Virginie Despentes nació en Nancy, Francia, en 1969.

Comedia humana versión 2.0

La autora de 'Fóllame' y 'Bye Bye Blondie' regresa con 'Vernon Subutex'. Su relato, repartido en tres volúmenes, narra la decadencia del dueño de una tienda de discos y es una de las novelas más ambiciosas de la literatura francesa de los últimos años. Arcadia la entrevistó en París.

2015/08/21

Por Ricardo Abdahllah* París

En la fila frente a la librería Les Cahiers de Colette, en el centro de París, hay un travesti elegante de dos metros de alto. Hay una mujer de 50 años a la que le tiemblan las manos, y un tipo de corbata al que se le nota un tatuaje que empieza en el cuello. Hay dos jóvenes con camisetas de grupos de punk, que se desintegraron cuando sus padres ni se habían conocido. Una mujer de cabello rapado, un profesor (debe ser un profesor, lleva carpetas de trabajos para calificar en la casa). Una pareja de treintañeros con un niño de brazos.

Virginie Despentes toma el tiempo para conversar con cada uno de ellos antes o después de darles su autógrafo. Lleva una camiseta negra de Motorhead y, aunque ha dejado de beber, hay vino blanco en abundancia para sus lectores. Algunos le dicen que la descubrieron a mediados de los noventa con Fóllame. Despentes tenía 24 años y trabajaba en Virgin Megastore. Si el libro tuvo apenas un éxito relativo, la adaptación cinematográfica, realizada seis años después, rodada con actores porno y escenas de sexo real, la lanzaría a la fama. Otros de la fila la siguen desde su siguiente novela, Teen Spirit, o comparten los postulados de King Kong Theory (a medio camino entre manifiesto feminista y un crudo relato autobiográfico). Hay quienes llegaron a sus novelas por la adaptación que ella misma dirigió de Bye Bye Blondie, esa historia de amor que en su versión libro era heterosexual y abiertamente homosexual en el cine. Era la época en la que Despentes vivía con la filósofa española Beatriz Preciado y declaraba que para una mujer de 40 años “es más fácil y más liberador ser lesbiana”.

El libro que cargan quienes esperan en la fila es el segundo tomo de la saga de Vernon Subutex, publicado en Francia en junio, seis meses después del primero. Si a Despentes le da igual que la tilden de escritora “trash” o incluso “marginal”, Vernon, que no deja de ser una novela con alma punk (Subutex es el nombre de la sustancia que reciben como reemplazo los heroinómanos) no solo se ganó los premios Landernau, Anaïs Nin y La Coupole, sino que ha recibido elogios del establecimiento literario. “Lo que encanta es su escritura como un chorro, cruda y enérgica, que también sabe calmarse. Eso es lo que golpea más duro, esa maestría para los cambios de ritmo. No es una novela. Es un electrocardiograma”, escribió Étienne de Montety en Le Figaro. “Yo nunca opino de los libros de quienes entrevisto, pero esta vez diré que Vernon Subutex es la mejor novela escrita en Francia al menos en los última década”, dijo el periodista radial Philippe Vandel, en France Info.

La historia que se sale de las manos
La extensión de Vernon Subutex es la primera señal inusual que notan los lectores habituales de Despentes. Todas sus novelas anteriores son breves, salvo Las bellas cosas. Los dos tomos publicados de Vernon tienen 400 páginas cada uno. El tercero, que cerrará la saga, va por otras tantas.

“Había comenzado una novela corta. Me había vuelto pragmática con eso de producir, no porque estuviera de acuerdo con eso, sino porque estaba cansada de que me estuvieran cobrando, pero como mi novela anterior y la película habían funcionado bien, no tenía la presión de decirme: “O entregas el manuscrito mañana o estás en bancarrota”. Así que seguí y por esa misma razón no hice lo que habría hecho antes, concentrarme en una sola historia y eliminar el resto. Cuando me di cuenta de la dimensión del manuscrito empecé a podar por todas partes. Mi editor me sugirió que en lugar de mutilarlo podría dividirlo en tres volúmenes”, dice Despentes, que antes de ser escritora fue estriptisera, prostituta ocasional, aseadora y animadora de chats eróticos en Minitel, una red de terminales de texto, que en Francia existió antes de internet. También trabajó en una tienda de discos en Lyon, en la época en la que vender discos era una profesión de prestigio.

“Ese fue mi punto de partida. Me puse a pensar en todas las personas que pasaban por allí, en qué habría pasado con ellas y en que allí estaban representadas muchas clases sociales. No todas, pero la música era el eje que nos unía. Allí nos frecuentábamos, nuestra pinta dependía de la música y no de las marcas. Luego, durante algunos años, todos nos olvidábamos de ese origen común, pero la edad nos hace volver a pensar de dónde venimos”.

La espiral descendente
Vernon Subutex no es solo vendedor sino dueño de un almacén de discos. A mediados de los noventa, su tienda es el centro de la fiesta y no le faltan amantes ni drogas gratis. Luego el Mp3 logra lo que no pudo el CD y acaba con el negocio. Vernon pierde el local, la colección de discos y, al final, su apartamento. Es cuando comienza a buscar los sofás de sus amigos para pasar al menos un par de noches, que Despentes nos los presenta y comienza a contarnos la historia.

“Sin embargo, Vernon no soy yo, es un personaje compuesto de gente que conozco. Así armé los personajes de la novela, trabajando con fichas para no perderme y tratando de darle a cada uno un rasgo muy notorio para que el lector no se perdiera tampoco. Yo pienso en la persona que leerá la historia y supongo que los lectores también piensan en mí y se pueden imaginar que entre todos esos personajes hay algunos a los que me parezco más que a otros”.

