Hebe Uhart es descendiente de vascos e italianos, pero ha vivido toda su vida en Argentina.

La singularidad de lo doméstico

Hebe Uhart es una de las voces más poderosas del relato breve en español. Maestra, viajera, y convencida de que la literatura le debe mucho a lo popular, fue redescubierta hace pocos años en Argentina cuando el nada complaciente Fogwill dijo que “era la mejor escritora de su país”. Sus libros, reeditados, ya se encuentran en Colombia. Un descubrimiento literario.

2014/09/23

Por Lina Vargas* Buenos Aires

Cuando Hebe Uhart llegó a Irazusta, un pueblito cercano a Gualeguaychú en la provincia argentina de Entre Ríos, el chofer del carro que la llevaba le preguntó desconcertado: “¿Y se va a quedar acá?”. El hombre probablemente tenía razón: no había mucho para ver, pero ella se quedó y publicó una crónica sobre Irazusta que apareció en su libro Viajera crónica de la editorial Adriana Hidalgo en 2011. De la visita escribió: “Lo primero que vi fue un terreno baldío, con una vaca y una oveja. Me paré a mirarlas. Un hombre que pasaba me dijo: Esa es Rosa y la oveja se llama Mariana”. No pasa mucho más. El pueblo no se incendia ni Uhart descubre a un pariente perdido. “Acá hace dos años vino un holandés de Holanda”, le comenta un habitante llamado Roque. Y la crónica termina con ese mismo tono apacible y no por ello menos intrigante, que recuerda los cuentos de Juan Rulfo.

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Hebe Uhart vive en el barrio de Almagro en Buenos Aires. Dice que Almagro tiene una fuerte influencia del Hospital Italiano, con hostales para los familiares de los pacientes que vienen de afuera, cafés para los médicos y que es menos homogéneo y prolijo que Caballito, el barrio vecino. “En Caballito los grafitis, que son reveladores de un lugar, son políticamente correctos, mientras que acá te ponen: ‘Lucas puto’. Luego se ríe. Uhart se ríe con frecuencia porque recuerda una frase ingeniosa de un campesino, un refrán cambiado por el habla local (“No hay mal que por bien no venga, me dijo una vieja renga”), un episodio de su juventud o alguna tontería que alguien dijo. “Me interesa trabajar los lugares comunes y las pavadas que decimos todos”: La protagonista del cuento “Turistas y viajeros”, una argentina que viaja a Italia, le dice a su amiga: “Me daban ganas de tomarme un avión de vuelta, me acordé de la novela de allá. Después me tenés que contar cómo siguió. ¿Se casó con el rubio o con el delincuente?”.

El apartamento de Uhart está en el noveno piso de un edificio que queda en una calle angosta, con carros parqueados a ambos lados, y una peluquería canina al frente. Ocasionalmente pasa una mujer mayor con el carrito del mercado. Los árboles no tienen hojas porque es invierno y hace frío. Adentro, Uhart dice que la calefacción lleva prendida toda la tarde y me pregunta por Colombia. Es una gran entrevistadora, nutrida por una auténtica curiosidad: cuando uno menos se da cuenta está en una conversación sobre los diálogos de La Habana. Así también, en sus cuentos es capaz de dibujar a un personaje con pocos trazos: “Me pasaba algo con relación al tiempo libre: no encontraba qué hacer y todo lo que hiciera era más bien para evitar otra cosa”, dice la protagonista de “La excursión larga”.

Estamos sentadas a la mesa, sobre la que hay individuales y portavasos con imágenes de Nazaret y el mar de Galilea, seguramente un regalo. Hay dos bibliotecas y en una de ellas, la fotografía de una indígena ecuatoriana cargando una oveja, de la que Uhart hablará más adelante. Prepara dos cafés chiquitos y me ofrece medialunas. Dice: “El nombre Hebe me lo pusieron porque alguna Hebe les habrá parecido simpática o linda. Uhart es vasco-francés. Mis abuelos maternos son genoveses y los paternos vascos. Mi mamá era hija de italianos y comprendía italiano pero no lo hablaba. La abuela hablaba cocoliche. Vasco no sabía nadie”.

