Ilustración: Simón Zarama

Perros sin bozal

Con 90 años cumplidos, el gran escritor brasileño Rubem Fonseca reivindica el oficio de escribir en contra de quienes creen que a esa edad se debería estar recluido en un geriátrico. Vivaz, irónico, Fonseca se hunde en el asesinato, la pasión o la infelicidad para demostrar que sigue vivo y mordiendo.

2016/08/23

Por Hugo Chaparro Valderrama* Bogotá

La excepción a las normas biológicas y narrativas es el lugar común de Rubem Fonseca. Cumplidos sus 90 años de edad, honra su biografía alrededor del cuerpo en términos atléticos y literarios. Sorprende a los periodistas porque continúa escribiendo todos los días, visita el gimnasio en la madrugada y permanece alejado del estorbo que representa el circo editorial con efectos publicitarios –aunque no alcance los niveles neuróticos de Salinger: el secreto que Fonseca ha descifrado parte de su misterio en eventos públicos como apadrinar con su nombre, en 2013, una sala de lectura para los obreros que construían una estación en la Plaza Antero de Quental para la línea 4 del Metro de Río de Janeiro, cerca de su apartamento en Leblón–.

También elogian su vigor a pesar de la artrosis en una de las rodillas y registran el hallazgo en las librerías de otro título que prolongue una obra en la que Rubem Fonseca sólo se parece a Rubem Fonseca. El más reciente: Histórias Curtas (Historias cortas, Río de Janeiro: Nova Fronteira, 2015).

Una continuación de las búsquedas desesperadas que emprenden sus personajes en novelas como El caso Morel (1973) –sobre el artista en calidad de monstruo social para los ciudadanos de bien–; El gran arte (1983) –donde la muerte sucede a la sombra de lo que escribió un poeta griego, Arquíloco de Paros: “Tengo un gran arte / Hiero duramente a los que me hieren”– o Bufo & Spallanzani (1985) –acerca de la literatura como salvación y condena en circunstancias criminales–.

En un mundo de “vastas emociones y pensamientos imperfectos” –como asegura otra novela de Fonseca–, donde sus criaturas están sometidas por el rencor, sus manías, la violencia o la ansiedad de tener un lugar donde puedan refugiarse de todo lo que contradice sus ilusiones.

“Sé que si todos los jodidos hicieran como yo el mundo sería mejor y más justo”, reflexiona uno de los personajes más iracundos de Fonseca en “El cobrador”, cuando ha prometido vengarse, como un asesino solitario, de todos los que le han restado oportunidades para disfrutar de una vida más feliz: dentistas, comerciantes, abogados, industriales, funcionarios, médicos, ejecutivos.

Las ficciones maratónicas de las novelas se encuentran temáticamente con los cien metros del atletismo literario que exige el cuento, compartiendo un sentido crudo y descarnado por el que los perros sin bozal de Fonseca muerden a sus víctimas según los criterios de su verdad en contra de las reglas que suponen la convivencia equilibrada de la especie –sin que esto signifique que las reglas estén bien para todos y no deban ser subvertidas–.

Historias cortas es otra muestra explosiva del tono directo, sin falsos pudores, plasmado a través del tiempo por la coherencia temática y formal del estilo que ha cifrado su escritura a partir de los años sesenta. Tan explícito y directo como en Secreciones, excreciones y desatinos (2001), donde el protagonista de un cuento titulado “Copromancia” se pregunta: “¿Por qué Dios, el creador de todo lo que existe en el Universo, al darle la existencia al ser humano, al sacarlo de la Nada, lo predestinó a defecar? ¿Habría Dios, al atribuirnos esa irrevocable función de transformar en mierda todo lo que comemos, revelado su incapacidad de crear un ser perfecto?”.

La secuencia narrativa más reciente de Rubem Fonseca nos sugiere con su brevedad un cuarteto de ejercicios de estilo, precediendo a Historias cortas tres libros de cuentos: Ella y otras mujeres (2006); Axilas y otras historias indecorosas (2011); Amalgama (2013).

En “Escribir”, un texto bonsái de Amalgama –algo más de una página–, la ausencia de retórica, que define el lenguaje conciso de Fonseca, está al servicio de una declaración tajante sobre el oficio literario. El narrador, luego de consultar en el diccionario la definición de escribir, sabe que es insuficiente y propone que también se trata de “urdir, tejer, coser palabras”, un proceso que consume el cuerpo y el alma de un autor, y en el que podría incluirse a los poetas, “si no tuviesen un pacto con el diablo”.

Refiriéndose al cansancio que puede agobiar a los escritores más audaces, asegura que algunos de ellos, “en el auge de su carrera dicen BASTA, para desesperación de sus admiradores”, fatigados por su “enfermiza actividad”, hasta entregarse a las drogas o al suicidio.

No es el caso de Fonseca: se mantuvo en la adversidad cuando la policía retiró de las librerías El caso Morel, a principios de los años setenta, durante los tiempos de la dictadura que se inició en Brasil hacia los años sesenta, obligó al exilio a una multitud y alargó su pesadilla hasta mediados de los ochenta, sin que la circunstancia terminara con la pasión de su “enfermiza actividad”.

Contradiciendo su declaración de principios –y finales– acerca del trabajo narrativo en “Escribir”; convencido de que la sensatez riñe con la locura en la biografía de los autores que desisten de continuar escribiendo, Fonseca ejerce saludablemente el derecho legítimo de publicar en contra de los que podrían suponerle un retiro geriátrico.

