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Con los ojos abiertos

El escritor Ricardo Silva

La apuesta arriesgada de Ricardo Silva

Después de tres años de silencio en el campo de la literatura, Ricardo Silva presenta Érase una vez en Colombia, una mirada doble –cómica y trágica, ligera y desgarradora– a dos caras del país: el amor y el infierno.

Por: Juan Diego Pérez Moreno* Bogotá

Publicado el: 2012-11-27

En el día de navidad del 2010, una mujer y un hombre jóvenes hablan en un carro estacionado frente a un pequeño hotel en La Candelaria mientras esperan a que un aguacero termine. Su conversación, que se inicia como un recuento del momento de su encuentro en las escaleras de la universidad en el que fue claro para ambos que habrían de envejecer juntos, se prolonga en sus palabras hasta la noche futura de la primera navidad que pasarán sin la compañía de sus hijos y de su nieta. Lejos de esa ciudad, en la vereda ficticia de Montenegro, una mujer sale de la iglesia con un niño de meses en sus brazos bajo la mirada férrea del comandante que ha encerrado a los viejos del pueblo con una lista en su mano. Afuera, en medio de las casas ardientes, la ceniza y la turbia polvareda, un cerdo salvaje la enfrenta con lo que queda de la carne de un brazo en sus fauces, y el cielo oscuro que los cubre a ambos anuncia la llegada inminente de la lluvia que habrá de borrar la sangre que desde hace unas horas corre por las calles.

A primera vista, estas dos escenas parecen salidas de lugares absolutamente diferentes; cada una es la síntesis de un mundo que en la otra se pone en entredicho. Pero solo a primera vista, como bien lo sabe Ricardo Silva. La apuesta de este escritor bogotano en su más reciente experimento narrativo –el noveno en la lista de sus novelas, cifra a la que se suma un compendio de cuentos, un poemario y dos relatos cortos para niños– es, justamente, la de probar que ambas son facetas de un mismo rostro. Facciones a las que Silva se aproxima en Érase una vez en Colombia por medio de dos novelas que se tocan no solo en el espacio en blanco entre el final de la primera y el principio de la segunda, dado que son dos miradas que nunca están completas sin su contracara. En palabras de su autor, se trata de “dos caras de un mismo país, dos maneras de narrar la vida en Colombia, dos historias que, para equilibrar las cosas, se necesitan la una a la otra”. Dos historias –Comedia romántica y El Espantapájaros– que consiguen este equilibrio a través de una estrategia sencilla, pero no por eso menos inteligente, cuyo efecto deviene de su sutileza: el contraste, la confrontación.

Es difícil encontrar una lista de adjetivos que sea fiel al ingenio de este autor. Podría ser más acertado decir que su obra, como la de los escritores que siempre prometen más, que siempre van más allá de sus últimos pasos, ya habla por él más que lo que cualquier adjetivo podría presumir. Su columna Marcha fúnebre es una de las más leídas en Colombia –como lo fueron también, hasta hace pocos meses, sus reseñas en la sección de cine de la revista Semana– y la totalidad de sus novelas y colecciones de cuentos serán reeditadas por Alfaguara el próximo año. Con algo menos de cuarenta años, Silva es un hombre cuya escritura atenta y sugerente ya tiene un número de seguidores que la precede.

Tratando de escapar de esa incómoda insuficiencia del adjetivo, yo diría que Ricardo Silva es un escritor versátil y sincero. Versátil en lo que se refiere a los géneros en los que su trabajo se sitúa, pues a la considerable lista de sus novelas y cuentos que sus lectores han elogiado se suma Terranía, un libro menos conocido que reúne tres poemarios, y Podéis ir en paz, una obra de teatro que bien podría ser el borrador del guion de una película –esto sin contar su trabajo en el periodismo. Versátil, también, por el amplio espectro de temas y atmósferas que dan forma a su mundo literario. Un mundo que se extiende desde los extraños e insinuantes eventos que marcan las vidas de los personajes de Sobre la tela de una araña, el primer libro de cuentos que escribió mientras estudiaba Literatura en Bogotá, pasando por las astutas fábulas de identidad que agobian a los protagonistas de Relato de navidad en La Gran Vía, Tic y El hombre de los mil nombres, novelas en las que resuena el tono de las inteligentes intrigas de Paul Auster, hasta aquella especie de crónica negra de la muerte anunciada del futbolista Andrés Escobar en Autogol, el más ambicioso y logrado de sus proyectos a la fecha. Y sincero porque, para usar una expresión gastada que con su pluma cobra un sentido fresco y renovado, Silva construye personajes humanos, no estereotipos. Su escritura, cuya precisión y sencillez la alejan de las trampas de la grandilocuencia, se avecina a sus personajes con la convicción de que son individuos con vida propia. Son personajes que no están atrapados como rehenes por la escritura en la que nacen; antes bien, las palabras son cajas de resonancia en las que sus secretos se alcanzan a escuchar. Posiblemente sea esa la mayor virtud de las narraciones de Silva: las voces que allí hablan son genuinas portadoras de personalidades delineadas minuciosamente en su complejidad emocional, en las motivaciones que rigen sus acciones y en la franqueza de sus sentimientos. Sí: son voces sin impostura, voces vivas.