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Su primer libro de cuentos, Dios, San Pedro y las almas, fue autopublicado en 1962, cuando tenía 26 años. Uhart había nacido en Moreno, un pueblo a 35 kilómetros de Buenos Aires en 1936. Durante 30 años publicó cuento y novela con editoriales pequeñas y en 2003 la editorial Adriana Hidalgo lanzó el libro de cuentos Del cielo a la tierra seguido de Turistas (cuentos, 2008) y de las crónicas de viaje reunidas en Viajera crónica (2011) y Visto y oído (2012). Su nombre ha sonado mucho, sobre todo en los últimos años, cuando Uhart pasó a ser reconocida en Argentina luego de haber sido un tesoro oculto. Quizás la frase más contundente sea la del escritor Rodolfo Fogwill: “Hebe Uhart es la mejor escritora argentina” que concuerda con la de la cronista y escritora Leila Guerriero: “Hebe Uhart tiene 73 años [al momento de hacer el perfil] y se dijo, de ella, mucho. Que era una escritora de culto, costumbrista, sencilla, naïf. Desde hace algunos años se dice una sola cosa: que es la mejor”. El crítico argentino Claudio Zeiger anotó en Página 12: “La palabra en Uhart tiene esencialidad pero no es nada solemne, ningún peso grave. Su acento es suave y sus sentidos están siempre atentos a los detalles tanto del habla como visuales”.

Su obra narrativa tiene dos rasgos característicos que también se pueden ver en sus crónicas: hay una cercanía al lenguaje oral y a lo cotidiano. Esto no se debe confundir con un afán descriptivo o meramente anecdótico. Uhart llega a lo profundo de un personaje que construye o de un lugar que visita con la sencillez que solo da el asombro verdadero. Su escritura, de frases cortas y precisas, tiene una ligereza similar a la conversación, de hecho, en varios cuentos el protagonista se dirige a un interlocutor que no está presente. Le interesa, además, recrear el habla popular –tanto de un pueblo rural de Paraguay como de una ciudad italiana– y en sus viajes busca refranes, nombres peculiares de lugares y avisos clasificados: en Asunción, por ejemplo, “una joyería se llama Resplandor” y en el periódico se lee: “Compro cualquier cosa”. En Arequipa: “Un poco lejos de la plaza, está el restaurante Mística y una calle se llama Moral. Una farmacia, El Desamparado”.

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Sin embargo, Uhart agrega: “Pero nunca me sentí una escritora. No creo que haya que privilegiar el rol. Mi profesión es docente”.

En la entrevista lleva un saco azul oscuro de cuello alto y un chaleco café de lana. El pelo corto y rubio y los ojos siempre mirando algo que va más allá de la biblioteca que tiene frente. Fuma dos cigarrillos casi seguidos y dice: “A los 19 años fui con unas amigas a las Cataratas de Iguazú y a Ushuaia en un barco de la marina mercante. Yo iba toda de negro, me pintaba, no me bañaba y caminaba por el barco así [profundiza la expresión]. Había un contingente de cadetes y el que a mí me gustaba no me daba bolilla”.

A los 19 años, la joven Hebe vivía en Moreno y hacía dos había tenido su primer trabajo como maestra. “Me dieron un grado de chicos difíciles. Era terrible, no aprendían. Me los encajaron a mí porque yo no entendía nada del mecanismo de una escuela. Entonces yo daba unas clases de vocabulario que ahora me doy cuenta de que eran absolutamente inconducentes. Les hablaba de los antepasados y ellos escribían ‘Mi primo tiene una cometa antepasada’. Fui maestra de primaria y de universidad. El bachillerato no me gustó porque los chicos son bravos y yo soy muy permisiva. ¿Allá en Colombia cómo son los chicos?”, pregunta.

Ella misma fue rebelde en su adolescencia. No leía. Antes, a los 10 años, había leído a la Condesa de Ségur, la autora francesa de origen ruso que escribió historias para niños. “Era una cosa que no se podía creer –recuerda–: los buenos y los malos estaban bien separados. Las niñitas modelo vivían en un castillo y además de ser ricas, eran buenas, lindas, hacían la caridad y se tomaban la sopa. Y estaba Sofía, que era rebelde y a mí me interesaba más”.