Regresamos en Historias cortas a los dilemas que atraviesan como pesadillas lúcidas su obra y nos advierten acerca de la dificultad para detener, aunque sea unos milímetros, la decadencia de la civilización.

“Ellos”, un cuento de Historias cortas, está narrado por un loco que busca en la ciudad un secreto que nunca conoceremos y lo obliga a recorrer las calles con los nervios crispados, encontrándolo primero los enfermeros del manicomio, que lo embrutecen con una inyección.

Aparte de la locura, reconocemos un tema recurrente en Fonseca: el cuerpo como dilema social y templo de la vanidad, el placer, la muerte, las malformaciones consideradas por los que se encuentran en el lado oficial de la belleza como deformaciones, lo físico que nos relaciona a través de la piel, sus orificios y sus sentidos con nuestros semejantes –cercanos o extraños– en claves tan distintas como la sensualidad del amor o el maltrato de las agresiones.

¿Cómo ajustarle las cuentas a la insolencia de lo que otros consideran el deterioro de la fealdad? En “El reencuentro”, un hombre fascinado por el recuerdo de la mujer que no ha visto en diez años, la busca para renovar la pasión que tiene grabada en su mente, su corazón y su carne. Ambos han engordado, pero la esperanza anima al galán, que quiere a la mujer como antes, hasta que ella le expresa un sentimiento “de desdén, peor, de repulsión”.

Una sensación de asco y rabia que también descubre “Humillación”, desde la primera línea, cuando una mujer pregunta: “¿Ya fue humillada? ¿Menospreciada? ¿Desdeñada? ¿Envilecida?”. Recordando que sentía ganas de morir por el desprecio que recibía de los otros por su obesidad, asegura que ya todo terminó y quiere explicarnos cómo en “una historia breve, que no les quitará mucho tiempo”.

Publica un aviso sexual en el periódico donde se anuncia como una joven esbelta y bella, que será humillada por su primer cliente cuando protesta y le dice que no piensa acostarse con una ballena.

“Entonces le clavé al tipo un cuchillo en el cuerpo. Lo clavé hondo. Los gordos tienen mucha fuerza en los brazos y usan ropas grandes, ideales para esconder cuchillos y otras armas”.

El crimen le da hambre y decide comprar en una confitería una torta, una caja de helado, unos chocolates y unos caramelos de mantequilla.

“Tenía que estar gorda, muy gorda, no podía tener menos de cien kilos. Era la única manera de vengarme de aquellos a los que les gustaba humillar a los demás”.

La ciudad como campo de batalla donde se esconden “los monstruos”, hasta que un noticiero los descubre como autores de algún hecho delictivo y nos presenta la imagen del crimen, aparece en los cuentos de Fonseca como escenario del riesgo. Nos revela los motivos de la rabia que merodea en las calles. Una virtud que define al género policíaco: en el caos controlado de la ficción –aunque ficción sea en Fonseca una palabra que no disfraza el desquiciamiento de la realidad y su barbarie–, el lector comprende, sin sufrir las consecuencias de la violencia narrada, lo que se puede encontrar del lado de acá del libro. Una terapia que hace de los autores del género trabajadores sociales que nos advierten acerca del caníbal que persigue a los que están en peligro: todos nosotros.

¿Excesivo? A principios de junio, la playa de Copacabana amaneció con una instalación del fotógrafo Márcio Freitas, realizada en colaboración con la organización no gubernamental Río de Paz, donde presentó imágenes de 2x2 metros en las que aparecían los rostros de mujeres angustiadas y una mano roja pintada sobre sus bocas, al pie de las cuales se extendieron 420 bragas manchadas también con pintura roja como la sangre simbólica de un censo tétrico: cada tres días son violadas cerca de 420 mujeres en Brasil. Una caída en el abismo que no es exclusiva de ninguna geografía cuando la sordidez que anula el valor de la vida registra otros hechos en Latinoamérica o en lugares emblemáticos de lo que fuera la civilización, como París –atentados terroristas de noviembre de 2015–, Madrid –explosiones de marzo de 2004– o Nueva York –ataque a las Torres Gemelas en septiembre de 2001–.

Comparando el registro del exterminio cotidiano que nutre la crónica roja con los libros de Fonseca, su escritura aventaja las descripciones del censo criminal en términos periodísticos cuando nos enseña la intimidad de sus personajes y la explicación de sus vidas; la forma como se encuentran alrededor de la muerte para contrarrestar o ilustrar la locura generalizada, quizás para mejorar sus días con el hallazgo fortuito de otro ser humano que los tranquilice en medio de sus desgracias.

Enrique, que se ha propuesto enamorar únicamente mujeres casadas desde que tenía 18 años, aclarándole al lector que no es un adúltero porque siempre ha sido soltero y está al margen de las reglas proclamadas por la religión, “hecha para esclavizar a las personas”, cuando conoce a Laura y se enamora de ella, le propone matrimonio para no traicionar sus convicciones.

“Atracción”, el cuento en el que Enrique y Laura se conocen en una librería gracias a la poesía escrita en lengua portuguesa, “una de las más ricas del mundo”, hace del sustantivo una definición del vaivén que decide las tensiones en el mundo escrito por Fonseca: según el diccionario, atraer como ganar la voluntad, el afecto, el gusto o la atención de otra persona; en Historias cortas, atraer como sinónimo de riesgo, asesinato, pasión o infelicidad; en la perspectiva del tiempo, atraer como voluntad para continuar leyendo una obra que ha presentado en cerca de 30 libros a la jauría que amenaza, donde la belleza riñe con la sordidez, pero prevalece en la escritura de Rubem Fonseca.

*Escritor

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