Bob Dylan, en un concierto en Francia.

Bob Dylan: aprender a vivir

Más allá de atizar la polémica que ha generado la entrega del principal galardón literario del mundo al artista estadounidense, celebramos la vida de un genio que inmortalizó poéticamente a la música.

2016/10/26

Por Jacobo Celnik* Bogotá

El día que Bob Dylan abandonó la Universidad de Minnesota, iba a saldar una deuda con el mundo. Una deuda por haber nacido en el lugar equivocado, con los padres equivocados. En un Impala modelo 57 llegó en enero de 1961 a una gélida Nueva York en busca de su hogar. A entender su lugar en una nación que le daba la bienvenida a los años sesenta al ritmo del rock and roll. “Nací en Duluth, un pueblo común y corriente, un pueblo rural sin futuro. Un pueblo que sobrevivía de las minas de hierro donde nada pasaba”. Atrás quedaron las aburridas calles de Hibbing —donde cursó la secundaria— y las ferias callejeras con hombres blancos pintados de negro para parecer extravagantes. También significó cerrar el capítulo de la tienda de eléctricos de su padre donde tuvo su primer trabajo como barrendero. De él aprendió la disciplina y el orden. El señor Zimmerman quería formar un hombre digno de la religión judía, de valorar las bondades de tener un empleo, un horario y una buena mujer a su lado. No, eso no estaba en los planes de Dylan, no por ahora. Lejos quedaron los amigos del colegio, las primeras novias como Gloria y Echo, musas de sus primeros versos y a quienes impresionó en la secundaria con el ritmo del rock and roll y look agreste de James Dean. Ese viaje cerró de un portazo en la cara la censura mezquina de un pueblo detenido en 1800. Adiós al letargo y el aburrimiento de sentirse desubicado y sin sentido en el tiempo.

Llegar a Nueva York legitimó el renacimiento de un hombre, de otro yo que encarnaría a toda una nación a través de su música. Porque a partir de entonces Bob Dylan es Estados Unidos. Su intuición lo llevó al Greenwich Village donde todo pasaba. Por el voz a voz supo del músico Freddy Neil, quien se presentaba regularmente en el Café Wha? Allí, Dylan hizo sus primeras presentaciones. En su cabeza estaba toda la música de Dave Van Ronk, Peggy Seeger, Hank Williams, The Clancy Brothers, Johnnie Ray, Ricky Nelson, Odetta y Woody Guthrie, su ídolo, su principal referente, influencia y motor para emprender ese viaje al este. A Guthrie, antes de encontrarlo en un manicomio de New Jersey, lo conoció por su autobiografía Bound For Glory. Se enamoró de su forma radical de ver el mundo, la vida, el país y los cuestionamientos que lo llevaron a ser perseguido por el macartismo. También de sus canciones y su particular forma de cantarlas. “Solo con oír a Guthrie podías aprender a vivir”, le dijo a Martin Scorsese en el documental No Direction Home. A todos esos músicos los escuchó sin parar durante horas y horas. Quería cantarlos, reinterpretarlos, darlos a conocer a su manera en pequeños espacios. Su juventud e inexperiencia jugaron en su contra y tuvo que conformarse con apariciones muy cortas, presentaciones donde no podía mostrar todo su talento, todas las ganas de comerse el mundo. Con el tiempo supo sacar provecho de su memoria y eso le permitió marcar una diferencia abismal frente a otros cantantes. Entendió que no podía quedarse toda la vida al lado de Neil tocando la armónica. Así que siguió abriendo su camino en otros bares de la gran ciudad.

