Miguel Torres

La obsesión por un fracaso

Miguel Torres vuelve sobre el Bogotazo con El crimen del siglo, una novela de estilo testimonial, que es la segunda parte de una trilogía aún por concluir.

2012/11/27

Por Francisco Barrios* Bogotá

Miguel Torres es obsesivo, y aunque esta afirmación suele ser un lugar común cuando se habla de los escritores y sus temas, en su caso, su obra lo confirma. Hace seis años que Torres publicó El crimen del siglo (Seix Barral), una novela que recrea, desde la ficción, lo que pudo ser la vida de Juan Roa Sierra, el asesino de Jorge Eliécer Gaitán. El crimen del siglo tuvo muy buena acogida y parecía ser una novela definitiva sobre el 9 de abril de 1948; teniendo en cuenta la escasa información que existe sobre el asesino de Gaitán y lo mucho que se ha escrito sobre el Bogotazo, ¿qué más quedaba por decir? Al parecer, todo, pero esta vez desde adentro, al decir del autor.  El incendio de abril (Alfaguara) se compone de tres partes: la primera de ellas contiene setenta testimonios de diferentes testigos del momento del magnicidio y de las siguientes horas, narrados todos en primera persona. Tres de ellos son verídicos y el resto apócrifos o ficticios. La segunda parte, en mi opinión la más estremecedora, relata el recorrido de Ana Barbusse, una mujer que busca a su marido en la noche, en medio de los incendios del centro de la ciudad. La tercera y última parte narra cómo pudo ser la noche del 9 de abril para unos aristócratas bogotanos atrincherados en una casa abandonada en el norte de la ciudad. La sensación que le queda a uno después de leer El incendio de abril es que ahí está todo lo que un novelista podría escribir sobre este hecho histórico, sin embargo, Torres ya está trabajando en una tercera novela que cerrará lo que él llama “la trilogía del fracaso”, porque eso es lo que para él representa el asesinato de Gaitán.

¿Por qué continuar escribiendo sobre el mismo tema?

Quizás porque desde pequeño he sentido una gran admiración por Gaitán. Mi familia era gaitanista, del barrio Belén. También lo hice porque siempre me ha gustado meterme en problemas complicados, tanto en el teatro como en la literatura. Me parece que así es que vale la pena hacerlo, enfrentándose a un tema difícil de resolver. El crimen del siglo surgió de mi fascinación por el misterio de la vida de Roa Sierra. Hice mis pesquisas, pero no me dieron muchos resultados, y con base en informaciones someras construí su vida desde el otro lado del espejo. Cuando terminé esa novela, realmente no tenía pensado hacer una segunda y mucho menos una tercera. Terminé muy agobiado porque el tema es estremecedor. Empecé a escribir otra novela que no tenía nada que ver con Gaitán, pero de pronto pensé: “bueno, ¿y qué pasó el 9 de abril? Eso es algo que yo quiero averiguar también”. Porque a raíz de la publicación de El crimen del siglo me asaltaron muchas preguntas que siempre desbordaban el momento del final de la novela (la muerte de Roa Sierra). ¿Y después, qué pasó ese día? ¿Cómo había sido eso del momento del asesinato? ¿Cómo repercutió el crimen en la ciudad y en el pueblo?

En el testimonio de Rosa Inés Torres se narra el rencuentro entre un niño y su madre, quien lo creía extraviado. ¿Ese niño es usted?

Sí, ese niño soy yo y esa es mi madre. Pero el recuerdo que tengo del 9 de abril es muy difuso. El barrio Belén queda en la loma y desde allá se veían las llamaradas entre la oscuridad. Recuerdo el agite de los mayores. La gente subiendo con bultos y cajas bajo la lluvia por las calles del barrio. Pero yo era muy pequeño y no entendía nada. Que habían matado a Gaitán, sí, y claro, mi familia estaba muy conmovida porque hacía parte de ese conglomerado social que tenía sus esperanzas de redención puestas en el líder. Algo de eso se lo transmiten a uno, pero lo que sucede es que la memoria va construyendo un cúmulo de recuerdos y de imágenes a su acomodo, después la imaginación desata la invención, y eso es lo que crea un texto.

