BogotáThomas Piketty nació en Clichy, Francia, en 1971.
  • Carlos Marx nació en Tréveris, Alemania, en 1818, y falleció en Londres, Inglaterra, en 1883.

El economista francés que revivió a Carlos Marx

Justo cuando un voraz capitalismo parecía haber erradicado del todo las advertencias del filósofo alemán, apareció la obra de Thomas Piketty, un economista francés que, sin ínfulas de visionario, ha devuelto al redil el fantasma de Carlos Marx. El francés será uno de los grandes invitados al Hay Festival.

2016/01/27

Por Alejandro Gaviria* Bogotá

En el año 2000, una década después de la caída del muro de Berlín, del derrumbe definitivo del socialismo europeo, en medio del auge económico de Estados Unidos, las ideas de Carlos Marx parecían no solo equivocadas, sino también anacrónicas, envejecidas, una suerte de fósil intelectual.

El cronista y novelista gringo Tom Wolfe escribió entonces un corto obituario del marxismo: “La expresión clase obrera o proletariado solo es usada ya por unos pocos y viejos académicos marxistas con pelos en las orejas. El electricista o el técnico de aire acondicionado o reparador de alarmas antirrobo lleva una vida que asombraría al Rey Sol. Pasa las vacaciones en Puerto Vallarta o Barbados. Antes de la cena, sale a la terraza de un hotel de lujo con su tercera esposa, ataviado con una camisa hawaiana, abierta hasta el ombligo. Los dos piden agua con gas Quibel, puesto que las marcas Perrier o San Pellegrino les parecen demasiado vulgares”.

Marx había predicho, con particular vehemencia, que los trabajadores serían forzados a engrosar las masas empobrecidas, que sus ingresos apenas superarían el nivel de subsistencia, que las revoluciones proletarias tendrían lugar en los países más avanzados y que el capitalismo se derrumbaría bajo el peso infinito de sus propias contradicciones.

Más de un siglo después, anotaba Wolfe, la cosa era distinta. Los trabajadores estaban en Puerto Vallarta, disfrutando los placeres mundanos del capitalismo sin asomos de conciencia de clase ni sentimientos de explotación. Los expropiados más bien parecían expropiadores.

El marxismo tradicional, señalaba el mismo Wolfe, se había trasmutado en el marxismo rococó, una disciplina confusa, profusa y difusa, que disfrazaba su fracaso intelectual mediante un expediente ordinario, a saber, la victimización de medio mundo: “Las mujeres, los no blancos, los sufridos blancos de segunda clase, los homosexuales, transexuales, perversos polimorfos, pornógrafos, prostitutas (trabajadoras sexuales), los árboles de maderas duras, todos muy útiles en conjunto para expresar nuestra indignación contra las autoridades establecidas y sus secuaces burgueses, y para mantener viva la llama del escepticismo, el cinismo, la ironía y la rabia”. La “rabiecita” decían los marxistas vulgares a mediados de los años setenta.

Un juguetico capitalista, el Ngrams de Google, nos permite, sin mucho esfuerzo, en pocos segundos, reconstruir una historia intelectual del marxismo (ver gráficos). Ngrams muestra, para cada año, la frecuencia de aparición relativa de la palabra “Marx” (o “marxismo”) en millones de libros digitalizados en varios idiomas.

Mientras más veces aparezca la palabra en cuestión en un año dado, más influyente será el pensador o la disciplina bajo escrutinio en ese momento. En los libros en inglés, el marxismo alcanzó su cénit intelectual en 1978. En los libros en español, la evolución es similar: un aumento de la influencia hasta finales de los años setenta y luego un declive constante hasta finales del siglo xx. Ngrams parecía darle la razón a Wolfe. El marxismo estaba en retirada. Para siempre.

A finales de los años setenta, en el auge del marxismo, muchos de nuestros intelectuales (“marxianos” los llamaba uno de mis profesores) seguían pronosticando el fin del capitalismo y el triunfo del socialismo. “Algún día Estados Unidos hará su revolución socialista”, afirmó García Márquez en decenas de entrevistas por aquella época. “Tarde o temprano el mundo será socialista”, pronosticó varias veces en los mismos años. Una década después, el socialismo había desaparecido completamente del continente europeo, su cuna intelectual. Nadie, por supuesto, puede ser acusado de falta de clarividencia.

Con el nuevo siglo vinieron los problemas. Unos años antes de la gran recesión de 2008, de la dramática explosión de la burbuja inmobiliaria y todo lo que vino después, escuché una conversación en el aeropuerto de Miami. Un señor en overol, un mecánico de aviación, le contaba a gritos a uno de sus amigos proletarios que su segundo crédito hipotecario había sido aprobado: el señor se había convertido en capitalista, en especulador inmobiliario (para no decir nada de sus probables vacaciones en Puerto Vallarta con su tercera esposa). Pero la crisis de 2008 terminó un ciclo casi increíble de prosperidad y reveló al mismo tiempo un fenómeno olvidado por mucho tiempo: la creciente concentración de la riqueza en muy pocas manos, en los grandes capitalistas.