Era una esponja en todo el sentido de la palabra. Observaba, analizaba y adaptaba. Su arte es una suma de todo eso. Sobrevivió a ese invierno del 61 de milagro, aunque pronto encontró la clave para hacer más dinero. Se lo aprendió a Richie Havens en el Café Bizarre de la calle 3. Comprendió que si pasaba doble sombrero en compañía de una mujer, recogería más en una noche. Fue ganando terreno y atención de quienes contrataban artistas en los bares de la zona del Village. “Lo que me diferenciaba era mi repertorio. Era mejor que el del resto de los cantantes de cafés. Lo mío eran auténticas canciones del folk, sin concesiones”, recuerda en Crónicas volumen 1, de 2004, toda una joya de su narrativa experimental. Así que el folk fue el medio, el motor y la manera con la que Dylan fue explorando el universo. El contexto y el entorno fueron moldeando una nueva manera de ver el mundo y la necesidad de escribir y plasmar sus sentimientos, sus temores, sus anhelos. De tomar lo mejor de horas de lectura a los griegos, a Kant, a Walt Whitman, Ezra Pound, T. S. Eliot, Ginsberg, Kerouac, Longfellow, Shelley, Poe y William Burroughs. “Leía muchos pasajes en voz alta, degustando el sonido de las palabras”. Todos ellos son Dylan. Soñó y se sintió con la capacidad para grabar un disco motivado por una amistad inspiradora con Dave Van Ronk. Pero sus canciones no eran comerciales o aptas para la radio, pues trataban acerca de depravados, contrabandistas, asesinos, incendios, sindicatos o cadáveres en ríos. No era lo que el establishment de la música pop buscaba. En ese proceso de búsqueda interna hizo otro viaje que le permitió plasmar sus sensaciones de ese encuentro con Nueva York. Así nació Talkin’ New York, una de sus primeras composiciones originales incluidas en su álbum debut de 1962. Gracias a la cantante Carolyn Hester conoció a John Hammond, cazatalentos de Columbia y quien trabajaba los artistas que el genio Mitch Miller no tocaba. Fue el responsable de firmar y llevar a lo más alto a artistas como Billie Holiday, Count Basie y Charlie Christian.

El imperio burlesco

Dylan quería ser como Picasso. Soñaba con ser un revolucionario capaz de transformar las artes. “Él fracturó el mundo del arte y abrió una brecha enorme, yo quería ser así”. Así que por aquello que tanto soñó en noches y noches de cantar en bares y cafés como el Gaslight o el Gerde’s Folk City, pronto se haría realidad. El 20 de noviembre de 1961, Bob Dylan selló su futuro. “¿Cuántos años tienes?”, preguntó Hammond. “Tengo 20”, respondió Dylan. “Esto significa que tus padres deben firmar el contrato”, recalcó Hammond. “No tengo padres, murieron”, respondió Dylan. “Tal vez tienes un tío”, insiste el cazatalentos. “Sí, pero es traficante”, remata Dylan. “Entiendo que tratas de decirme que no tienes alguien que responda o firme por ti”, insiste Hammond. “Bueno, tendrás que confiar en mí”, sentenció Dylan. Así nació una carrera única en la historia de la música popular hasta ese entonces. Los grandes artistas se han hecho al pulso, visión y fe de sus mánagers. Epstein y los Beatles; Stamp y Lambert con The Who; Peter Grant y Led Zeppelin; Andrew Loog Oldham y los Stones. En Dylan, durante muchos años, estuvo la marca invisible de Albert Grossman. “Hammond lo llevó al río, Grossman partió las aguas, creó el pan, el pescado y los derechos de autor en marcos de platino”, dice Oldham en su libro Stone Free. En todo lo que se ha comentando en los últimos días del Nobel, poco se ha mencionado esa alianza estratégica que le permitió a Dylan llevar su arte a escalas históricas en ese momento. “La devoción de Grossman por Dylan era total”, recuerda Oldham. Con determinación y algo de engaños, Dylan subió el primer peldaño de esa escalera al estrellato y a la configuración de su personalidad musical, de su otro yo.

