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La novela que asustó a Hamás y a la Liga Árabe

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Un sainete político-literario

Nadie parece estar muy seguro de si la obra que ganó el Premio a la Novela Árabe en París es buena o es mala. Ni siquiera los jurados, diplomáticos casi todos. Lo único cierto es el lío político que se armó. Pero, a fin de cuentas, ¿alguien leyó la novela?

Por: Paul Berman*

Publicado el: 2012-12-19

Quienes se mantienen al tanto de las noticias del mundo de los libros pueden haber notado una historia publicada hace poco en The New York Times que relataba la controversia alrededor del premio a la Novela Árabe en París. El premio fue creado en el 2008 por los embajadores de los países árabes en Francia para honrar un libro de un autor árabe, escrito en francés o traducido a ese idioma. Cada año, un jurado cultural y literariamente digno compuesto por personalidades árabes y francesas escoge al ganador. Los diplomáticos llevan a cabo una ceremonia para entregar el premio de quince mil euros, lo cual no es mucho. Pero tampoco es poco, y ser honrado es maravilloso.

Este año el jurado seleccionó al escritor argelino Boualem Sansal y su novela Rue Darwin, o Calle Darwin. La ceremonia de premiación debía suceder en junio, pero en el último minuto los diplomáticos cancelaron el evento y retiraron el dinero, citando “recientes eventos en el mundo árabe”. La editorial de Sansal, Ediciones Gallimard, realizó una modesta ceremonia en sus oficinas un par de semanas después, y envolvió la cubierta de las nuevas copias de la novela con una cintilla roja en la que anunciaba con bombo y platillo el premio y los nombres del jurado. Pero no hubo dinero para el ganador. Uno de los miembros del jurado, indignado, escribió una carta abierta, publicada en el periódico francés de izquierda, Libération, en la que renunció al jurado y reveló lo que realmente había sucedido. Olivier Poivre d’Arvor es el director de la poderosa red de emisoras de radio France Culture. Poivre d’Arvor explicó que entre el momento en que se seleccionó la novela de Sansal y el día en que debía llevarse a cabo la ceremonia, la política se había entrometido un poco.

En los últimos años Boualem Sansal se ha consolidado como uno de los escritores argelinos mejor conocidos en el exterior, un giro sorprendente considerando que hasta los cincuenta años formó parte del servicio civil de Argelia, en una carrera sin dificultades ni polémicas. Pero cometió el error de dedicarse a la literatura y en los doce años siguientes la controversia lo ha perseguido como una sombra. Los franceses lo supieron en el 2008. Cada año la feria del libro de París, llamada el Salon du Livre, selecciona un país como invitado de honor. En varios foros, conferencistas hablan en público sobre la literatura de ese país –literatura china en el 2004, literatura rusa en el 2005, y así sucesivamente–. En el 2008 se le rendía honor a Israel, en reconocimiento de su aniversario número sesenta. Desafortunadamente, el 2008 también marcó el aniversario del boicot de la Liga Árabe a Israel, y surgió la propuesta de boicotear también el Salon du Livre. Varias editoriales árabes hicieron el llamado, lo cual, si bien iba en contra de sus intereses comerciales, parecía responder a lo que las editoriales creyeron era una cuestión de principios. Su llamado fue apoyado por decenas de individuos y Estados, desde Marruecos hasta Irán, sin excluir al director del Centro Cultural Argelino de París, que se negaron a asistir.

El escritor más conocido de Argelia interpretó la cuestión de principios desde otro ángulo. Hizo un show de su participación –como si con un poco de bravuconería pudiera evadir cualquier crítica en su contra–. Quería hablar de una novela que acababa de publicar y que, justamente, trataba la cuestión del odio a los judíos. La novela se llama Le Village de l’Allemand o La aldea del alemán, porque la figura central es un viejo nazi alemán de la Segunda Guerra Mundial que después de la guerra huye a una nueva vida en Argelia, se convierte al islam y cría a dos hijos argelinos, cuya historia el lector sigue. En la traducción para Estados Unidos el título fue mejorado, o eso deben suponer los editores, al ponerle un nombre más exótico: El mujahid alemán. En la traducción británica el título fue reformado en sentido opuesto, al cambiarlo por el más soso Un asunto pendiente –lo que significa que para este momento, casi nadie recuerda el título de la pobre y asediada novela de Sansal–. Aun así, el texto llamó la atención.

