César Aira nació en Coronel Pringles, provincia de Buenos Aires, en 1949.

Literatura de la improvisación del argentino César Aira

'El santo', su última novela, apareció en julio de este año. Un libro en el que conviven el collage, elementos extemporáneos de una permisiva Edad Media e imágenes poéticas inolvidables. La fuga de la trama, de la escritura misma, se inicia con la del protagonista, un monje hacedor de milagros, a quien quieren matar.

2015/09/16

Por Germán Beloso* La Plata

La literatura de César Aira (Coronel Pringles, 1949) no es profunda, o al menos no lo es en apariencia, o en la relación que siempre se establece entre la profundidad con la seriedad. La escritura de Aira no tiene un tiempo perdido por el cual ir en busca. Al contrario, la literatura de Aira se mueve a la velocidad de la luz, lo que busca está siempre adelante, en el futuro. Pero como el porvenir es desconocido para el escritor (que, sostiene, se sienta a escribir sin plan previo), y el resultado imprevisible, lo que queda es el método, el proceso de una escritura jazzística (o enjazzística) que deja como resultado la arquitectura imposible de una imaginación desquiciada.

 ¿Por qué jazzística? Porque la improvisación es el motor de las ficciones airianas. Las marcas de esa improvisación quedan ahí, visibles al lector, en cada nuevo giro de la trama, como suturas que el escritor no tiene intenciones de ocultar. Como tampoco oculta los anacronismos cuando sitúa alguna de sus ficciones en épocas remotas: el siglo xix en tierras argentinas, por ejemplo, o la Edad Media, en el caso de su última novela. En realidad, esos anacronismos, un indígena con un habla filosófica, un capitán de barco con zapatitos de charol en plena Edad Media, son encuentros que construyen una realidad nueva, propios de la técnica del collage.

Sus obras pueden verse así, como pequeñas piezas de collage al estilo de las creaciones del artista norteamericano Joseph Cornell, a quien Aira pregona su admiración, así como al surrealista Max Ernst o a las pinturas del artista contemporáneo Neo Rauch. En las obras de estos artistas puede visualizarse parte de la estética airiana, sus afinidades. Pero ahí donde está lo extemporáneo también se encuentra la investigación, el detalle, la palabra justa, es decir, afirmar que las ficciones de Aira son mero juego es reduccionismo.

Sus narraciones conjugan la imaginación desbocada y el tamiz racional por el cual es filtrada luego. En este punto Aira es claro: “Creo que en toda narración hay un juego permanente entre ficción y realidad, entre verdad y mentira, se alimentan una a la otra, se contradicen para enriquecerse, y eso hace que el discurso deje de ser meramente comunicacional y se vuelva literario. Lo mismo pasa entre el anacronismo y el dato histórico bien documentado. Hay una frase de Beckett que me gusta especialmente: “Lo que el anacronismo ha unido, el tiempo no podrá desanudarlo”. Me gusta porque se la puede decir al revés: “Lo que el tiempo ha unido, el anacronismo no podrá desanudarlo”. Y también puede decirse que tiempo y anacronismo sí pueden desatar lo que el otro unió. Porque todo relato es un experimento con el tiempo, y siempre se puede hacer un experimento más. Qué exaltación de libertad es moverse en un plano donde uno puede decir una cosa o lo contrario, o lo contrario de lo contrario, y da lo mismo”.

¿Cómo pensar la obra de Aira? Ahí están algunos de sus gustos, ya mencionados, dentro del ámbito del arte plástico. Y cuando se le pregunta por el cine, por sus directores predilectos con los cuales se identifica, él prefiere hablar más que de identificación de “afinidades, que la reflexión hace que terminen siendo instrumentos de trabajo. En el cine, lo más instrumental para mí fue Eisenstein, menos sus películas que sus escritos. Uno de sus libros, La no indiferente naturaleza, fue una fuente de inspiración inagotable. O su libro sobre El Greco. Me sedujo su capacidad de encontrar correspondencias entre las artes, para aplicar el montaje donde menos se lo espera, para hacer, de hecho, un montaje de disciplinas.

Y Hitchcock, por su calidad de consumación del cine; el cine se inventó para que hubiera Hitchcock. Sería bueno que todo escritor pensara que la literatura existe para que exista él; eso les daría más sentido de la responsabilidad. Más específicamente, lo que admiro en Hitchcock es el vacío: películas en que los actores no actúan, en que los personajes no saben lo que está pasando, en que el desenlace demuestra que no pasó nada. Es cine en estado puro, como yo querría hacer una escritura que solo fuera escritura”.

Aira, contextualizando un poco, irrumpe en la literatura argentina en 1980 con Ema, la cautiva. En agosto, dos meses antes de su publicación, había publicado un artículo en el que abogaba su proyecto estético: la pura invención. Pero para que exista la pura invención es necesario el uso pleno de la libertad. Para asumir el uso pleno de la libertad hay que dejar a un lado prejuicios y preconceptos. El lector encontrará en cada novelita la libertad de una imaginación sin moldes, que a su vez es posible que lo enfrente con sus propios límites y sus propios prejuicios como lector.

