La narradora nació en Montevideo en 1976.

'El sol no es felicidad suficiente': una novela por entregas de Fernanda Trías

La escritora uruguaya se inspiró durante uno de sus viajes a la capital de Colombia y escribió el primer capítulo de una corta novela que fue publicado en 'Bogotá contada 3', parte de la iniciativa de lectura Libro al Viento de Idartes. Retrató las tardes borrascosas de la ciudad y particular arquitectura. Compartimos el texto

2017/06/14

Por Fernanda Trías

La llegada

Si Monserrate se ve, dijo él, es que va a llover. Si Monserrate no se ve, es que está lloviendo. Miré a la izquierda por el parabrisas aún mojado. El aguacero no había durado mucho, aunque sí lo suficiente para inundar algunas esquinas. Contra el cielo opaco como el acero sin pulir, resaltaba el verde ominoso del cerro. En lo alto, una iglesia diminuta parecía una reliquia de porcelana que brillara con luz propia. A juzgar por el color del cielo, no se necesitaba ser meteorólogo para anunciar más lluvia. Algo así le dije a él, que sonrió antes de retrucar, sin la menor arrogancia, que nunca confiara en las nubes. Algunos muros con elaborados grafitis aparecieron a la izquierda, pero yo iba abstraída, con esa fascinación que generan las montañas en las personas de los llanos. La vegetación se veía espesa e impenetrable: una vegetación tropical bajo un aguacero tropical en una ciudad donde nunca haría calor. 

Intenté acomodar lo que estaba viendo con lo que me habían contado, mejor dicho advertido, de la ciudad. Apenas media hora antes, las puertas automáticas del aeropuerto, ésas que separaban un “adentro” impersonal —que aún podía confundirse con cualquier otra parte— de un “afuera” desconocido, exótico, pero también inhóspito, se habían abierto frente a mí. Como siempre, sentí ese instante de pánico en busca de una cara conocida entre una muchedumbre que levantaba carteles con nombres que nunca eran el mío, o que me ofrecía todo tipo de transporte. Sólo que esta vez no sabía qué buscar. No tenía la más mínima idea de cómo podía ser él, el Editor, y ni siquiera se me había ocurrido buscar una foto suya antes del viaje. Tranquila, me dijo en su último correo, yo te reconozco.

Claro que recién cuando me bajé del avión pensé en las fotos que él podría haber visto de mí. La de solapa, en mi libro de crónicas, en la que tenía diez años menos, incluso quince, o tal vez las fotos de mi columna, que cambiaba cada año a pedido de los directores de la revista, siempre obsesionados con “renovar la imagen”. Pero como dicen, nunca nadie es tan feo como en su foto de cédula ni tan lindo como en su foto de solapa. Así que después de recoger mi maleta, me encontré en un baño frente a la cinta de equipaje, en la penosa situación de tener que revolver todo en busca de la llave del candado y luego del estuche de “los líquidos”, para maquillarme frente al espejo en un intento de parecerme a mí misma, de convertirme en la persona pública que me había inventado mediante fotos bien iluminadas.

Elipsis de veinte minutos y estoy afuera, tirando de la maleta con la ruedita defectuosa y ocultando como mejor puedo la angustia de no saber si el Editor va a reconocerme, o si acaso ya me habrá reconocido y se divierte mirándome de lejos. Caminé un poco más, espanté a dos o tres taxistas acosadores, y ahí fue cuando escuché una voz grave que dijo mi nombre. Me di vuelta y tuve que levantar la cabeza para mirarlo: igual que en el cuento famoso, el Editor se parecía a la voz; tan alto y corpulento que casi diría un gigante. Me dio un abrazo y temí que fuera a quebrarme una costilla. Pero no. Sus gestos eran amables, tiernos hasta la exageración, conscientes del impacto que su tamaño podría causar en el otro. Enseguida me sacó del aeropuerto a punta de sonrisas y abrió un paraguas gigantesco que sostuvo sobre mí como una carpa, hasta llegar al estacionamiento. Llovía, por supuesto, pero eso no era raro. Al fin de cuentas estaba en Bogotá.