La primera parte de la novela está compuesta por setenta testimonios de testigos de los acontecimientos. ¿Cuántos de esos testimonios son verídicos?

El del fotógrafo Manuel H. Rodríguez, el del director de teatro Santiago García y el del economista Raúl Alameda Ospina. A ellos tres los entrevisté. Fueron entrevistas larguísimas, de horas. Yo les dije: “Hablen como si fuera la noche del 9 de abril”, pero ellos se entusiasmaron y empezaron a hablar de lo que pasó después. Hablaban de Roa Sierra ¡y esa noche nadie sabía todavía quién era Juan Roa Sierra! Y hablaban de Rojas Pinilla y del Frente Nacional. Fue muy difícil equilibrar el tono de esas entrevistas con los demás relatos. Yo tenía la intención de crear una ambigüedad para que el lector pensara que todos los testimonios eran reales, y hay gente que así lo cree. Pero si no fue así, debió ser así. Fui creando ese universo devastado del 9 de abril. Los incendios. La lluvia. La oscuridad. Me costó bastante trabajo articular esas atmósferas. Conseguí un mapa de los incendios que me fue muy útil como guía del infierno que recorre Ana Barbusse en la segunda parte de la novela.

Uno de los episodios más emocionantes de la novela es el escape del doctor Juan Uribe Cualla, quien sale del Jockey Club entre un ataúd en un carro fúnebre y así logra llegar a su casa.

Lo del ataúd en el que el director del Instituto de Medicina Legal, Juan Uribe Cualla, se había hecho llevar a la casa es una información a pie de página en el libro Mataron a Gaitán de Herbert Braun. Cuando los médicos de la Clínica Central llamaron a Uribe Cualla para que hiciera la autopsia de Gaitán, él dijo que no pensaba ir porque le daba miedo, ya que era un reconocido conservador, y terminó llegando a la casa en un ataúd. Esa me pareció una historia impresionante. ¿Cómo sería que este tipo lo hizo? Voy a averiguar eso, me dije. Y como nadie lo sabe, pues hago lo mismo de siempre: lo escribo para ver cómo fue. Porque eso fue lo que hice tanto con los relatos como con toda la novela.

La sensación que me quedó después de leer el libro es la de que todo desembocó en el saqueo y el caos. ¿Por qué reaccionó así la gente? ¿Alguien hizo lo correcto?

En el libro de Herbert Braun, que creo que es el más completo de todos, él rescata los intentos de organización que hubo por parte de los comités gaitanistas, en especial los del barrio la Perseverancia con el “Coronel” Ricaurte (quien aparece en la novela). Lo que pasa es que eso fue tan súbito que todo se quedó en esa pantanosa espesura de la improvisación. ¿Qué se podía hacer? Gaitán realmente no tenía herederos políticos. No había quién dijera “yo tomo las riendas”. Trataron de organizarse. Por ejemplo, algunos fueron a buscar armas a las estaciones de policía y las consiguieron. Pero las fuerzas del caos eran tan grandes que esos intentos se desvanecieron. La gente vio que no se podía hacer nada, no había organización, y lo más fácil fue empezar a destruir, a robar, a saquear y a emborracharse, y esa fue la avalancha que ganó la apuesta del 9 de abril, y el gobierno salió a defender las instituciones con el Ejército.

¿Pudo haber sido de otra manera?

No creo que hubiera podido ser de otra manera.

En la obra de teatro La siempreviva usted abordó otro momento crítico de la historia de Colombia: la toma del Palacio de Justicia. Al igual que lo que sucede en sus dos novelas sobre el 9 de abril, uno tiene la sensación de que la tragedia estaba anunciada.

