Uno de los espectaculares (avisos de gran formato en México) de la librería Gandhi.
  • El programa de fomento a la lectura del Ministerio de Cultura ‘Leer es mi cuento’.
  • La campaña ‘READ’ de The American Library Association, que comenzó en 1985.
  • Una publicidad del National Reading Campaign, de Canadá: "Usted puede devolver un libro prestado, pero se puede quedar con las ideas".

Un país narrado, pero no leído

Como respuesta al debate que entabló el artículo de nuestra más reciente edición “¿Por qué no lee Macondo?” sobre la falta de lectura en Colombia , y que fue complementado por Yolanda Reyes en El Tiempo, este filósofo propone un nuevo esquema: concebir el acto de leer como un derecho y no como una solución.

2015/05/22

Por Roberto Palacio* Bogotá

En Dallas, Texas, si un chico en edad escolar no está leyendo, la ong Earning by Learning se ofrece a “estimularlo” con dos dólares por libro consumido. De hecho, un estudiante que mejora su rendimiento se puede llevar a casa en un mes no solo la satisfacción del conocimiento sino entre 400 y 1.000 dólares. Según sus proponentes, el programa ha “funcionado”: sus beneficiados han mejorado en lo que los americanos consideran es la comprensión de lectura, por no mencionar que para 2010 ya había convertido en felices “clientes” a 77.000 de ellos.

Estas son cosas de los americanos que aman resolver todo echando mano de la billetera, se dirá. Pero en Colombia no estamos muy lejos, solo que le hemos puesto más “lúdica” al asunto, para que el soborno tenga un sabor pedagógico. Entre todas las estrategias que se han considerado para estimular la lectura está la de poner al país a leer un libro que se evaluará por preguntas semanales que prometen premios, un absurdo reality que engrosa los números sin lograr crear lectores en un país en el cual el sector público ama las “soluciones”.

Pero nuestra situación en materia de lectura se merece más que una solución. Considérese la disminución de la población lectora de libros. En Colombia, desde 2010 se muestran cifras que van en caída; las mayores disminuciones se dan en los estratos 0 a 2, que en el período de 2010 a 2012 han perdido 11,2 % de sus lectores, y en el estrato 4, la clase media, que en el mismo período se desploma la pasmosa suma de 21,3 puntos porcentuales, pasando de 73,5 % de personas que leen libros en 2010 a 52,2 % en 2012. Si bien es cierto que la disminución se ha debido en parte a la existencia de otros medios de lectura posibilitados por plataformas digitales, también se constata una simple tendencia a no leer. La clase media que ha ganado acceso a la educación superior, al parecer ha logrado resistirse a la lectura. Según una investigación adelantada por Colciencias en 2012, el 82 % de los universitarios tiene como principal fuente de lectura los apuntes de clase; el 80 % (los grupos no son excluyentes) tiene como segunda fuente de lectura lo que deja el profesor –fotocopias, fragmentos de textos– y solo el 72 % de ellos tiene la costumbre de “leer libros”. No alcanza a ser uno de cada tres los que “leen literatura” y aún así la leen ‘para otros’ porque los estudiantes entrevistados coinciden en que es deber del profesor resaltar los pasajes de interés.


Una publicidad del National Reading Campaign, de Canadá: "Usted puede devolver un libro prestado, pero se puede quedar con las ideas".

¿Por qué hemos llegado a una situación en la cual el estímulo a la lectura se asemeja a una prima laboral, o a un absurdo reality…e incluso en la universidad nos resistimos a la tarea de leer? ¿En qué estamos fallando en nuestros intentos por estimular la lectura, –promoción, incentivación, llámese como se quiera al esfuerzo por acercar lectores a los textos–? Creo que estas preguntas señalan la necesidad de plantearnos una indagación que no nos hemos hecho antes de plantear un programa consistente: ¿Qué papel juega la lectura en nuestra vida?

Qué sarta de propósitos se han asociado a la lectura…hasta ahora pareciera que una de las mayores preocupaciones nacidas de nuestros índices se refiere a qué tantos libros hemos dejado de comprar. No hay que olvidar que varias de las organizaciones que tienen por objeto estimular la lectura fueron creadas por el sector editorial. Pero no se debe uno engañar, una cosa son los índices de ventas de libros y otra los de lectura; para un país que lee tan poco, Colombia produce y vende una cantidad asombrosa de libros. Prueba de ello es la desproporción que existe entre el tamaño de nuestra industria editorial y nuestra propensión a leer. Mi punto definitivamente va en otra dirección; no hemos pensado el problema del estímulo a la lectura en donde realmente duele…de cara a la educación y el desarrollo personal.

