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Apocalipsis y utopía

Laura Restrepo estrana casa editorial con Hot Sur.

Nueva novela de Laura Restrepo

Ahí, entre esas antípodas, está la trayectoria literaria, política y personal de Laura Restrepo. Y entre esas antípodas se sitúa Hot sur, su nueva novela. Arcadia habló con ella.

Por: Giuseppe Caputo* Nueva York

Publicado el: 2013-03-14

La nueva novela de Laura Restrepo puede recibirse como la cartografía intelectual de su autora. O como la obra que comprende todas sus obras: su gran novela.

La violencia en contigüidad con la mitología católica; la militancia política y la exclusión social; la opresión social y política, y la lucha contra esa opresión; la trasgresión de las fronteras sociales; el pasado íntimo, familiar y colectivo como una gran duda aplastante, y la narración de esos pasados como manera de reconciliarse; el exilio y el desplazamiento; el acercamiento de la belleza a la monstruosidad física; el encuentro de la vejez con la juventud; el cuerpo y su pasión; la búsqueda mística y la nostalgia por una fe perdida; el amor fraterno y el amor por los animales; el retrato de la locura como una realidad que no es poética; la maternidad; el asesinato y la mutilación de los cuerpos como actos físicos y hechos morales; la perversidad del hombre y su capacidad para la solidaridad y la bondad; la disyuntiva entre la condena y el perdón… Hot sur integra y dibuja el paisaje literario de Laura Restrepo.

Como el mismo título lo indica, la obra es un gran mestizaje. Y no solo de idiomas sino también de géneros –de novela, ensayo, reportaje, teatro, thriller, road movie y monólogo– y de referencias culturales eclécticas, que van de Wagner a Britney Spears; y de Sade, Pasolini, Borges, Jean Genet y Slavoj Žižek a Harry Potter y Paulo Coelho, pasando por series de televisión como Dr. House y The Wire.

En Hot sur, la cárcel es el gran espacio de este mestizaje. Restrepo escribe: “Ella había inventado la manera de cohesionar mujeres de distintas edades, clases sociales, niveles de educación, religión, color de piel, perfil psicológico y ético, inclinaciones sexuales, todas con una sola cosa en común: estaban presas”.

Desde el título de la novela el lector entra a un territorio de frontera…

Me gusta el cruce de aguas entre norte y sur. Porque la penetración cultural no solo es imperial, de Estados Unidos hacia Latinoamérica: Latinoamérica también impone su marca. Me gusta la fusión del inglés con el español, de una mentalidad con la otra. Presentar una misma historia desde el punto de vista latino y desde el punto de vista gringo. Quise sacarle el jugo a la barrera cultural entre blancos y latinos –lo contrario a lo que hace lo políticamente correcto, que trata de ignorar formalmente esa barrera.

Hot sur le apunta al fin del sueño americano…

Según Oscar Wilde, “cuando uno se va es porque ya se ha ido”. Un personaje de mi novela, Pro Bono, le da la vuelta a esa frase y dice: “Cuando un imperio cae es porque ya ha caído”. No hace falta que todas las estructuras del imperio se derrumben materialmente para que el cataclismo sea un hecho. Ya se ha abierto un proceso de descomposición en todos los niveles, eso difícilmente tiene vuelta atrás. Quizás falten décadas para que sea definitivo el gran colapso de los Estados Unidos. Pero ¿qué pasa cuando un imperio deja de ser el sueño tanto de sus propios habitantes como de los que están por fuera, cuando ya no es la utopía sino la distopía? Justo en ese punto de quiebre quiere ubicarse Hot sur.

Pero ¿sí cree que el sueño ya se quebró?

Sí, está quebrado. Es algo que se experimenta claramente desde fuera, pero es certeza también adentro. Grandes escritores como Norman Mailer o Gore Vidal han anunciado que del gran sueño no quedan sino astillas. Y esto es vivencia cotidiana también para la gente del montón. Muchas familias latinoamericanas que antes recibían dinero de sus familiares que trabajan en los Estados Unidos ahora deben mandarle a estos para que puedan mantenerse. Esa socorrida frase: “Me voy para el Norte porque allá la vida es mejor”, se pronuncia ahora con recelo.

