Hanya Yanagihara en Londres, en octubre de 2015, en el Man Booker Prize. AFP/ Niklas Hallen

'Tan poca vida': el libro del que hablan todos

Finalista del National Book Award y el Man Booker Prize, y elegida como novela del año por varios medios en Estados Unidos, 'Tan poca vida', de la estadounidense Hanya Yanagihara, acaba de ser traducida al español. Una historia dramática que ha despertado el entusiasmo de la crítica y que pone a prueba la resistencia de los lectores.

2017/08/25

Por Martín Franco Vélez* Bogotá

A comienzos del año pasado, la escritora estadounidense Hanya Yanagihara le reveló al diario inglés The Guardian una de las claves, sustancial quizá, de su segunda novela, Tan poca vida: “La gran discusión que mi editor y yo tuvimos giró sobre la idea de cuánto sufrimiento puede soportar un lector”.

Ese, hay que decirlo, es el punto neurálgico de una novela monumental no solo por su tamaño (poco más de mil páginas en la edición que Lumen hace en español), sino porque desde su publicación, en 2015, se ha convertido en una revelación inusitada: Tan poca vida resultó finalista del National Book Award y el Man Booker Prize, se convirtió casi de inmediato en un best seller en Estados Unidos y el Reino Unido, y fue catalogada por varios medios especializados como el libro del año.

Pero a pesar del entusiasmo casi unánime de la crítica, las declaraciones de Yanagihara no deberían ser tomadas como un detalle menor sino, más bien, como una especie de advertencia: ¿cuánto sufrimiento están dispuestos a aceptar los lectores que se embarquen en ella? No encuentro una forma más acertada de describir su lectura que diciendo que es una experiencia física agotadora: Tan poca vida es un libro que afecta, exprime, revuelca, sacude y hace sufrir; una historia que nos lleva a preguntarnos cada ciertas páginas si vale la pena continuar leyendo. Y, sin embargo, su gran mérito reside en que no podemos soltarla: estamos, a pesar de la dureza de su historia, tratando de llegar a la orilla como un náufrago en medio del océano.

“Esta novela puede hacer que te vuelvas loco –escribió Jon Micau en The New Yorker–. Consumirte y tomar tu vida”. “Con Tan poca vida Yanagihara ha dado el gran golpe: best seller de calidad y novelón conmovedor”, remató, por su parte, el argentino Rodrigo Fresán en Página 12. Y Elif Bauman, periodista de The New Yorker desde 2010, escribió también en esas páginas, a finales de 2015: “Desde el momento en que agarré la novela no pude soltarla. La leí en tres días. Cuando acabé, me sentí triste y estuve reacia a leer cualquier otra cosa”.

Queda hecha, pues, la advertencia.

Resulta por demás curioso que en una época saturada de inmediatez, cuando la gente parece rehusarse a ir más allá de los 140 caracteres, ciertos escritores se animen a contradecir esos cánones y publiquen novelas de más de mil páginas. Uno de los precursores de esta tendencia moderna es el también estadounidense Jonathan Franzen, quien con Las correcciones o Libertad ha vuelto a poner el foco en la estructura clásica de la novela y se ha consagrado como uno de los narradores más importantes de su generación; el gran novelista norteamericano, como lo describió en 2010 la revista Time.

Hanya Yanagihara, nacida en Estados Unidos, pero de ascendencia hawaiana y coreana, transita esa misma ruta. Y aunque a simple vista el número de páginas pueda parecer un despropósito, lo cierto es que la lectura de esta novela no supone ninguna dificultad; por el contrario, nos deslizamos por sus páginas con la avidez de averiguar cuándo y cómo acabará el sufrimiento inefable de su protagonista principal, Jude St. Francis.

Antes de eso, sin embargo, la novela empieza esbozando la vida de cuatro amigos universitarios: JB, homosexual declarado con aspiraciones artísticas; Malcolm, estudiante de Arquitectura que viene de una familia acomodada; Willem, oriundo del sur profundo, quien busca por todos los medios convertirse en actor, y, finalmente, Jude St. Francis, el brillante estudiante de Derecho y Matemáticas con un pasado oscuro que irá revelándose, de a poco, a medida que pasan las páginas.

En una primera parte la novela aborda, con éxito, grandes temas existenciales como la amistad, el amor, la paternidad y la muerte. Hay frases que se convierten en valiosas sentencias sin que la narración se torne jamás pretenciosa: “Creo que el único secreto que tiene la amistad es dar con personas que sean mejores que tú, no más listas ni más populares sino más buenas, más generosas y más compasivas, y valorarlas por lo que pueden enseñarte, escucharlas cuando te dicen algo sobre ti, por malo (o bueno) que sea y confiar en ellas, que es lo más difícil de todo, pero también lo mejor” (pág. 299).

