En busca de la gran novela norteamericana

Pureza, la nueva novela de Jonathan Franzen, hace parte de una antigua tradición estadounidense: la pretensión literaria, blanca y masculina, de escribir obras que funcionen como testamentos amplios, definitivos y grandiosos de su época. Pero, en tiempos saturados de símbolos inmediatos, ¿qué valor tienen estas ficciones?

2016/01/27

Por Catalina Holguín Jaramillo* Bogotá

La gran novela norteamericana se escribe con mayúsculas: Gran Novela Norteamericana. Ha de ser épica, ha de ser ambiciosa, ha de reflejar el Ser Americano. La Gran Novela Norteamericana está necesariamente anclada a un contexto, tiene una seriedad de propósito y su autor no se debe tomar a la ligera.

El modo de la Gran Novela es realista, al estilo del siglo xix, y el entramado une esferas personales y públicas en un contexto firmemente anclado a un tiempo y un espacio. Moby Dick, de Herman Melville, ocurre en el contexto de la caza de ballenas de esperma en la primera batalla transnacional por recursos energéticos. Ambición humana contra la naturaleza. En Las aventuras de Huckleberry Finn, Mark Twain une la experiencia íntima de un niño rebelde blanco con la fuga de un esclavo negro por el Misisipi durante el siglo xix. Otras Grandes Novelas más contemporáneas como Submundo, de Don DeLillo, o Broma infinita, de David Foster Wallace, se alejan de la regla decimonónica pero mantienen el mismo carácter vigoroso, polifónico, extenso.

El autor de una Gran Novela Norteamericana ha de estar bendecido por la crítica pero también por el público. No basta con una corona de laureles impuesta a un escritor a quien nadie reconozca como un Autor Nacional. El público general ha de conocerlo, ha de vender bien y su libro ha de ser un testamento amplio, definitivo y grandioso sobre una época, reflejar sus sueños, miedos, valores, problemas. No son novelas nacionalistas. De hecho, las más afamadas tienden a ser bastante críticas. Como dice el norteamericano Adam Kirsch, estas Grandes Novelas son justamente aquellas que “desnudan la oscuridad oculta en la sociedad y el alma norteamericanas”.

Las listas más prosaicas de la Gran Novela Norteamericana se discuten en foros de internet o salen periódicamente en diarios o revistas que, a fuerza de repetir el apelativo, van agarrando tracción. Los nombres siempre son los mismos: Melville, Twain, Steinbeck, Faulkner, Dos Passos, Hemingway, Fitzgerald, Roth, Wolfe, Salinger, Franzen. Y en la repetición se afirma un canon estético: novelas extensas, generalmente de corte realista, situadas históricamente, representativas de una generación. Con excepción de la escritora afroamericana Toni Morrison, que con el Premio Nobel se ganó el derecho a que Beloved fuera considerada una Gran Novela, buena parte de los autores de Grandes Novelas son hombres blancos.

De modo que cuando en 2010, a la publicación de Libertad, Jonathan Franzen apareció en la portada de la revista Time coronado con el título de “Gran Novelista Norteamericano”, salieron a relucir todas las incomodidades que genera el término y lo que este ha significado (y lo que ya no significa) en la construcción de una literatura nacional. Como apunta la crítica estadounidense Cheryl Strayed en un debate reciente sobre la relevancia actual del término, es un poco ridículo esto de que creer que “una persona, y solo una persona de una generación, pueda poseer todos los poderes intelectuales y creativos, así como la inteligencia emocional y la habilidad literaria para producir una novela que diga una única verdad sobre la totalidad de la experiencia americana. Es una absoluta tontería”.


The Art Archive.

Con Pureza, el último libro de Franzen, también hubo discusiones sobre si esta también es o no una Gran Novela. Lo cierto es que el libro permite discernir la fórmula franzenesca para la producción de una Gran Novela: tomar un gran tema (en este caso la privacidad) y extenderlo en todas sus posibles ramificaciones, desde los secretos íntimos de una pareja hasta la vigilancia estatal ejercida vía internet. Pip, la protagonista, es una joven estadounidense que vive con ocupas en Oakland. Su mamá se ha negado a revelarle la verdad sobre su familia y su paternidad. Ahogada por deudas estudiantiles y por un secreto existencial básico, se une a la causa de un líder carismático (calcado del Julian Assange de Wikileaks) que lucha por develar los secretos estatales por medio de hackers y otras mañas tecnológicas. A su vez, este líder, llamado Andreas Wolf, esconde su propio secreto oscuro, el cual está en manos de un periodista investigativo que también vive de destapar escándalos que los medios tradicionales ya no quieren cubrir. Él tiene una amante (más secretos), y esa amante, a su vez, tiene un marido complicado con más secretos. Todos los personajes cumplen cabalmente su función de representar distintos niveles de la idea de la privacidad, y la suma de los personajes y sus tramas revelan distintas dimensiones, desde lo privado hasta lo estatal, de manera que la ficción es como un ensayo novelado sobre una época y sus preocupaciones.