Cuando pasamos junto al cementerio, ya se alzaban frente a mí algunos edificios altos que sin embargo no daban la impresión de ser modernos. Miré al Editor, por completo encorvado dentro del auto demasiado chico para su altura, la palanca de cambios como una margarita deshojada entre sus dedos de gigante. Cuando le pregunté por qué no había elegido un auto más espacioso, me dijo que se trataba de un ejercicio para “practicar la delicadeza”. Hablamos de otras cosas —él siempre con ese tono grave y pausado de hipnotizador de circo—, pero en ningún momento mencionó al Escritor ni el trabajo para el que me había contratado. Estaba a punto de preguntarle algo cuando otra vez arremetió la lluvia. No hubo gotas anticipatorias, ni siquiera un trueno tímido que la anunciara de lejos. Miré hacia los cerros. Monserrate, cubierto por una neblina espesa, ya no se veía.

—Es que estamos llegando al centro —dijo el Editor, como si eso lo explicara todo.

El aguacero arreció, una masa de agua que se escurría sobre el parabrisas y hacía imposible cualquier conversación. Poco después doblamos junto a un parque y el auto se detuvo en una calle ancha, que se parecía bastante a una playa de estacionamiento. La lluvia levantaba una especie de niebla y apenas se percibían unas sombras que corrían a guarecerse. El Editor me hizo señas de que no me bajara. Con una contorsión inesperada de su enorme cuerpo, sacó el paraguas del asiento trasero. Esta vez pude admirar la maniobra completa: abrió la puerta de su lado, apretó un botón y el paraguas se extendió al doble del largo inicial; volvió a apretarlo y otra vez el paraguas se extendió, tan largo como un mástil.

El Editor se bajó del coche, protegido por ese alero inverosímil, y dio la vuelta para abrirme. Recién entonces noté que estábamos frente a una construcción de ladrillo redonda, sin duda la Plaza de toros. La fachada mudéjar se veía arruinada por unos afiches coloridos que —supuse— anunciaban las próximas funciones.

—Igual los toros ya no entusiasman a nadie —dijo el Editor—. Ni siquiera las peleas de perros o de gallos. La mayoría prefiere animales exóticos. Los avestruces, por ejemplo, o el tigrillo lanudo.

—¿Y eso es legal?

—Ya no quedan tigrillos en los cerros. Ahora sólo nacen en cautiverio, en el Criadero Nacional.

La Plaza no abriría hasta la noche, pero igual creí oír los gritos victoriosos de la muchedumbre, el olor a maní o a chorizo o a lo que sea que comiera la gente en ese lugar. En la puerta del edificio, el Editor sacó un manojo de llaves muy grande. Calculé que debía de haber al menos cincuenta llaves ahí e intenté hacerle un chiste sobre si acaso era necesaria tanta seguridad para una simple reportera como yo.

—Estas llaves abren muchas puertas —dijo.

Ya en el ascensor, intocados por la lluvia, con la cabeza del Editor inclinada para no golpear el techo y su mano descomunal aferrando el manguito del paraguas (ahora encogido a un tamaño inofensivo), me atreví a preguntarle cuándo podría conocer al Escritor. Sin mirarme, porque la posición le impedía moverse, el Gigante respondió que aún no estaba lista para eso.

—¡Pero si hace meses que vengo preparándome!

Frente a nosotros se deslizaban las paredes de mosaicos azules y los números de los otros pisos. El ascensor se detuvo en el sexto. En la oscuridad del zaguán, oí el tintineo de las llaves entre los dedos del Editor.

—¿La impaciencia es una virtud tuya —dijo— o de todo el Cono Sur?

Yo me reí. Habíamos llegado.