Al inicio de Hot sur, un hombre es mutilado en un pueblo en el que nunca pasa nada: alguien le arranca el rostro y lo pega a un trapo rojo, como si fuera una máscara. Luego sabemos que un asesino en serie, Sleepy Joe, es el responsable de esta muerte. ¿Por qué decidió narrar crímenes rituales?

Tiene que ver con la idea de limpieza. La dualidad limpio/sucio va por toda la novela. Cada personaje, a su manera, ejercita una forma de depuración, un quitarse de encima lo que siente como carga de basura. Sleepy Joe es el más extremo, el que necesita ir más lejos en el salvajismo de sus rituales. Me gusta ese personaje que tiene grandes aspiraciones pero que siempre fracasa y se da contra lo prosaico y a la vez monstruoso de sus acciones, para terminar convertido en un payaso sangriento. Esa ansia de vuelo místico y de ritualidad depuradora que no encuentra otro camino que la brutalidad de la carnicería me parece un signo de estos tiempos. Hoy los asesinos en serie anuncian como nadie el fin, de ahí el pavoroso valor simbólico que han cobrado.

Esa narración de un crimen brutal que estremece a un pueblo me recordó a A sangre fría, de Truman Capote. Y luego Holly Golightly, la protagonista de Desayuno en Tiffany’s, es mencionada a lo largo de la novela. ¿Un homenaje a Capote?

Seguramente. María Paz, la latina indocumentada que protagoniza Hot sur, vive soñando con Holly y quiere ser como Holly. Porque Holly encarna el ideal americano, es por excelencia la chica cosmopolita y de mundo. Pero la genialidad de Capote está en que en realidad Holly es todo lo contrario: una provinciana que en realidad proviene del pueblito más infeliz de Texas. En últimas es tan marginal como cualquier María Paz. En Desayuno en Tiffany’s, Holly llega a Nueva York buscando a América, pero es suficientemente honesta como para reconocer que no lo logra. No por nada se convierte en heroína de María Paz, quien llega a Estados Unidos persiguiendo el sueño y termina huyendo de la pesadilla.

¿Piensa que el Sur es el nuevo sueño y el Norte, la pesadilla?

No. Creo que el único futuro posible estaría en la fusión, en la movilidad, en el fin de las fronteras y los racismos. Lo que se impone es la migración, el éxodo, la humanidad en el camino, la realidad tumultuosa del nomadismo frente al espejismo de lo sedentario. La pelea está casada entre unos que lo tienen todo y quieren encerrarse en barrios, ciudades o naciones privilegiadas y una gran multitud errante que va por ahí buscando un lugar donde la vida sea posible. Para ello traspasa barreras y se lleva por delante lo que se le atraviese. Me gusta creer que esa arremetida de la población migrante es el verdadero tema de Hot sur. Al sedentarismo, con su egoísmo, su individualismo y su cerrada mentalidad de suburbio, quise contraponerle ese tsunami más interesante y poderoso que es la migración. Porque es el nomadismo lo que ha sido y será determinante en el planeta.

Walter Benjamin escribió sobre la narrativa como lenguaje del perdón. Usted lo menciona en Hot sur, es una idea que atraviesa toda su obra.

El perdón, sí, pero concebido fuera de ese marco azotado y arrodillado de contrición y de sometimiento a una autoridad perdonante al que lo reduce la jerarquía católica. El perdón como lo concibe Benjamin, o sea como narrativa: contarnos a nosotros mismos cómo somos. Abrirnos, mirarnos por dentro, mostrarnos a los demás. El perdón como aceptación de lo que somos y como apertura a la posibilidad de mejorar.