Benjamín y Martina, los protagonistas de Comedia romántica, son precisamente eso: voces. No hay narrador, no hay acotaciones, no hay nada más. A lo largo de algo más de doscientas cincuenta páginas, Silva involucra a su lector como un tercero invitado, como el testigo de una conversación ininterrumpida en la que ambos personajes narran la historia de su amor. Un amor lleno de malentendidos, remordimientos y diferencias que encubren la voluntad compartida de sobrellevar la soledad; un amor que se sabe imperfecto y que, como dice Benjamín en las últimas páginas, tal vez por eso les ha costado toda la vida entender que es suyo, que sí lo merecen. Un amor, si tal expresión me es permitida, humano en el sentido más franco de esa palabra. Martina, una periodista que regresa a Bogotá después del fracaso de un matrimonio prematuro, es una mujer espontánea, una escritora de una imaginación exquisita, una viajera irreverente e infranqueable en sus decisiones cuya emotividad le permite expresar y a la vez protegerse de la vulnerabilidad a la que la exponen sus miedos. Benjamín es un arquitecto cinéfilo que llora solo con el final de It’s a Wonderful Life, que jamás ha salido de la ciudad en su vida y que, a cambio, colecciona guías turísticas; es una persona contenida, rutinaria y algo terca, un hombre acostumbrado a “ser el mismo personaje de siempre” que ha dedicado su vida a cuidar el hotel de su familia con una diligencia que descubre una sensibilidad delicada, una fragilidad que es el bastión sobre el que se sostiene su mundo. Replicando en cierto sentido el rostro doble de Érase una vez en Colombia, los amantes parecen ser cada uno un fragmento de la personalidad que secretamente comparten. Una personalidad que solo puede completarse en el diálogo con el otro, con esa otra voz o contracara que es su más íntimo reflejo.

Comedia romántica es una novela emocionante y esperanzadora que cumple a cabalidad con el propósito de su autor de inventarse “un libro que ponga feliz sin sacrificar la inteligencia”. El ritmo de la conversación es fluido, desenvuelto y ligero en una especie de alusión a su título, a esas frases de comedia romántica que ambos se reclaman el uno al otro, a esas líneas casi de cliché que en su caso descubren siempre una tierna verdad. El diálogo es el gran protagonista del relato: es gracias a la continuidad de la conversación que Benjamín y Martina pueden envejecer con y en sus palabras. Palabras que se remontan a la Bogotá de la década de los noventa en la que los dos se conocieron y que, a medida que pasamos las páginas, abren una ventana al futuro de la ciudad durante la primera mitad de este siglo. Palabras que perfilan un mundo urbano cargado de una atmósfera opresiva que el escritor imagina con algunos trazos tenues de ciencia ficción, una Bogotá que sobrevive a un terremoto y a los abusos de una “asamblea” frente a la que ambos personajes, a su modo, se resisten con las pequeñas esperanzas de su cotidianidad. Palabras que están permeadas por la tragedia atroz y silenciosa que Silva conjetura para los colombianos de este siglo, por esa desgracia que es el telón de fondo que se entrevé en las discusiones, el humor fino y las entrañables confesiones de los amantes. “¿Por qué soportamos tanto?”, se pregunta Martina. La respuesta de Silva en Comedia romántica es contundente: no hay modo de resistir sin la compañía de otro, y es por eso que el diálogo se debe defender a toda costa: mantener los ojos abiertos en soledad es algo insufrible.

