Lorenzo Silva, escritor español que recibió el Premio Planeta en 2012
  • Manel Dalmau, guionista catalán.
  • El escritor Lorenzo Lunar. Ambos participarán del VI Congreso de Literatura Medellín Negro.

La ley ausente o el auge de la literatura sobre el crimen

Desde hace varios años se ha ido formando en Hispanoamérica un nuevo tipo de novela negra en la que los escritores se centran en el delito y la impunidad. Esta novela, denominada novela de crímenes, ha sido el punto de partida de Medellín Negro.

2015/08/21

Por Gustavo Forero Quintero* Medellín

En la novela Las manos al fuego (2006), José Gai Hernández, un excombatiente del frente estudiantil del Movimiento Izquierda Revolucionaria (mir), cuenta los detalles de la investigación del secuestro, desaparición y muerte de Dantón Labra, “un empresario cercano al comité de ayuda a los presos políticos” en Chile. A través de esa anécdota el escritor hace una reflexión en torno al estado de la dictadura, en 1983, pero también de sus antecedentes, de su acta de nacimiento con el golpe y de su proyección al futuro, es decir, a los años finales del siglo xx y principios del xxi; todo en función de lo que puede significar la democracia chilena contemporánea. Por su parte, en Cruz de olvido (1999), el costarricense Carlos Cortés nos presenta al periodista y “revolucionario desempleado” Martín Amador, un “¿… agente doble? ¿O más bien agente triple?”, al que le han pagado sucesivos gobiernos de distintas tendencias políticas, para recrear la imagen desengañada de la revolución marxista en América Central y el papel de su propio país, Costa Rica, la Suiza latinoamericana, en la guerra en Nicaragua. Con ello nos plantea el destino mismo del marxismo en el continente y el destino de sus revoluciones en América Latina.

Del mismo modo, en Los minutos negros (2006), Martín Solares (Tampico, México, 1970) ilustra la impunidad generalizada en México al punto de describir lo que con Jacques Derrida puede denominarse la acción de un Estado canalla: personajes oscuros que trascienden los años en la política nacional, periodistas indecentes que se mantienen en los diarios, sindicatos corruptos como el de petroleros o el de profesores que conservan sus mismas estrategias, métodos policiales injustos para beneficios particulares, empresas privadas como la de Refrescos de Cola, cuyos vehículos hacen lo que se les da la gana en las calles. En medio de un ambiente de narcotráfico y corrupción de la policía nacional, de la Iglesia, de la empresa privada o del sector educativo, la novela denuncia el hecho de que “cuando el Estado tiene la voluntad de perjudicar a un individuo, no hay nada que pueda detenerlo”, según concluye el narrador al momento de evaluar lo sucedido con una persona injustamente sindicada del asesinato de cuatro niñas en 1978.

Estos son algunos ejemplos de una nueva novela en el campo literario occidental: la novela de crímenes. Como consecuencia de los cambios históricos y culturales de los últimos años, esta novela tiene un gran trasfondo social, pues supone una honda reflexión en torno al significado del crimen en las sociedades contemporáneas. Más o menos a partir de la década de los noventa, los escritores comienzan a indagar en los límites mismos de ideas como Estado, Democracia, Ley u Orden, y esto resulta casi un objetivo generacional. La caída del Muro de Berlín, la invasión a Panamá, el fin de algunas guerras nacionales y de dictaduras regionales o el “periodo especial” en Cuba provocaron un modo distinto de entender la organización de la vida social y por lo tanto una forma original de entender la criminalidad en la novela. En términos generales se puede advertir que lejos de creer en la resolución de los problemas por la vía del orden legal restablecido por un aparato estatal que condena al culpable, lo que le interesa a estos escritores es la ruptura fatal de la relación primigenia entre el delito y la sanción que sirve de base al orden democrático. Los novelistas denuncian la ausencia de ley o la falta de aplicación de la misma, y, por este camino, ponen en tela de juicio esos macrodiscursos modernos que acabaron por anquilosarse como tales en Occidente. ¿Hasta dónde debe llegar el poder del Estado? ¿Vivimos realmente en democracias? ¿La libertad individual no ha terminado por ser un espejismo? ¿Cuál es el papel social del escritor hoy? Estos y otros interrogantes se hacen los nuevos escritores y han exigido que la novela amerite una nueva nominación, distinta a la tradicional de novela negra.

