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Bajo la superficie: 'El último donjuán' de Andrés Mauricio Muñoz

Tras la publicación en 2015 de su libro de relatos 'Un lugar para que rece Adela', el escritor payanés fue aplaudido tanto por lectores profesionales como legos. En su primera novela, el estilo que le mereció la admiración se mantiene en una trama que tiene que ver con nuestra prehistoria digital: los tiempos de amor en Messenger.

2016/11/22

Por Camilo Hoyos Gómez* Bogotá

Quienquiera que lo haya conocido o escuchado en alguna entrevista tendrá una cosa clara: Andrés Mauricio Muñoz es lo que los colombianos bien merecidamente llamamos buena gente, es decir, alguien que hace de la cordialidad, la tranquilidad y la amabilidad su carta de presentación y permanencia. Así lo comprobé de nuevo cuando nos volvimos a dar cita en el Café Juan Valdez de la carrera novena con calle 73, en Bogotá, para charlar sobre su primera novela, El último donjuán. Llegué 15 minutos después de la hora convenida y ya estaba el café americano (aún caliente) que había pedido la última vez que nos vimos allí para hablar sobre su conjunto de cuentos, Un lugar para que rece Adela. La pregunta con la que comencé entonces no se había agotado aún: ¿cómo es que un ingeniero de sistemas nacido en Popayán en 1974 logró dar con uno de los estilos más interesantes en cuanto mejor cuidados del actual panorama de la literatura colombiana? En la contraportada de la novela figura el cliché comercial de ser “uno de los secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana”. Conozco el mercado, sé por qué lo ponen ahí: no me lo creo. Nadie quiere ser “el secreto mejor guardado”: todos los escritores que publican quieren ser leídos. En su palmarés hay tantos premios nacionales que no caben en una sola mano. Y ahí estaba, tranquilo, esperando pacientemente mi tardía llegada.

Su apariencia física, su manera calma de hablar y su manera de preguntarme por la dolencia física que casi impide esta cita no reflejan la complejidad que elabora en sus cuentos y en su última novela. Visto de cerca es precisamente lo que sus fotos muestran de él: un tipo simpático, siempre presto a dar las mejores palabras para contestar las preguntas, transparente y honesto en las entrevistas. Pero hoy presiento que hay algo en lo que desconfío: ya no me creo esa calma y tranquilidad que irradia en su voz. Estoy decidido a no confiarme de esa supuesta pasividad que su apariencia refleja, porque ya sé de lo que es capaz de hacer cuando se propone observar y crear atmósferas literarias. No parecería que en esa calma chicha se esconda una de las miradas más penetrantes de la literatura colombiana en lo que respecta a las emociones humanas. Y no es un tema solamente de visión, sino también de ejecución: pocas escrituras son tan pulcras, cuidadas y estilísticamente impávidas como la de Muñoz, puesta no al servicio sino en correspondencia con algunos de los momentos más desolados y tristes, es decir, cotidianos, de las realidades humanas.

Verán, hay algo que choca entre su narrativa de desenlaces inesperados y emocionalmente caóticos con la calma que transmite en su voz. Mientras me dice que trabajó casi cinco años en esta novela caigo en la cuenta de que su manera de hablar tiene un increíble parecido con su estilo de escritura: la calma y la tranquilidad con las que habla parecen no dejar entrever la complejidad de las cosas a las que se refiere. Bajo la supuesta tranquilidad y armonía de sus párrafos se ocultan inesperados desenlaces narrativos que cuando nos encontramos de frente con el párrafo decisivo nos preguntamos cómo fue que no lo vimos venir. De allí esta expresión que no puedo dejar de lado ahora que escribo sobre él, la calma chicha: esa calma que sienten los marineros ante la ausencia de viento, que nada tiene de tranquilizadora sino más bien de extenuante, porque no es ni fría ni caliente, ni pasiva ni activa, sino angustiosamente llevadera. La mejor narrativa de Muñoz es la que da esta impresión: ese estilo calmo y bien escrito, embaucador, nos hace creer que tenemos todos los signos bajo control, hasta el momento en que comprendemos que no es posible que esa buena escritura se quede en ese bodegón, en esa naturaleza muerta: hay algo que no vemos pero sentimos coagular. Es como la súbita revelación de quien se percata en la calle de que está a punto de ser robado: de un momento a otro, todo tiene sentido. La calma que precede el ennegrecimiento del horizonte, las corrientes submarinas, la picada de la marea estilística y emocional. La ola que sin previo aviso deja náufragos a los personajes. Creíamos tener todo bajo control, como buenos lectores, pero no: solo estábamos mirando la punta del iceberg que salía de la superficie, olvidando que, como las emociones, las descripciones más penetrantes son aquellas que están bajo la superficie (Hemingway dixit, o algo así).

