Una vista del río Mapocho, en Santiago de Chile, que divide la ciudad en dos.
  • Roberto Bolaño (1953-2003)
  • Alejandra Costamagna
  • Nona Fernández.

Lo que el río se llevó

Sobre un valle de 70.000 hectáreas, Santiago ha ido cosiendo de manera desigual sus barrios, como retazos de distinta calidad. Dos cordilleras lo abrazan y un río lo cruza como una herida. La literatura ha sido la costura que ha unido su pasado de ciudad modesta con la urbe de edificios espejados y casi siete millones de habitantes.

2015/08/21

Por Vivian Lavín Almázan* Santiago de Chile

Hace un año, estaba en Fráncfort. Fui invitada junto a un grupo de profesionales de las más diversas partes del mundo a la Feria Internacional del Libro de esa ciudad, la más grande del planeta. Mientras paseábamos, complacidos por el paisaje urbano que nos brindaba el río Mainz, un curso de agua amplio y generoso, un enorme bloque verde-azul que se mueve impenitente y taciturno, un colega argentino recordaba que el Mainz se parecía al Río de la Plata y, sin mediar más, dijo: “Estos son ríos. No como el Mapocho, que cuando lo vi, morí de la risa…¡era un hilo de agua!”. Y con tono porteño remató: “Aunque también Santiago es una ciudad feúcha”. Creo que la frase no me dolió tanto como el gesto de desagrado que hizo arriscando la nariz. Todos los ojos del grupo cayeron sobre mí, que a esas alturas, ya me llamaban por el nombre de mi país, Chili, y atiné a preguntarle en qué época del año había visitado Santiago. “Una vez, durante el verano”, respondió displicente. Entonces, me las arreglé para explicarle al grupo, no al argentino que ya ni me escuchaba, que la geografía chilena inclinada desde la cordillera de los Andes hacia el océano Pacífico tiene mucha pendiente y hace que nuestros ríos corran muy rápido y con gran caudal durante el invierno. Un solidario periodista colombiano dijo que no conocía Santiago, pero que tenía buenos comentarios, que las canchas de esquí eran buenísimas. A esas alturas, ya no quería explicar que para mí el río Mapocho también es horrible, pero que siempre me ha parecido interesante que sea un río del que hay que desconfiar. Hay gente que aún se ahoga allí, aunque a ratos parezca una acequia. Por sus aguas han pasado demasiados muertos…

Santiago se escribe y la ciudad se destruye
“El río Mapuche, o Mapocho, como ahora lo conocemos, ha sido históricamente el límite entre las dos ciudades que conforman Santiago. La visible y la invisible, la que mostramos y la que ocultamos. Del Mapocho hacia el sur se constituye el rostro urbano, la postal que se vende en las tiendas turísticas con La Moneda, la Alameda, la iglesia San Francisco, la Biblioteca Nacional, las universidades. Del Mapocho al norte siempre fue territorio de muertos, locos y enfermos: el Cementerio, la Vega Central, los hospitales, el Manicomio. Incluso la Virgen del Cerro San Cristóbal bendice, desde lo alto, la cara sur de la ciudad, mientras a la otra, le da la espalda. El río Mapocho además fue durante mucho tiempo el lugar al que iban a parar las cloacas de la ciudad. No era extraño verlo lleno de basura y excremento, hediondo, horrible incluso, en sus trayectos más céntricos”, dice la actriz y escritora Nona Fernández autora de la novela Mapocho. Cuenta que fue una fotografía de 1973, a pocos meses del golpe de Estado, en la que aparece la imagen de un cadáver en la ribera del río, lo que la impulsó a escribirla. “A partir de esa imagen comencé a fantasear con la escritura de un texto que hablara sobre esos muertos que han sido llevados por el río a lo largo de la historia de Chile. Pese a estar en el corazón de la ciudad, pese a cruzarla por completo, siempre ha sido depositario de lo que no queremos asumir ni ver: nuestros despojos. Es como una especie de herida abierta que supura, pero que históricamente hemos ignorado”, dice.  

El chileno Roberto Bolaño (1953 - 2003).

