Con La serpiente sin ojos, William Ospina cierra su trilogía sobre los con quistadores de América

El número tres

Con la publicación de La serpiente sin ojos, Ospina pone fin a su monumental e imprescindible trilogía sobre las alucinadas campañas de descubrimiento y conquista de América.

2013/03/18

Por César Mackenzie *Bogotá

Treinta y tres capítulos tiene cada una de las tres novelas históricas de William Ospina que exploran la desmesura de los primeros conquistadores españoles: Ursúa, El país de la canela y La serpiente sin ojos. Tan viejo como el mundo es el número tres: representa la totalidad en la reunión de lo diverso; una armonía sin dualidades. Es como un dios coronado entre los números: en la Edad Media, por ejemplo, Dante vio en él el orden del universo. En las novelas de Ospina, que implicaron cientos de viajes por América e innumerables horas en los Archivos de Indias en Sevilla, esta totalidad se cumple para expresar la brutalidad que supuso la conquista.

Ospina nació en el epicentro de La Violencia, en 1954. El Tolima era entonces escenario de los horrendos crímenes de los chulavitas conservadores. En tiempos post Frente Nacional, estudió Derecho y Ciencias políticas y su ingreso a la literatura no fue por la novela sino por la poesía y luego por el ensayo, ya entrados los años noventa. Varias antologías de poesía y catorce libros de ensayo, sumados a sus tres novelas, dan cuenta de un sólido proyecto literario enmarcado en la búsqueda de cómo y por qué el pasado y el presente de nuestra América mestiza ha conformado su identidad a propósito de la violencia y la redención; una indagación por cómo administra su propia miseria y su infinita riqueza, y por cómo mira su tradición cultural.

El plan de la trilogía, siguiendo con la simbología del tres, más que un círculo, describe un triángulo. En Ursúa (2005), a través de un narrador anónimo y mestizo que ha sido testigo de grandes hazañas de la conquista, Ospina cuenta la llegada de los primeros conquistadores, centrado en el joven Pedro de Ursúa, y cómo estos fueron juzgados y perseguidos por la Corona y sus Nuevas Leyes. En Ursúa se insinúa ya la importancia que tendrán los pueblos indígenas en las novelas posteriores; porque esta trilogía es, sobre todo, una gran reivindicación de la memoria indígena prehispánica.

Si la primera novela habla de las guerras que libró el español Pedro de Ursúa contra los muzos y los tayrona o de cómo, fugitivo, exterminó a los primeros negros cimarrones de Panamá, y de las guerras entre los mismos conquistadores por obtener gobernaciones, en El país de la canela (2008) –ganadora en el 2009 del Premio Rómulo Gallegos– da paso al magnífico relato del viaje de descubrimiento del río Amazonas por parte de Orellana y su tropa de hombres extraviados como consecuencia de la fallida exploración ideada por Pizarro. En ella, Ospina explora la ferocidad de la selva y lo cruel que se vuelve en ella el hombre prepotente. Finalmente, La serpiente sin ojos (2012), que es el mismo río Amazonas, nos cuenta con un vértigo narrativo muy bien logrado, el viaje final de Ursúa, enceguecido por su codicia, agonizante sin fortuna en la selva que se lo devoró.

Lo que Ospina dice entrelíneas es que los españoles vieron en la relación de los indígenas con el oro una forma espiritual (y por lo tanto “arcaica”) de relación con la tierra y la divinidad; esto les pareció cosa desdeñable frente a la visión mercantil de su cosmos absolutista y papal. El autor intuye, y lo evidencia en su trilogía, que el proyecto de la conquista no se hizo del todo bajo los ideales del Renacimiento, sino bajo el temor insuflado por la idea de la vida diabólica, tan propia de la cosmovisión medieval. Según eso, el saqueo de todos los tesoros indígenas y la violencia estaban justificados por haber caído los indios en tratos con el demonio. Los españoles y su imperio, rabiosos de riqueza y acumulación, se empeñaron en ver en los nativos un comportamiento barbárico, a pesar de encontrar en sus territorios complejas estructuras sociales, lenguas y leyes propias de unas sociedades y de unas ciudades bastante desarrolladas, que hubieran ganado mil veces el premio a la innovación. Si el bárbaro era una representación de lo diabólico, en las Indias los conquistadores, escoltados por frailes y armados con caballos, pólvora y virus mortales, sintieron que llegaban al mismo Infierno laminado en oro.

Y, de pronto, en medio de todos esos saqueos y traiciones, aparece ese personaje maravilloso y fugaz que es Juan de Castellanos, verdadero inspirador del proyecto de Ursúa. No podría hablarse de historiografía indiana sin su monumental aporte de ¡113.609 versos! Al poema más extenso de la lengua castellana, Elegías de varones ilustres de Indias escritas en la Tunja monástica del siglo XVI, lo estudió Ospina en un libro que casi hace de su tri una tetralogía: el ensayo Las auroras de sangre (1999), sobre la influencia de la obra de Castellanos en la conformación del imaginario sobre el Nuevo Mundo. Según Ospina, Castellanos hace evidente ese quiebre entre la visión medieval del conquistador y la renacentista del arte como voluntad del espíritu humano.

En Ursúa, El país de la canela y La serpiente sin ojos se sufren las consecuencias de una imaginación desmesurada y de un mundo contradictorio que todavía ve al progreso como una batalla entre lo divino y lo demoniaco a la luz de un incipiente antropocentrismo. Sus noventa y nueve capítulos construyen un mundo sin grietas, rotundo, total, que pone a los pueblos indígenas de nuevo sobre la mesa de discusión; hacen habitable un mundo primigenio al que nos era imposible regresar.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.