Lo del Palacio de Justicia se veía venir, y mi percepción de eso es mucho más madura porque yo ya era un tipo grande. El fracaso de los diálogos de paz con Betancur empujó al M-19 para que cometiera esa estupidez de tomarse el Palacio de Justicia. Una acción delirante que ellos no iban a poder resolver. En cuanto al 9 de abril, después de leer sobre lo que estaba pasando en el país en ese momento, cuando ya me empapé del tema, me di cuenta de que la muerte de Gaitán estaba servida en bandeja: la situación política del momento, la violencia del partido conservador contra los liberales, la Marcha de las Antorchas y la Manifestación del Silencio, convocadas por Gaitán. Todos los enemigos que tenía Gaitán –como los curas, que arengaban en los púlpitos en su contra–, lo acusaban de hereje, de ateo, de ser el enemigo del país. Sí había una situación proclive al asesinato.

Después de haber recreado estos dos episodios por medio de la ficción, usted habla de “trazar otros caminos”, ¿a qué se refiere?

Me refiero al horror, a la violencia, a la guerra. A lo que la gente no quiere recordar: los falsos positivos, el exterminio de la UP, la barbarie de la guerrilla, las masacres, el paramilitarismo. Todo lo que signifique una vergüenza para el país, un desangre, y para el Estado, una culpa. La gente quiere recordar los triunfos olímpicos, a Miss Universo, a Kid Pambelé, el Premio Nobel de Gabo, el 5-0 contra Argentina, y lo demás va quedando bajo un manto de olvido, como es el caso de Gaitán. Muy poca gente joven sabe quién fue Gaitán y qué se conmemora el 9 de abril. Entonces tenemos que contárselo. El propósito mío no era ese, pero se convirtió en un uno cuando me di cuenta de eso.

¿Puede el arte arrojar luces sobre esos acontecimientos?

Creo que la literatura sí puede arrojar una luz reveladora acerca de ciertos acontecimientos de la historia que han permanecido en la penumbra. Arrojar una nueva mirada. Un redescubrimiento a través de la luz de las palabras puede hacer que la gente mire esos sucesos de una forma distinta y cambie su forma de pensar acerca de los mismos. Cuando uno cambia su manera de pensar acerca de algo del pasado, toma una perspectiva hacia el futuro. “Esto debe cambiar. Esto no es bueno”. Eso es trazar nuevos caminos. En este país está pasando un fenómeno formidable, que lo trazó el teatro. El teatro fue el que comenzó a meterse con los aspectos sociales de la violencia, de la situación de inequidad, de la pobreza. El teatro enfrentó esa problemática desde los años sesenta y setenta, y hoy veo que en las artes plásticas hay una cantidad de instalaciones y de exposiciones sobre los desplazados, sobre los desaparecidos. A los muertos anónimos del 9 de abril la historia nunca les hizo el duelo que se les debe y creo que la novela, al recapitular con nombres propios y otorgarles una identidad, una profesión, un rostro y un entorno, de alguna manera les está rindiendo el homenaje de ese duelo que se les ha negado hasta ahora.

En el año 2010 usted escribió y montó una obra de teatro llamada La paramorfosis, que es una adaptación de La metamorfosis de Kafka en el contexto del país en ese momento.

La hice en el apogeo de la parapolítica y de los falsos positivos. Gregorio Samsa, que en la obra se llama Gregorio Santa y trabaja en una multinacional, es de una familia uribista de clase media con todos los valores de la burguesía: la bandera, la patria, la rezadera. En la casa tienen el retrato de Uribe y del Sagrado Corazón. Una mañana Gregorio no quiere abrir la puerta de su cuarto. Cuando la abre, el monstruo en el que se ha convertido les cuenta cómo han sido las masacres de El Salado, de Mapiripán, de La Rochela. Se convierte en un denunciante. Ese es el monstruo. El padre lo encierra en el cuarto y lo encadena a la cama, y la familia Santa empieza a desmoronarse con las revelaciones del hijo. Esa obra la monté con los actores de El Local en la sala R101, pero tuvo una vida muy breve porque no conseguí otra sala para presentarla.

Quizás hoy, las cosas sean distintas.

 

*Periodista freelance y profesor.

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