La literatura chilena del siglo xx, a diferencia de lo que ha sucedido con la del siglo xxi, no se conformó con la ciudad en la que nació. “¿Por qué la novela no ha querido mirar ‘la copia feliz del edén’ de nuestro himno –preguntarán algunos–, y en cambio ha acumulado estas imágenes recurrentes de entierro y dolor, muralla e imbunche que habitan el Santiago literario?”, se pregunta el escritor Carlos Franz en La muralla enterrada, un ensayo histórico sobre 73 novelas aparecidas a lo largo del siglo pasado. Un relato que surge a partir de su propio encuentro con los vestigios de lo que fueron los tajamares, las primeras canalizaciones del río Mapocho y la construcción del Puente de Cal y Canto que terminó, como todo en Chile, si no son terremotos o incendios, por un aluvión en 1888. Así fue dibujando la ciudad y sus diversas zonas a partir de autores y obras clásicas, como El socio, de Genaro Prieto; La sangre y la esperanza, de Nicomedes Guzmán; El obsceno pájaro de la noche, de José Donoso; Estrella distante, de Roberto Bolaño; Casa Grande, de Luis Orrego Luco, y Memorial del Viejo Santiago, de Alfonso Calderón, entre tantas otras. Pero entre todos, es Joaquín Edwards Bello con La chica del Crillón o El roto y sus ácidas crónicas el que más ha inspirado a los escritores actuales. Roberto Merino es uno de ellos. Reconocido cronista urbano y autor de Todo Santiago. Crónicas de la ciudad, donde resume un trabajo de años que inició “por la fascinación que me producía una ciudad cuyo pasado estaba en proceso de ser borrado. Me impresionaba que un caudal muy amplio de vida se perdía en el desprestigiado rubro de las antiguallas”. Pero se cansó y sus crónicas volaron más allá de la ciudad y sus avatares. “Me pareció estar cayendo en una especialización que no estaba en mis planes”, dice.

El escritor de novela policial Ramón Díaz Eterovic, en cambio, sigue impenitente retratando a Santiago en su vasta obra que comenzó en 1987, con la novela La ciudad está triste. “Me propuse hacer de Santiago un personaje más de mis novelas, con cierto afán de memoria urbanística respecto de una ciudad que desaparece o se transforma. Eso me permite registrar algunas de sus huellas, del sector céntrico, en especial, y crear cercanía con los lectores que identifican los lugares que menciono en mis novelas. (El detective) Heredia vive en el barrio Mapocho”, dice.

“Odio las demoliciones porque han destruido los barrios de mi juventud. Había en Diagonal Oriente casas que eran fortalezas imaginadas a orillas del desierto de los tártaros. En José Domingo Cañas, casonas que tenían –vanguardismo de mediados de siglo– terrazas curvas y ojos de buey, como si fuesen barcos varados a la sombra de los plátanos orientales. (…) Han demolido aquellas casas semigóticas de Seminario, puntiagudas y estrábicas, que daban a esa calle una belleza árida, ominosa, de comarca poblada por sombras que huían del sol como en un cuadro de Giorgio de Chirico”, se quejaba Marcelo Maturana en una de sus crónicas semanales publicadas en el diario Las Últimas Noticias.

Retazos marginales
La Plaza Italia es una rotonda cercana al río Mapocho que, desde la caída de la dictadura cívico-militar hace tres décadas, se convirtió en el sitio de celebración ciudadana y en el paisaje de muchas crónicas de relatos. A escasas cuadras está el cerro Santa Lucía, donde se fundó la ciudad el 12 de febrero de 1541. También es el nombre del primer cuento que escribió el autor Pablo Simonetti, quien sitúa su narrativa en un Santiago de lo que se denomina de “Plaza Italia para arriba”, junto a otros autores como Carla Guelfenbein, Alberto Fuguet o Elizabeth Subercaseaux, apuntando hacia la zona oriente de la ciudad donde están los barrios más acomodados y los centros financieros modernos de altos edificios espejados. La novela Sanhattan, de Ricardo Wurgaft, es un retrato de ese mundo que también puede ser decadente en su opulencia. “Adiós al viejo Centro, a sus paseos sucios, malolientes y contaminados, al hacinamiento del populacho, a las telefonistas y secretarias rechonchas y toscas, a la marea humana homogénea, vasta e indígena. Bienvenido al Oriente, al barrio alto con sus amplias veredas alboradas, sus altivos profesionales, las ejecutivas radiantes, preciosas, exquisitas, la élite desdeñosa y sonriente”, dice su personaje cuando cambia de oficina.