La novela contemporánea hace énfasis en los crímenes, que es lo que en verdad les interesa, y visto en plural, pues este objeto literario es el que conforma su ambiente. El escepticismo frente a la democracia, la industria del narcotráfico, la crisis económica de los más recientes años o el remonte de los movimientos estudiantiles e indígenas definen el espacio conflictivo de la novela y constituye un lugar de representación de una mayor o menor anomia social, es decir, de la mayor o menor adecuación de un sistema respecto del ideal jurídico. Las metáforas del narcoestado en México, el triste destino de la revolución socialista en América Central, el rotundo estado anómico en Colombia, la literatura marginal de Brasil, la vigencia de los discursos de la guerrilla mir en Chile y la crítica a la democracia y a los monopolios culturales en Argentina son maneras generacionales que surgen de la duda del escritor respecto de la vigencia de los discursos modernos de capitalismo, Estado-nación y ley que están en la base del sistema. Novelas como Tropa de élite (2005), de Luiz Eduardo Soares, André Batista y Rodrigo Pimentel (Brasil); Un lugar llamado Oreja de Perro (2008), de Iván Thays (Perú); y Crímenes apropiados (2015), de Fabio Nahuel Lezcano (Argentina), entre muchas otras, efectivamente ponen en duda los discursos vigentes en torno a la idea general de la democracia y ofrecen una respuesta original al tema de la criminalidad en el continente latinoamericano. En España, novelas como Ajuste de cuentas (2013), de Benjamín Prado, o Con todo el odio de nuestro corazón (2013), de Fernando Cámara, entre muchas otras, podrían ilustrar las perspectivas filosóficas del género respecto a la historia y, en particular, a lo que más que en otros lugares puede denominarse la crisis de esa democracia. En general, estas son novelas ambientadas en un contexto histórico bien determinado que ponen en duda los metadiscursos políticos y ofrecen una respuesta, escéptica en el mayor número de los casos, al gran tema de la criminalidad. Al respecto, resulta emblemático el juicio de dos escritores sobre el valor del género, publicado en el diario El confidencial: para Marta Sanz, “el género negro sirve muy bien para reflejar la violencia sistémica intrínseca al capitalismo’; en tanto que para Carlos Salem, “en la novela negra el asesino es el sistema, directa o indirectamente, que deglute a un montón de gente y lo que no le sirve lo escupe. Y esos huesos que escupe, de una u otra manera, es lo que buscamos contar, porque es lo que le pasa a más gente de lo que parece, y cada vez más”.


Manuel Dalmau, guionista catalán.

En Colombia, desde 1990 los escritores aumentaron en número y en producción literaria con este énfasis. Aunque ya existían autores consagrados que proponían su visión de esa relación entre literatura y violencia como Gabriel García Márquez, Álvaro Mutis, Óscar Collazos, Manuel Mejía Vallejo, Fernando Vallejo, Laura Restrepo, Darío Jaramillo, Antonio Caballero, Luis Fayad o Gustavo Álvarez Gardeazábal, hay muchos más que se mueven en estas aguas. Como dice Laura Restrepo, la novela colombiana es por antonomasia novela negra. Así, una novela como El capítulo de Ferneli (1992), de Hugo Chaparro Valderrama, publicada como ópera prima en la editorial Arango Editores, constituye una muestra precursora de eso. En ella, el escritor reflexiona en torno al significado de la libertad individual en tiempos de crisis y plantea una resolución simbólica para el futuro nacional: es necesario matar al monstruo de la violencia para plantearse un verdadero cambio (imagen fantástica que revela su escepticismo). Esta novela constituye un referente concreto para la novela de crímenes contemporánea, pues la simbiosis entre ambos campos —el de la literatura y el de la violencia— y la resolución simbólica que plantea sirven de pauta literaria para la novela de crímenes contemporánea. Héctor Abad Faciolince, William Ospina, Santiago Gamboa, Juan Gabriel Vásquez, Mario Mendoza, Sergio Álvarez, Pablo Montoya y Jorge Franco demuestran la consolidación de esta literatura colombiana asociada al crimen (lo que rebasa la clasificación de novela negra). Carlos Perozzo, Gonzalo España, Nahum Montt, Rafael Botero Duque, Alberto Esquivel, Octavio Escobar Giraldo, Jaime Alejandro Rodríguez, José Libardo Porras, Fernando Iriarte y Álvaro Pineda Botero, entre tantos otros, hablan también de la injusticia propia del sistema y cada vez más su obra llama la atención de lectores profanos y académicos. Una novela como La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo, puede tener mayor impacto a la hora de evaluar el conflicto en las comunas de Medellín y la impunidad generalizada en Colombia que los reportes periodísticos que día a día cuentan la realidad del crimen en las ciudades colombianas.

*

Sobre lo anterior indaga el proyecto académico Medellín Negro de la Universidad de Antioquia, que incluye reflexión teórica y espacios públicos de confrontación de ideas. Así, a partir de la investigación “La anomia en la novela de crímenes”, el Congreso Internacional de Literatura Medellín Negro reúne a escritores, académicos y lectores de distintos orígenes en el marco de la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín para reflexionar en torno al sentido del crimen en las sociedades contemporáneas a través de ese mundo propio que es la novela de crímenes.

Para dirimir interrogantes como los planteados en la investigación, este año, del 16 al 18 de septiembre, el VI Congreso Internacional de Literatura Medellín Negro contará con la participación de Lorenzo Silva (España), Lorenzo Lunar y Rebeca Murga Vicens (Cuba), Fernando López (Argentina), José Gai (Chile), Melanie McGrath (Inglaterra), Pablo Yoiris (Argentina, Premio Medellín Negro 2015), el académico David Knutson (Estados Unidos) y los guionistas Simon Booker (Inglaterra) y Manel Dalmau (España), que reflexionarán en el sentido del crimen en las sociedades contemporáneas a través de la novela de crímenes.


El escritor Lorenzo Lunar.

Una nueva línea editorial de Planeta y la Alcaldía de Medellín denominada Medellín Negro, así como siete novelas publicadas –cuatro de ellas ganadoras del Premio de Novela de Crímenes–, cinco libros de ensayo, un texto de investigación que sirvió de base para otorgar el Premio de Investigación Universidad de Antioquia en 2014, una amplia lista de escritores invitados y la presencia anual de más de 200 asistentes al Congreso son carta de presentación de este proyecto internacional que se hermana con otros como Barcelona Negra, la Semana Negra de Gijón, Getafe Negro y Córdoba Mata, y pone a Colombia a la altura de lo que ahora es un movimiento internacional en el que la novela, ya de crímenes y no negra, nos aboca a pensar un nuevo mundo en el que el crimen hace tambalear la democracia, la ley y el orden modernos.

 *Universidad de Antioquia

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