El sueño

Me alivió constatar que las ventanas del apartamento, donde pasaría las próximas semanas, miraban hacia el lado opuesto a la Plaza de toros. En la cocina había café, un cuenco lleno de frutas misteriosas y una cajita de té con hojas de coca. Saqué las frutas del cuenco y las organicé sobre la mesada. No me animé a abrirlas —no habría sabido cómo—, pero me quedé fantaseando sobre los posibles sabores, que anticipé raros, ajenos a mi gusto. Les saqué una foto y volví a acomodarlas en el cuenco. Por la ventana se veía una iglesia y unos edificios de ladrillo al otro lado de la avenida. Busqué el mapa que traía en el bolso e intenté ubicarme, sabiendo que la Plaza de toros quedaba a mis espaldas. Había dejado de llover pero el cielo se mantenía gris y amenazante. Muy a lo lejos, a mi izquierda, una nube extensa y negra descargaría toneladas de agua sobre las casas de aquellas otras colinas.  

En el cuarto me dispuse a desarmar la maleta. El Editor no pasaría a buscarme hasta la hora de la cena y yo estaba ansiosa por organizar mis apuntes e investigaciones sobre el Escritor. Sentía el cansancio del vuelo y, mucho peor, el de los nervios a lo desconocido, pero no quería dormir. Abrí las carpetas, clasificadas por tema, y acomodé los papeles sobre la cama. Los críticos hablaban de una prosa “sinestésica”, alababan al Escritor por su lenguaje “árbol”, y destacaban que la genialidad de su estilo consistía justamente en carecer de estilo. Ningún libro se parecía al anterior, y al decir de un crítico, el Escritor era “el ejemplo más hermoso de qué hacer con la literatura una vez que todos hemos entendido los mecanismos, la tramoya, la autoexégesis entrecomillada, incluso los discursos ya gastados sobre la representación”. El Escritor no se parecía a ningún otro porque sus libros, al contrario de sus contemporáneos, “nunca acababan de empezar”. Pero lo cierto es que la mayoría de los artículos no analizaba la obra en sí, sino que debatía sobre la posible identidad del Escritor y arriesgaba todo tipo de teorías. Nunca nadie lo había visto, no existían fotos suyas ni entrevistas, y cualquier dato sobre él era guardado con asombrosa eficacia por el Editor, su persona de mayor confianza. Hasta el New York Times le había dedicado una página entera bajo el título: “El escritor oculto del Sur”. Hojeé entre mis apuntes, luchando contra el cansancio, pero al fin me dejé vencer y me acurruqué sobre la cama sin siquiera sacarme los zapatos.

En el sueño, un hombre saltaba al agua helada para cumplir una “misión”. Debía permanecer sumergido varios minutos a pesar de ser muy viejo —ciento un años—. Los que observábamos desde afuera (en ese grupo reconocí al Editor y a un matrimonio de escritores argentinos) esperábamos con angustia, pero él seguía sin aparecer, y al final alguien dijo que mejor era darlo por muerto. Entre el miedo y la indignación, me negué a abandonar al hombre. De rodillas, metí las manos en el agua casi sólida, llena de pedacitos de hielo. Sentí las agujas frías en los brazos, pero eso no me detuvo sino que las hundí más, buscando a tientas en la profundidad oscura. De pronto di con algo, lo aferré y tiré con fuerza. Era él, su cuerpo, pero lo que saqué del hielo no fue más que un esqueleto. Blanco, limpio, perfecto. Lo levanté en brazos, intentando que no se desarmara. Lo curioso era que estaba tibio, y cuando lo recosté en el muelle vi que las costillas subían y bajaban con una respiración muy leve. “Está vivo”, grité, “¡Está vivo!”. Pero al mirar atrás no encontré a nadie. De algún modo sabía que el resto de su cuerpo volvería a crecer: órganos, músculo, piel, como si el alma no necesitara carne para existir, nada más que estructura. Me desperté sobresaltada y con frío. Miré los papeles desperdigados a mi alrededor y me llevó un momento recordar que yo misma los había puesto ahí. Agarré una de las hojas y en el margen anoté: “Sólo se necesita estructura”