O bien: “Todos decimos que queremos que nuestros hijos sean felices, felices y sanos, pero no queremos eso. En realidad deseamos que sean como nosotros, o mejores que nosotros. En eso somos muy poco imaginativos, y no estamos preparados para aceptar que puedan ser peores. Supongo que eso sería pedir demasiado; debe de ser un recurso de la evolución: si fuéramos tan conscientes de lo que se puede torcer, nadie tendría hijo” (pág.487).

Mientras vemos cómo la personalidad de cada amigo empieza a develarse a través de distintas historias comunes, el foco de la novela va centrándose, cada vez con mayor fuerza, en el gran misterio que se esconde detrás de sus páginas: el pasado de Jude St. Francis. Ahí es cuando cambian las cosas y la obra da un giro inesperado; ahí, justo en ese momento, comenzamos a recorrer el camino del sufrimiento, el mismo que nos lleva a preguntarnos, una y otra vez, cuánto dolor estamos dispuestos a soportar. Y si podremos detenernos en algún momento.

No es casualidad que tantos escritores vuelvan a la infancia en su literatura: de Proust al propio Borges, son incontables los narradores que buscan en esa etapa de la vida las claves de la realidad que habitan en el momento de escribir. Es allí, precisamente, donde hay que rastrear los motivos para entender a Jude St. Francis, un personaje irremediablemente roto que no logra encajar en el mundo a pesar del éxito que consigue, pues no solo acaba siendo socio del prestigioso bufete de abogados donde trabaja, sino que se convierte en un joven millonario admirado por sus colegas. De hecho, resulta curioso constatar que aunque los cuatro amigos que seguimos en la primera parte de la novela alcanzan el éxito con creces –JB se transforma en un cotizado artista a nivel mundial; Malcolm, en un reputado arquitecto; Willem, por su parte, en un actor famoso y premiado–, siempre hay una insatisfacción de fondo. La perogrullada, en fin, de que el éxito no es suficiente para traernos la tan mentada felicidad.

Tan poca vida

De modo que, cuando la pluma de Yanagihara empieza a deslizarse hacia ese pasado oscuro, entendemos que el título no es fortuito (“No muestres tan poca vida”, le dirá en algún momento a Jude el hermano Luke, un sombrío personaje de su historia); y tampoco lo es la foto que adorna la portada: un hombre de compungido rostro en una visible mueca de dolor. Así vamos adentrándonos en una historia que se revela cada vez más sórdida, y cuando uno –lector ingenuo–cree que el fondo está por fin cerca, Yanagihara lo agarra de la solapa para susurrarle al oído: “No te vayas, esto aún no termina”.

No voy a adelantar mucho más porque esa parte llena de dolor es, precisamente, el núcleo de la novela, pero sí quiero advertirle al lector lo que habrá de encontrarse: abusos sexuales, golpizas infames, largos viajes en carretera y autolesiones con cuchillas que se convierten en la única manera de escapar. Un panorama oscuro, suficiente para tocar las fibras de cualquiera. Hasta de los más duros.

Advertía al principio sobre el entusiasmo “casi unánime” de la crítica ante Tan poca vida. Recalco el “casi” porque, como suele suceder, no todos comparten los elogios desmedidos que ha recibido la novela. Dice Bautman en su ponderada reseña de The New Yorker que uno de sus críticos más acérrimos, el ensayista Daniel Mendelsohn, afirma que la obra de Yanagihara no es más que “el sello distintivo de una cultura donde la victimización se ha convertido en un reclamo de estatus”. Y en cierto sentido puede tener razón: uno podría pensar que hay algunas escenas que están de más; que en algún punto el sufrimiento excesivo del personaje resulta injustificado. Que hay demasiada victimización.

La propia Yanagihara, sin embargo, defiende ese punto: “No sé por qué la violencia explícita ha desaparecido de las novelas –dijo para una entrevista con El País de España–. Durante muchos años estaba ahí, y lo sigue estando en el arte visual, en películas, en televisión y hasta en la danza, pero no en las novelas de hoy. Si una novela va a describir una vida difícil, tiene que contarle al lector lo que va a sufrir su personaje, y no huir cuando eso empieza a ser incómodo. Si vas a pasar tiempo con Jude, tienes que conocer también su parte oscura, porque existe, y no mostrarlo es faltar a la verdad”.

Lo cierto es que Tan poca vida nos pone frente al espejo de ese lado oscuro. Pero, en su defensa, hay que decir que la novela es mucho más que un simple compendio de escenas dramáticas: es más bien un universo enorme, un ensayo sobre el amor (podría ser, ya lo han dicho, “la gran novela gay de la época”, pero esa es otra historia) y una certera introspección en el alma humana. Pero, sobre todo, es un tratado sobre la amistad, sobre su importancia en tiempos egoístas y sobre cómo esa experiencia se convierte a veces en la única manera que tenemos para redimirnos. Y todo eso, sumado, la convierte en una obra imprescindible.

*Periodista. Exeditor internacional de la revista Soho

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