Vida de novelista

Cuando Delirio ganó el Premio Alfaguara de Novela 2004, Antonio Caballero escribió en Semana un perfil de Laura Restrepo –lo tituló “Una vida de novela”–, en el que repasó la trayectoria literaria, política y personal de la autora: su afiliación a un grupo trotskista en Bogotá, cuando tenía dieciocho años; su militancia en Bélgica, España y Argentina; su participación en el proceso de paz con el M-19 durante el Gobierno de Belisario Betancur; su exilio en Cuba y México por cuenta de ese proceso; y sus tres años como periodista de Semana.

Hasta ahí su vida de novela. Porque luego viene lo que ella misma llama, entre risas, “vida de novelista, que es bastante más prosaica”, a lo largo de la cual ha escrito diez obras: Historia de un entusiasmo, La isla de la pasión, Leopardo al sol, Dulce compañía, La novia oscura, Olor a rosas invisibles, La multitud errante, Delirio, Demasiados héroes y ahora Hot sur.

La obra de Restrepo ha recibido elogios de autores como Harold Bloom y Gabriel García Márquez, y de medios como The New Yorker. The Washington Post la llamó “una escritora que ilumina el mundo”. Delirio le trajo mayor presencia internacional, y no solo por los aplausos de José Saramago como jurado del Premio Alfaguara, sino porque la novela también fue distinguida con el Grinzane Cavour, reconocimiento que ha sido otorgado a varios premios Nobel. En el 2008, las académicas Elvira Sánchez Blake y Julie Lirot editaron El universo literario de Laura Restrepo, una antología de ensayos críticos sobre su obra, en la cual la califican como “una escrito-ra para escritores y una escritora popular” y como una de las autoras más representativas de Latinoamérica. Traducciones a más de veinte lenguas hablan de la opinión que merecen sus libros en el exterior.

Pero la crítica también ha sido severa con Restrepo –y especialmente en Colombia, donde se ha dicho que su literatura es “menor” o “secundaria”, y que sus libros suelen diluirse. También se ha cuestionado la temática misma de sus novelas por estar “demasiado pegadas a la realidad, un trabajo que pertenece más al ámbito del periodismo”.

Leyendo las críticas, pareciera que hablan de dos autoras distintas…

Ahí entramos en las aguas movedizas de lo que se considera literatura buena y literatura mala. Unos críticos me descalifican porque consideran que mi literatura es mala, y tienen derecho a hacerlo. También lo tienen los lectores. En cambio creo que, como escritor, uno no debe hacerse a sí mismo esa pregunta. No sirve de nada; por el contrario, apabulla, confunde y castra. Esto que estoy escribiendo, ¿será bueno? ¿Será malo? Se te puede volver un tormento. Y es una pregunta sin sentido, que en realidad tampoco tiene respuesta. ¿Bueno según qué? ¿Mi literatura es buena en comparación con la de quién? Escribo lo que necesito escribir, lo que quiero y puedo y me apasiona. Me quemo las pestañas, me quiebro el lomo, estudio como loca, trabajo a todas horas. Y ya. Si el resultado es bueno o es malo, eso ya no es problema mío. Sería genial poder escribir mucho mejor de lo que escribes, claro. Pero llegas hasta donde llegas, y chao. De nada sirve sudar la gota pedaleando para lograr que esos críticos opinen que ha nacido la nueva Cervantes.

¿Piensa en Delirio como un antes y un después en su trayectoria?

Delirio está tan lejos… Pero supongo que sí: con esa novela hubo un reconocimiento que no había antes. Pero como todo el mundo dice que dijo Warhol: eso dura quince minutos. Cuando ya estaba mareada, el teléfono dejó de sonar. Y ahí aterrizas en plancha. Lo que hice después fue intentar una novela más íntima: Demasiados héroes. Una novela en voz baja. De hecho, ha sido un libro casi invisible: nada premiado, poco leído. Pero entrañable para mí. Así es la cosa. Con los otros ganadores del Premio Alfaguara nos hemos reído comentando cómo el libro siguiente al premiado ha sido un fracaso. Te preguntas para qué se desgastan las casas editoriales promoviendo locamente la flor del día, si al año siguiente tienen que montar de nuevo todo el aparataje para darle visibilidad a una nueva flor de un día, y así hasta el cansancio. Más coherente dedicarle el esfuerzo a la construcción de un autor, de su vínculo con un público lector.