Hacía más frío adentro de la casa que en la calle; eso lo constaté al sacar un brazo por la ventana. Volví a analizar el mapa, dejé dentro de mi bolso sólo lo indispensable y salí del edificio sin mirar hacia la Plaza de toros. Al doblar junto al Planetario hacia la séptima, ya se oían los gritos de los pregoneros; pero recién cuando estuve cerca noté que se trataba de grabaciones emitidas por pequeños parlantes:

¡Mangos enteros a mil! Con sal, limón y pimienta, el mango, enteros a mil pesos, mangos, mangos, enteros a mil. Grandotote, grandotote, madurito, fresquito, bien ricos, enteros a mil. Oiga, ¡son enteros a mil! Que no se le haga agua la boca, promoción de mangos, mangos enteros a mil.

Sobre un carro de madera, los mangos verdes formaban una pirámide intacta; los de más arriba tajados como una boca de dientes amarillos.

Inconfundible, delicioso, juguito de mandarina de pura fruta y pura pulpa. Para usted, para la niña, para toda la familia, cien por ciento natural, cien por ciento dulcecito. Acérquese. Juguito de mandarina, pura frutica, pura pulpita, bien frío y bien helado. ¡Oiga! No pase saliva, no pase de largo. Es dulce y deleite del paladar, puro zumito, puro juguito, no se confunda. Es el único, el incomparable, el inconfundible.

Al cruzar el puente, miré otra vez hacia los cerros. Me pregunté qué efecto podría tener la montaña sobre el carácter de su gente. Yo sabía qué efecto producía el mar, el océano bravío. Era otro tipo de reverencia. El mar imponía su poder haciéndote callar, obligándote a escuchar su inagotable letanía. La montaña, en cambio, era el silencio contra el que chocaban todos los sonidos. Ella los absorbía, derrotados sin necesidad de alarde. Sí. La montaña hablaba de otro tipo de eternidad. Apuré el paso, y al otro lado del puente me detuve a mirar cómo una mujer trituraba una gruesa caña de azúcar con una máquina que me hizo pensar en una rueca. Sus brazos tensos hacían girar el timón de madera y la caña salía del otro lado, plana, despojada de su jugo y de su turgencia. Pagué un vasito del jugo recién colado, y cuando la mujer me preguntó si quería agregarle algo que no pude entender, asentí sin dudarlo, deseando que se tratara de una sustancia embriagante y selvática. Un poco más allá, un viejo de traje marrón ajustaba las perillas de un parlante y una pequeña multitud ya se acomodaba a su alrededor. Negro y muy flaco, los zapatos lustrosos, el pliegue del pantalón bien marcado, y sin embargo no parecía débil. Hasta daba la impresión de divertirse a costa de nosotros.

—Les vengo a traer una canción —dijo en el micrófono—, para que no se desperdicie el silencio.

En la pared detrás de él, gris y descascarada, había dos grafitis. “¡Liberen a los zombis!”, decía uno, escrito en aerosol verde y con letra furiosa. El otro era un esténcil de un felino no identificable, quizá el tigrillo lanudo, junto a la inscripción: “Criadero Nacional = Vergüenza Nacional”. El viejo se había puesto un sombrero elegante y esperaba, inmóvil, el momento en que la música le diera pie para entrar. Yo seguí camino, con la sensación cada vez más fuerte de que me internaba en un paisaje más sonoro que visual. Con cada paso dejaba atrás un sonido que al principio luchaba por mantener su espacio entre los otros, para luego ser devorado por el siguiente. A media cuadra aún quedaban vestigios de aquella música tropical, moribunda bajo los parlantes de los pregoneros.