Luego vinieron las novelas de amor y tras esa etapa adolescente, en la que no se encontraba a sí misma, y de pasar unos años dedicada a la docencia, actividad que continúa porque dicta un taller literario en su apartamento, Uhart entró a la Facultad de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires. “Mi maestra es Simone Weil [filósofa francesa nacida en 1909] una mística de origen judío que quiso ser cristiana, pero no católica. Murió cuando terminó la Segunda Guerra Mundial. Sabía mucho de historia europea, de los griegos y de cómo lograr tensión en la escritura”.

Sobre su época de estudiante, Uhart escribió un cuento llamado “Turismo urbano” en el que la protagonista, asfixiada de vivir con una tía loca, se muda a Buenos Aires con Ignacio, un estudiante de Literatura que desprecia las cosas mundanas como saber qué día es y barrer el apartamento. Al final, la protagonista, igualmente desesperada, lo abandona. “Sí, sí, Ignacio existió –dice Uhart–. Estuve con él cuatro años”.

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“El profesor José Luis Pérez me recibe en el porche de su casa a la hora de la siesta. Canta la chicharra y los perros están echados”, se lee en la crónica Antes del cambio, en la que Uhart recorre varios pueblos cercanos a Montevideo. En esa escena, como en el resto de sus relatos de viaje, nada parece haber sido transformado con fines narrativos. Al contrario, Uhart captura la belleza de un instante cotidiano que para otro podría ser insignificante. Prefiere los pueblos a las grandes ciudades –tiene un cuento sobre Alemania en el que está incómoda todo el tiempo–, los hoteles modestos que no tengan mucha tecnología y viajar por tierra.

Va a un lugar por intuición. A Asunción ha ido tres veces porque le gusta la alegría de los paraguayos. “Al campo me lleva la gente, que no tiene filtro”, dice. Eso le recuerda una historia: En Los Toldos, un antiguo asentamiento mapuche de la Provincia de Buenos Aires, fue al Museo de Eva Perón. La encargada del museo no aparecía y una muchacha que pasaba por allí la vio esperar y se ofreció a llamarla. La encargada dijo que no iba porque estaba indispuesta. Había unas cinco personas que querían entrar y la muchacha se fue de nuevo con el mensaje, pero regresó sola. Esta vez la encargada mandó a decir que cuando ella estaba no iba nadie y ahora que no podía sí llegaban. “Esas cosas me parecen insólitas”, termina.

América Latina aparece en sus crónicas como un espacio sin fronteras. Ella se ubica en esa mezcla de culturas: paraguayos que hablan con acento brasileño y brasileños que escuchan radio en guaraní. Investiga sobre los contrastes y las distintas formas en que la modernidad penetra esos territorios. En Ecuador vio a un anciano que llevaba un fardo tan grande que no se le veía la cabeza y paró para contestar su celular de última tecnología. “Ahora a cada lugar que voy quiero añadir algo indígena. Son una parte de nosotros que está negada”, dice mientras observa la fotografía de la indígena ecuatoriana que tiene en su biblioteca.

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Buenos Aires es una presencia constante en la obra de Uhart. A veces es una ciudad ruidosa, enojada y depresiva, según señalan quienes la ven a la distancia, y otras, el punto de encuentro donde esos mismos personajes, ahora migrantes, buscan una oportunidad. También es el escenario de cuentos como “Reunión de consorcio” y “El centro cultural”, en los que lo cotidiano muestra su faceta más irónica, divertida hasta lo macabro, y es el hogar de la peluquería a la que Hebe Uhart va.

En su casa, hacia el final de la entrevista, abre un cuaderno de hojas amarillas con refranes copiados a mano de los sitios que ha visitado. Los lee: “Qué sabe el burro de confites, si nunca fue confitero”, “No te pases al patio que vas a pisar los pollos”, “No me parece, Roldán, que todas las vacas sean suyas”, “Cada cual con su cada cual y yo con mi cada solito”. Y este último: “Suave como talón de angelito”.

“¿No es lindo?”, pregunta.

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