¿Por qué sus obras se han ido despegando de la geografía colombiana?

Supongo que esto les sucede a muchos escritores por estos tiempos de migraciones y disolución de las naciones. La nación ya no es la identidad que más pesa. La movilidad se impone, la volatilidad de Internet, la necesidad y la posibilidad de buscar trabajo en distintas partes. O en ninguna. También la literatura pierde arraigo nacional y sale por ahí a buscar mundo.

Decía que la desterritorialización es otro de los signos de este tiempo.

Pues sí, desterritorialización, incluso del planeta. Ya no cabemos y en lo que se refiere al Tercer Mundo, la política de los poderosos es de exterminio. Matiz más, matiz menos. Los que sobren, que desaparezcan. Estuve en el Golfo de Adén y vi el exterminio de la población del Cuerno de África, a la que se fuerza a morir de hambre, de sed, de sida, de desesperanza. Destierro de los pueblos por parte de quienes erosionan la tierra y envenenan el agua, la privatizan e intervienen, como también las semillas, e Internet, y el aire, todo, para volverlo gran negocio y monopolio. Hasta las cárceles que representa ganancias millonarias. Te sacan del territorio posible cuando te niegan acceso a la cultura, a un techo, a la salud, la comida… Por todo eso, el escenario por excelencia de la literatura actual es el desarraigo. Como también la búsqueda de nuevos territorios. Porque también fui testigo, en el Golfo de Adén, de la feroz voluntad de vida por parte de las madres que hacen lo imposible para que sus hijos se salven. Precisamente ahí surge la literatura, en esa tierra de nadie a la que aún no llegamos. Y ella misma, la propia escritura, al reinventarse y reubicarse también es una tierra de nadie.

Ver el fin

Laura Restrepo dice que ha visto el fin del mundo: “Y esto no es una idea: lo he visto, lo he experimentado físicamente. En Colombia, entre otros lugares. Las masacres son una manifestación de esto; lo humano desaparece ante una furia destructora que todo se lo traga”.

Decía que ha visto el fin del mundo en Somalia o en el derrame de petróleo en el Golfo de México…

Y en Estados Unidos, que es una nación que vive en vísperas del fin. Porque lo temen, porque los medios aterrorizan a la población con la amenaza, manejando al rebaño con el susto de que enemigos envidiosos van a destruirles el paraíso que han construido. O porque hay intelectuales que en su lucidez advierten que a menos de que se dé un timonazo radical, el fin está cerca. O porque la juventud se enfrenta al fenómeno creciente de falta de trabajo y de posibilidades.

Hot sur se enmarca allí...

Me gusta pensar que se enmarca en lo que sería una especie de epifanía histórica, el momento en que el capitalismo por fin le muestra su cara más fea a sectores enormes de la población. Hace unas décadas éramos solo los de izquierda los que, leyendo a Marx, decíamos que el capitalismo tenía los días contados. Hoy en día eso lo ve cualquiera: lo ve un muchacho que aspira a un doctorado aunque sabe que no le va a servir para conseguir trabajo. Lo saben los españoles que son desalojados de sus casas y sin embargo tienen que seguir pagando la hipoteca. Lo ven los campesinos arrollados por las grandes corporaciones agrícolas, y las masas que todavía defienden unas libertades hace tiempo olvidadas. Ante los ojos de mucha gente, ya no hay un signo igual entre capitalismo y democracia. Nunca antes sectores tan amplios de la población habían experimentado el capitalismo como cataclismo.

¿Se inclina más hacia la utopía o hacia el apocalipsis?

O lo uno, o lo otro. Estamos ya tan acorralados que solo una poderosa utopía nos salvaría del apocalipsis. En todo caso Žižek dice que el capitalismo es tan voraz que le queda más fácil imaginar la debacle que su propia transformación estructural. Yo le creo.

 

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