¡Oiga! Que no se le haga agua la boca, participe de la cosecha, son enteros a mil, chocolates importados a quinientos, chocolates finos a quinientos, chocolates americanos a quinientos, venga, bien frío y bien helado, puro zumito, puro juguito, pelucas, pelucas, ¡venga!, promoción de pelucas, venga, son bufandas, promoción de chocolates, chocolates importados, grandotote, grandotote, es el único, el incomparable, meta la manito que todos son a quinientos, meta la manito, mangos enteros a mil.

El centro me resultó feo, pero de una fealdad muy distinta a la de mi ciudad, cuya fealdad se expresaba por la ausencia. Varias cuadras más lejos aparecieron las primeras vallas de las que me había hablado el Editor. Esas vallas de madera cerraban el paso a las calles que antes conducían a La Candelaria, el barrio más codiciado por los turistas, ahora convertido en tierra de nadie. Resistí la tentación de acercarme, porque las vallas estaban custodiadas por perros y por policías con chaquetas fluorescentes. La gente que pasaba junto a mí no se veía alarmada ni mostraba el más mínimo interés por lo que pudiera estar pasando al otro lado de la zona sellada. Los vendedores de globos de helio sostenían su manojo de personajes infantiles como si se tratara de un árbol fantástico. En los bancos de la plaza, algunos tomaban café en vasitos descartables. El olor a arepa caliente llegaba con fuerza, pero también el murmullo de una multitud que se apiñaba en medio de la calle y la voz saturada de un hombre asegurando que “estos cuyes” no tenían una casilla preferida.

—Recuerden —lo oí decir—: estos animales son los únicos que todavía nacen fuera del Criadero Nacional.

Me acerqué intrigada. El hombre, con una vincha que le ajustaba el micrófono al lado de la boca, sostenía dos animalitos en cada mano, parecidos a conejos sin orejas. Los depositó en el suelo, frente a sus pies, y ellos se apuraron a acurrucarse. Temblaban. Uno trató de escapar pero el hombre lo levantó del pellejo y volvió a colocarlo en su sitio. Varios metros más adelante había catorce casitas de plástico dispuestas en semicírculo. En realidad se trataba de unos cuencos de colores ubicados boca abajo, con una abertura bastante precaria a modo de puerta, y números pintados encima. El hombre arengaba a la gente a hacer sus apuestas, poniendo monedas sobre la casilla donde creían que se escondería el cuy. Busqué en mi bolso, pero sólo tenía billetes. De otro modo habría apostado al diez, el día de nacimiento del Escritor.

—¡Recuerden! Estos cuyes, plato típico de Nariño, no tienen una casilla preferida.

Un par de niños indecisos se adelantaron para colocar las últimas monedas antes de que el hombre cerrara las apuestas. De los cuatro cuyes, que seguían temblando con la expresión triste de un conejo que ha perdido su mejor atributo, el hombre eligió uno, lo puso un poco más adelante que el resto y lo conminó a avanzar:

—Vamos, Copete. ¡Corra, parce!

Al ver que Copete no se movía, sino que seguía temblando, ya al borde de la epilepsia, el hombre trajo una especie de tubo corrugado y encajó al animal en la punta. A la cuenta frenética de “uno, dos, tres”, que los presentes acompañaron a coro, el hombre pisó con fuerza un pedal y el tubo expulsó a Copete como un proyectil hacia adelante. El cuy aterrizó unos metros más allá sobre el pavimento, y un poco atontado por el golpe y el griterío, corrió hacia las casetas y se metió en la número cuatro. Los ganadores festejaron con abrazos. Cuando me fui, Copete seguía adentro, quien sabe si vivo o agonizante. Pero lo que más me perturbó no fue el destino del animal, sino la voracidad del público, el éxtasis que percibí en ese “uno, dos, ¡tres!” justo antes de la eyección. No festejaban con alegría, pensé,  festejaban con furia.