En un periodo de cuatro años creó verdaderas obras maestras. En su primer disco solo hay dos composiciones de su autoría, pero a partir de su segundo trabajo, The Freewheelin’ Bob Dylan (1963), sus canciones adquirieron el protagonismo que él esperaba desde los días que escuchaba sin parar a Woody Guthrie. “Dylan es el material del que están hechas las leyendas”, dijo la revista Billboard en abril del 63. Si bien las ventas de los discos no eran millonarias, Hammond sabía que había dado en el blanco, que lo que su intuición le marcó no era errado. Y gran parte del éxito de Dylan en esos primeros días se debe a la confianza en sí mismo, de saber usar el bagaje y las referencias a su favor para entender su paso por el mundo y el legado por construir. Eso lo llevó incluso a autorreferenciarse todo el tiempo en el nombre de sus discos (Another Side Of Bob Dylan, Blond On Blond, acrónimo de Bob) y muchas de sus canciones como Bob Dylan’s Blues, Bob Dylan’s New Orleans Rag y Bob Dylan 115th Dream. Dylan no tenía nada que perder. Cuando se es otro se puede hacer lo que su voluntad le indique. Cuando no se tiene un hogar, ni una identidad y se va en busca de ella, está todo dado para comerse el mundo. Y así pasó. Un punto alto en ese proceso es el álbum Highway 61 Revisited. Ese disco mostró que Dylan podía hacer lo que quisiera con su arte. A nadie le debía explicaciones. Dejó el folk y se electrificó. Se aguantó insultos en Inglaterra, pero cambió el curso del rock de la mano de los Beatles, The Who y los Stones. El 65 será un año clave gracias a Like a Rolling Stone, al genio e ingenio de Dylan y a esa capacidad de moverse y reinventarse. Necesitaría diez páginas para hablar de los nueve álbumes de los sesenta, especialmente Nashville Skyline (1969), donde eso de “yo es otro”, invocando a Rimbaud, quedó al descubierto como el modus operandi de sus identidades. Escuchen con atención Lay, Lady, Lay. También para escribir una oda a los diez trabajos de los setenta y a Blood On The Tracks (1975), a mi modo de ver una obra fundamental e imprescindible para comprender el porqué del Nobel. Dudo que Héctor Abad lo haya escuchado con atención. Basta con leer (con o sin música) las letras de Tangled Up In Blue, Shelter From The Storm, Idiot Wind y Buckets of Rain, donde la postura artística sobrepasa la personal, con un disco que parece pintado, no compuesto, un poco para legitimar eso de querer ser como Picasso. Un trabajo que retrata el amor en clave, con el Antiguo testamento como testigo y soporte teológico (otra de sus pasiones), con versos que abolieron el tiempo narrativo para crear lectores activos a los que la rima, el ritmo y la música les toque el alma. Grandeza en todo el sentido. De su conversión transitoria al cristianismo dejó piezas como Gotta Serve Somebody y Precious Angel, incluidas en Slow Train Coming, de 1979, su cartilla evangelizadora. En los ochenta grabó siete discos en estudio y tuvo tiempo para ser parte de los Traveling Wilburys junto a Roy Orbison, Tom Petty, George Harrison y Jeff Lyne. Ese supergrupo dejó dos trabajos memorables entre 1988 y 1990, década en la que compuso además cuatro álbumes en estudio, entre ellos Time Out of Mind, que le dio Grammy a mejor álbum del 98. Premio innecesario.

El noble Nobel

El anuncio del Nobel de Literatura para Dylan generó todo tipo de reacciones en el mundo. En nuestro país, algunos escritores como María Cristina Restrepo y Piedad Bonnett cuestionaron su elección como si esto se tratara de un mandato divino y no una elección de personas comunes y corrientes. “No me parece que Dylan sea un gran poeta, es que está viva Anne Carson”, comentó Bonnett a RCN Radio. Y remató: “Tiene momentos poéticos, no creo que sea un gran poeta”. Afirmaciones que encontraron en la voz legítima de Leonard Cohen —otro gigante que merece el Nobel— una contundente respuesta: “Voy a decir algo de que le den a Dylan el Premio Nobel. Para mí es como ponerle una medalla al monte Everest por ser el más alto del mundo. Dylan es tan grande, que el premio es apenas un detalle, además de una obviedad”. Porque literatura no son libros publicados, literatura es el conjunto de una obra que también aplica para las canciones y otras formas de expresión. A Dylan se le lee con o sin música, uno de sus vértices, además de la voz y las palabras. Porque la poesía, recordemos, nació con la música, la canción es el poema. “La letra es tan importante como la música. No habría música si no hubiera letra —dijo Dylan—. Las letras de las canciones no las escribo simplemente para cubrir el expediente, las escribo para que se puedan leer”. Dylan no explica el mundo en tres minutos, no quiso salvarnos de nada ni ser el vocero de las minorías. Dylan le enseñó al rock y al pop cómo se componen grandes canciones, cómo estas se vuelven clásicos y sobreviven en el tiempo de la misma manera que lo hicieron los textos poéticos de los griegos. Así que su Nobel también es una victoria del rock, así a muchos les duela.

Celebramos esta victoria en nombre de la lengua inglesa porque el Nobel también reivindica el legado e influencia de Burroughs, Ginsberg, Kerouac y Frost, merecedores del premio. También es una victoria del arte, de su arte, sustentado en 54 años de carrera, una novela (Tarántula), dos volúmenes de memorias, 37 álbumes en estudio, siete películas en las que actuó (Masked and Anonymous, Paradise Cove, Catchfire, Hearts of Fire, Pat Garrett & Billy the Kid, entre otras), dos que dirigió (Eat the Document, 1972, y Renaldo And Clara, 1978), pintor y escultor, creador de casi 500 canciones y hasta conductor de un programa de radio. Redescubriremos sus clásicos, releeremos e intentaremos darles sentido a Subterranean Homesick Blues y a Idiot Wind, mientras que sus detractores se preguntaran, una y otra vez, si Murakami, Roth o Carson algún día tocarán las puertas del cielo. Las puertas del cielo que Dylan ya tocó, hace rato, sin el Nobel.

*Periodista. 

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