John Banville
  • La biblioteca de Benjamin Black se compone de ocho novelas. En la página anterior: John Banville en 2012.

Los dos rostros

Es uno de los escritores más valorados por la crítica literaria después de conseguir dos veces el Booker Prize. Además, en 2014 fue premio Príncipe de Asturias y estará en Bogotá para hablar de los dos escritores que lo habitan. ¿Cuáles son las claves de Banville? ¿Cuáles las de Black?

2015/04/17

Por Julio Paredes* Bogotá

A pesar de un creciente número de premios, investigaciones, traducciones a varios idiomas, invitaciones a ferias, conferencias e, incluso, a talleres literarios, a la pregunta de cuál es la opinión que le merecen sus libros, John Banville contesta, sin dudarlo y casi con las mismas palabras, que lo avergüenzan; todos y cada uno por igual. El desconcierto no lo disparan los argumentos, ni los personajes, sino la manera como han quedado escritos. Agrega que le gustaría contar con el poder mágico de extraer el contenido de los títulos que lleven el nombre de John Banville; dejar solo la encuadernación y las tapas, como simples machotes vacíos. Una fantasmagoría que le permitiera, así, empezar de cero. Encontrar un eficiente mecanismo que lo acerque a lo que en realidad quiso, imaginó y pretendió decir. Al final, Banville entiende que la búsqueda por el enunciado justo de las cosas, imaginadas o no, es una tarea agotadora e inútil, que solo se conjura con un la escritura de un nuevo libro.

La convicción y el síndrome no son nuevos y los han compartido otros “pesos pesados”, como Miles Davis o Juan Carlos Onetti, quienes, en su tiempo, también renegaron de unos momentos de lucidez (¿inspiración?) que a la mayoría de sus lectores aún les parecen insuperables. Por fortuna, una vez se inicia la inmersión, nada sencilla, en las páginas de la biblioteca Banville, la experiencia no tiene marcha atrás. El lector entiende poco a poco, al ritmo que le impone una compleja sumatoria de frases, que el verdadero secreto está en entregarse a la agudeza melancólica, combinada con una especie de imprecisión existencial y desconcierto verbal, con los que los narradores traídos al mundo por Banville, califican la mente y el corazón de los humanos; tanto de los que habitan en los límites de sus ficciones como los que lo acompañan en la llamada realidad.

Varios encuentran en la reticencia ante el talento propio una certeza auténtica y sincera de quienes han logrado consolidar una obra excepcional con el paso del tiempo, como es el caso de John Banville, con más de 15 títulos publicados (aquí me refiero solo a la biblioteca Banville) y el consenso casi unánime de ser el escritor contemporáneo en lengua inglesa con el lenguaje escrito más fértil, magnético y potente; mérito nada despreciable (¡terror, imagino, de los traductores que se asomen a ese vértigo en prosa!) si elaboramos un índice, siempre incompleto y banal, de acompañantes como Julian Barnes, Ian McEwan, J.M. Coetzee, Joan Didion, James Salter, William Trevor, Colm Toibin, Claire Keegan, Kazuo Ishiguro, Cormac McCarthy, Lorrie Moore, Tim Winton, Richard Ford... y un largo etcétera que puede ocasionar una especie de agorafobia a cualquier lector de ficción anglosajona, sin ser, necesariamente, anglófilo ni despreocupado (¡o desleal!) con la tradición y algunas de las voces contemporáneas que proponen experiencias similares en español.

En un fugaz recorrido por la biblioteca Banville, el lector, interpretando quizás algunas palabras del propio autor, podrá identificar tres momentos narrativos: la etapa juvenil con Long Lankin, 1970; Nightspawn, 1971, Birchwood, 1973; la llamada tetralogía científica con tres novelas históricas, Copérnico, 1976, Kepler, 1981, La carta de Newton, 1982 (esta última no exactamente una novela histórica, pero sí la primera anticipación, por el tono y el tipo de narrador, a la obra posterior) y Mefisto, 1989, indudable punto de quiebre en la biblioteca (y en el mismo territorio íntimo de Banville autor), que abre la puerta a las que me atrevería a calificar como novelas esenciales, donde la fuerza de los detalles y la propuesta retórica (poética) alcanzan el punto máximo, con las resonancias, además, de Vladimir Nabokov y Henry James: El libro de las pruebas, 1989, Ghosts, 1993, Athena, 1995, una trilogía enlazada por la ominosa presencia y la voz de Freddie Montgomery, vehículo y corazón de los múltiples rostros del mal y del crimen; El intocable, 1997, Eclipse, 2000, Imposturas, 2002, El mar, 2005, Los infinitos, 2009 y Antigua luz, 2012, novela donde reaparecen los espíritus nominales de Alexander Cleave, su hija Cassandra Cleave y el gran simulador Axel Vander, protagonistas en Eclipse e Imposturas.

En esta última sección de la biblioteca, Banville consolida un casi único gran narrador masculino en primera persona, que, a lo largo de los años, adopta distintas máscaras y busca de manera incansable una respuesta para el olvido, el pasado perdido, la infancia, la identidad y sus falsedades, el sentido del amor y de la muerte, o, aún más allá, la belleza muda de una obra de arte como El nacimiento de Athena o La muerte de Séneca, compuestos por la mano de otra ilusión llamada Jean Vaublin, uno de los “auténticos” especialistas en el tema de la fête galante. Habrá que ver cómo encaja The Blue Guitar en la biblioteca, el nuevo título anunciado para septiembre de 2015.

