José Watanabe en su residencia en Lima, Perú. El poeta, de ascendencia japonesa, murió el 25 de abril de 2007. Crédito: Andina /AFP

Testimonio del silencio: José Watanabe, diez años después

Como el algarrobo, solitario y digno en medio de la aridez de estos tiempos, los versos del Chino Wata siguen resonando con persistencia en el ámbito de la poesía en español. El ayudante de camionero, escritor de libros para niños, guionista de cine y luminoso poeta falleció hace una década de un cáncer de garganta.

2017/07/27

Por Carlo Acevedo* Iowa

José Watanabe nació en 1946 en Laredo, en el norte del Perú. Como él mismo señalaría en la década de los dos mil, durante sus prolongadas conversaciones con la periodista Maribel De Paz, que luego le servirían a ella para escribir El ombligo en el adobe: asedios a José Watanabe, el pueblo en el que transcurrió su niñez estaba compuesto por ocho o diez bloques de casas rodeados por plantaciones de caña de azúcar. Hijo de Harumi Watanabe, inmigrante japonés, y de Paula Varas, de procedencia indígena y campesina, el escritor desarrolló una sensibilidad poética tan singular como sus propias raíces.

De niño, Watanabe escuchó de boca de su padre, sin comprenderlas del todo, pero a sabiendas de que contenían una sabiduría aún inasible para él, traducciones improvisadas de los poetas Basho, Buson e Issa, vértebras de la tradición del haikú en Japón y también fuentes de inspiración continua de su propia obra. Gracias a la influencia de Harumi, y de observar y escuchar aquello que el entorno tenía por decirle durante las reiteradas caminatas que ambos emprendieron entre los cañaverales de Laredo, el joven Watanabe forjó la capacidad de guardar silencio. La herencia peruana de Paula, por otra parte, le brindaría un mundo real, aunque pasado por los filtros de la memoria y la nostalgia, a su poesía. Más aún, el carácter severo de la madre, que se ganaría el apodo de “Señora Coneja” en la obra madura de Watanabe por ser el pilar de un hogar con casi una decena de niños y un padre de familia ensimismado, representaba una figura contradictoria para el escritor. Entre el padre idealizado y la madre terrenal habría de desarrollarse parte de su escritura.

De no ser porque la familia Watanabe Varas ganó la lotería en 1956, el autor, cuya muerte se cumplen ahora diez años, habría debido resignarse a ser jornalero en los cañaverales de Laredo. Era tan poco prometedor el porvenir de los hermanos que el “Chino Wata” (así lo apodaron sus amigos de la infancia) fue el encargado de vender el uniforme del colegio de su hermana Dora cuando sus padres decidieron retirarla de los estudios. Hasta el final de sus días, la culpa por aquel episodio perseguiría al poeta.

Dadas sus nuevas posibilidades financieras y sociales, la familia se mudó a la costera y más elitista Trujillo. Watanabe apenas había acabado la primaria y pensaba empezar a trabajar, pero se le dio la oportunidad de completar la educación secundaria. De haberse sentido cómodo en la carrera de Arquitectura en Lima y de no haber percibido en dicha facultad un ambiente frívolo y desprendido del arte, habría conseguido incluso un título terciario. Fue a partir de su nueva vida, de la mano del profesor de Literatura de su colegio en Trujillo, que descubrió la vocación de poeta.

A los 16 años, tras graduarse del bachillerato, José viviría días de vacilación. El Chino Wata volvería a Trujillo unos pocos meses después de haber llegado a Lima y pasaría un tiempo trabajando como ayudante de camionero. Luego volvería a la capital para iniciar y finalizar prematuramente sus estudios de Arquitectura. Durante los innumerables viajes cruzando los desiertos del norte del Perú, a José lo marcó un elemento recurrente del paisaje: el algarrobo, un árbol que se haría un espacio en su obra futura.

El agitado y cambiante ritmo de vida a mediados de los sesenta no le impidió al peruano seguir escribiendo. Su acercamiento a distintos grupos literarios, tanto en Lima como en Trujillo, así como su vocación de narrador, de la que se habla menos, le valieron para que se publicara su primer cuento en la revista Narración, dirigida por el ya reconocido Oswaldo Reynoso. Sin embargo, sería solo en 1970, ya de vuelta en la capital, que el mismo Watanabe se dijera a sí mismo “soy poeta”, como le confesó a De Paz en alguna de las ya mencionadas conversaciones. Ser ganador del modesto premio Poeta Joven del Perú, con el poemario Álbum de familia, era razón suficiente para otorgarse tal calificativo.

Casi dos decenios pasarían hasta la publicación de su segundo libro, El huso de la palabra (1989). En una encuesta organizada por la revista Debate, el libro se consagró como el poemario hispano más importante de la década.

El dinamismo de la propia vida (aunque en el caso del peruano, este muchas veces se codeara con la muerte) siempre fue un rasgo recurrente de las páginas que escribió. El cáncer de pulmón (tratado en Alemania en 1986, cuando José tenía 40 años) y su experiencia como padre fueron, en este libro, nuevos catalizadores de sus versos.

