazgos en recetas y se vuelven legibles, productores de mercancías literarias genéricas. En las novelas de Saer, la prosa poética, sensual, material (artificial, digamos, porque eso se logra con elaboración), restituye un aura de las cosas materiales. La forma verbal restituye la experiencia de las cosas, las vuelve sensibles, ‘humanas’. Es esto aproximadamente lo que quiere decir Adorno cuando afirma que las obras de arte están vivas. Las fórmulas convencionales, por el contrario, matan la experiencia”.

La escena de escritura

Juan José Saer, que hasta 1968 había escrito cinco libros, viajó ese mismo año a Francia con una beca para estudiar el Nouveau Roman, y allí se quedaría hasta su muerte y escribiría el resto de su obra. Laurence Gueguen, su compañera, nos ilumina la escena de escritura: “Las horas que dedicaba a escribir eran variables, pero esencialmente en casa durante la tarde, y a veces de noche. Podía trabajar en cualquier contexto a pesar de que el periodo más favorable era el verano, cuando se liberaba de sus tareas universitarias. Lo único que necesitaba eran cuadernos con líneas (y no cuadriculados), bastante difíciles de encontrar en Francia, y cuya tapa elegía con mucho cuidado durante sus viajes a otros países. También usaba tintas de varios colores y siempre dejaba una frase suspendida con la esperanza de terminarla al día siguiente. Antes de lanzarse a la escritura solía traducir textos extranjeros como para prepararse a escribir los suyos”. Laurence también lo recuerda como un gran lector: “Leía muchísimo, y libros de todo tipo: de filosofía, de matemática, de historia y, más que todo, de poesía. Creo que dejó de interesarse por las novelas (excepto, por supuesto, las de sus amigos) en los años en que él empezó realmente a construir su propia obra, es decir, en los sesenta y setenta. También le gustaban la música clásica y, de forma más inesperada, algunos flamencos y tangos, cuyas letras sabía de memoria. Pero lo que más le gustaba era la pintura, tal vez por su amistad con Juan Pablo Renzi, y particularmente la pintura abstracta, como la del estadounidense Cy Twombly”.

School of Fontainebleau (1960), una obra de Cy Twombly, uno de los artistas preferidos de Saer.

Alberto Díaz (Seix Barral), editor de Saer desde 1984, también fue su amigo, y conoce muy bien el modo de trabajar que tenía el escritor santafesino: “Primero escribía a mano y eso era casi al correr de la pluma. Los cuadernos tenían muy pocas tachaduras, pocas incorporaciones. Después corregía al pasar todo a máquina, que era lo que me enviaba. Si uno coteja lo que está escrito en el cuaderno y lo que me mandó, las diferencias son casi mínimas. Tampoco revisaba las reimpresiones; en ese sentido, era un escritor muy seguro. Incluso sostenía que un escritor tiene que tener un programa literario, saber qué es lo que va a escribir en su vida y cómo, si vos ves En la zona, ahí están todos sus personajes, que luego irán reapareciendo”.

Díaz se refiere al primer libro de cuentos de Saer publicado en 1960 y en el que aquellos primeros lectores del escritor se encontrarían con, y serían acompañados por, los personajes que allí aparecen por primera vez y que sin embargo reaparecen en cada una de sus novelas y sus relatos, con alguna que otra excepción. De todos esos personajes, el lector, en el fluir de la obra saereana, conocerá fragmentos diferentes de la vida, incluso el destino, de muchos de ellos. En el libro En la zona, en el cuento “Tango del viudo”, Gutiérrez se toma un colectivo y se va a la ciudad de Rosario, pero de su vida nada más sabrá el lector hasta la aparición de la novela póstuma que Saer estuvo a punto de terminar. Poco antes de morir, Saer llamó a Alberto, quien había leído cada uno de los capítulos terminados que iba recibiendo, para decirle que ya tenía el último capítulo en la cabeza y la frase que lo cerraría, también el título: “Río abajo”. Esa novela es La grande, aparecida en 2005. Allí, quien reaparece después de 30 años es Gutiérrez. Lo que quiere señalar Díaz es justamente lo que parte de la crítica ha observado: que allí, en ese primer libro de cuentos, está condensado, y comienza a desplegarse, el universo de Saer, su proyecto literario.