Mi intención era llegar hasta el límite accesible, a lo que antes había sido el Palacio de Nariño, después convertido en una impresionante estación de policía que vigilaba todo el sector. El rebautizado “Palacio de Seguridad” hizo noticia en Latinoamérica. Los diarios hablaron de tecnología de punta, del sistema de vigilancia más seguro y eficaz de América del Sur. Lo que yo alcancé a ver, sin embargo, fue una altísima reja blanca, coronada por alambres de púa, varios carteles que advertían de su alto voltaje y algunas cámaras móviles. El patio, al parecer, funcionaba como un parqueadero para los coches blindados, pero aún se conservaban las fuentes que mostraban las viejas fotos del Palacio. Esa cercanía del agua con la reja electrificada daba una impresión escalofriante, y me pregunté si el arquitecto lo habría hecho a consciencia o si de verdad intentaba, como dijeron algunos medios, “respetar el estilo original”.

Una cuadra antes de alcanzar la entrada del Palacio, una mujer policía me detuvo junto a su valla y me advirtió que mejor no siguiera más allá. Creí distinguir cierto desprecio en la manera en que pronunció “allá”, un desprecio mezclado con miedo, como esos niños que intentan sacarse un bicho de encima y buscan a otro para que lo haga. Mientras hablaba con ella, miré por encima de su hombro hacia las ruinas de las casas coloniales. En medio de la calle, una fogata soltaba un humo espeso y varios indigentes dormían sentados sobre llantas. Un poco más lejos, hacia los cerros, se levantaban las torres de varias iglesias, pero el resto se veía como una zona de guerra: casas hechas escombros, basurales en las esquinas por las que de pronto pasaba una figura encorvada, negra de mugre u hollín, que se cuidaba bien de no mirar hacia nosotras.

—La madera de los balcones la queman para hacer fuego —me explicó la mujer—, y el hierro de las ventanas, las rejas históricas, las venden para comprar droga.

—¿Y quién se las compra?

Mi pregunta enseguida la puso en guardia:

—¿Qué hace usted? ¿Periodista?

No, le dije que me dedicaba a la traducción de textos médicos.  

—La medicina es una profesión noble —dijo ella, otra vez amable—, pero de nada sirve estar sano si no hay seguridad. Hágame caso, no se arriesgue. Por desgracia el sur queda cada vez más al norte.

Regresé caminando rápido, con hambre y con un dolor punzante en la base de la nuca. Iba absorta, pensando en aquellas sombras humanas que había atisbado en las esquinas de las casas a mitad derruidas; hombres y mujeres descalzos, sin abrigo, flacos como cadáveres. Eran los zombis; los mártires de La Candelaria de los que no se podía hablar, a juzgar por la poca información que había encontrado en Internet antes del viaje.

Mientras volvía me crucé con un Robocop que me lanzó un piropo: “Mamita”, dijo, o tal vez “Mamacita”. En una calle lateral alcancé a ver un hombre sentado sobre una montaña de libros. Una mujer caminaba sobre zancos vestida de hada; otra se me acercó para ofrecerme pantuflas de piel de tigrillo, alfombras de chigüiro, cortinas hechas de plumas de guacamaya. “Cien por ciento legal”, me aseguró en un susurro, “Cien por ciento de Criadero Nacional”.

Al doblar junto al Planetario, la subida de apenas una cuadra casi me hace estallar los pulmones. Aún no había caído la noche pero la oscuridad se intuía. Algunas personas hacían cola frente a la Plaza de toros. El corazón me saltaba en el pecho; el aire no alcanzaba y tuve la imagen de mis pulmones como dos esponjas anegadas de agua. “Porque toda subida fue peor, y el poema no se alcanza —como la cima— a falta de oxígeno”. De pronto recordé esa frase de uno de los libros del Escritor, y cuando las primeras gotas de lluvia mojaron la vereda, sentí una alegría abrupta, la convicción de que esta experiencia, por penosa que fuera, al menos me acercaría a él.

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