Que un lapso de casi dos décadas se interpusiera entre las primeras dos colecciones de poemas publicadas no significa que Watanabe abandonara el oficio de la escritura. Para empezar, no fue poca la poesía que produjo en aquellos años, pero la mayoría, según su autor, no mereció ser conservada. Durante los setenta y ochenta, fueron sus facultades narrativas las que en realidad le abrieron posibilidades creativas y laborales. Gracias a su trabajo como guionista del programa infantil de televisión La casa de cartón, la Unesco y la televisión de Baviera le ofrecieron una beca, en 1974, por lo que pudo vivir en Europa, de manera discontinua, por unos cinco años.

Lejos de su patria, abrió otro de sus relevantes y menos comentados frentes literarios: los cuentos infantiles. Un total de once harían parte de su obra.

En 1981, después de su retorno momentáneo al Perú, antes del surgimiento del cáncer que lo haría volver a Alemania y que tanta influencia tendría en El huso de la palabra, escribió el guion de Ojos de perro, película que codirigió. Este sería el primero de numerosos proyectos cinematográficos.

Tan solo transcurrieron cinco años desde la publicación de El huso de la palabra hasta la presentación del tercero de sus poemarios. Historia natural llegó a las estanterías de las librerías de Lima en 1994, año en el que al poeta le sería diagnosticado un segundo cáncer, que esta vez fue atendido en la capital peruana. Watanabe le dedicó Historia natural a su hermana Dora, y el epígrafe del poemario, vale la pena señalar, es de Issa, autor japonés que había inspirado el nombre de su segunda hija, y cuyas traducciones al español había escuchado de boca de Harumi.

José Watanabe se había dicho a sí mismo, a sus 24 años, “soy poeta”, pero siempre se mantuvo abierto a la posibilidad de diversificar su obra. Para conmemorar los hechos que tejieron la historia de los inmigrantes japoneses en el Perú del siglo XX, en coautoría con Amelia Morimoto, publicó en 1999 La memoria del ojo. Las páginas del libro dejarían constancia de las precarias condiciones laborales que los recién llegados de Asia debían asumir en los cañaverales, las deportaciones masivas que en plena Segunda Guerra Mundial el gobierno peruano ejecutaría por presión del gobierno de Estados Unidos, la construcción de una nueva cultura e identidad local y el racismo al que se enfrentarían tantos ciudadanos “chinos” en su país.

Sin embargo, diversificar su obra nunca supuso para el autor olvidar su vocación. Con Cosas del cuerpo, su cuarta colección de poemas, publicada también en 1999, el Chino Wata siguió explorando sus líneas recurrentes: los padres muertos, sus experiencias en la rural Laredo, su relación con la poesía. Pero no fue hasta la publicación de Habitó entre nosotros, en 2002, que surgió el poemario más atípico de su obra. Sus 23 poemas se inspiran en distintos episodios de la vida de Jesús. Sin caer en la devoción, los textos de Watanabe reconstruyen los sucesos con un tono épico: Jesús aparece entre terrenal y mítico, tal como el “lamentable Prometeo”, epíteto que le había dado al padre en su primer libro, y en cuya memoria se dedicó el más reciente.

A los 57 años, Watanabe ya se había hecho un nombre en España. La antología Elogio del refrenamiento (2003) le abrió al escritor las puertas de la Península Ibérica. No sorprende que en 2005 apareciera en los anaqueles de las librerías españolas La piedra alada, el penúltimo poemario que Watanabe publicó en vida y el primero publicado fuera de su país natal, que resultó ser un fenómeno comercial: durante ocho semanas fue el libro de poesía más vendido en el país y se mantuvo entre los más vendidos por más de medio año.

Ya en un estado de salud delicado, Watanabe transformó su relación con la escritura. Al autor maduro, como este le aseguraría a De Paz, se le hacía fácil escribir, no se complicaba tanto al “articular pensamiento y lenguaje”. Por otro lado, la plena conciencia de estar afrontando un horizonte temporal limitado lo impulsaba a acumular versos sin recelo, a convencerse de que no debía llevarse consigo ningún poema.

Dadas las circunstancias, no bastó más que un año para que, también en España, se editara Banderas detrás de la niebla, la última colección de poemas que Watanabe publicó. De la ya difunta “Señora Coneja” el autor escribiría “A este cadáver le falta alegría”. El poema “Basho” reivindicaría la influencia del haikú sobre el peruano y a su vez la del difunto “lamentable Prometeo”. Los versos de “El algarrobo” se inspirarían en los viajes que el poeta había emprendido por los desiertos del norte del Perú, cuando trabajaba como ayudante de camionero. El último de los poemarios de José Watanabe fue un inventario de sus propios días.

Habiendo ya burlado dos cánceres, sin fuerzas para encarar el tercero, el poeta murió en Lima el 25 de abril de 2007, a los 61 años, plenamente seguro de que uno de los versos de su corpus maduro había sentenciado una máxima que caracterizaría el transcurrir de sus horas en la tierra: “Qué rico es estar contigo, poesía”.

*Literato. Maestro en Escrituras Creativas de la Universidad de Iowa.

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