Fouad Ajami publicó un largo ensayo sobre el libro en las páginas de The New Republic, destacando que Sansal había hecho algo sin precedentes entre los novelistas árabes al comparar explícitamente el movimiento islámico de nuestro tiempo y los movimientos totalitarios del pasado europeo. El mismo Sansal, en el 2008, hizo un vehemente énfasis en estas semejanzas. Le dijo a un entrevistador en Francia, mientras explicaba por qué no había participado en el boicot a la feria del libro, que “todos los fascismos se parecen entre sí. La ropa puede cambiar, y lo mismo el nombre. Los fundamentos siguen siendo los mismos. El islamismo es fascista, totalitario, belicoso y sectario, exactamente como lo fue el nazismo. Si hay una diferencia, está en los medios. El nazismo tenía bajo su control la formidable industria y el ejército de Alemania, mientras que por el momento el islamismo está en una etapa artesanal”.

El mujahid alemán tiende a ser un poco esquemática, como si, habiendo hecho un astuto plan para su novela, Sansal, con su espíritu de gerente de servicio civil, hubiera puesto demasiada confianza en los esquemas y diagramas que hizo de la trama. El libro se hunde en sensacionalismo dulzón de vez en cuando. Un hijo argelino del viejo nazi, al descubrir la verdad sobre su padre, se termina vistiendo en pijamas de rayas y ahogándose con gas en el garaje, lo cual es demasiado grotesco para afectar al lector. De todos modos, la rabia furiosa en El mujahid alemán es auténtica. Toda la planificación esquemática del mundo no pudo evitar que Sansal aireara su indignación hacia los nazis de ayer y los islamistas de hoy. Un entusiasmo más bien grandilocuente por las observaciones políticas profundas también es evidente. Y es de una agradable incongruencia observar cómo Sansal enfrenta en escena a los inmigrantes argelinos del presente con los nazis del pasado y sus víctimas judías.

Pero volvamos a sus dificultades en ferias de libros. Tan pronto como el jurado seleccionó su nuevo libro, Rue Darwin, para el premio del 2012, Sansal volvió a sus instintos del 2008. El Festival Internacional de Escritores de Jerusalén lo invitó a participar, y Sansal aceptó. En mayo del 2012, un mes antes de la fecha en que los diplomáticos de la Liga Árabe tenían programado honrarlo con su aprobación y prestigio, Sansal llegó a Israel, habló abiertamente en varios foros y se codeó con colegas literatos de diferentes países. El reclamo en su contra vino esta vez de Hamás. Según contó Poivre d’Arvor, Hamás acusó a Sansal de cometer traición contra el pueblo palestino. Los embajadores árabes en París respondieron cancelando la ceremonia y Sansal fue, en palabras de Poivre d’Arvor, abruptamente “desinvitado”.

Esta era, según dijo Poivre d’Arvor en su carta, la “sórdida verdad” detrás de la inexplicable cancelación del premio: se doblegaron ante Hamás. Poivre d’Arvor también resaltó que en Argelia, Sansal es insultado y amenazado constantemente por haber escrito de manera crítica sobre el Estado argelino. Es desalentador observar que los libros del más conocido autor de Argelia ya no se publican en su país. Aun así, como observa Poivre d’Arvor, Sansal ha continuado viviendo allí (donde, según el propio Sansal, muchos de sus compatriotas se mantienen al tanto de sus opiniones, incluso cuando no consiguen fácilmente sus libros). Poivre d’Arvor saluda a Sansal como “un escritor argelino, hombre libre, apasionado por el diálogo”, y, casualmente, el autor de “un texto magnífico”, refiriéndose a Rue Darwin, la nueva novela ganadora del premio.

Quizá Poivre d’Arvor habría podido agregar dramatismo a su carta si hubiera incluido (pero no lo hizo), un dato del nuevo libro de memorias de Salman Rushdie, Joseph Anton. Las memorias revelan que, en la década de los noventa, el gobierno francés le concedió a Rushdie el título de Comandante en el Ordre des Arts et des Lettres, uno de los grandes honores literarios del país. Pero por aquellos días los franceses les tenían miedo a los iraníes y mantuvieron el premio de Rushdie en secreto, incluso del propio autor. Hasta que pasaron los años y alguien consideró que los iraníes ya eran menos peligrosos. Cuando le informaron a Rushdie de su premio, los franceses alcanzaron a dudar durante un tiempo sobre si hacer o no una ceremonia. El agregado cultural que dejó a Rushdie esperando fue nada menos que Olivier Poivre d’Arvor. Pero eso fue hace mucho tiempo. Para junio del 2012 Poivre d’Arvor se había cansado de reprimir galardones literarios por objeciones de islamistas violentos. Entonces publicó su carta en Libération.

