Carolina Sanín

De la hospitalidad

El más reciente libro de la escritora bogotana se mueve en el ambiguo territorio de los encuentros con el otro: una mujer, un niño y una ciudad que parece despoblada y desértica.

2014/05/23

Por Juan David Correa*

Si hay algo que persigue esta novela es la presencia en medio de la ausencia. Una novela, dice Carolina Sanín (Bogotá, 1973), como un descubrimiento: “Me interesa de la literatura poder conocer, conocer algo que se encuentra, quizá, en otra dimensión”. La dimensión, para la columnista de esta revista y profesora de la Universidad de los Andes, en el caso de Los niños, su más reciente novela publicada por Laguna Libros en Colombia, y a nivel mundial por Ediciones Siruela, está atada a preocupaciones sobre las que ha pensado y meditado a lo largo de veinte años de carrera cuando comenzó a estudiar filosofía y letras en la Universidad de los Andes, para después hacer una especialización y un doctorado en Literatura Hispánica en Yale: cómo puede el mundo cobrar sentido a través del lenguaje.

Los niños tiene una vocación narrativa mucho más preponderante que su anterior novela, Todo en otra parte, publicada en 2005 por Seix Barral. “En este caso, más que una novela es un cuento largo. Para mí es una fábula con una estructura muy clásica de principio, medio y final”. La nouvelle se ocupa de la vida de Laura Romero, una mujer que vive sola con su perro Brus, asidua de los supermercados como espacios de tránsito, una especie de flâneuse de una ciudad que podría ser o no Bogotá, quien una noche descubre la presencia inequívoca de un niño solitario, de unos seis años, desde su balcón. “El niño tenía el pelo cortado al rape y ojos grandes. Había en los ojos tanto espacio que parecía que la cara le interrumpiera la noche y la noche se le reanudara en la mirada. No era ni moreno ni rubio. Llevaba poca ropa para la noche fría de Bogotá: una pantaloneta muy corta, de bordes curvos y ribete blanco, chanclas y una camiseta sin mangas que tenía estampado a Naranjito, la mascota de un mundial de fútbol de casi treinta años atrás”. De ahí en adelante, Laura dará acogida a ese niño –Fidel– en una especie de aventura que comienza cuando ella decide buscarle un hogar de paso para, unos meses después, buscarlo de nuevo como si sintiera la necesidad de cerrar una historia abierta por ese primer encuentro. “Los niños me interesan mucho porque creo que son los grandes perdidos. Nadie sabe quién es un niño, y a la vez todos fuimos niños. Hay un aislamiento, una soledad muy grande de los niños, porque, una vez más, los niños no son nadie, su individualidad no está aceptada totalmente, son ‘los niños’”. La historia resultó, dice Sanín sentada en un café un jueves frío y lluvioso de mayo, de una imagen: una noche, estando en su apartamento, oyó los latidos desesperados de un perro y al asomarse a su balcón vio al animal. De inmediato bajó hasta la calle y decidió llevarlo a una veterinaria para que lo revisaran. “Fue muy raro, porque cuando lo encontraron bien, en media hora fue adoptado por una mujer. Es como si ya tuviera un destino trazado”.

La novela, escrita de una manera cuidada pero a la vez casi desenfadada, persigue también, a través de las diversas voces locales, una especie de sello de identidad. Dice Sanín sentirse más en la tradición de Fernando González, o Fernando Vallejo, dentro del panorama de la literatura colombiana, pues su búsqueda tiene que ver con la manera de decir aunque “eso en Bogotá, o para los bogotanos, es bastante extraño”. Laura buscará entonces a Fidel pasando por varios estadios en los que encuentra personajes que todos conocemos: el vendedor de mercancías en un bus, el lenguaje burocrático del hogar de paso, la señora arribista que solo habla de Europa. Ella será la heroína, a la manera de los relatos tradicionales, que buscará al “niño perdido” por una ciudad que se le antoja desértica y algo apocalíptica.

Su encuentro con Fidel tocará dos de los temas que más le interesan. Y aunque dice que no se los planteó como una tesis, son evidentes: la maternidad y la hospitalidad. De la primera, como una pregunta que se ha hecho, quizás, mucho menos compleja en la historia de la literatura, habida cuenta de la presencia del padre como la herida abierta ante la incertidumbre: todos sabemos quién es nuestra madre, pero no con certeza quién nuestro padre. Y la segunda, la acogida, como un encuentro con un extranjero que significa también cambio. Si la literatura ha perseguido desde Homero dicha idea, Sanín dice que precisamente haber encontrado a esos dos personajes es la posibilidad de ampliar su conocimiento en torno a la idea de hospitalidad. Laura y Fidel caminarán juntos por un lapso de tiempo para conocerse, para entender quiénes son, quizá, cada uno por su lado, aunque permanezcan juntos. Entonces, cuando la novela va llegando a su fin, y uno siente que ha asistido a una pequeña fábula en la tradición de relatos como “Gloria” de John Cassavetes, en el cual los encuentros también son abismos, se revela un episodio en donde nada queda igual: pero para conocerlo hay que leer la historia.

 

* Director de Arcadia.


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