Thomas Piketty, un economista francés con énfasis cuantitativo, no un representante del marxismo rococó, mostró de manera minuciosa, casi obsesiva, que en Estados Unidos y otros países avanzados había surgido una brecha, casi un abismo, entre el 1% más rico y el resto de la población. En opinión del mismo Piketty, esta brecha no obedecía a una circunstancia coyuntural o una distorsión transitoria. Todo lo contrario. Era una característica inherente del sistema capitalista. La prosperidad compartida, en opinión de Piketty, era una ilusión, un espejismo que había deslumbrado a Wolfe y tantos otros.

Según Piketty, el capitalismo lleva ineluctablemente al aumento de la desigualdad de la riqueza, a una brecha creciente entre ricos y pobres. Al mejor estilo marxista, el argumento de Piketty se muerde la cola, postula una dinámica de refuerzo mutuo. De un lado, si la tasa de retorno al capital es mayor que el crecimiento económico, la desigualdad de la riqueza tenderá a crecer; de otro lado, si la desigualdad es alta, el retorno al capital tenderá a aumentar y el crecimiento económico, a disminuir. Con todo, el capitalismo traería consigo la perpetuación de unas dinastías patrimoniales, de unas cuantas familias de propietarios que acumularían cada vez más y más riqueza en medio de un entorno de menor dinamismo económico o empobrecimiento general.

Para Piketty, esta fue la historia del capitalismo del siglo xix y parece ser la historia del capitalismo del siglo xxi. Solo durante una parte del siglo xx, un período peculiar, irrepetible, caracterizado por dos guerras mundiales, una rápida transición demográfica y enormes expropiaciones, el capitalismo coincidió con una reducción de la desigualdad y un rápido crecimiento económico. Pero las leyes fundamentales del capitalismo parecían llevar irremediablemente a la desigualdad, la injusticia y el estancamiento.

Las reminiscencias marxistas de este argumento son evidentes. Para Piketty, la evolución del capitalismo conduce necesariamente a exacerbar las tensiones sociales, a dividir la sociedad de una manera drástica, injusta y en últimas insostenible. Para Marx, esas tensiones sociales habrían de llevar necesariamente al fin del capitalismo: “La centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo llegan a un punto en el cual resultan incompatibles con su envoltura capitalista. Esta salta hecha añicos. Suena la hora final de la propiedad privada capitalista. Los expropiadores son expropiados”.

Pero Piketty está lejos de las profecías de Marx. No anticipa la revolución. No anuncia el fin del mundo capitalista. No profetiza el comienzo de un mundo nuevo. Aspira simplemente a domesticar el capitalismo, a estropear el engranaje de la desigualdad, a ponerle fin a la retroalimentación positiva que describe en su libro: la riqueza presente como fuente de mayor riqueza futura. Propone, entonces, un impuesto global a la riqueza y una revisión de las normas sobre propiedad intelectual y poder de mercado.

Marx, el profeta, sin duda ha muerto. Para siempre. Ya nadie profetiza una revolución socialista en Estados Unidos. Ya muy pocos creen en los paraísos terrenales. Además, el mundo pensante reconoce que las revoluciones inspiradas en el marxismo terminaron en la barbarie, en un baño de sangre y en la negación de la libertad: “Ahora sabemos que el resplandor, que a nosotros nos parecía una aurora, era el de una pira sangrienta”. Pero Marx, el economista y el sociólogo, sigue vivo. Como escribió el economista austriaco Joseph A. Schumpeter hace ya varias décadas, su obra no puede considerarse un éxito absoluto, pero tampoco un completo fracaso.

Probablemente Ngrams mostrará en el futuro un aumento de la influencia de Marx y del marxismo. Al menos mientras la desigualdad siga creciendo. El triunfalismo de Wolfe y tantos otros quedó atrás. Hizo parte de un entusiasmo pasajero. La síntesis marxista, un marco unificado para entender los mundos interconectados de la economía, la sociología y la política, para comprender los grandes acontecimientos y los pequeños sucesos, seguirá llamando la atención a todos los contrariados por el presente, los deseosos de salvar el mundo, los desfavorecidos por las circunstancias y los impacientes por tomar partido.

Por encima de todo, Carlos Marx sigue vivo en la obra de Thomas Piketty, en sus advertencias (compartidas) sobre las tendencias más nocivas del capitalismo. En pleno siglo xxi, la coexistencia entre democracia y capitalismo sigue siendo, institucionalmente, digámoslo así, una tarea pendiente.

*Economista y ministro de Salud.

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