“Apenas lo terminé sentí que para equilibrar las fuerzas, para que el optimismo viniera de la constatación del horror, aquel diálogo esperanzador tenía que venir acompañado de un relato brutal de la violencia que –comenta este escritor que ha vivido toda su vida en el edificio La Gran Vía de la capital–, sin embargo, fascinara como esas pinturas que describen el infierno”. Retratar con los ojos abiertos ese infierno muchas veces invisible –pero siempre acechante– que resquebraja las vidas de quienes habitan los pueblos que la ciudad suele olvidar: es a la luz de este compromiso que la descarnada, cruda y espléndida narración de El Espantapájaros ocupará, a mi parecer, un lugar primordial en las letras colombianas de nuestro tiempo. El riesgo que el escritor asume al acercarse a través de la literatura a la devastación y el dolor que la violencia extrema deja a su paso es monumental, por decir lo menos. Si en El ruido de las cosas al caer Juan Gabriel Vásquez examina la historia reciente del país bajo el lente de las minúsculas historias de dos personajes anodinos –algo similar a lo que sucede con un tono absolutamente distinto, casi opuesto, en Comedia romántica–, en El Espantapájaros esa violencia ensordecedora que allí asalta desde el trasfondo se mira de frente: los personajes la sufren en carne propia.

La acción es corta y concreta. En una mañana de diciembre, el descarnado comandante Cigarra llega con sus hombres a Camposanto para cumplir una tarea macabra e irrevocable: ajusticiar a los veintinueve viejos fundadores del lugar, antiguos bandoleros de las guerrillas liberales a quienes su legendario comandante, el Espantapájaros, les entregó una tierras de la vereda de Montenegro para que levantaran un caserío –tierras que le pertenecen al “Doctor” para quien el Cigarra trabaja. Con todo, no es ese el último objetivo del tenebroso líder de la invasión: el comandante no abandonará el pueblo hasta encontrar al Espantapájaros, el asesino de su hermano, el hombre que le robó a la única mujer que ha amado en su vida, para cobrar su venganza. No hay súplica que valga frente a este despiadado personaje cuyo propósito es consumar un mandato del destino: quienes habrán de morir ese día tienen su muerte marcada en las líneas de sus manos. Uno por uno, los viejos de Camposanto serán ejecutados frente a los ojos de sus familiares, del narrador y del lector.

En su retrato de esta segunda cara de la vida en Colombia, la escritura de Silva demuestra la madurez necesaria para enfrentar el peligroso desafío de imaginar aquello que, como declara la primera oración de la novela, siempre será inimaginable: “Nada ni nadie imagina la masacre”. Y es en esta declaración de impotencia en donde radica su fuerza: no hay visión prometida, no hay imagen justa. Solo hay una certeza: no hay palabras capaces de retratar el semblante del infierno.

Y, aun así, en este pueblo ficticio “los ojos se acostumbran a lo inconcebible”. Cada una de las líneas de esta corta y punzante narración erige con cautivante suspenso un campo de batalla de cuerpos mutilados, llamas espeluznantes y lamentos de angustia que nunca terminamos de recorrer. Un campo de batalla habitado por imágenes del horror. Un campo de batalla que se abre a la mirada del escritor, del narrador y del lector después de tomar una decisión: pese a que no podamos imaginar la masacre, pese a que no podamos redimir el dolor ajeno con nuestras miradas, no podemos y no debemos resignarnos a una ceguera absoluta que podría equipararse a un olvido. Silva se arriesga con una respetuosa valentía a ver el desastre de lo inhumano valiéndose de una mirada que se sabe siempre insuficiente, de un ojo que preferiría cerrarse ante lo que ve, pero que no lo hace. Antes bien, su visión es la de un testigo imaginario que acompaña con su lector a todos los actores de la “ceremonia de sangre” que observa. Un testigo que, por así decirlo, nos despierta.

Quizá el mayor acierto de Silva en esta novela sea que, así como ocurre en el relato sobre el secuestro que Tomás González entrega en Abraham entre bandidos, su escritura se resiste a hacer un retrato de la violencia en Colombia en clave de víctimas y victimarios que puedan señalarse con el dedo y que, así, excusan a un lector que se identifica fácilmente, en un acto de compasión obvia que no va más de ella misma, con el dolor de quienes están del otro lado de las balas. En El Espantapájaros el conflicto no se reduce a un esquema de blanco y negro. Silva retrata con el mismo cuidado y atención al Cigarra que a cada una de las personas cuyo nombre está en su lista y, de esa manera, invita a su lector a abstenerse de emitir juicios reduccionistas en los que, al señalar los culpables, los jueces se exoneran de su responsabilidad. Responsabilidad que, como saben Benjamín y Martina, consiste en abrir los ojos, en asumir nuestro deber de mirar; en entender que esta guerra también es nuestra ya que, como dice la última línea de la novela, “Camposanto no existe cuando nadie está mirando”.