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Un sencillo andar

Homenajes y reuniones acompañaron a Elena Poniatowska en su visita a Madrid, en donde recibió un doctorado Honoris Causa y habló con Arcadia sobre su nueva novela, la empatía que siente por las protagonistas femeninas y su profunda indignación con la realidad mexicana.

2015/03/02

Por Laura Panqueva O. * Madrid

La ganadora del Premio Cervantes 2013 sonríe sin gran esfuerzo. Delante del público se muestra apacible, despierta, interesada en la charla. Esa noche, en la Casa de América, le dedica unas palabras a su ahijado, el arquitecto mexicano Francisco Martín de Campo Souza, quien por esos días publica su libro Arquitectoma: 30 años de arquitectura mexicana. “En un principio –dice– Francisco supo lo que era la luz. Su abuela materna lo prefirió entre todos sus nietos. Era un niño pequeño y delgado al que nada se le iba. Ni las alas abiertas del ángel frente al ventanal de su departamento en frente de La Reforma, ni la inclinación de los rayos de sol sobre los altos muros frente a sus ojos (…)”.

Esta familiaridad con la que habla la autora de La noche de Tlatelolco (1971), animando al humor, se mantiene aún sin micrófonos. La inquieta mujer de pelo gris oye con atención al desconocido que se le acerca, al amigo del amigo, al lector. El encanto de su cara delata emoción. Conversa con viejos conocidos y colegas. No tiene queja. Escucha y sonríe.

Al día siguiente, se levantará nerviosa. Alistará su discurso y lucirá un sobrio conjunto negro de gamuza. La gente, los universitarios, los periodistas, el coro y la música de cuerdas agudas la esperan ansiosos esa tarde en el Paraninfo de la Complutense para presenciar la entrega del doctorado Honoris Causa que la universidad le ha otorgado.

Elena Poniatowska es el azul sacro que lleva puesto en forma de toga; es el atril que mira a la gente que la mira; es, sin duda, las palabras y los silencios de su discurso que denuncian las caras del presente: una barbarie incurable, una ilusión hecha pluma, el ingenio y la brutalidad; la contradicción del desarrollo y la involución de lo humano… el peligro de lo que ella llama los “face down”, hombres y mujeres enajenados por las pantallas.

El solemne evento termina y la ganadora del Premio Rómulo Gallegos (2007), entre muchos otros, vuelve al negro y a su sencillo andar. “Sentí que me estaba casando”, confiesa. A continuación, regresan las fotografías y los desconocidos, y a pesar del hambre a nadie le dice que no.

Antes de volar a México visita Ávila, firma un par de libros y cena con nuevos conocidos. Esa última noche, toma una copa de vino, oye la conversación con agudeza y rompe su último silencio para decir, para decirse, “es terrible lo que sucedió con los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa”. La noticia irrumpe en su pensamiento como una idea atrapada, como una realidad primera, como un escalofrío que invade su cuerpo.

Durante el encuentro me percato de que no lleva ninguna joya en sus manos, ni en su pecho. Que su hijo Felipe es su compañero de viaje y que le encantan las papas de paquete. Sus respuestas cambian el rumbo de esta entrevista, que unos días antes parecía inalcanzable.

A lo largo de su vida se ha dedicado a denunciar las problemáticas que corrompen y fragmentan a la sociedad mexicana. Desde que se conoció la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, en Iguala, usted se ha mostrado solidaria y profundamente crítica. Sus palabras han impactado al mundo por su claridad, pero sobre todo por su valentía…
Es muy grave la corrupción. Antes la gente pensaba que no importaba que los dirigentes robaran con tal de que se hiciera algo. Ahora se ha demostrado que robar tiene consecuencias funestas, al menos en mi país. En vez de ir hacia delante, el país está causando muchísimas pérdidas de seres humanos que pudieron hacer algo valioso y que no lo hacen porque hay mucha corrupción, abandono y un precipicio entre una clase social y otra, que, supongo, sucede en muchos otros países de América Latina.

¿El periodismo, por ejemplo, está tratando este hecho con responsabilidad y compromiso?
Creo que un periodista cualquiera debería protestar e indignarse; dar a conocer lo que siente que le hace daño a su país y a la gente. En este campo es muy importante denunciar y consignar, pero cada quien sigue su conciencia y hace lo que puede o lo que quiere.

¿Este tipo de acontecimientos suceden por fallas estructurales en las instituciones estatales?
El problema está en los gobiernos corruptos y faltos de inteligencia. Tratan al país como un rancho de su propiedad y lo saquean. Todas las grandes fortunas de los mexicanos que han estado en el poder, las han trasladado a Suiza. No sé si en Colombia sucede lo mismo, pero creo que en muchos países esa es la tónica. La palabra ‘patria’ no existe en América Latina, como que a nadie le importa su país. Existen familias de caciques que están interesadas únicamente en extraer la riqueza. Finalmente, no hemos tenido presidentes, sino saqueadores, y eso es muy triste.