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Aunque el término de “Gran Novela Norteamericana” busca definir una historia nacional literaria, según muchos críticos la limita y la constriñe. Por fuera quedan las escritoras y minorías étnicas, así como los autores de textos experimentales, de gran intensidad psicológica y de lenguaje, o simplemente autores de otros géneros como el teatro o la narrativa breve. Lo cierto es que el famoso apelativo ha generado discusiones mucho más interesantes sobre las literaturas nacionales y el lugar que tienen (o que no tienen) autores marginales en la construcción de la literatura de una nación extensa, compleja, multirracial. En resumen, es un término que genera rasquiña por todos lados. Así lo resume Adam Kirsh: “¿Qué autor, después de todo, tiene el derecho, la autoridad cultural, para condensar toda la diversidad de experiencias y perspectivas que pudiéramos llamar “americanas” en un solo libro?”. Michael Kimmage escribe en The New Republic que el sueño de la Gran Novela Norteamericana es “tonto, ingenuo y anticuado”. Adap Gopnik, del New Yorker, escribe con gran sorna que “no hay nada más norteamericano que nuestro deseo de hacer que lo gigante sea mejor que lo excelente. Nos fascinan las afirmaciones de proporciones gargantuescas”. […] Claro que podríamos aprender de Tolstói o de Shakespeare cómo son los seres humanos, pero eso no nos satisface; el Homo americanus siempre se ha concebido como un nuevo tipo de hombre. Esta convicción, que puede ser trazada en nuestra política, economía y política exterior, también ha influenciado nuestra literatura”.

Desde la perspectiva de las mujeres, la escritora y crítica Francine Prose lanza un ataque frontal. En su ensayo El aroma de la tinta de la mujer, Prose afirma que la institucionalidad literaria norteamericana (que incluye al conjunto de escritores, críticos, revistas, editoriales y prensa) está empeñada en demostrar que las mujeres no pueden escribir ningún libro de peso histórico, ni decir nada de real importancia. Por tanto, son por definición incapaces de ocupar un lugar en el escalafón de la Gran Novela. “Otro de los cargos imputados a las escritoras –afirma Prose– es que nuestro trabajo está limitado al pequeño tramo de vida que se ocupa entre el boudoir y el altar. Los hombres escriben sagas enormes, tan gruesas como una guía telefónica, sobre las grandes ciudades, las clases sociales, nuestro destino nacional, nuestro pasado y nuestro futuro tecnológico. Ellos producen ficción visionaria, atrevida y experimental que periódicamente revive la moribunda novela. En cambio, las mujeres escriben ficciones diminutas, que ocurren en espacios interiores, sobre pequeñas familias con sus pequeños problemas. No hay de qué extrañarse, entonces, que nuestra obsesión con los sentimientos nos impida ver las realidades sociopolíticas más amplias, aquellas que se cuecen a las afueras de los cuartitos en donde se reproducen nuestros pequeños teatritos de sentimientos”.

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¿Por qué la obsesión de los estadounidenses con su Gran Novela? Según el crítico colombiano Alberto de Brigard, la búsqueda de la Gran Novela se explica en “la importancia de resaltar factores de coherencia en una sociedad de emigrantes, y un cierto complejo de inferioridad que los lleva a suponer que esa ‘gran novela’ existía en muchas culturas europeas. ¿Habrá consenso sobre lo que sería la Gran Novela Francesa? ¿Balzac? ¿Proust? Quizá ambos hubieran respondido que precisamente lo que les interesaba era que su obra describiera tipos humanos universales y no locales”. En el caso colombiano, si bien hay consenso de que las Grandes Novelas Colombianas son Cien años de soledad, de García Márquez, y La vorágine, de Rivera, estos son libros que hoy se leen así pero que no necesariamente fueron escritos con esa intencionalidad totalizante. Es más posible que García Márquez quisiera contar un “megarrelato de la costa atlántica de Colombia”, como afirma De Brigard, mas no un megarrelato nacional.

No es de extrañar que el término y la ambición de esta búsqueda haya surgido en un momento de gran fractura histórica en Estados Unidos. El término lo acuñó en 1868 John William De Forest en un ensayo titulado La gran novela americana, en el cual hacía un llamado para la construcción de una tradición literaria que reflejara la sociedad norteamericana, su carácter complejo y amplio, la grandeza de su territorio y de sus habitantes. En ese sentido, lo que De Forest imaginaba no era una única novela, la ganadora de un gran y único galardón, sino más bien era una prescripción para un tipo de literatura sin duda influenciado por el realismo francés del siglo xix y por la necesidad de consolidar una sola nación en la imaginación colectiva. Es importante anotar que recién culminaba la gran guerra civil norteamericana (ocurrida entre 1861 y 1865), que incluso hoy en día define la identidad de Estados Unidos. También, en ese entonces, la novela era el medio de representación artística fundamental. Se leían las novelas. No existía el cine ni la televisión. Se creía entonces, como no ahora, que una novela era realmente capaz de capturar y reflejar el espíritu de una nación.

En últimas, la literatura es irrelevante en la sociedad contemporánea, cada vez más saturada de modos de expresión simbólica más inmediatos y comercializables. Con lo que toda esta discusión de la Gran Novela le importa cada vez a menos gente. Para cerrar con palabras del Gran Novelista Norteamericano Don DeLillo, quien en algún momento comparó la acción de un terrorista con la de un novelista: “Hubo un tiempo en que el novelista tenía cierta influencia sobre el pensamiento de sus contemporáneos, sobre la manera como veían el mundo, como vivían. ¿La literatura aún tiene ese poder? No, creo que lo ha perdido. Aún se escriben grandes novelas, pero ya no cambian el mundo. Vivimos en una época de medios masivos instantáneos, televisión e internet. Ellos determinan nuestro tempo, no los libros”.

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