Mircea Cartarescu nació en Bucarest, Rumania, el 1 de junio de 1956/ Foto: Hendrik Schmidt /AFP.

La obra de Mircea Cartarescu: 200 años de Europa Oriental

Es el autor vivo más importante de Rumania y una de las voces más reconocidas de la nueva literatura europea. Sus libros no han sido muy leídos en Colombia, aun cuando en las librerías se encuentran varias de sus prosas traducidas. La primera traducción en español directamente del rumano de su trilogía Orbitor está en proceso. Arcadia habló con él.

2016/02/28

Por Ricardo Abdahllah* Bucarest

Tome Cien años de soledad, agréguele la feliz locura y la espiral en bajada de los falsos bohemios de Rayuela, las sagas familiares de Faulkner, la nostalgia por los detalles de Proust, la recurrencia de los personajes de Balzac, los juegos mentales de Borges, la opresión que se siente en Kafka, las monomanías de Poe, las mujeres de las novelas de Leonard Cohen, la presencia obsesiva de una ciudad como en Joyce y la Nueva Orleans mágica de Capote. Entonces tendrá una primera idea, una impresión al menos, de lo que puede encontrarse en la obra de Mircea Cartarescu. Un momento… faltan los extraterrestres. Y los monstruos. Lovecraft con todo. Cuando la traducción francesa del primer volumen de su trilogía Orbitor (La ceguera) fue publicada, la editorial Gallimard la incluyó en su colección de Ciencia Ficción.

“Se me hizo raro, pero no es ilógico”, dice Cartarescu. “Cuando yo era niño leía un semanario que se llamaba SF Stories. Cada jueves me levantaba temprano para no perderme ningún número y luego corría a la casa a leerlo. La literatura de ciencia ficción nutrió mi imaginación y mis ganas de ponerme a escribir historias. Y de hecho, mi primer relato, que escribí a los 14 o 15, pertenecía a ese género. Lovecraft –el maestro del horror–, Philip K. Dick, Asimov, Klein y muchos otros fueron los héroes de mi adolescencia”.

Sus lectores lo saben: ese joven obsesionado con la literatura, que mira Bucarest por la ventana de su habitación en un edificio del bulevar Stefan cel Mare en los barrios obreros de la ciudad, es un personaje recurrente tanto en las obras monumentales de Cartarescu, como Orbitor, que tardó 14 años en escribir, y la recién publicada Solenoid (832 páginas en rumano) como en sus colecciones de cuentos y novelas cortas, de las cuales Nostalgia, Travesti, El ruletista, El levante, Las bellas extranjeras y Lulú están traducidas al español. La curiosidad del niño adolescente explorador (y su consecuencia directa, el descubrimiento de pasadizos secretos que llevan a mundos desconocidos), las funciones corporales, los seres que cambian de forma y género, las conspiraciones, la sexualidad atormentada y la cultura pop son otras de las obsesiones que se tejen alrededor de ese alter ego, que antes ha sido un colegial en una casa “en forma de U de la calle Silistra” y durante los años ochenta será un profesor de rumano en una escuela cerca del hospital Colentina mientras trabaja en un “poema total”.

Como el Cartarescu “real”, el Mircea de sus ficciones se sueña escritor, lo que parece un destino con un nombre que remite al titán de las letras rumanas, Mircea Eliade, y un apellido que encierra la palabra “libro” (“cartea” en rumano). “Pensé que era un seudónimo”, le dice el director de un taller literario al personaje de Solenoid, calcando lo que tenía que escuchar Cartarescu de verdad cuando se abría carrera en un mundo cultural agobiado por los límites de la dictadura. Su primer poemario Faruri, vitrine, fotografii apareció en 1980. Cartarescu publicaría tres libros más durante la “época de oro”, como los rumanos llaman irónicamente a una década donde todo escaseaba y el país había dejado de funcionar. El último de ellos, Visul (El sueño), fue publicado por la editorial estatal Cartea Romaneasca en julio de 1989. Cinco meses después, el único orden político y social que había conocido su generación se desmoronaría en la semana que pasó entre las primeras protestas de Timisoara y el fusilamiento de Nicolae Ceaucescu.

“No lo vaya a leer. Mejor consígase Nostalgia, que es la versión sin censura. No pierda el tiempo con Visul”, me dice Cartarescu por Facebook cuando le cuento que encontré un ejemplar en un anticuario de Bucarest.

Un elemento de la continuidad de su obra son las rupturas brutales en la historia de su ciudad: la llegada de los comunistas al poder, el terremoto de 1977, la Revolución del 89, por supuesto. Cuando le pregunto si cree que la Revolución representó también un cambio en su manera de escribir, contesta: “Una revolución no es suficiente para cambiar mi estilo. Quizás un apocalipsis lo lograría :)”.

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“La dictadura es algo horrible, es algo que mata la mente y el espíritu. Yo no tenía manera de exiliarme de Rumania, que por ese entonces era una prisión. Apenas pude viajar al extranjero, pensé que nunca regresaría al país que me hirió tanto y robó mi juventud”, dice Cartarescu.

Como muchos de los intelectuales de su generación, salir del país fue lo primero que hizo tras la caída del régimen de Ceausescu. En su caso con una estadía de tres meses en Estados Unidos, el país de los discos de rock y las películas que circulaban clandestinamente y habían contribuido tanto como los libros a sus fantasías de juventud. Cartarescu dice que esperando el vuelo de regreso en el JFK de Nueva York tiró una moneda al aire para que la suerte decidiera si regresaba o no. Criado en un país donde obtener un pasaporte era una lucha de años, temía que nunca podría volver a viajar. La moneda le indicó subir al avión. “Y entonces lo lamenté, pero ya no lo lamento”.