Algunos libros suyos denuncian fenómenos tan normalizados en América Latina como la desaparición forzada. Este tipo de realidades la ha llevado a revelar nombres de mujeres que protestaron por sus ideales o por alguna causa social. ¿Fueron ellas unas marginadas?
Fíjate que a las mujeres en México las barren fuera de la vida. No las toman en cuenta. Creo que lo mismo sucede en América Latina. Por ejemplo, si ves, Alfonsina Storni, la poetisa argentina, se suicidó. Fueron las olas las que devolvieron su cuerpo ahogado a la playa.

Hay un libro suyo, Las siete cabritas, protagonizado solamente por mujeres. ¿Qué la motivó a escribirlo?
Muchas de estas mujeres quisieron hacer algo y fueron muy maltratadas. Salirse fuera de lo establecido era casi encontrarse con el rechazo y la muerte. Como sus historias me llamaron la atención escribí Las siete cabritas. En este, por ejemplo, aparece Nelly Campos Bello, una mujer de la Revolución mexicana que le entregó todo el archivo de Pancho Villa a Martínez Guzmán para que hiciera el libro. Ella escribió varios títulos y a pesar de su calidad, no obtuvo ninguna respuesta. Las mujeres hasta ahora empiezan a ser reconocidas, pero en general creo que las mexicanas han sido muy maltratadas y olvidadas.

¿Todavía hace falta mayor visibilidad femenina?
Hace muchísima falta, porque hay muy pocas mujeres en puestos importantes. Las que llegan a uno, es porque obedecieron en todo al señor que las propuso o al hombre que quiso ayudarlas a llegar donde están, y nunca recuerdan a sus compañeras de sexo.

Quiere decir que hay una carencia de solidaridad entre mujeres…
Sí, hace falta solidaridad y luego crear nuevos puntos de vista, nuevos programas, pero sobre todo cambiar de manera de ser y de ver, porque a veces las mujeres se ayudan poco. Las revistas de moda nos enseñan a tratar a la que está al lado como enemiga. Aunque ahora eso está cambiando.

Supe que tenía pensado escribir un libro sobre sus ancestros, los Poniatowska, ¿es cierto?
Quería hacer algo sobre los Poniatowska en el siglo xvii porque un ancestro mío, Estanislao II Poniatowska, fue el último rey de Polonia, y cuando me vine a México no supe nada más de mi familia paterna. Para aprender, quería escribir sobre ellos pero no sé polaco, ni historia. Al parecer, toda esa parte de mi vida se me borró o nunca la supe. Además, me resulta muy difícil porque de Europa sé poco. Empecé el libro pero lo que hice no me gustó nada porque era un compilación de todo lo que yo leía. Entonces dije, “mejor voy a esperar a ver si me dan acceso a otros documentos”. Aparte, voy a publicar una novela de la segunda mujer de Diego Rivera. Este gran pintor se casó por segunda vez con una mexicana, que era como una pantera, Lupe Marín. Era una mujer de Guadalajara muy extraordinaria, pero no por sus virtudes, sino por su maldad y belleza. Con ella tuvo dos hijas.

¿Ya sabe cómo la va a titular?
Lupe Marín escribió un libro llamado La única. No sé si tomar prestado ese título, porque el libro de ella es muy malo y casi no circuló, o ponerle Dos veces única.

Para terminar, quisiera preguntarle por algunos nombres que han estado presentes a lo largo de su vida…

Josefina Bórquez
La protagonista de Hasta no verte Jesús mío es una mujer supervaliosa que se entregó a la revolución y que a cambio no recibió nada. Era un ser humano extraordinario. Siempre que estoy triste o que me cuesta trabajo seguir, pienso en ella.

Lilus Kikus
Es mi primer libro y cuenta cómo ve la vida una niña. Está basada en mis amigas y en mí misma.

Alberto Beltrán
Hizo conmigo el libro de Todo empezó el domingo. A él le debo haber conocido un México completamente distinto, el de las colonias.

Pita Amor
Fue mi tía. Era una poetisa que se hizo de la noche a la mañana. Estaba desquiciada. Cuando me veía decía, “eres unas pinche periodista, no te compares con la dueña de la tinta americana” (risas).

Gabriel García Márquez
Fui su amiga cuando no era famoso. Era muy joven y vivía con sus hijos chiquitos y su mujer, la Gaba, muy guapa por cierto. Los quería mucho. Cuando supo que me había sacado el Cervantes, llegó a la casa con un ramo de rosas amarillas. Eso me conmovió. La primera edición de Cien años de soledad se la di a mi hija. Espero que la esté cuidando porque si no, la voy a ir a buscar.

Elena Poniatowska no recuerda gran cosa de Colombia. Dice que solo ha ido una vez y justo, en el avión, la robaron. Me cuenta que en México acaban de estrenar una película de Pablo Escobar y que quiere verla. Ante eso, se me ocurre ofrecerle el libro que por esos días cargo en mi maleta, Noticia de un secuestro. Ella se muestra interesada porque nunca lo ha leído. Se lo regalo y antes de llevárselo me da un bolígrafo para que le escriba algo. La mano me tiembla. Cuando por fin termino el improvisado párrafo, lo recibe y lo pone encima de su abrigo. Pronto, sus pasos vuelven a la sala y sus ojos, ya cansados, a la conversación.

 

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