No ha de ser ningún tipo de revelación afirmar que grupos de interés religioso y político le han adjudicado a la lectura la tarea de convertir a un lector en un fiel o en un votante. Bajo esta visión, leer nos hace mejores cristianos o ciudadanos. Es parte de una tradición que asume la lectura como una práctica moralizante, la idea tan común en Colombia de que el saber tiene una misión salvífica. Pero esa idea ha sido funesta, no solo como estrategia pedagógica, sino que es justamente uno de los elementos del desastre; ¿cuántas personas no odian la filosofía o la literatura porque en el colegio un “curita” se las metió por la nariz? Por mi parte no me cabe duda de que no soporto la historia de Colombia por la manera patriotera y cívicamente edificante en que me la tuve que memorizar como si viniese escrita en una moneda. De hecho mi propuesta va en sentido contrario: parte de la premisa de dejar de ver en la lectura algo que mágicamente proyectará en la mente del lector un código moral. La Ilustración de los siglos xvii y xviii nos entregó esta profecía de manera más bien acrítica y sobre ella se han fundamentado casi todos los programas que enfatizan la deseabilidad del saber: la matemática nos hace más armónicos; la filosofía, más éticos, y la literatura, mejores personas. Pero si algo ha sido falaz es suponer que la corrección de la conducta se sigue de la propensión a leer…o del cultivo del saber. Cualquiera que conozca las cárceles en Colombia verá que ellas están llenas de lectores y “humanistas”. 

Es preciso comenzar a concebir otras funciones que la lectura puede desempeñar en nuestra vida. No basta que en materia de lectura tengamos la condescendencia de permitir a los niños leer textos que ‘narran sus propias experiencias’. El problema es más complejo; intentamos impulsar una tradición literaria que enfatiza la identidad de la voz propia entre una generación –la así llamada Millenia– que al decir del ensayista George Steiner en su deleitable El castillo de Barba Azul, prefiere los saberes colectivos que no conducen a establecer una identidad diferenciada. Por ello suelen ver en la actividad intelectual fundada en la palabra un código sospechoso e individualizante. La lucha de los Millennials es contra el carácter único, contra tener que llegar al punto de afirmarse. A eso súmesele el general agotamiento en nuestro tiempo de experiencias sobrecogedoras, de programas que quieren montar gente en el vagón. Es tiempo de admitir que la cantidad de experiencias que diseñamos para los deseados lectores simplemente no los tocan.


Campaña "READ" de the American Library Association, que comenzó en 1985.

El premio nobel de economía Amartya Sen en La idea de la justicia y la filósofa Martha Nussbaum en Sin fines de lucro han puesto recientemente sobre la mesa una serie de ideas que mucho tienen que decir acá. Sitúan el estímulo a la lectura en el plano de un problema más amplio: el de las capacidades. No se trata de entender la lectura solo como una destreza. En efecto, entienden por habilidad no el manido concepto de “skill”, refrito sin crítica por el Ministerio de Educación como “competencia”, sino algo mucho más comprensivo; no la gama de potencialidades que hacen que una persona termine por hacer realmente lo que termina por hacer, sino aquellas que la abren a todo lo que es capaz de hacer, elija o no aprovechar esa oportunidad. Así, el cultivo de una capacidad conduce a preparar a un individuo para la vida que puede vivir, no solo para la que le tocó vivir.

Por un momento concíbase le lectura como una capacidad en este sentido. El libro le permite al lector digerir experiencias que nunca tuvo o podrá tener, ser tocado por vidas de las que nunca será su poseedor. Esa potencialidad que nos abre a realidades no vividas no se limita a ser enriquecedor en un plano personal, sino que tiene una dimensión política ya que hace que el acto de leer se asemeje a un derecho. En efecto, los derechos versan sobre el espectro de lo posible en nuestra vida. Aprender a leer en esta perspectiva es educar para la democracia según la bella reflexión de Nussbaum. La experiencia misma de leer, lo que sucede en la práctica del lector a medida que avanza por un texto, es importante porque es lo que mejor emula la vida: 

“¿Qué le sucede a un lector a medida que lee? ¿Cómo diversas obras le dan forma a su deseo e imaginación nutriendo durante el tiempo gastado en la lectura misma una vida que es o bien rica o empobrecida, complejamente centrada o negligente, con forma o amorfa, amorosa o fría?”, pregunta Nussbaum. 