La carta causó una ola de simpatía y solidaridad en Francia, como reportó The New York Times. El hábito de culpar a los escritores musulmanes de causar sus propios problemas, arraigado en ciertas partes del mundo angloparlante, parece ir contra los principios franceses. Jean Daniel de Le Nouvel Observateur señaló que, al rescindir su premio literario, los diplomáticos árabes habían logrado convertir a Sansal en una estrella. De hecho, una persona anónima de Suiza supuestamente ofreció a Sansal un premio de consolación de diez mil euros –a lo que Sansal respondió proponiendo donar el dinero a una organización médica israelí que atiende a niños palestinos–. Ha habido comentarios en la prensa sobre la posibilidad de que Boualem Sansal y David Grossman, quienes supuestamente formaron cierta camaradería en el festival de escritores de Jerusalén, se unan para hacer un evento literario árabe-israelí que cuente con respaldo europeo. Y así la historia promete arrojar nuevos capítulos.

 

Pero el episodio central de esta historia, el libro Rue Darwin, se ha quedado sin comentar. ¿Qué es esta novela, el “magnífico texto” de Sansal? Es incuestionablemente un nuevo volumen del autor de El mujahid alemán. Aparecen las mismas fallas —la cualidad esquemática, la ocasional escena escabrosa o detalle sensacionalista (esta vez, inspecciones ginecológicas en un burdel), además de la manía añadida de basarse en clichés verbales: gente marchando en “fila india como los Sioux camino a la guerra”, “un triángulo de las Bermudas sahariano”, cruzando “el Rubicón”, alguien tan “sólido como una secuoya de California”, y así sucesivamente. Imagino que esto ha podido atraerle a Sansal en su afán de evitar llenar sus páginas de clichés del sol y la arena de África. Pero Rue Darwin también muestra las fuertes virtudes de la anterior novela. La historia la cuenta Yaz, un argelino de la edad de Sansal, nacido en 1949, quien, frente a la muerte de su madre, se siente llamado a volver a visitar el empobrecido barrio en Argel donde pasó parte de su infancia. Es el mismo impulso de investigar las propias raíces que motiva a los personajes principales de El mujahid alemán, los horrorizados hijos del nazi.

Las miradas al pasado en Rue Darwin generan la misma furia hirviente –dirigida, en este caso, a la batalla de Argel, con sus cadáveres y gas lacrimógeno, sus torturadores franceses y terroristas argelinos; y especialmente a la demagogia poscolonial de la Argelia revolucionaria, con su mendacidad y su inmoralidad–. Yaz recuerda el discurso del presidente Coronel Boumédienne luego de la impactante derrota árabe en la guerra de 1973 contra Israel: “De todo lo que dijo, que solíamos sabernos de memoria, Palestina, honor árabe, la gran revolución, la victoria enmarcada en la historia, imperialismo-sionismo, neocolonialismo, reacción internacional, la traición de los líderes árabes, su legendario fracaso para prever, he retenido fragmentos de frases que más de treinta años después todavía me hacen estremecer: ‘...los muertos no cuentan..., cien mil muertos, doscientos mil muertos, ¿qué es eso?... No es nada, hemos dado un millón y medio a nuestro país y estamos preparados para sacrificar el doble, el triple, cuatro veces más..., hasta el último... Las guerras se ganan con los muertos, no con los vivos, y nunca con los sobrevivientes; mientras más muertos haya, más hermosa la victoria... La tierra árabe está sedienta de sangre y el pueblo musulmán quiere mártires’. Señor Dios, ¿son hombres los que hablan así o es que han vendido su alma al diablo?”.

Yaz está furioso con el islam, o al menos con las distorsiones que los fanáticos religiosos de ahora han hecho al “venerable y festivo” islam del pasado. Su antiguo barrio en Argel se llamaba Belcourt; en los días anteriores a la revolución nacionalista que le cambió los nombres a todo –con sus callejones y pequeña medina donde, en la rue Lyon, vivió Albert Camus de joven. Pero Camus partió hacia otras orillas. El declive del barrio desde entonces enfurece a Yaz. Incluso en su infancia, durante los años cincuenta y a principios de los sesenta, los místicos islamistas lo aterrorizaban, los recitadores, los “Talibán”, que satisfacen sus apetitos “pantagruélicos” agachándose sobre tumbas en cementerios, interrogando a los muertos y haciendo de ello un sucio negocito. Luego, los verdaderos fanáticos llegaron al poder. “El mundo ha dado muchas vueltas desde entonces y Belcourt es hoy un universo diferente. Ninguno de sus antiguos hijos lo reconocería. La libertad, tan preciada por la gente de antaño, es un pecado imperdonable. El islam que reina como un amo celoso y vengativo así lo desea. Belcourt marcha según una fatwa”. No se ve ni una sola niña.

Yaz trata de convencerse de que, dentro de lo que cabe, las cosas no están tan mal: “Yo inventaba cientos de historias para tranquilizar a mi mamá. Hablaba de islamismo moderado, de los Talibán pacíficos, del retiro místico que llama a los jóvenes. Defendía la idea de que el islam siempre será más fuerte que sus adeptos. Usaba buenos argumentos...”.