Estamos en el año 2000, esta novela, La grande, es importante para Saer; sin embargo, está a punto de postergarla para escribir una nouvelle que tiene en mente, pero finalmente descarta esa idea y se pone a trabajar en la que será su última novela, porque sabe que va a ser extensa y que las fuerzas físicas disponibles en ese momento se las irá consumiendo el tiempo. El dato interesante que aporta Díaz es que La grande es la última novela, sí, pero “no porque Saer se haya muerto, sino porque su proyecto era cerrar con esta novela el círculo del elenco estable; en esta novela junta a todos sus personajes”.

Regresando al tema de la modalidad de trabajo que tenía Saer, Alberto Díaz sostiene que “era la del poeta, es decir, primero armaba en su cabeza o en notas la novela completa (el inicio, el desarrollo y el final), y una vez que la tenía armada, entonces sí se sentaba a escribirla, y lo hacía muy rápido, en cuatro o cinco meses, pero en eso quizá estuvo durante años trabajando, tomando notas y pensando”. Es el caso de La ocasión, novela que, según cuenta Díaz, Saer escribió en 20 días robándole horas al sueño, con la intención de lograr presentarla al Premio Nadal de 1987 (que finalmente obtiene), pero cuyos borradores datan de 1960 y 1977.

Lectores, editores y amigos

Ese es el recorrido tanto de Alberto Díaz como de Annie Morvan: primero lectores, luego editores y finalmente amigos. Alberto lee Responso en la década del sesenta por recomendación de Ricardo Piglia. A partir de esa lectura, Díaz comienza a seguir la obra del santafecino, a quien recién conoce personalmente en 1984 cuando lo ve saliendo de la librería Gandhi de Buenos Aires, se presenta y al día siguiente, en la cena concertada, le contrata Glosa, novela que Saer estaba escribiendo por entonces, y la reimpresión de El limonero real. Después vino la amistad. “Llamaba mucho por teléfono y una vez me llamó y, medio con sentido trágico, me dice: ‘Alberto, hoy llevo un día más de mi vida vivido en Francia que en Santa Fe’, lo que demuestra que vivía muy apegado a su lugar de origen y a sus amigos básicamente, y al río. En Saer hay dos paisajes: uno es el río Paraná y otro es la llanura santafesina, la planicie, esa cosa metafísica donde no ves nada y todo es verde y chato hasta que se pierde la vista. Justamente él llamaba así a un grupo de sus novelas: las de la llanura. ‘Algún día, Alberto, cuando ya no quiera escribir más, las vamos a agrupar: las novelas del tiempo y las novelas de la llanura’. Las del tiempo son todas las del agua, del río de Santa Fe, o Rosario, es decir, la Zona. Las de la llanura son las históricas, que son El entenado, Las nubes y La ocasión”, recuerda Díaz.

“Cuando él estaba acá, salíamos, le encantaba comer, pero casi no hablábamos de literatura, él decía ‘soy escritor cuando escribo’. Pero lo que le preocupaba a él era que no se le escapase ningún galicismo, que no se infeccionara el idioma. Era de preguntarte por palabras, si se seguían usando. Estaba siempre muy atento a la oralidad, escuchaba y te hacía observaciones sobre lo que acababa de oír. Por otro lado, Juan no escribía nada en francés porque no quería perder la lengua”.