Encuentro ahora una divertida coincidencia, con una trayectoria circular simple pero curiosa, entre la llegada por primera vez a la biblioteca Banville en 2001 con Eclipse y la lectura en 2013 de su último título publicado, Antigua luz. Lo entiendo como un tipo de inercia y órbita personales (como las que perseguían al joven Kepler durante la escritura de su Mysterium cosmographicum) que, sin ser conscientes ni planeadas, parecerían esconder una juiciosa aunque ingenua manera de abordar y descifrar los enigmas que plantea Banville, no solo frente al oficio de la escritura sino, y sobre todo, al oficio y la experiencia de la lectura. Ínterin entre dos extremos, pero atado de inmediato a una manera de leer, de comprender poco a poco que la alucinación (el sueño que se convierte en ficción, como dice él mismo) a la que se asiste a medida que se pasan las páginas, sucede gracias a las posibilidades del lenguaje, a una poderosa (y siempre enigmática) combinación de términos que, semejante a los procesos de un cálculo infinitesimal, no aparecen como malabares retóricos de un preciosismo acomodado, sino que son, paradójicamente, la prueba irrefutable de la imposibilidad para llegar a las partículas esenciales de la verdad; de la memoria perdida, donde el mundo, alguna vez, mantuvo la inocencia.


Black

Según la anécdota que narra John Banville (la persona) el origen y nacimiento del escritor Benjamin Black –el “oscuro y hermano gemelo” y en un primer momento Benjamin White– y sus obras nacen de la confluencia fortuita de dos circunstancias: un abortado proyecto para una serie televisiva, del que ya tenía material escrito, y la reveladora experiencia que le dejan los primeros encuentros con las llamadas novelas duras de Georges Simenon; término acuñado por el propio Simenon para referirse a su vertiente literaria, más allá de los clichés y las fórmulas de género. Otra extraordinaria biblioteca con más de cien novelas (recordemos que la antigua editorial Tusquets alcanzó a publicar 37 títulos entre 1993 y 2006).

Sin duda, Benjamin Black se ha convertido en un autor autónomo y paralelo al autor John Banville desde su primera novela, publicada en 2006. Es decir, no se trata de un simple seudónimo sino de un verdadero escritor quien, a la fecha, ha consolidado una biblioteca propia, con ocho títulos publicados, con un éxito, además, mayor a los escritos por el pobre Banville, por lo menos en cuanto a las ventas de ejemplares y el número de lectores. Resulta inevitable pensar aquí (sin pretender un análisis “epistemológico” de la variable Banville-Black) en las definiciones de la heteronimia por Fernando Pessoa, pues Black, a fin de cuentas, es otra de las invenciones de Banville; una personalidad que tiene la capacidad y la facultad individual, más “espontánea”, de crear otro mundo de ficción.

Aunque se trate así de una entidad aparte, el lector, sin embargo, podría identificar en la biblioteca Banville atisbos y elementos formales del thriller, otra fuente probable para la llegada a Benjamin Black. Novelas como Athena y, en especial, El intocable, que se puede leer, por el argumento y cierto tipo de estructura interna, como “novela de espías” al estilo, y esta es una mera especulación personal, del británico John Bingham.

Evidentemente, Black le ha dado un inesperado aire al género contemporáneo de la novela policiaca. La sólida combinación de atmósferas, personajes y argumentos lo convierte en representante fiel de los formatos del hard-boiled o la novela negra, donde sigue, casi a rajatabla, los particulares dictámenes del género: un crimen, un investigador y las entretelas de un mundo donde nadie ni nada es lo que dice ser.

De las ocho novelas publicadas, seis, El secreto de Christine (2006), El otro nombre de Laura (2008), En busca de April (2010), Muerte en verano (2011), Venganza (2012) y Órdenes sagradas (2013), tienen como escenario Dublín, en la Irlanda de los años cincuenta; oscura época de posguerra bajo la autoridad cerrada e implacable de una Iglesia católica que rige el destino político del país y, más que nada, el territorio íntimo de cada uno de sus habitantes. Se trata de las “novelas de Quirke” (nombre que aparece en Eclipse), narradas desde el punto de vista de un médico patólogo e investigador involuntario quien, como en los protagonistas emblemáticos de Raymond Chandler o David Goodis, cuenta el mundo que lo rodea desde la soledad y esa especie de ironía agria que le deja un corazón partido y el fantasma del alcohol. Dos excepciones completan la biblioteca Black: El Lémur (2008), novela breve protagonizada por el periodista John Glass, en una Nueva York contemporánea, y La rubia de ojos negros (2014), proyecto encargado a Banville por su editor y el Estate of Raymond Chandler, y que, en un giro adicional a la teoría del canibalismo sobre la que Chandler transformó varios de sus relatos y novelas, Black retoma los pasos de Philip Marlowe durante los mismos días cuando Chandler lo dejara, “casado con una mujer rica y sepultado en plata”, en la inacabada historia de The Poodle Springs Story. Pasos finales que, por ahora, cierran un ciclo y nos recuerdan que, inevitablemente, todos los personajes y las historias con los que nos hemos cruzado en esta gran biblioteca no son sino “las sombras de alguien más”, que ni Banville ni Black podrían decirnos quiénes son ni de dónde vienen en realidad.

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