Pero esos argumentos nunca fueron suficientemente buenos, lo cual lo lleva a una amarga reflexión:?“Para mí, el problema estaba en el propio islam, que empuja a sus miembros al excesivo orgullo, a sentirse exclusivos, que incita a sus militantes a convertirse en jueces y supremos protectores del universo mientras es incapaz de alimentar a sus hijos o de erradicar las hambrunas. Quizá el islam y los musulmanes simplemente no son compatibles”.

La sola mención de la palabra Imán le produce fobia a Yaz. Pero se cuida de explicar que, como hombre tolerante y de mente abierta que es, la religión en sí no lo enfurece. Reconoce que, en principio, pueden existir personas religiosas que sean también buenas y atractivas.

Incluso recuerda a alguien así de su infancia: un personaje sabio y amable del sótano de su edificio quien, por casualidad, no era musulmán. El querido y viejo rabino Simón de la rue Darwin, ¡adorado por los niños! ¡Nada que ver con el aterrador Imán del barrio! Yaz incluso se pregunta si tendrá una inclinación hacia el judaísmo. (Me imagino a los embajadores árabes en París, tras la publicación de la controversia por el premio de Sansal en la prensa: “Pensé que habías leído el libro”. “¿Yo? ¡Se suponía que lo leerías tú!”. “Estoy mandándole un mensaje de texto al embajador de Argelia. ¡Imposible que él no se haya leído el maldito libro!”).

Pero estos son temas políticos y religiosos, no el corazón de la novela, aunque la rabia y las provocaciones creen momentos jugosos. Mientras recuerda su infancia, Yaz comienza a reconocer que creció en circunstancias un tanto salvajes, y eso lo ha dejado viviendo asfixiado no solo bajo las mentiras públicas de los demagogos revolucionarios, sino bajo las mentiras privadas e íntimas de la rutina familiar. Recuerda que hasta los siete u ocho años, antes de mudarse a la calle Darwin, vivió en una especie de phalanstère llena de niños, todos hijos de las prostitutas del elegante hotel de al lado, cuya madame era su folclórica abuela, un personaje maravilloso. Pero no seguiré hablando de la trama sino para decir que la novela de Sansal presenta una variación de lo que ya se ha convertido en un tema oscuro y fascinante de la literatura del norte de África. El tópico tabú del secretismo y la confusión sexual y sus consecuencias psicológicas.

Entre el jurado del Premio a la Novela Árabe este año estaba el novelista marroquí-francés Tahar Ben Jelloun –quien, por cierto, en su reciente libro sobre la muerte de su madre, Sur ma mère, casualmente relata que su familia terminó viviendo en el que había sido el hogar del rabino de Tánger en Marruecos–. Nostalgia por los judíos: un impulso menor pero notorio en la novela contemporánea de los países del norte de África. Ben Jelloun ha investigado la misma cuestión del secretismo sexual y represión extrema, un gran tema en varias de sus novelas. Estos libros son estudios de los más vergonzosos e íntimos aspectos de la vida sexual, los cuales (en el caso de las novelas de Ben Jelloun) pueden llevar a una angustiada y extremadamente oprimida mujer a confundir su identidad sexual, o (en el caso de Rue Darwin) puede llevar al furioso Yaz a preguntarse quién era realmente su madre. Son análisis de identidad personal bajo condiciones de opresión y miedo abismal, un tema profundo, propio de la novela.

El jurado del Premio a la Novela Árabe hizo algo loable al galardonar este año a Boualem Sansal. Y si los embajadores de la Liga Árabe terminaron por hacer el ridículo al cancelar el premio, pues qué se le va a hacer; al fin y al cabo la función de los novelistas es decir verdades que se autodenominan mentiras o ficciones, y la función de los diplomáticos es decir mentiras que se autodenominan verdades. Probablemente fue una locura haber imaginado alguna vez que diplomáticos y novelistas podían compartir la misma sala para concederse unos a otros honores y cumplidos. ?Una nota al pie: los escándalos políticos causados por novelas tienen una historia, y esa historia tiene una geografía, la cual vale la pena recordar. No hace muchas décadas solían aparecer escándalos políticos por novelas en la Unión Soviética. Últimamente la geografía de los escándalos literarios ha pasado a los países musulmanes. Mirando a Boualem Sansal y sus problemas con ferias de libros y premios, es natural preguntarse: ¿quién saldrá ganando? ¿Los escritores o los antiliterarios? La respuesta es obvia, en el corto plazo. La espada es más poderosa que la pluma. Pero es impresionante que aún hoy, cuando se dice que la literatura seria ha sido eclipsada por el entretenimiento electrónico, movimientos políticos como Hamás y poderosas figuras políticas como los embajadores de la Liga Árabe todavía se preocupen y tiemblen por lo que pudo haber escrito un novelista solitario y vulnerable.