Si tuviera el espacio para escribir el porqué creo que las cosas ocurren así en su escritura, diría que de pronto tiene que ver con la aparente ausencia del estilo libre indirecto: es decir que los narradores de Muñoz no se inmiscuyen en los pensamientos de los personajes, sino que se limitan a narrar lo que está ocurriendo bajo una supuesta neutralidad (de ahí la calma chicha). El estilo libre indirecto nos permite ir más allá de la superficie: aparece cuando lo que está pensando el personaje se entromete en lo que dice el narrador. Pequeño ejemplo de clase de literatura: La señora Dalloway dijo que ella misma compraría las flores. (…) Y entonces, pensó Clarissa Dalloway, ¡qué mañana!. El narrador no solamente nos dice que la señora irá a comprar las flores, sino que también piensa que la mañana es hermosa, aunque el personaje no lo haya dicho (refleja así el pensamiento o las intenciones del personaje sin que por esto el narrador deje de lado su labor de narrar). Esto difícilmente ocurre en la narrativa de Muñoz: es decir que no sabemos qué piensan los personajes mientras actúan. De allí la aparente calma de su marea. Leemos la sucesión de eventos, pero no sabemos muy bien si los personajes o el mismo narrador (muchas veces en primera persona) saben en lo que están metidos, en lo que han terminado metidos. Un juego de no saber qué ocultan las palabras, cuando en la buena literatura todas las palabras ocultan algo.

Lo último que pensaríamos si nos cruzamos con Muñoz en el bus o atendiéndolo en una ventanilla o caja de supermercado es que esa voz y esa mirada tan tranquila han visitado en El último donjuán algo así como la prehistoria de la virtualidad social, como lo fue el devenir del primer programa de mensajería instantánea, el MSN Messenger, creado en 1999. Si usted tiene más de 30 años, acaba de recordar el sonido característico de “Alguien acaba de iniciar sesión”: el nerviosismo, la confrontación en la distancia, etc. La inmensa desconfianza que producía ver que alguien está “Ausente”, cuando uno sabía que sí estaba allí. Si usted tiene menos, sepa que por así decirlo estamos hablando del abuelo de Skype, mucho más rudimentario: menos colores.

Volvamos: si bien en Un lugar para que rece Adela, editado por la Universidad de Antioquia en 2015, Muñoz visita la cotidianidad de sus personajes para mostrar cómo nuestra vida diaria está conformada por pequeños despojos emocionales que destrozan vidas sentimentales, en su novela visita un momento de nuestra actual sociedad en que aún no teníamos advertencia alguna sobre aquello en lo que nos convertiríamos. Ahora sabemos de sobra qué tanto se juega nuestra identidad cuando nos taguean en Facebook. Pero hacia 2002, año en que transcurre la novela, aún sonreíamos: la virtualidad no había vampirizado las identidades y las relaciones humanas. Leer El último donjuán es regresar a nuestras primeras experiencias en el mundo cibernético y de muchas maneras explicar cómo las emociones se han reconfigurado desde entonces. Volver sobre la manera como nuestra idea de experiencia y de lo emocional debe ser comprendida a partir de nuevos paradigmas impuestos por lo virtual. La novela visita los primeros merodeos de alienación con relación a lo virtual.

Luego de pedir el segundo café le pregunté si acaso este tema que aborda en la novela surgió de su profesión como ingeniero de sistemas: algo así como un aviso desde lo tecnológico respecto a lo psicológico. Pero no fue así. Me contestó que incluso él mismo llega tan tarde como su padre de 70 años a los avances de la tecnología. Me contó de la vez que viajó a Costa Rica y que por primera vez se propuso utilizar Messenger para hablar con su esposa en la distancia. La impresión fue fulminante. Se vio capturado en la manera como la comunicación virtual trastoca las realidades a tal punto que desconocemos no solamente la realidad que mostramos del otro lado de la otra pantalla, sino hasta qué punto lo que entendemos por experiencia convulsiona: lo virtual toma visos tan reales que para efectos emocionales es igual si las cosas suceden o no. Hasta tal punto llegó la fascinación aterradora que me soltó algo que me tomó por absoluta sorpresa: para conocer sobre las comunicaciones virtuales por Messenger, tuvo alguna vez, con el permiso y total conocimiento de su esposa, una relación virtual con una mujer canadiense. La mujer, sobra decirlo, nunca supo de la esposa ni del juego. Muñoz terminó la relación a los pocos meses informando que todo había sido para tener material y experiencia para una novela que quería escribir sobre la realidad o virtualidad de las experiencias amorosas por Messenger. Duro golpe. ¿O no? Al contrario de lo esperado, el enfado de ella tardó pocos días en disiparse, y la mujer le pidió que si algún día escribía una novela sobre el tema, que le enviara una copia. Él no me lo dijo porque quizás nunca lo supo, pero pueda ser que ella tampoco estuviera del todo enamorada: se trataba más bien de un opiáceo. De un doble juego, de una doble proyección.

Mientras me alejaba por la carrera novena me pregunté hasta dónde llegó Muñoz durante ese café sin que yo me hubiera percatado: es decir, cuánto sacó de la gente que nos rodeó, de la pareja que estuvo discutiendo en la mesa del lado (a mi espalda), o del hombre que descendió del taxi entre lágrimas tarareando una canción de Leo Dan. Desconozco hasta dónde su cara reflejó lo que pasó dentro de él (tampoco tiene por qué hacerlo, pensé de inmediato). Entonces recordé que me ofreció dos veces el azúcar, cuando ya le había dicho que tomo mi café negro. Me pregunté a quién se la había ofrecido en realidad.

*Crítico literario.

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