Despentes lo aclara para curarse de que se interpreten como suyas las opiniones de los personajes del libro, porque los viejos amigos de Subutex, a los que él busca para tratar de frenar su caída, ya no son los “bellos perdedores” que por afinidades musicales gravitaban alrededor del almacén de Vernon. Ahora han roto la uniformidad del grupo de la juventud y aunque algunos siguen aferrados a sus ideales de izquierda, aunque no muevan un dedo por avanzar hacia ellos, otros se han vuelto reaccionarios, racistas y misóginos.

Conozco gente de esa e intenté de verdad escuchar lo que me decían, comprender qué puede pasarle por la cabeza a alguien que por ser francés “de pura cepa” detesta a los árabes, o cómo funcionan las ideas de un tipo que piensa que los hombres y las mujeres no vienen del mismo planeta. No sé si lo logré, pero eso les llega a los lectores, porque es necesario encontrar espacios de reflexión sobre esos discursos, espacios para observarlos sin tener la sensación de que lo que quieren es convencernos y en los que no te están exigiendo que te indignes antes de poder analizarlos. Pienso que la novela puede ser uno de esos espacios. Intento saber por qué dicen las estupideces que dicen. No es que no me interese la novela sociológica, pero no puedo crear una novela con personajes que detesto, así que en lugar de apostar por las tipologías, quise que estuvieran llenos de contradicciones”, dice Despentes.

Puede que por eso Vernon parezca escrito hoy mismo y esa actualidad es un mérito de peso en una novela de largo aliento. A través de sus personajes, Despentes habla de la crisis en Europa, la inmigración, los gitanos, la prohibición de la burka, del sexo en versión ligera y bdsm (Bondage, Dominación, Sadomasoquismo), y de las Femen (el grupo feminista francés), siempre oponiendo puntos de vista en el marco de una París en donde aparecen tan bien retratados los apartamentos burgueses-bohemios del Marais como los populosos callejones de Barbès-Rochechouart.

“La suerte que he tenido con mis libros me ha permitido entrar a un medio en el que una proletaria como yo solo puede acceder gracias a un reconocimiento artístico. Tenía que hablar de lo que había visto allí. Sin piedad, pero también sin juicios de valor. Por otra parte, vengo de abajo, y no lo digo por hacer de eso un mérito, sino porque al atravesar esos mundos los he visto con los ojos curiosos de una intrusa o una recién llegada”, dice Despentes, quien admite que en la decadencia de su héroe hay un reflejo de sus propios temores: “Estoy segura de que algún día tendré que enfrentarme a la precariedad. No le veo de otra. Las personas que envejecen y no tienen fortuna vivirán en la pobreza. Sobre todo si uno no tiene pensión ni descendientes. Cuando eres escritor piensas mucho en eso, y desde el principio he visto autores que tuvieron sus décadas de gloria y que se luego pasan años en la miseria. Con los escritores es así, cuando se acabó, se acabó”.

Las marcas del rock

Nacida en una familia de sindicalistas, la novelista tiene la impresión de que la sociedad retrocede y que los prejuicios están lejos de ser erradicados. Esa empatía por los personajes permite que Vernon Subutex no caiga en el pesimismo reinante de las últimas novelas de Michel Houellebecq –que limita con la misantropía– sino que le permite desplegar un abanico de personajes que utiliza para elaborar no solo una radiografía sino una tomografía axial computarizada de la sociedad francesa. La agudeza con la que lo hace ha llevado a que Virginie Despentes sea comparada con Balzac, al menos en la importancia de su obra más reciente como un “gran fresco social”. La revista Les Inrockuptibles, el portal CultureVox y el Magazine Littéraire están entre los medios que la han comparado con el autor de Eugénie Grandet y hablado de Vernon Subutex como una Comedia humana “de nuestros días”, “actualizada”, “del principio del milenio” y, en el caso de la cadena de radio France Inter, “Versión 2.0”.

Despentes, que escribe en computador, lee la prensa en internet y ha tenido periodos de muy intensa actividad en las redes sociales, lo asume: “No soy una nostálgica del pasado ni tampoco voy a pelear contra las nuevas herramientas de comunicación, cuando lo mejor que podemos hacer es usarlas”, dice. También les da crédito a las series de televisión: “Hubiera escrito un libro muy diferente si no viera tantas series. De la misma manera que las novelas por episodios que leía en mi adolescencia, las series me han formado como autora y pienso que también han formado un público que no le teme a la complejidad narrativa”.

A los 46 años, Despentes dice que con el rock ha terminado por pasar lo mismo que con el jazz: a fuerza de popularizarse ha perdido su contexto y su contenido político, pero que “eso no invalida las convicciones de quienes nos definimos a partir de esa música. Vernon también se aferra a eso, así sea la peor de las ideas para sobrevivir. Solo que en él es la pasividad absoluta, y a mí el rock me daba y me da fuerza. Con el rock se te fija algo de ser la oveja negra, el descarado, el insolente, la loca furiosa, de todas esas figuras de pequeña resistencia, y con el tiempo no he cambiado tanto como me lo imaginaba. Hay muchas cosas que quedan ahí y de las que uno no se habría contagiado si a los 20 años hubiera estado ocupada estudiando en lugar de organizando conciertos de hardcore”.

En sus novelas anteriores, lectores y contradictores le habían señalado las huellas de la radical Kathy Acker y, predeciblemente, de Charles Bukowski. Despentes dice que pensó mucho en Bolaño y en Kundera a la hora de escribir Vernon Subutex. La complejidad y las aspiraciones de la novela le han recordado al público francés un detalle que nadie había notado: en su biblioteca de juventud también estaba Proust.

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