Desde el otro extremo de la ciudad, se alza la voz de un Pedro Lemebel, irreductible en la defensa de un espacio y una escritura nacida en la escasez. “El Zanjón de la Aguada no solo fue conocido por su extrema pobreza, donde se enjugaba sudor de pueblo y retraso social. También en los años cincuenta, ese pulguerío entintaba los diarios por las noticias delictuales y la conjunción de patos malos que se guarecían bajo sus latas. Por entonces, la mafia punga recibía el apodo de pelados, de seguro por el rapado de cabeza hecho a tijeretazos en Investigaciones, tal vez para hacerlos visibles ante la buena sociedad y que este look produjera rechazo de escarmiento”, cuenta en una de las crónicas que son parte del libro Zanjón de la Aguada.

En los cuentos breves de Alejandra Costamagna van tomando forma ciertos íconos de la ciudad, sea un aviso luminoso de una botella de champaña o esos Animales domésticos, nombre de uno de sus libros, esos seres que se pasean por la urbe, saliendo de lo íntimo a lo público, como su propia escritura. 

La escritora Alejandra Costamagna.

Alejandro Zambra situó su breve novela Formas de volver a casa en la que por muchos años se llamó la ciudad satélite de Maipú. La enorme comuna dormitorio de su niñez donde hoy duermen los trabajadores y trabajadoras que cada mañana se introducen en la línea subterránea del Metro para salir a la luz en los barrios altos y pulcros de Santiago, varios kilómetros más arriba. “En ese rincón perdido al oeste de Santiago el terremoto había sido nada más que un enorme susto. Se derrumbaron unas cuantas panderetas, pero no hubo grandes daños ni heridos ni muertos. La tele mostraba el puerto de San Antonio destruido y algunas calles que yo había visto o creía haber visto en los escasos viajes al centro de Santiago. Confusamente intuía que ese era el dolor verdadero”, dice la memoria del niño de esa novela respecto del terremoto de 1985 que palideció frente al de 2010, que alcanzó los 8,8 grados de la escala de Richter y convirtió a Santiago en una las ciudades más sísmicas del planeta.

Lo que oculta una ciudad
Pero los terremotos en Chile también son emocionales, como los que produce la escritura de la memoria, la que ha permitido a través de la voz de muchos autores volver a recorrer su capital como un mapa del horror reciente. Allí están las novelas Una casa vacía, de Carlos Cerda, o El Palacio de la risa, de Germán Marín, que retratan la historia oculta de esas casas señoriales, o lo que queda de ellas, utilizadas como casas de tortura por los agentes de la dictadura de Pinochet.

La ciudad quedó marcada por el dolor, incluso un espacio tan sagrado como el Estadio Nacional, el más grande coliseo deportivo de la ciudad, que fue usado como un centro de reclusión y tormento. “Estoy en la oscuridad, hincado, cubierto por una frazada. Tengo 19 años, pero soy más chico que los adolescentes de mi edad. Me veo más niño. Ni siquiera me veo en esta aparición. ¿Qué hago bajo la frazada? Yo no soy ese lolo golpeado y enmudecido”, recuerda Jorge Montealegre en Frazadas del Estadio Nacional.

Una ciudad que se ha vuelto peligrosa y que bien retrata Diamela Eltit en su amplia obra. Y como dice el autor mexicano Alberto Chimal, “la carne de la ciudad son las personas, no los edificios”, en Fuerzas Especiales, la última novela de Eltit, solo permite a sus personajes aferrarse a lo más inmediato, la familia y la amistad, como si fueran los últimos vínculos antes de que estalle todo ese arsenal que va acumulando en un relato que no supera las 160 páginas. Una novela breve donde cada hoja, como miembros de un cuerpo disperso, ha sido cosida con el hilo del desasosiego de sus protagonistas. 


La escritora Nona Fernández.

Todos, habitantes de una ciudad que en el poeta Nicanor Parra es un desierto ubicado en un país que no es más que paisaje. Da risa ver a los campesinos de Santiago de Chile/ con el ceño fruncido/ ir y venir por las calles del centro/ (…) aunque está demostrado que los habitantes aún no han nacido/ni nacerán antes de sucumbir/ y Santiago de Chile es un desierto. // Creemos ser país/y la verdad es que somos apenas paisaje. (Nicanor Parra, Chile).

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