En 1980, en Argentina aún estaba la dictadura, y la literatura corría por cauces predominantemente “comprometidos”, con novelas que recurrían a lo alegórico o a la metáfora para contar lo que estaba pasando en el país. Que Aira haya apostado por lo más puro de la invención, y que Ema, la cautiva haya sido pensada en un Pumper Nic (cadena argentina de comida rápida, famosa en la época) del barrio de Flores en Buenos Aires, como declara sin prejuicios en la contratapa de la novela, no puede pasar por una simple intervención anodina. Es un gesto frívolo que dialoga con el realismo imperante y con estéticas opuestas como las de Ricardo Piglia y Juan José Saer, que ya hacía algunos años se estaban desplegando y comenzaban a adquirir legitimación en ese reducto sacerdotal que es el mundo académico. Coincidencias de la historia, ese gesto de Aira tiene su correlato en el ámbito cultural de la música del país, cuando Soda Stereo presentaba su primer disco en 1984 también en un Pumper Nic. El campo musical queda dividido en dos estéticas: una tildada de frívola, otra, la de Los Redonditos de Ricota, de comprometida e ideológica. Pero a la distancia, Aira no lo ve así, para él ese gesto “No tuvo nada de provocador, fue simplemente realista. Yo iba todas las mañanas a escribir al Pumper Nic que estaba a la vuelta de mi casa. Y no sabía nada de Soda Stereo, mucho menos de los Redonditos de Ricota (qué nombre estúpido). La música de fondo de lo que yo escribía entonces era el Pierrot Lunaire, o Cecil Taylor. Con el tiempo llegué a Scarlatti, a las 555 sonatas, que para mí son esas miniaturas de la perfección a la que ya no aspiro, como Proust al ‘petit pan de mur jaune’”.

¿Cómo seguir pensando la obra de Aira? Creo que la clave para responder esta pregunta está en las propias novelas del autor, donde no escasean las reflexiones sobre la escritura y donde la trama muchas veces se detiene para preguntarse cómo seguir construyendo la aventura. Me pregunto si no hay un posible acercamiento de explicación o descripción de su obra en esta frase de su más reciente novela, El santo, cuando el narrador afirma que “…los mapas medievales eran bastante dudosos, más adivinatorios que realistas. Compensaban su deficiencia con imágenes encantadoras, colores y volutas; más que un mapa parecían el tablero de un juego de mesa, y en correspondencia con ese aspecto la suerte de los viajes quedaba a merced de una tirada de dados…”. Me lo pregunto y César Aira responde que “es posible” y que, agrega, “no lo había advertido, como pasan inadvertidos para el escritor muchos significados de lo que escribe. Lo escrito se va independizando de su autor a medida que pasa al papel. Y muchas veces revela más de lo que el autor se propuso revelar. En este caso no me sorprende que yo haya hecho sin querer una descripción alegórica (y un tanto humorística) de mi propio trabajo, porque siempre está latente el autorretrato”.

También es válido acercarse a la obra de un escritor a través de aquellos maestros que lo han marcado. En el caso de Aira, Osvaldo Lamborghini (poeta y novelista argentino, 1940-1985) es uno de sus mentores más mentados por él. Lamborghini disipa las dudas de un joven Aira que no se decidía a asumir un destino de escritor, “Osvaldo fue la figura justa que yo necesitaba, a mis 20 años, cuando lo conocí, para afirmar mi vocación y terminar de convencerme de que quería ser escritor. Fue el último de los llamados ‘poetas malditos’, antes de que los escritores nos aburguesáramos y empezáramos a recibir becas y a pagar impuestos y a comer sano. La figura romántica y dramática del artista que se quema en su propia llama se extinguió, y me pregunto cómo es posible que todavía haya jóvenes que quieren ser escritores, después de ver en la televisión a esos señores y señoras grises y razonables que son los escritores hoy en día”.

 

El santo es su más reciente novela, aparecida en julio de este año. Una obra hermosa en la que aparecen varias de las cosas ya dichas aquí. El collage, elementos extemporáneos ubicados en una permisiva Edad Media, e imágenes poéticas inolvidables. La fuga de la trama, de la escritura misma, se inicia con la fuga del protagonista, un monje hacedor de milagros, a quien quieren matar. Y así como la luz, que una vez emitida no puede sino expandirse, refractarse y seguir viajando, las aventuras de este monje se deslizan hacia adelante, siempre hacia adelante, hasta que un amor ardiente lo sofrena en las tierras de una bella princesa.

Uno de los efectos de sus novelas es esa sensación de que el narrador pareciera estar contándonos una historia y a la vez estar hablándonos de la construcción misma que se está gestando, o de la literatura airiana en general. Por ejemplo, en un momento en que el monje no sabe si permanecer junto a la princesa o seguir camino, el narrador afirma que “podría marcharse en medio de la noche sin excusa alguna, ya que su trayecto era siempre hacia adelante, sin regresos en los que tuviera que dar explicaciones”. Si hay algo que no pueden hacer las narraciones de Aira es volver hacia atrás. Tampoco el lector, a quien también pareciera estar dirigiéndose el monje cuando le dice a su perseguidor “Hay que cerrar los ojos y seguir adelante. No hay desenlace sino un pasaje de horas irrepetibles y preciosas, como el viaje que hicimos nosotros dos”.

*Licenciado en letras.

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