Annie Morvan, traductora de García Márquez al francés, sería en los años noventa editora de Saer en Editions du Seuil. En un viaje a Buenos Aires, en 1984, se sumergió por primera vez en su obra. La iniciación fue con El entenado. “Fue un shock literario y estético muy grande. Esa novela cuenta la historia de un grumete de una nave española del siglo XVI, que cae en manos de los indios colastiné, que son pacíficos pero una vez al año se dedican a una orgía antropófaga. El grumete, con tal de saber si lo van a comer o no, intenta durante años descifrar su lengua. ¿Quiénes son los que llamamos civilizados, los que llamamos salvajes, y ¿cuál es el poder del lenguaje? Esas son algunas de las preguntas que plantea esta novela. De ahí en adelante leí toda la obra de Saer, y hoy día me sigo preguntando cómo puede ser que en 2017, en algunos países de América Latina, Saer sea poco conocido, siendo uno de los escritores más importantes de toda la literatura de estos últimos 50 años”.

Si bien Annie Morvan no lo tradujo, ella trabajaba conjuntamente con los traductores, Laure y Philippe Bataillon, y con Saer: “Su escritura está tan meticulosamente construida, es tan organizada y precisa que es difícil reproducir en otra lengua el rigor y la absoluta precisión de su sintaxis, el mecanismo propio de sus frases. Claro, la belleza nunca es fácil”.

Annie Morvan y Saer mantuvieron siempre separados el aspecto profesional y la relación amistosa, pero hoy se arrepiente de no haberle dicho nunca a Juan qué era lo que le gustaba de su obra. Y aprovecha la ocasión para expresarse: “Una de las cosas que me fascinaron en el conjunto de la obra es el tratamiento del espacio y del tiempo. No como dos conceptos separados, sino como concepto del universo. El espacio-tiempo, como concepto del cosmos y del universo literario. Un ejemplo: Las nubes relata el viaje en 1804 de unos locos a través de la pampa: un psiquiatra, soldados, un vendedor ambulante, tres prostitutas y una monja ninfómana. El psiquiatra relata la aventura 30 años después de los acontecimientos, y el texto aparece casi un siglo más tarde en la computadora de Pichón Garay, uno de los personajes recurrentes de la obra de Saer. Es fascinante: inmovilidad de la geografía, simultaneidad de los tiempos, movimiento de los personajes. Pero tal vez lo más importante de Saer sea la exploración de una forma nueva del lenguaje. En todo caso, su obra nunca se terminará de estudiar y siempre tendrá cosas nuevas que decir, por muchos años”.

La amistad entre ellos se estrechó por un hecho fortuito que los vinculó espacialmente. En 1993, las familia de Saer y la de Morvan, cada uno desconociendo los movimientos del otro, se mudan a Montparnasse y terminan viviendo como vecinos en el mismo edificio, uno arriba del otro. “Hasta la muerte de Juan, fuimos familia. Nuestras hijas se volvieron inseparables. La amistad era total y era como en los libros de Saer, en los que la amistad tiene una gran importancia. Nuestras cenas eran las tertulias de sus novelas y muchas veces cuando Juan se lanzaba a hablar, nos dábamos cuenta de que eran temas que él estaba trabajando para su próximo libro. La erudición de Juan era asombrosa. Había leído todo: los escritores clásicos y modernos más importantes de toda la literatura, admiraba a Borges, Faulkner, pero también a Thomas Mann, había leído a Wittgenstein y muchos filósofos, a Freud, que conocía muy bien, a los grandes poetas norteamericanos, mucha antropología. Esto último se nota particularmente en uno de sus libros más asombrosos: El río sin orillas, un ensayo que es una verdadera refundación histórica, sociológica y antropológica del río de la Plata. Su cultura era impresionante. Era un hombre generosísimo en la amistad, vividor, amante del vino y de la buena comida (él cocinaba muy bien), extraordinario conversador. En ese sentido, su obra tiene mucho de él como persona”.

Nacer y morir con las lluvias

Juan José Saer nació y murió en junio, la estación del agua copiosa en su zona santafesina, ese elemento que es parte constitutiva de su obra, al igual que el río Paraná. Heráclito supo ver en el río el fluir del tiempo y su renovación perpetua que lo vuelve a cada segundo un río diferente. Saer supo apreciar esa cualidad, pero a su vez constató con el poeta Juan L. Ortiz que el que vuelve del río también lo hace transformado. Bastará decir que la obra de Saer es en sí un caudaloso río.

*Licenciado de Letras.

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