Desde entonces no ha dejado de viajar. Las traducciones de sus primeras obras le permitieron obtener diversas residencias en Europa, varias de ellas en Berlín, la ciudad donde terminó de escribir Orbitor y durante 2015 trabajó en las correcciones finales de Solenoid. De las anécdotas de su paso por el festival literario “Las Bellas Extranjeras” en Francia surgió la compilación de relatos del mismo nombre (subtitulada “o cómo fui un autor de la docena”) en la que además de retomar varias de sus obsesiones, ironiza sobre el mundo literario, pasando por el delirio de la carta de un admirador que él sospecha contaminada con ántrax y los caprichos de sus compañeros de ferias y lecturas hasta los periodistas que no cesan de utilizar la palabra “Nobel” en los títulos de los artículos que le consagran.

Qué se le va a hacer: Cartarescu no solo ha construido un universo propio en una obra que además aborda 200 años de la historia de Europa Oriental en un idioma que nunca ha sido premiado (Herta Müller, a pesar de su nacionalidad rumana, escribe en alemán). Por eso su nombre aparece cada año en la famosa lista de la casa de apuestas Ladbrokes. Cuando en 2014 el entonces primer ministro rumano, Victor Ponta, le “deseó suerte”, Cartarescu se puso furioso. Ponta, quien renunció un año después, representaba lo peor del cinismo y la corrupción de una clase política en donde representar lo peor exige un esfuerzo sobrehumano. “En lo que a mí respecta, rechazo con desprecio los buenos deseos de Ponta”, hizo saber el autor. Por Facebook.

*

Es difícil imaginar a Cartarescu furioso. Su legendaria voz calmada cuando habla en inglés o francés en las conferencias internacionales no es más fuerte cuando usa su rumano natal. Durante el Salón del Libro de París, lo veo en una esquina del stand de las ediciones P.O.L. Sostiene una copa de vino en la mano. Parece feliz de estar lejos de la nube de personas que se reúne alrededor del carismático Emmanuel Carrère, publicado por la misma editorial. Cartarescu acepta que el trabajo de escritor implica este tipo de eventos, que aunque ya no hace las giras de no-sé-cuántas ciudades en tan-pocos-días, aún le gusta viajar y encontrarse con sus lectores; que luego del éxito de “¿Por qué amamos a las mujeres?” –una colección de relatos publicados en la revista Elle (“Que por entonces era feminista”)– se multiplicaron y le abrieron las puertas de la vida de escritor célebre. “Pero yo escribo para mí. Hace 42 años que llevo un diario, allí escribo casi todos los días y por momentos lo considero la obra de mi vida. Todo el resto de lo que he hecho nace de ahí”, dice.

Lo que de ahí ha nacido incluye 30 libros, entre novelas, colecciones de relatos, tres tomos del famoso diario, ensayos y una tesis doctoral sobre el posmodernismo en Rumania. Además de varios volúmenes de poesía. “Creo que eso es lo que une todo lo que he escrito: mi continua búsqueda y sed de poesía. Siempre he sido un poeta y nada más. Lo que llaman mis “novelas” son poesía. Mis ensayos también lo son porque más que un género literario, la poesía es una manera particular de ver las cosas”.

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Luego de la publicación de Solenoid, Cartarescu está de regreso en Bucarest para comenzar una gira de lecturas en las principales ciudades de Rumania. Su foto y la portada aparecen en las paradas del tranvía que con frecuencia utilizan sus personajes como un medio para contar la capital rumana. Del Ulises de Joyce se ha dicho que serviría de plano para reconstruir la ciudad si alguna vez Dublín fuera destruida. A Cartarescu le hace gracia la comparación.

“Si mi cerebro fuera destruido, podría ser reconstruido a partir de las páginas de Orbitor. La Bucarest que está presente en esas páginas es una ciudad imaginaria y mi alter ego. Tengo una relación de amor-odio con la ciudad en la que nací. En Solenoid la hago volar como la Laputa de Swift y luego la destruyo. Bucarest es como esos sorprendentes y agraciados gusanos coloridos del fondo del mar. Se ven maravillosos, pero siguen siendo gusanos. Cada dictador y cada terremoto se llevó una parte de ella, pero siguió creciendo tercamente y obsesionando a la gente. Ya no amo a Bucarest como la amé en mi juventud, pero aún sigo obsesionado con ella y creo que siempre seguiré estándolo”.

La escena de la destrucción me hace pensar en el huracán bíblico de Macondo. Cartarescu nunca ha ocultado su admiración por los autores del boom. No solo sus personajes los leen sino que los laberintos de espejos de Borges y un par de “magas” y “oliveiras” aparecen entre sus páginas. ¿Los autores latinoamericanos lo formaron tanto como los de Ciencia Ficción? “Las grandes novelas de Carpentier, García Márquez, Vargas Llosa, Roa Bastos y Sábato fueron traducidas al rumano en los años setenta y tuvieron una gran influencia en los escritores rumanos, porque la literatura fantástica también estaba muy bien representada en nuestra ficción con autores como Eminescu, Eliade y Voiculescu. Los cuentos de Borges y Cortázar también eran muy leídos. La historia, cultura y sociedad rumanas no son tan diferentes de las de los países de América Latina. Un idioma derivado del latín, dictaduras, corrupción y una imaginación ilimitada son algunas de las cosas que tenemos en común”, concluye.

*Periodista

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