Lo inadecuado de la experiencia tejana es que hace de la lectura una práctica corta en el sentido de las potencialidades; pagar por desplegar una capacidad es totalizar solo una faceta de nuestra existencia. Nos pagan una prima en el trabajo, pero no tiene sentido que nos paguen por jugar, por ejemplo. No queremos crear lectores incapaces de ver su actividad como un fin en sí mismo, no queremos formar lectores a cualquier precio. 

El enfoque de las capacidades implica también, en ese orden, que no se estimula la lectura para cosa alguna. Podremos incitar capacidades que nunca se llegarán a ejercitar o a necesitar. Uno de los altos precios que se paga luego de años de educación técnica es que habilidades que no son conducentes a mejorar una “competencia” específica perecen. No sorprende que la capacidad de leer haya sido la primera decapitada; de ella no ha de esperarse un punto en el pib. Deseamos mejores lectores porque preferimos, como me fue señalado por Claudia Rodríguez de Fundalectura, contar “con ciudadanos capaces de decir lo que quieren decir en el momento en que lo quieren decir y de la manera en que lo quieren decir”. Y en efecto, la necesidad de leer debe poder afirmarse como un fin; el poeta ruso Joseph Brodsky, premio nobel de literatura, decía que si el lenguaje es lo que nos distingue de las demás especies y si la literatura es un tipo de lenguaje muy especial, nuestro ejercicio como escritores y como lectores no es un hobbie casual, sino un fin de la especie.

¿Irremediablemente romántico? Vivimos en épocas en las que todo lo que no está diseñado como solución lo es. Pero hágase la pregunta del filósofo Alasdair MacIntyre, que viene totalmente al caso: ¿en qué mundo preferiría vivir? ¿En uno en que una persona que así lo desee puede acceder a las altas esferas de la cultura por medio de los instrumentos que la humanidad ha ideado para ello o uno en la que esto no es posible porque las potencialidades necesarias para ello se han obliterado?

Al poner la lectura en el plano de la dignidad humana, se dirá, no solo la hemos puesto en un plano discutible, la hemos convertido en algo inalcanzable. ¿Cómo logramos que los lectores quieran recorrer ese camino, si vivir una vida digna no es obligatorio? Y en efecto no lo es; ser lector no tiene obligatoriedad. Pero no por ello no es altamente posible o deseable. He acá el punto nuclear: no lograremos como sociedad acercar lectores a los textos hasta que no hayamos incorporado en nuestra vida al lector como un modelo que se despliega en el espectro de nuestras posibilidades.

Si algo se hace patente en Colombia es que en materia de acceso a los libros, hemos andado un camino enorme. Un niño que quiera tener un libro en sus manos, así sea a través de un préstamo bibliotecario en un rincón apartado, tiene un alto chance de que así sea. Examínese la juiciosa reflexión del historiador Jorge Orlando Melo sobre las bibliotecas públicas. El siguiente reto es que lo abra, y en ello hemos avanzado poco. Colombia sigue siendo un país que si bien se ha narrado, no se ha leído. Muchas sociedades cuentan el tener lectores como un patrimonio trabajado. Pero también se ha logrado esta reivindicación de una manera indirecta, al reconocer y promover figuras respetables que son lectores. Considérese si los geeks de The Big Bang Theory no han hecho más por reivindicar la respetabilidad de la figura del que estudia que toda una campaña de, digamos, futbolistas recitando versos. Los niños no son tontos; la adecuación de las figuras que elijamos como lectores respetables implica que escojamos personas que han desplegado su potencial como lectores. En Colombia carecemos de tales modelos y no estamos conscientes del vínculo entre ellos y el cultivo de algunas capacidades. 

Este punto me parece crucial; estimular la lectura tiene que ver con crear un ambiente amigable para los nichos emotivos que la hacen posible; la introversión, el gusto ecléctico. El amor a la lectura es tan incomprensible para algunos niños que, según testimonio de maestros de escuela de Antioquia que reuní hace dos años, es común decir que la lectura enloquece. En algunos casos estamos hablando de largas tradiciones que ven en la lectura una desusada excentricidad. Si esas tradiciones son inexpugnables, los modelos de lectores tendrán que elegirlas a ellas: si leer enloquece, quizá convenga un poco de locura en nuestra vida.

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